“EN EL ALIENTO DE LAS ROSAS
RESPIRAS LA MUERTE”
Rubén López Rodrigué
Tánatos era el dios de la muerte para los antiguos griegos quienes lo contraponían al Eros, el dios del amor o de la vida. En la actualidad, es uno de los protagonistas de toda esta violencia que desangra al país. Implica tanto la agresión del sujeto hacia el exterior como hacia adentro de sí mismo. Y cuando Tánatos se dirige hacia el interior del ser lo autodestruye; a la manera de la libélula, un insecto tan voraz que si su cola está vuelta hacia su boca comenzará a comerse su propio cuerpo.
En el cuento El diálogo de los antípodas, de Juan Manuel Roca, hay ejemplos de corderos disfrazados de lobo y de lobos disfrazados de cordero. Dos personajes, Isidoro León y Johannes Kauffmann, que jamás se vieron ni el uno supo de la existencia del otro, nos sirven de analogía (no de psicopatología) para los conceptos de Eros y Tánatos, en su colaboración y contraposición.
Isidoro León era un aficionado a las historias de santidad y misticismo. A sus cuarenta años vivía en Tunja, su pequeña ciudad de provincia. Vivía solo y con fama de lunático. Se pasaba los días leyendo o escribiendo bajo el amparo económico de sus padres, hecho por el cual no podía sustraerse a la hostilidad del medio. En una carta del 18 de diciembre de 1993 a Fray José Manuel Macías, historiador de santos, le escribió: "A veces me miro al espejo y recuerdo que acá vivió una mística extraordinaria que a veces veía su espejo, o su peine, en llamas. Se llamaba Sor Francisca Josefa del Castillo y libró duras lides con el demonio, el enemigo, en una celda a la que no dejaba de visitar la yegua nocturna del pavor". [1]
Siendo joven quiso ser santo. A su manera. Pero al no tener una gran herencia como la de san Nicolás no pudo donar riquezas a escondidas. Según procedía el santo. En cambio, durante varias noches soñó que repartía grandes sacos de oro, yendo siempre por paisajes enfermos hasta llegar a un poblado donde entregó el oro a un viejo ciego. Más adelante escribió: "Mi tentación solitaria es el espejo. Quizá debido a mi ceguera espiritual, mi tentación es el espejo. No sé mirar en mi adentro [...]. A veces me miro al espejo buscando el rostro de san Clemente con su ancla atada al cuello en el fondo del mar, pero veo un ser de rostro caprino, burlándose de mí [...]. Me conmueven los santos, su dulce locura". [2]
Recordó al viejo poeta agonista que afirmaba: “en el aliento de las rosas respiras la muerte”.
Allende el océano, Johannes Kauffmann era un aficionado a las historias de demonios. En medio de pailas y olor de azufre. Vivía en Murten (nótese su similitud fonética con Muerte), un pequeño poblado de Suiza. Era un bonachón anticuario. Satanista estudioso de Luzbel. En una carta, fechada el 15 de agosto de 1970, a su amigo Claude Seignolle, un viejo etnógrafo que recopiló Los evangelios del diablo a través de cuentos, aforismos y leyendas populares; le habló de "la historia de una monja cordobesa que se 'fantaseaba', se disfrazaba y fingíase santa. Visitada como tal por nuncios del Papa, emperatrices, religiosos, la abadesa Magdalena de la Cruz, franciscana nacida en 1487, fue visitada de niña por un diablo 'fantaseado' de ángel. Se crucificaba y descrucificaba en su celda por órdenes del demonio, y se abría heridas santas como flores marchitas en días de fiesta religiosa. Fingía ayunos. Profecías. Enfermedades. Era relapsa. Le siguieron un auto de fe, pero sus dos delitos confesos, de soberbia y de lujuria, pecados vociferados a expensas de los verdaderamente soberbios y lujuriosos inquisidores que la vejaron y condenaron a reclusión perpetua, ¿no la hacen, también, una mártir? Sin demonio no hay Dios". [3]
Le relató, además, una alucinación. Desde la estancia en penumbra de su anticuario cruzaba hasta una casa calentada por el pequeño infierno de la chimenea, y veía la sombra del diablo bailoteando como figura chinesca. El azul en la llama amarilla. El cielo y el infierno. Un poco más adelante escribió: "Sólo hago un reparo a Los evangelios del diablo, querido amigo. Me resulta dudoso que Satán sea un mal obrero, un torpe albañil, habiendo estado en la construcción de tantas catedrales. Quizá es asunto [...] de malas lenguas que quieren desprestigiarlo [...]. A lo mejor es una diablura suya fingirse inhábil para ser expulsado de algo que odia con razones y talante de príncipe: el trabajo [...]. Soy de la creencia de que el diablo ama los oficios inútiles, y que por eso visita a anticuarios y poetas". [4]
Tal como el narrador al final del cuento, como hay quien habla al diablo para que lo escuche Dios, Isidoro León y Johannes Kauffmann establecen un diálogo de antípodas, a pesar de que uno está en una larga pesquisa por la luz y el otro en el rastreo de la sombra. Analogizan a Eros y Tánatos respectivamente.
