LA IDENTIDAD DEL HOMBRE CARIBEÑO
EN DOS CUENTOS DE JOSÉ FÉLIX FUENMAYOR

Katia de la Cruz
Lenguas Modernas
Universidad del Atlántico

Un capitulo importante en la literatura nacional lo constituye la obra del escritor costeño José Félix Fuenmayor.   Periodista, poeta, escritor y político, Fuenmayor nos presenta un mundo cercano, auténtico, bañado de un humor refrescante y de una trascendente cotidianidad.  Su obra es el punto de partida, el  modelo de apertura de nuevas construcciones literarias.  Si nos situamos en los inicios del cuento caribe y observamos con detenimiento los sustratos del cuadro de costumbres, de la crónica, de la leyenda y demás elementos narrativos, encontramos que todos estos confluyen en los escritos de este autor.

José Félix Fuenmayor nació en Barranquilla en 1885.  Desde muy temprano se dedicó a las labores periodísticas, lo que le impidió continuar sus estudios.  Fue director del Diario El  Liberal y junto al “Sabio Catalán”, Ramón Vinyes, fundó el renombrado Grupo de Barranquilla. Incursionó en la vida política como concejal y diputado por el Departamento del Atlántico, además, actúo como colaborador en la revista Voces y publicó cuatro libros de gran valor literario.  En 1910 publicó un poemario titulado Musa del Trópico, en 1927 salió su novela Cosme y al año siguiente publicó Una Triste Aventura de Catorce Sabios.  Fuenmayor murió en 1966 y como homenaje póstumo apareció una recopilación de sus cuentos con el nombre de La Muerte en la Calle [1]. 

Como escritor, JFF irrumpe con un aire innovador y vanguardista.  Busca, de alguna forma, oxigenar la literatura nacional, que había estado encerrada en una retórica emotiva y reaccionaria.   Sus constantes críticas y alusiones irónicas a la prosa de la época, fueron la base para la creación de un nuevo estilo.  Sus relatos están pintados con voces populares y son el reflejo del ser y el sentir costeño.  Sin caer en ánimos regionalistas y con el deseo de saberse universal,   Fuenmayor da las pautas para la construcción de una nueva literatura, la literatura del Caribe Colombiano.

Con el fin de conseguir este objetivo, JFF se centra en la búsqueda de un nuevo espacio literario.  Sus primeros acercamientos a la temática sirven de plataforma a escritores como Cepeda Samudio y García Márquez,  que desglosan de forma decisiva este tema.  Esa búsqueda de la identidad que refleja Fuenmayor en su obra, no es fenómeno singular sino plural.  Es una trenza de hilos culturales y cosmovisiones, entretejidos en  siglos de sincretismo.  “Si se quiere hablar aquí de identidad cultural, es necesario poner el término en plural, porque no existe una sola identidad en la región, sino un tejido de identidades que se fueron diseñando durante varios siglos, que se van moldeando ahora y seguirán definiéndose en el futuro como una identidad singular y plural a la vez, múltiple y multiplicadora” [2].

Partiendo de este principio, la apreciación que hace Bansar sobre identidad nos remite al concepto manejado por Alfonso Rodríguez: “La identidad como un juego de reciprocidades entre ser sí mismo y ser un grupo” [3]. Reconocernos como gente Caribe, es reconocer los limites o diferencias que tenemos con los otros y aún con nosotros mismos.  Es encontrar en  un montañero a un hombre Caribe de la misma manera que se puede encontrar en un isleño, un costero, un sabanero o tal vez un guajiro [4] .  Somos  diferentes pero al mismo tiempo somos el resultado de la fusión entre el frenesí y la pasión negra; la magia y la mística indígena y las ideologías y normas europeas.  Conformamos una unidad autónoma y pluricultural, “que no solo comprende el mare nostrum  interno, el mar de las antillas, sus  costas e islas, sino que además integra el oriente de Brasil, el occidente de África e incluso el suroriente de los EE.UU.” [5]

El hecho de pertenecer a este gran conglomerado cultural, pone de manifiesto la necesidad de descubrir esas características que nos hacen diferentes a otras regiones y aquellos aspectos que nos hacen semejantes a nosotros mismos.  La literatura juega un papel importante en su condición de elemento imprescindible de la cultura.  Mas específicamente el cuento caribe, “por el hecho de tomar como referente el mundo de la realidad social, se hace particularmente notable como descriptor de elementos empíricos y mentales que expresan nuestros heterogéneos modos  de ser dentro de la unidad cultural que llamamos región Caribe y que nos hace distintos frente a las otras regiones” [6].  Como mencionamos anteriormente, JFF es un modelo de apertura ante esta situación.  En su escritura, el autor refleja la búsqueda de una identidad regional, que logre trascender el costumbrismo reinante y finalmente demuestre la universalidad que nos compone. “Con JFF más que a una especulación sobre la identidad cultural barranquillera (o nacional), asistimos a su construcción, a su forjamiento, en el nivel más adecuado en que puede hacerlo un escritor; el lenguaje, la morada de la escritura, la casa del texto” [7].

