Una lectura del cuento
“Pesadilla”, de Julio Cortázar
Mónica Maud
Lo primero que llama la atención es el titulo del cuento. Éste nos abre una inquietante interrogación, que se va dilucidando y tomando cuerpo a medida que avanzamos en la lectura. Por cierto, la imagen de la pesadilla que detectamos en las primeras líneas, aunque pareciera dar cuenta del sentido del texto, es irremediablemente parcial y sólo con el entrecruzamiento de elementos textuales habremos de llegar al fondo del sentido.
Sin embargo, a pesar de que todo el cuento se erige en fábula cual una pesadilla, el verdadero valor de la misma (la significación textual e intertextual más profunda) se cristaliza en la última expresión, que paradójicamente dice: “hermosa vida”. De hecho, se trata de una antítesis conceptual que no es casual, pues funciona como marco, enlace y contenedor de los episodios, los personajes y sus dramas. Éstos, además de permanecer aunados a través de un hilo ejecutor de las acciones y pensamientos: el sueño enfermizo de Mecha, mantienen la individualidad de sus interventores; así es posible delimitar, según indicios disimulados o evidentes a la lectura, conductas diferentes frente a situaciones similares, o bien, conductas ocultas que provocarán consecuencias tan nefastas como felices. Es el tono paradojal el que contiene tanto el ambiente del cuento, como su proceso de escritura.
La historia, propiamente dicha, del cuento se desarrolla en el ambiente íntimo de un hogar común, como muchos. El drama: la enfermedad prematura de uno de los miembros de la familia. De entrada, el planteo directo del conflicto, sin introducciones, ni presentaciones previas, nos evita demasiadas reflexiones y nos vemos tentados a considerar la trama textual un tanto simple. Lo que nos llama la atención es apenas una cuestión formal: diálogos no estructurados en la prosa como tales, pensamientos que se entremezclan con acciones, voces que se confunden. En una primera mirada, centramos la dificultad en el proceso de lectura y se hace necesario, volver sobre los párrafos y releer. Hasta entonces, no nos salimos de una problemática formal.
Desde el punto de vista del aparato denotativo, no existen importantes problemas para definir la historia, la cual incluso, está indicada por una duración cronológica precisa: “una semanas”. Los espacios, sin estar descritos, se hallan indicados con elementos claros y rápidamente nos imaginamos o ubicamos en el sitio (la casa) donde se desenvuelven las acciones. Pero, si abordamos la lectura, como corresponde a un buen lector, es decir, desde el sistema connotativo de significaciones, una lectura entre líneas, no podemos menos que salirnos de los límites de dormitorio-cocina-comedor-baño y ser cómplices, junto con el narrador, en su misión de testigo omnisciente. En ese andar, en la obligación de elevarnos del escenario pequeño y restringido, donde la enfermedad por desconocida corroe el espíritu familiar (tengamos en cuenta esta expresión: por desconocida, corroe), es factible detectar ciertos indicios que dan cuenta de una realidad más amplia, contenedora, que va más allá de la intimidad del dolor intrafamiliar, pero, que a la vez, torna ese dolor en un dolor universal.
Dos datos claros, menciones de nombres de lugares de la ciudad, que sin importar si son ciertos, nos permiten ubicar el contexto geográfico: Buenos Aires. Otros, que connotan el tiempo histórico: la Copa, los goles, las sirenas, los tiros y algunas expresiones tales como: “ya sabés cómo es esto”, quitan toda posible duda. El contexto de la tragedia familiar se despliega en el año 1978.
Una materialidad que abarca a hombres y mujeres; algún tipo de horror frente a tales descubrimientos que se entremezcla con el terror y la fragilidad del estado de Mecha. Es imposible no manifestar los efectos que provocan en el lector el hallazgo de ciertas referencias, que venían siendo escondidas en la primera e ingenua lectura.
Gracias a la condición dialógica del texto, a su intensa comunicación interna, y a la capacidad de instaurar interrelaciones anteriores y ulteriores, se revelan con claridad los mencionados indicios. Éstos funcionan como indicios en la trama textual, pero, al ser develados mutan en herramientas de exploración de la verdad; es así como nos sorprendemos intentando interpretar el cuento según los indicios. Ya se han convertido en ejes de sentido. Según avanza la lectura, estos focos adquirirán mayor valor cognitivo y aportarán no sólo datos escuetos y puramente informativos, sino que transmitirán un cúmulo de sensaciones guardadas en los rincones del texto y despertadas en el lector por la intensidad de la escritura, sin desmerecer, por cierto, las distintas reacciones que podrían manifestar los lectores conocedores de la época de represión subversiva en nuestro país y los que la ignoran.
