Editorial:
La obra de Antonio Mora Vélez:
Summa poética de lo sagrado y la esperanza humana
José Luis Hereyra Collante
Antonio Mora Vélez es lo que se llama a nivel internacional un Science Fiction Brain, es decir, un cerebro productor de ciencia ficción. Pero lo inconcebible para los profanos es que un hombre nacido en Barranquilla --ciudad caribe más cercana al carnaval que a la reflexión cósmica, aparentemente--, criado y estudiado en Cartagena --con su pasado corsario, su luna romántica y su "aceite en botijuelas"-- y luego formador de un hogar y criador de sus hijos en Montería –-un lugar bucólico y pastoril, más cercano al mugido y a los cascos que a la concepción interplanetaria–- que este escritor haya producido una obra simbiótica en poesía desde los planos de lectura de la ciencia y con un asombroso estilo de depuración, alcanzando, además, alturas más que filosóficas, de misticismo, de espiritualidad.
Por esto nos ocupamos de su obra hoy, una obra que se sale de los linderos acostumbrados y trillados de nuestra literatura, con este estudio–aproximación sobre "Glitza" [1] -–su cuento más famoso, hermoso y poético-– y "El Fuego de los Dioses" [2] -–su ultimo poemario publicado, que es complemento y sello de "Los Caminantes del Cielo" [3].
LA POESÍA DE MORA VÉLEZ
Su obra poética ahonda los conceptos de lo conocido, y ya no es más Science Fictión tradicional sino algo más trabajado, con una profunda erudición y un esoterismo jamás visto en estos parajes literarios y tampoco visto en la gran literatura colombiana, como tampoco, que sepamos, en literatura anterior alguna. Esta obra comienza con una narrativa heredada de los Bradbury y los Asimov, pero termina indagando en los albores del hombre y la necesidad de dioses, de la creación de dioses por parte del hombre, de la relación de unos viajeros celestes con todos los pueblos del mundo y, finalmente, la inquietante presencia que sentía y sentimos en las declaraciones de Einstein frente al umbral de lo desconocido en la simbiosis espacio-temporal porque, en suma, la obra de Mora Vélez se aleja de lo acostumbrado y se instala en un asombroso lugar –-‘privilegiado’, no es exacto decir-– prácticamente único en la literatura.
Desde los albores de su existencia misma el hombre ha buscado a ese Ser Superior llamado Dios, en el cual apoyar su alma y alimentar su vida con Su poder protector. La literatura, la filosofía, todas las artes han ahondado en esta búsqueda espiritual con denominaciones como Raíz y Última Hoja del Árbol de la Vida, el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin.
En la obra de Antonio Mora Vélez este misticismo está presente, ya que su indagación cósmica hace necesaria la valoración de los principios últimos de la Energía: Dios es el Gran Arquitecto, es la Razón del Mundo. Sus Manos Maravillosas han tejido la obra de dos maneras confluyentes: soñándola y realizándola.
Cuando hay aproximación a ese Dios, se siente en la obra y el pensamiento de Mora Vélez que no hay intento de definición de Dios sino un sentimiento profundo que es como un temblor ante la posibilidad de lo desconocido. Es, muy paralelamente, casi la misma sensación que alguna vez reconoció Einstein después de la ecuación de la relatividad, cuando siempre tenía la sensación de que tras esas ecuaciones siempre quedaba algo, algo inexplicable.
Es casi seguro que en este instante no hay ya análisis de orden intelectual, sino que el conocimiento deviene intuición de una verdad inexplicable, de un sentimiento; sentimiento, porque no puede llamarse de otra manera. Es temblor, luz al final del abismo; es indescifrable, indelineable, inasible.
En la obra de Antonio Mora Vélez, tanto en la narrativa como en su obra poética, el cosmos se confunde con la esperanza del amor. Y es en este punto en donde Mora Vélez nos inquieta.
Es un misticismo que conlleva, de hecho, su razón interna. Si hay búsqueda de Dios, entonces: ¿Para qué es ese Dios? ¿Qué finalidad tiene el buscar a Dios? ¿Qué hay en el corazón del hombre que busca su Dios? ¿Qué rostro tiene ese Dios?