Con el fin de descubrir algunas características que delinean al hombre del Caribe colombiano, hemos escogido dos cuentos de José Félix Fuenmayor, los cuales hacen parte del libro La Muerte en la Calle [8]. En los cuentos “Con el doctor afuera” y “Utria se destapa” [9], podemos encontrar el concepto implícito que maneja Fuenmayor sobre la identidad y los recursos de los que se vale para caracterizar al máximo al hombre caribeño. En el primer cuento, son narrados en forma de monólogo, episodios de la amistad entre un abogado y un ordeñador. El abogado, llamado “el doctor”, es un forastero que al parecer ha venido a la finca a pasar sus últimos días. Esta amistad entre los personajes parece inclinarse más hacia un diálogo de conocimientos intuitivos y racionales. Dentro del fluir de la conciencia del ordeñador (narrador), aparecen también dos personajes más, Magdaleno y Liborio. El ordeñador está contando desde un asiento recostado en la pared del patio, el cual han bautizado con nombre y apellido como “El Taburete del Doctor”.

Por otra parte, en UD, la historia es contada por un narrador extraheterodiegético que presenta a Utria como un montañero aspirando a ser citadino. El protagonista pretende entrar en la urbe a saltos y cree que con el uso de vocablos finos, su paso será rápido. El gran eje temático en ambos cuentos es la lengua y la necesidad que tienen los protagonistas de ser escuchados.

Son muchos los aspectos que evidencian al hombre del Caribe en estos relatos. Sin embargo, nos centraremos en la apreciación de cinco de ellos, así como en la aceptación de la identidad y los ejemplos que presenta Fuenmayor sobre la negación de la misma. En primer lugar tenemos la actitud humorística y la ironía. El hombre del Caribe se caracteriza por su picardía y recurrencia a expresiones hiperbólicas, sobre todo en sus conversaciones cotidianas. Esto no lo hace con el ánimo de ofender sino pretendiendo hacer los diálogos un poco más jocosos. Tal es el caso de la explicación que da el ordeñador a su mujer sobre la apariencia del doctor: “El doctor todavía puede ablandarse como en agua y media, su tamaño ni se le nota entre nosotros y anda como un sábado por la tardecita. Mi mujer me repeló: ¡Qué gracioso! Ni que lo tuviera delante. Me dejas en ayunas”. (20) Cabe resaltar la frecuente utilización de elementos de la flora y la fauna en sus comparaciones, debido a que son éstos el mundo de referencia de los personajes.

De otro lado, es clara la presencia de la dialogicidad, tal como la describe Ramón de Zubiría: “El hombre Caribe es comunicativo, deliberante y conversador, cuentero nato, un hombre para quien la comunicación constituye una necesidad esencial” [10]. Podría decirse que es una de las principales características de este hombre y Fuenmayor lo explicita en la necesidad que sienten los personajes de ser escuchados, en el amor que le tienen a la palabra y sobre todo en el  placer que les produce el acto de habla. Ejemplo claro de ello lo encontramos en UD: “Pero no voy a aprender [a escribir] porque a mí no me importa el papel, yo quiero oreja para hablar y que me oigan” (70), “y ahí mismo sentí el aviso que era de mi asunto y me lo daba sin la oreja que me la puso ladeadita y yo la vi como el embutido más lindo del mundo para que le echara vocablos finos” (67-68) y “Él no es de muela sino de lengua”. (12)

Seguidamente, observamos esa tendencia que tiene el hombre Caribe hacia la autodefinición. Es una necesidad que siente este hombre de reconocer en sí mismo lo que es y darse a conocer a los demás como una manera de afirmar su identidad: “pero es que nosotros no estamos acostumbrados a decirle palabras bonitas a las personas de nuestra estimación y más bien las linduras nos sirven para hacerle insulto a la gente con quien no comulgamos”. (23) Este carácter de autodefinición nos lleva a descubrir la verdadera esencia que nos compone y es uno de los principales elementos de los que se vale Fuenmayor para ratificar su búsqueda.

