Efraím Medina Reyes
y la nueva novela del Caribe colombiano

Orlando Araújo Fontalvo
orlandoaraujof@hotmail.com
Magíster en Literatura Hispanoamericana
Instituto Caro y Cuervo


“La literatura colombiana, tan planchada y tan pulcra, esperaba la llegada de un bárbaro”.
Juan Manuel Roca



Lo primero que uno podría decir de la obra del escritor cartagenero Efraím Medina Reyes es que no sería admitida jamás en el muy decente plan de lecturas de un colegio de monjas. Lo cual ya de suyo habla muy bien del  autor. La propuesta estética e ideológica de este joven talento del Caribe nuestro conjuga la hondura filosófica de la risa trágica y desacralizadora con algo que el poeta Juan Manuel Roca ha llamado con acierto la “Urbanidad de Carroña”.  Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, esa bella y no menos valiente obra que nos ocupa,  mereció en 1997 el primer lugar del Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura. A mediados del año pasado, su versión italiana fue publicada por la editorial Feltrinelli, y ya fue vendida al alemán y al francés.  Hace un par de años, bajo el sello Proyecto Editorial, apareció vestida de  tímida Cenicienta y  ya hoy la segunda e impecable edición de Planeta se abre paso con luz propia en  las librerías españolas e hispanoamericanas.

No se entiende por qué, entonces, la enorme liga del mutuo elogio, el comité de aplausos, se conforman con  llamarlo el “chico malo de la literatura colombiana”, el monarca del realismo sucio; otros, aún más escasos de imaginación,  dicen que es la versión caribeña de Bukowski; en los clubes sociales las señoras bien  toman el té de las cinco en punto y simulan sonrojarse con títulos como Técnicas de masturbación entre Batman y Robin o La sexualidad de la Pantera Rosa; en las revistas de peluquería aparece en “pelotas” y lo consideran irreverente y machista.  Efraím Medina escucha y sonríe. En realidad, desde hace tiempo no hace otra cosa que atizar más el fuego: “En un país de tías solteronas, un país pacato y miserable como Colombia, ser irreverente es la cosa más sencilla del mundo, basta gritar un par de verdades con las palabras justas. Irreverente es la palabra que usan algunos idiotas para descalificar lo que no entienden o no aceptan”. 

Pero eso, aparte de publicitar al autor,  nada dice de su auténtico valor literario, eso en nada esclarece su proyecto narrativo.

A decir verdad, la dinámica y la lógica de los campos de producción cultural, tal y como las describió Bourdieu, le dejaban a la irreverencia de Medina un estrecho margen de maniobra, pues, de cualquier forma, el campo literario no es otra cosa que un ámbito de competencia, un natural camino de luchas que tienden a transformar o a conservar la relación de fuerzas establecida. En ese espacio de diálogo y disputa, son perfectamente normales y previsibles las pugnas entre las siempre renacientes vanguardias y la vanguardia consagrada. Esta discusión incesante se traduce, del lado de las obras, en un proceso de clara depuración.

Así pues, los más jóvenes, los recién llegados al campo de competencia, los de la periferia, los más desinteresados y arriesgados,  si quieren tener éxito y reconocimiento, si quieren modificar en su provecho el funcionamiento interno del campo, deben arremeter sin consideración en contra de los antiguos propietarios del capital simbólico.  Por eso es comprensible que en el contexto del campo literario del Caribe colombiano, para Medina Reyes, Germán Espinosa no sea más que  “una momia ilustrada”. Por eso cobra sentido la declaración del onírico “Rey Reptil” refiriéndose a García Márquez y a Botero: “Esa gente me recuerda a las luminarias del alumbrado público que había en la calle donde nací. Hacía siglos que se habían fundido y nadie se preocupaba por cambiarlas, al cabo, cuando estaban en servicio, tampoco servían para un culo”