Un paralelismo queda al descubierto: el desquicio interno por la impotencia frente al “sueño” de Mecha, el que incluso parece, por lo monstruoso, poco creíble, por un lado, y el desquicio, ajeno al hombre común, por los momentos de horror que vivía el país. Existen, en este cuento, dos mundos, tan diferentes, tan similares y tan contradictorios: en uno prima el amor, la constante atención y cuidado al ser débil y, al mismo tiempo, el descuido y la indiferencia hacia el que parece fuera de riesgos, el hermano; en el otro, la mentira y el engaño disimulan realidades trágicas. Lo mismo sucede en el entorno intrafamiliar, pero se descubre recién cuando las consecuencias son inevitables. Aún así, también en esta faceta podemos encontrar indicios que nos llevan a advertir que Lauro no es transparente, que la universidad pudiera ser un pretexto; pero, estos indicios no cobran similar importancia que los antes citados.
Hablamos de la llamada guerra sucia, cuando en el año 1978, Argentina cubrió el drama de la muerte y la tortura con goles y un espectacular triunfo. También, en el texto se pueden delimitar con claridad, el desarrollo de la historia oficial (es decir, la mentira y el engaño): los noticiosos, las fuerzas del orden (¿del orden?); mientras sirenas, tiros, etc., indican la otra historia, la no oficial, la oculta y ocultada entonces.
Otros elementos indiciales y que se relacionan con la posterior actitud del padre de Lauro, es la indiferencia, la confianza que parte de la ignorancia, el temor por el temor mismo, nada indica que haya una real comprensión de lo que sucede. Dentro del ámbito familiar, el padre de Lauro muestra una actitud de espera inconsistente, injustificada frente a la prolongada ausencia del hijo; esto se relaciona textualmente con la primera palabra del cuento: “esperar”, y se instituye como otro núcleo de sentido.
Ahora bien, ambos contextos, si bien diferenciados en el discurso, se encuentran semánticamente entrelazados. Es el hermano Lauro el principal nexo entre ambos. Debemos tener en cuenta, además, las reacciones físicas de la enferma, quien existiendo en estado de coma (indiferencia total y absoluta), que coinciden con el sonar de las sirenas y el ruido de los tiros... afuera, a lo lejos, otra de las actitudes del hombre, en ese momento: todo sucedía afuera, a lo lejos. Estas reacciones, decíamos, se convierten en elementos, también, de enlace. Podemos establecer sin dificultad la coordinación de sus movimientos inconscientes con la inconsciencia del afuera, y a la vez, con la voluntad de unos pocos, de quienes apretaban los gatillos y manejaban las sirenas... Al final, este elemento se vuelve revelador de la realidad.
Una relación especial se entabla entre los hermanos y aunque podemos fundarla en hechos familiares, frente a la inconciencia de uno de ellos, esta relación casi sintomática parece acentuarse. La ansiedad de uno pareciera recibir respuestas ocultas. Los temblores de Mecha tienen estrecha vinculación con el temor..., esto no lo captamos sino después de varias lecturas. Es como si ella estuviera al tanto del accionar de Lauro y sus reacciones son premonitorias. Es ese temor su único contacto con la realidad, el temor la mantiene viva (“pareciera muerta”): los espasmos, los movimientos circulares debajo de los párpados agitan su frágil inconsciencia; como si albergara la verdad en su sueño impotente.
De esta manera, arribamos al, diríamos, inevitable final dentro del gran contexto e inesperado desenlace, en el íntimo. Son dos finales que nos plantea el autor, pero, uno, carente de sentido, sin la relación con el otro. En un exquisito estilo paradojal, muy propio del autor, la desaparición de Lauro se corresponde con el insospechado despertar de Mecha. La salvación de uno implica la condena del otro; y es recién entonces, cuando la crudeza de una realidad hostil penetra en la armonía del hogar. Armonía, por llamar y distinguir, de alguna manera, los dos mundos: el adentro y el afuera; pero igualmente, descontrolados, si volvemos al sentido estricto de la pesadilla: cada cual, en sus conflictos, involucra una pesadilla. El título del cuento tiene su razón de ser y su valor de sentido llega a la cúspide en ´los finales´.
Para finalizar, deseamos comentar rápidamente, el valor de un término que nos atrajo la atención. El diagnóstico del médico con respecto a Mecha: “proceso viral complejo...”. Esto nos obliga a entablar otra relación dialógica entre lo interno (el sentido literal del discurso) y lo externo (el sentido connotativo). El uso del término “proceso” no es casual; por el contrario, adquiere una doble significación dado el contexto en el que está perfectamente empleado. Tanto es así, que si nos atuviéramos a este vocablo y realizáramos un análisis diacrónico del cuento, llegaríamos a similar interpretación, siguiendo diferente camino.
La autora:
Mónica Maud es profesora de Literatura, Castellano y Latín. Santiago del Estero, Argentina.
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© Mónica Maud
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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