La colaboración y contraposición entre Eros y Tánatos
La acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas, Eros y Tánatos, produce las distintas manifestaciones de la vida.
El odio es más primario, más antiguo que el amor. Y esto no sólo en el ámbito del individuo sino también respecto a la especie. Así, el hombre de las cavernas vivió con el acecho de las fieras, con la competencia de las tribus enemigas y con la amenaza de las fuerzas aniquiladoras de la naturaleza como los fríos glaciales. Desde los albores de la humanidad Dios crea orden y armonía. El Diablo siembra destrucción, desequilibrio. Dios y Diablo personifican el “bien” y el “mal”, a Eros y Tánatos.
En el sujeto Tánatos se mezcla con la sexualidad y por ello no se percibe tan fácilmente. Así ocurre con las enfermedades psíquicas, incluidas las perversiones. Tánatos puede envenenar dulcemente como la flor que exhala un néctar irresistible para los insectos, y cuando alguno se posa sobre ella es atrapado por una sustancia pegajosa, la carnívora flor se cierra, lo digiere y lo mata.
Podríamos definir la vida como la colaboración y la contraposición entre Eros y Tánatos o, lo que es lo mismo, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Es como decir que cierta dosis de radiación solar es necesaria para que las personas vivan, pero en exceso puede ocasionar una insolación o un cáncer de piel. La vida es el conjunto de fuerzas que se resisten a la muerte. Hay un conflicto entre las fuerzas generatrices de la vida y de la muerte. Pero a pesar de Tánatos la vida ha de seguir y no podemos decirle al planeta Tierra, que navega por el espacio como una nave sideral: «¡Pare, que me quiero bajar!».
El diablo simboliza o personifica a Tánatos
El concepto de que "El Diablo me indujo" no justifica el “mal” obrar puesto que debemos asumir una responsabilidad de nuestro destino. La tragedia griega honraba la libertad humana cuanto que hacía que sus héroes luchasen contra la fuerza superior del destino inconsciente.
En realidad el hombre, sea primitivo, o sea vestido de gala, siempre está amenazado por una naturaleza salvaje... la suya. El Diablo real no existe, nunca ha existido, es sólo un sustituto del padre, de ese padre reprimido que retorna. De ahí que el Diablo o Satanás, pintado como hirsuto, feo y feroz; haya sido perseguido, odiado y golpeado durante siglos. El Diablo somos nosotros mismos. Lo inventamos cada vez que nuestros actos no corresponden con la moral del superyó. El Diablo es, pues, una imago paterna: ambivalente, turbador y difuso. Símbolo de las pasiones malditas. De las tinieblas y de la muerte. De Tánatos. Al igual que Dios simboliza el Eros.
De ahí que Tánatos siempre está dispuesto a descargar golpes mortales, arma chismes, desvanece ilusiones como al rocío de la aurora, ahoga aspiraciones, es la marioneta que habla airadamente, prende peleas estériles, intimida con la palabra arrebatadora, tira el dardo fino de la intriga. ¿De qué manera domar una fiera como Tánatos, cuando es un felino imprevisible que no se sabe por donde sale, ya que acostumbra estar al acecho entre las rocas de los deseos de la región inconsciente? La cultura intenta retener, mediante diques, lo instintivo de la bestia escondida en todo ser humano.