Se pueden considerar como elementos importantes la tristeza y la soledad. Héctor Rojas Herazo no concibe el Caribe como ese lugar lleno de desbordante alegría, más bien nos define como: “pueblos que no tienen nada de alegres. Pueblos desolados y tristes, oficialmente olvidados” [11].  La tristeza que escondemos en rítmicos cantares y esa soledad que nos envuelve nos hacen apreciar la naturaleza y ver la vida con muchos más misterios y contemplación: “comience por ahí, doctor, con esos juguetes mientras aprende como nosotros a poner atención a otras cosas que son vistas y oídas con ojos y oídos de adentro, y esto es un misterio y no se lo puedo  explicar”. (21) 

Y por último, observamos la marcada utilización de la oralidad. Con respecto a este punto, cabe resaltar el manejo apropiado que hace JFF de la tradición oral.  Lo que se había observado en cuanto al manejo de la oralidad era la superposición de la fonética regional en frases académicas que no tenían ninguna relación con el personaje que hablaba.  En la obra de JFF, podríamos utilizar los términos  “ficcionalización de la oralidad” [12], para referirnos a este fenómeno, en el que los personajes utilizan expresiones costeñas sin ser narradores netamente orales.  Es de esta forma, como “El narrador costeño, al utilizar la oralidad como campo de creación, no se queda en un nivel primario y elemental de la lengua hablada, sino que abierto a las influencias de la cultura universal, acepta técnicas, vocabularios, puntos de vista, formas y niveles narrativos con los que logra hacer trascender los contenidos regionales” [13].  Lo anterior se puede observar en frases como: “Ya esta aquí Magdaleno, flaco y cabezón, que parece una olla de mono en su varita” (11), “Él no vino aquí ni biche ni verde para madurar, sino maduro para pudrirse” (20) y “Descompuerta el chorro como arroyo Mono en invierno, que quién lo va atajar”. (13)

Al hablar de características que nos muestren nuestra pertenencia al mundo Caribe, JFF nos presenta en CDA y UD  un paralelo entre el ser auténtico y su negación (inautenticidad),   un recurso  más para reconocer nuestra identidad.  El campesino ordeñador que nos muestra JFF se siente orgulloso de su condición, lo demuestra alzando sus manos y reconociéndolas como manos de campesino: “Yo levanté mis dos manos, las abrí, bien abiertas, y dije: «todo el que sepa de ubre de vaca tiene que ver que estos dedos son de ordeñador»”. (15)  Su cosmovisión lo desnuda como un hombre sabio en su naturaleza y culto en su entorno: “Mi letanía dije yo, no es más que esta: que de día puede uno ponerse a buscar a Dios, pero de noche hasta puede uno encontrarlo”. (22)

El doctor, representación del raciocinio y de la academia, busca en las explicaciones del campesino, la simpleza del conocimiento y la esencia del saber: “Y también yo lo excusaba porque él era hombre de ciudad, no comprendía el monte y ya no iba a aprender”. (20)  Por su parte el campesino busca en él alguien con quien conversar y poder compartir sus interrogantes filosóficos.  El ordeñador es presentado por JFF como un jalonador de conocimiento, como un verdadero ordeñador de ideas: “pero a mí lo que me gusta es estar aquí en mi taburete, solo, con mi saco sacando”. (13)  En este cuento, se devela uno de los grandes logros del autor: tratar con entereza el tema de la identidad.

Contrario a esta situación, en el cuento UD, el protagonista reniega de su condición de campesino.  Trata, de  todas las formas, de no dejar ver quién es realmente: “La cosa es que no me gusta pasar con machete por la ciudad para que del porrazo me calculen hombre de monte”. (65) Utria quiere cambiar de forma decisiva su identidad de montañero.  Éste desea ser un nuevo citadino que habla solo con vocablos relucientes.  Con relación a lo anterior, son precisamente estos vocablos la herramienta de la que Utria se vale para desvirtuar su esencia.  Estas expresiones nuevas que “desarticuladas por el viento y la resonancia de otras voces, caían deformadas en su imaginación”,  y poco se alcanzaba de su significado, son el reflejo de su nueva identidad.  La nueva identidad de Utria está desarticulada y deformada por la resonancia de voces mezquinas y egoístas.  El protagonista se convierte  en el eslabón que conecta el paso entre el paisaje rural y el ambiente citadino.  Esta afirmación podría  conectarse con la experiencia vital del autor, “quien nace cuando Barranquilla tiene unos 20.000 habitantes, y redacta casi todos sus cuentos cuando el poblado de fines de siglo se ha convertido en una moderna ciudad de casi 300.000 habitantes.  Los cuentos de La Muerte en la Calle abarcan una evolución de este tipo desde un mundo rural a un mundo urbano” [14]. 