Un primer acercamiento a Erase una vez el amor, revela una obra con casi tanto desorden como desenfreno.  En principio,  parece solo tratarse de la retahíla de desplantes de un tal Rep, diminutivo de reptil. Un machista confeso  de  “ojos negros y hundidos como agujeros de escopeta a punto de disparar, la boca sensual y una verga de 25 centímetros en los días calurosos”.  Un individuo resentido y frustrado que alterna sus fracasos y sus sueños en un cronotopo  heterogéneo que oscila entre Ciudad Inmóvil, Nueva York y Bogotá.  Sobra decir que Ciudad inmóvil es la Cartagena natal de Efraím Medina.  El culo de la mula  en donde “la gente prefiere comer cangrejos y tirarse en la hamaca a lanzar eructos. Otros salen a buscar turistas (que tirados bajo el ardiente sol caribeño parecen camarones gigantes) para venderles chucherías afrodisíacas (lo único que estimula esa basura son las amibas). Como puedes imaginar, aquí los interesados en el rock y sus tendencias se cuentan con los dedos de una mano. Su dios, en el mejor de los casos, es Joe Arrollo, un mulato gordo, repleto de amibas y swing antillano. La mayoría adora a un tal Diomedes Díaz (una especie de chicharrón peludo envuelto en papel regalo). En Ciudad Inmóvil si no usas guayabera y pantalón con pinzas eres raro. A ellos no les gusta cambiar, se sienten cómodos meciendo sus hamacas frente a un mar que en esa parte se pudre. Mientras no les espantes el sueño puedes quedarte con todo”.   

Un acercamiento más detallado, sin embargo,  permite descubrir la coherencia interna de la obra, la sincrética armonía de su morfogénesis textual. A lo largo de ocho capítulos, Efraím Medina entreteje una multiplicidad de historias y recuerdos en un argumento vertiginoso. En uno de los hilos temáticos está la frustrada historia de amor entre Rep y Cierta chica, un amor que tiene de todo, menos de rosa, que  “golpea más fuerte que Tyson, se mueve mejor que Alí, y es más rápido que Ben Johnson dopado”;  en otro, la crónica enrevesada de los miembros de Fracaso Ltda; y en el último, el desenlace fatídico del asaltante de bancos  John Dillinger y de las estrellas de rock, Sid Vicious y Kurt Cobain, líderes de los grupos Sex Pistols y Nirvana, respectivamente. En otras palabras: una descomunal maraña de frustración y sarcasmo fijada a una forma arquitectónica casi inasible,  heteróclita, salpicada de sueños, paralelismos, entrevistas, cables de prensa y tentativas cinematográficas. 

Jugando un poco a las etiquetas, me arriesgo a decir que la obra de Efraím Medina es una especie de tragicomedia que, en primera instancia, bebe de dos fuentes claramente posicionadas: la Nueva Novela Histórica y la novela postmoderna.  En cuanto a lo primero, es evidente la indagación que realiza el autor acerca de la vida y la muerte, las cuestiones últimas, de este par de ídolos musicales. Su vehemente propósito de reivindicar la verdad novelesca sobre cualquier mentirosa y miope versión oficial. Claro está,  se trata de una suerte de metamorfosis. Los personajes históricos no son Bolívar ni Colón ni ninguna de las resabidas figuras que durante décadas se pasearon por las obras de los más prestigiosos autores latinoamericanos: Los célebres contestatarios del poder   de los que nos hablara el insigne maestro Ángel Rama. El reingreso a la problemática histórica se lleva a cabo principalmente a través del campo musical. Curiosamente, y contrario a lo que cabría esperarse, las figuras que  ocupan al autor no guardan ninguna relación con  el campo de la música del Caribe.   Para Big Rep,  las razones están a la luz del día: “Si folklore son unos tipos horribles haciendo ruido con un acordeón , entonces Teo Monk y los Sex Pistols es todo el folklore que necesito”. 

En relación con lo segundo, es indiscutible que la síntesis elaborada por Alvaro Pineda Botero respecto de la novela postmoderna,  resume bastante bien la cuestión, pues en la obra de Medina “las categorías tradicionales de espacio continuo, tiempo lineal, caracterización sicológica convincente de los personajes, visión ordenada del universo, existencia de verdades objetivas y de principios trascendentales, han sido menguadas o suprimidas, dando paso a una visión caótica de la existencia, a la fragmentación, a la acumulación de estilos y géneros sin principios organizadores; y sobre todo, a la crisis del sujeto y el objeto”.