Miremos en el cuento de Juan Manuel Roca, El diálogo de los antípodas, cuando alude al diablo como el Oscuro, o en términos psicoanalíticos a Tánatos cuyo fin es desmembrar, desunir, destruir las cosas, retornar a lo inerte; en la modalidad de la compulsión a la repetición, la modalidad por excelencia de la pulsión de muerte: "A todo trance veía la presencia del Oscuro en muchos actos cotidianos, sencillos o exóticos. Así, por ejemplo, cuando alguien le habló de la población alemana de Aachen, que un mediodía de julio de 1374 vivió un hecho asombroso de tarantismo --el tarantismo es, por las dudas, una condición patológica que se manifiesta por medio de un ataque de baile irrefrenable-- Kauffmann veía, tras del velo de la leyenda, el diablo. Y recordaba la legendaria historia gitana del demonio como inventor del violín. Pues bien, ese día en Aachen un enjambre de hombres y mujeres inició una coreografía frenética y mucho más que compulsiva por las calles, un ataque de baile comparable a los ataques de risa, que duró hasta que lesionados, exhaustos, casi muertos, cayeron en el profundo foso de un agotamiento colosal, luego de cinco febriles noches de iniciado el bailoteo. El señor Kauffmann veía en todo esto el sello caprino del demonio. La señal inequívoca del de la pezuña hendida, del de la campana en la cola, del lugarteniente de la sombra, del mismísimo". [5] Es indudable que en este caso la pezuña del diablo no se hunde sola en los barrizales, pues se notan asomos del constructivo Eros. Pero finalmente predomina el destructivo Tánatos o pulsión de muerte.
En el folclor Tánatos es personificado con el diablo. En efecto, Satanás porta características que se le pueden aplicar a la pulsión de muerte. Realidad misteriosa, temible y terrible. Destructor. Enemigo. Agente oscuro, indómito, amenazador, artero e incalculable que rodea con su malignidad. Sí, porque Tánatos es un principio del psiquismo inconsciente que como el gusano roe la fruta desde adentro, la pudre. Un principio que en una lucha o combate sin tregua trata de dividir y romper los nexos o relaciones del mundo, hasta llevar finalmente al ser a la muerte. Eso le ocurre a todo sujeto, sea éste de Nueva York, de Suramérica o de una tribu africana.
Lo central de Tánatos son sus tres posiciones: activa (matar), reflexiva (matarse) y pasiva (hacerse matar). En otras palabras: destruir, destruirse y hacerse destruir. Resorte fundamental del inconsciente, Tánatos opera en silencio de forma diplomática. Con un juicio de valor podríamos afirmar que actúa de manera hipócrita. Como un lobo con disfraz de cordero.
NOTAS:
1. Juan Manuel Roca, Las plagas secretas y otros cuentos, Medellín, Universidad de Antioquia, 2001, p. 15.
2. Ibíd., pp. 16-17.
3. Ibíd., pp. 20-21.
4. Ibíd., pp. 22-23.
5. Ibíd., p. 19.
El autor:
Rubén López Rodrigué es un escritor y editor nacido en Santa Rosa de Cabal (Colombia), pero desde que era adolescente vive en la ciudad de Medellín. En esta ciudad fundó la revista de psicología OASSYS Actualmente edita y dirige la revista RAMPA, publicación internacional de ensayo, poesía y narrativa (www.rampa.galeon.com); y es el Director del equipo editorial de Colombia para Francachela de Argentina. Fue integrante de los talleres literarios de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, dirigido por Manuel Mejía Vallejo, y en la Universidad Nacional, dirigido por Luis Fernando Macías. Ha realizado guiones culturales para televisión. Estudioso del psicoanálisis, ha publicado La concepción freudiana sobre el mundo exterior, Momentos del psicoanálisis en Colombia, Hacia una estética psicoanalítica, Contra el viento del olvido (en coautoría) y La luciérnaga psicoanalítica. Es colaborador en periódicos y revistas de Colombia y el exterior. Varios de sus textos han sido traducidos al alemán. Tiene varias obras inéditas de literatura (novela, ensayo, cuentos y fábulas).
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© Rubén López Rodrigué
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-marzo de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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