Utria lucha desesperadamente hasta el punto de crear estrategias que oculten su verdadera identidad, como la utilizada para ocultar el machete: “--El que venga por delante no me importa, porque atrás no tiene ojo que vea.  Al que me siga por la espalda lo obligo a fijarse más que lechuza.  Cualquiera que me alcance por la izquierda tendrá que agacharse para reparar entre pierna y pierna cuando las abra.  Pero de la parte derecha la hoja brilla y llama la atención”. (65)  Como consecuencia, es en el parque, en la tarima, donde aflora el nuevo Utria, el transculturado.  Un Utria que usa palabras finas y que ya no es montañero.  Esa nueva sociedad a la que se integra es el punto intermedio entre Don Manuel y Telésforo.  El protagonista encuentra en el parque lo que tanto ha buscado, un público que  escuche y  sobre todo que lo acepte: “Se oyó una voz: ¡Allí está uno nuevo! –y ese toque de atención se propagó rápidamente.  Muchas miradas se fijaron en él”. (76)

Los elementos que caracterizan al hombre del  Caribe y en especial el tema de la autenticidad,  nos invitan a reflexionar, de manera más profunda, sobre la necesidad de descubrir quiénes somos.  Nos impulsan a buscar raíces y conexiones que delineen nuestra verdadera identidad.  JFF se adelantó a su tiempo y logró consolidar una obra que abre espacios a este tema.  A la vez que despejó dudas, sembró inquietudes en los escritores nacientes, que supieron en buena ley superar al maestro. La identidad es una de las problemáticas más estudiadas en la actualidad porque la consolidación de la aldea global requiere cada vez más descubrir quiénes somos.

NOTAS:

1. Abel Avila.  El pensamiento costeño.  Diccionario de escritores.  Tomo I.  Barranquilla, Antillas.  1992.  p. 554.

2. Andrés Bansar.  “¿Identidad ó Identidades culturales en el Caribe?”.  En: Revista La Tadeo.  Bogotá, Universidad Tadeo Lozano.  pp. 8-11.

3. Alfonso Rodríguez; Ariel Castillo y Manuel Ortega.  “La cuentística del Caribe”.  Barranquilla, Universidad del Atlántico, Programa de Lenguas Modernas, 15 de septiembre de 2003.  Panel.

4. Mapa cultura del Caribe Colombiano:  La unidad en la diversidad.  Compiladores: Guillermo Enrique Rodríguez Navarro, Margarita Rosa Serje de la Ossa, Edgar Rey Sinning.  Santa Marta, CORPES, 1993. 

5. José Gabriel Coley.  “García Márquez:  La Guajira y su Música.  En: Revista Polifonía Nos. 2-3.  Vol. II,  Barranquilla, Universidad del Atlántico.  pp. 66-75.

6. Manuel Guillermo Ortega.  “Marco teorico para un estudio de la relación entre cuento  Caribe Colombiano y valores identatarios socio-culturales, a partir de los conceptos de campo y habitu de Pierre Bourdieu“.  En: Revista la Casa de  Asterión No. 12.  Vol. III,  Barranquilla Universidad del Atlántico, enero-febrero-marzo de 2003.
[http://lacasadeasterion.homestead.com/v3n12ident.html].  (Consulta 6 de octubre).

7. Ariel Castillo. “Presencia de la Literatura del departamento del Atlántico en el panorama nacional”. En: Revista Huellas No. 25. Barranquilla, Uninorte, Abril 1989. pp. 12-21.

8. José Félix Fuenmayor. La Muerte en la Calle. Medellín,  Papel Sobrante, 1967. p. 146.

9. Para evitar la repetición de los títulos de los cuentos he optado por colocar las iniciales CDA “Con el doctor afuera) y UD (Utria se destapa) ; al mencionarlos citaré entre paréntesis el número de la página.

10. Ramón de Zubiría. “Acerca de los orígenes y características del habla costeña”. Citado por Julio Escamilla Morales. En: Revista Amauta No. 8. Barranquilla, Universidad del Atlántico, Diciembre 1994-febrero 1995. pp.4.

11. Héctor Rojas Herazo. “Rasgos lineales para bocetear el Caribe”. En: Revista Víacuarenta No.2. Barranquilla, Biblioteca Piloto del Caribe, segundo semestre de 1998. pp. 7-11.

12. Antonio Silvera Arenas y Yamileth Betancour C.  “La obra de José Félix Fuenmayor en el campo de la literatura colombiana”.  Barranquilla, Universidad del Atlántico, especialización en Literatura del Caribe Colombiano.  11 de octubre de 2003.  Sustentación. 

13. Manuel Guillermo Ortega.  Op. Cit.

14. Jacques Gilard.  “Sobre un texto recuperado”.  En: “Intermedio”. Barranquilla, Suplemento del Diario Caribe, domingo 7 de abril de 1985. p. 8.
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004

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