No hay ninguna duda de que nuestro personaje es un pobre diablo que no llega ni a reptil. Un hombrecillo  con ínfulas de supermacho que “se vuelve mierda cuando su chica lo abandona”. Un sujeto en crisis que, sin embargo, es capaz de reflexionar, de poner el dedo en la llaga, de decir lo que muchos piensan y no se atreven a decir.  Su disertación embiste, cuestiona, inquiere. Su instrumento de reflexión, a falta de uno mejor,  es el sexo y lo maneja con destreza, ferocidad e impudicia.  A simple vista pareciera ser el típico personaje que a la profesora Thomas le gustaría ver colgando de las que ya sabemos,  sin embargo, como lo reconoce el propio Efraím Medina,  “Rep es tan cómico y vulnerable que su mayor orgullo es tener una verga de 25 centímetros. Y luego se da cuenta que su larga verga no le sirve ni para conservar a la mujer que ama”. 

Pero más allá de estas dos categorías, la novela de Efraím Medina Reyes es una significativa toma de posición que es necesario analizar en el contexto de la globalización y el multiculturalismo. Erase una vez el amor pero tuve que matarlo aparece justo en un momento histórico en el que las pertenencias culturales de carácter nacional o tradicional son relevadas por identidades orientadas hacia valores transnacionales y postradicionales.  Y Efraìm Medina, con la misma honestidad de sus personajes,  reconoce la importancia insoslayable de estos elementos en la configuración de su habitus: “Los títulos de mis novelas, y mis novelas mismas, afirma, responden a una estética desde la cual veo el mundo, esa estética tiene que ver con mi cultura y cuando digo mi cultura me refiero a la mía personal ya que no me inscribo en una estúpida tradición folclórica como el realismo mágico ni jamás bailaré cumbia en la Casa Blanca. Fui formado con la tele, el cine, los cómics, etc. Soy un hijo de los medios, un hijo bastardo del imperio yanqui, y trato de asimilar eso sin olvidar por un segundo que soy un sudaca, trato de mezclar mis elementos dispersos y contradictorios. Siento que mi vida mediocre repleta de ensoñaciones y comerciales de margarina puede expresarse a través del humor, no un humor gratuito sino aquel que se origina en lo trágico”.

La globalización es una moneda de mil caras que genera transformaciones no sólo cuantitativas en el ámbito de la economía mundial, sino también cualitativas en el ámbito de la reproducción cultural. En este proceso, que Santiago Castro-Gómez ha llamado des(re)territorialización, lo que se globaliza no son únicamente las instituciones estatales y las estrategias económicas, sino también las ideas y los patrones socioculturales de comportamiento. Parece claro que  los medios electrónicos de comunicación han pulverizado las barreras culturales, sociales, políticas e ideológicas,  configurando así una verdadera cultura global de masas. 

Precisamente por ello,  son más entrañables para Rep los nombres de John Wayne o Clint Eastwood  “que los de Alejo Durán, Jorge Villamil o Teresa Gutiérrez”. Por eso puede exclamar sin pudor: “A mí aceptar como propia una cultura  que había producido a Los Corraleros de Majagual me daba agrieras”. No olvidemos que el personaje de Efraím Medina puede “recordar mejor algunos capítulos de Hechizada que la historia de Ciudad Inmóvil”, y que Steve McQueen es mil veces más importante en su vida que  ese majadero de Simón Bolívar. Cuanta razón tiene Castro-Gómez cuando habla del universo de signos y símbolos que se difunden planetariamente por los mass media y alteran el modo en que millones de personas sienten, piensan, desean, imaginan y actúan. Signos y símbolos que ya no vienen ligados a las peculiaridades históricas, religiosas, étnicas, nacionales o lingüísticas de esas personas, sino que poseen un carácter trans-territorializado y, por ello mismo, postradicional.
               
Nos hallamos entonces, una vez más, de cara contra la misma pregunta que ha acosado desde siempre a nuestros intelectuales. Me refiero a la pregunta sobre la identidad. Erase una vez el amor pero tuve que matarlo es, en plena era del vacío y el ciberespacio, una necesaria meditación sobre los embates de la globalización en un ámbito enduendado que, como el Caribe colombiano, ha permanecido en el cloroscuro del mito más tiempo del que hubiera sido deseable.  La novela de Efraím Medina  deja sobre el tapete problemáticas tan fundamentales como las relaciones de la globalidad y la regionalización, las cuestiones de clase, raza y género, y el nuevo sentido de la nación, la identidad y la memoria histórica.

Todo ese proceso de desterritorialización e hibridación, producido a través de los medios masivos de información, no supone la cancelación de la problemática de la identidad, sino todo lo contrario: su redefinición. Personalmente, no creo que la toma de posición que se lee en la novela de Medina apunte hacia una apología de la Globalización.  Su personaje es, más bien, la víctima de una perversa y masiva espiral que ha consumido sus valores, que lo ha rebajado a la insultante condición de chiflajopo. Un “pobre boludo sin identidad”, como lo llama la intelectual y cosmopolita Mónica, una argentina trotamundos que hubiera hecho palidecer de envidia a Magallanes.  Rep no es un héroe, ni siquiera un antihéroe. Es tan solo un pobre "alpargatón" que nunca había pasado de la esquina, y como “no podía ser neoyorkino, al menos quería imaginar que lo era.    

No hace mucho, Orlando Fals Borda insistía en algo que viene perfecto para rematar estas líneas: la necesidad urgente de la “glocalización”, que cambia la “b” de “bárbaro” por la “c” de “corazón”.  “El eurocentrismo, recordó el sociólogo caribeño,  es la expresión culturalista de las tendencias expansivas del capitalismo. Como tal, es componente articulador de la globalización reciente que llega a nuestros campos y ciudades, el que socava nuestras costumbres, idiomas y visiones cósmicas”. Coincido con el maestro Fals Borda cuando dice que en el caso de la Costa Atlántica colombiana se “requiere reforzar políticas culturales y económicas dirigidas a defender las clases productivas y trabajadoras, los grupos indígenas y afrocolombianos; revivir raíces étnicas, costumbres y lenguas autóctonas; apoyar a los juglares y festivales de la música popular; recuperar la historia campesina, regional y barrial; honrar a los luchadores y soldados del pueblo y no sólo a los generales de los ejércitos; estimular la investigación de los contextos propios y la creatividad científica y técnica; y sobre todo tener autoestima y actitudes de dignidad y respeto por las características esenciales de las regiones territoriales”.

Solo de este modo es posible evitar el autodesprecio que destruye la autoestima  y la confianza de los personajes de Efraím Medina Reyes. Solo de este modo es posible ahuyentar el fracaso y la frustración. Solo de este modo es posible, como dice Rep, entender que “transportar un pensamiento no significa compartirlo. Para que un pensamiento conecte a dos o más sujetos debe ser descifrado por todos ellos y eso no es frecuente. Conectar es distinto de aceptar, el grueso de lo que llamamos comunicar no es más que repetición y obediencia. Vivimos de pactos referenciales, de escueta mecánica. ENTRENAMIENTO  es el nombre del sublime juego que algunos llaman todavía VIDA.

Erase una vez el amor pero tuve que matarlo es, más allá de la sobreactuada sordidez de su proyecto estético,   una obra necesaria y valiosa, atiborrada de sexo, droga, impotencia y rock and roll. Una obra lúcida, pienso yo, que nos muestra la miseria de soñar lo que no somos. No me importa lo que  después diga su autor. Su obra, como dijo Cortázar,  es ya una burbuja que se ha desprendido de su pipa, y como tal, dice más de lo que él quiere y piensa,  ya tiene voz propia y vocifera que no es solo  asco por lo bien que trabaja la gente en oficinas y estadios, es el adiós del Hombre lo que la preocupa, es la aventura humana como un Titanic hundiéndose en el espeso océano de la incertidumbre”.
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©   Orlando Araújo Fontalvo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN IV - NÚMERO 16