El pensamiento humano se ha encontrado, a través de los siglos, con la necesidad de nombrar los grandes misterios de la existencia. En ese trasegar, el discurso ha escogido siempre un tipo de lenguaje que podría llamarse poético. Este lenguaje es indiferente a la estructura que componga la sumatoria del discurso final. Es decir, se puede elaborar una obra narrativa, como una novela o un gran relato, pero su lenguaje puede ser poético, sin problema alguno para la estructura semiológica de la obra.
La poesía, propiamente dicha, debe cargar en sí un lenguaje expresamente poético. Además, todos los textos sagrados, es decir, los textos que nombran este misterio de la existencia humana abordan el problema con un lenguaje poético.
En toda gran obra literaria o sagrada, la cual debe ser fina y depuradamente literaria, el lenguaje expresa un discurso pero también omite o, dicho en otras palabras, calla, deja de decir, sugiere.
Ernest Hemingway, en su famosa entrevista con A. E Hotchner, decía que un gran escritor debía escribir como si en lo que dijera expresara un iceberg: la gran mole de hielo permanece sumergida mientras que sólo la punta gélida se asoma en el mar.
Según lo anterior, el sugerir es más importante para muchos escritores que el expresar minuciosamente, lo cual, de hecho, es imposible, ya que todo discurso es infinito si se tiene en cuenta el número de visiones a la realidad posibles, el indeterminado número de niveles de lectura que todo texto posee a nivel semiológico. Heidegger, por su parte, expresó que lo no dicho forma el corazón del discurso poético: "Todo gran poeta poetiza desde un único poema... El decir de un poeta permanece en lo no dicho".
Toda la referencia anterior trata de acercarse al misterio de la existencia a través del misterio poético. La poesía llega aproximadamente a la verdad, no a través del método racional del conocimiento sino a través del sentimiento, de la conmoción de orden telúrico que muchas veces nos produce. "La poesía es el vehículo del sentir", tal como lo afirma T. S. Elliot.
Es que cuando no se puede racionalizar más es innegable la presencia de un sentimiento, como lo afirma Albert Einstein en sus reflexiones sobre su obra científica con respecto al sentimiento místico que le inquietaba temblorosamente, como una mariposa herida estremece sus alas, después de todas las ecuaciones de orden lógico. Einstein decía algo así como que después de las ecuaciones y la relatividad, él sentía la presencia de algo.
La poesía es lo más cercano como realidad intelectual para definir este estremecimiento.
Surge la inquietud de si la poesía solamente cumple, por lo tanto, su papel de sensibilizadora espiritual, si sólo sirve para estremecer o cuestionar la conciencia. O por el contrario, el texto poético reviste elementos profundos de conocimiento, gérmenes de concepción filosófica que derivan hacia el pensamiento lógico.
EL AMOR
En el cuento "Glitza", su más famosa obra literaria, hay una búsqueda antropológica del amor y es en ese cuento donde se hacen las revelaciones que después marcarán toda la obra posterior de Antonio Mora Vélez. En "Glitza" el hombre busca en la clonación, en el futuro, la perpetuación del ser amado, y aunque un ser repetido idénticamente por manipulación genética no es el mismo a la larga, esa búsqueda de lo perdido hace que el sufrimiento por eso perdido, sublime el dolor de la ausencia en un estremecimiento frente a lo desconocido y lo recordado.
Es curioso, pero en esta obra no hay claras alusiones del amor. Hay casi una firme convicción de silencio, y el discurso se desborda hacia los seres que han empujado la civilización y el crecimiento humano. Es éste, entonces, un amor que deja de ser meramente erótico para sublimarse en un amor antropológico, solidario, filantrópico.
Es el amor por el vencimiento final del thanatos de la especie por un eros universal, de justicia, de luz, de manos compartidas y ciencia ya no aplicada en la búsqueda de acercamientos sino de bienes múltiples para todas las manos y todos los corazones. Es decir, esta obra plantea lo universal como bien conjunto de la especie, por encima de lo individual satisfecho.
Puede deducirse que cuando se habla de "Glitza", al mismo tiempo que se canta a la esperanza del amor por encima de la muerte, se canta a la muerte vencida, curiosamente vencida, ya que hay un dolor en el fondo que se sabe es la cruda realidad de lo perdido y de lo irrecuperable.
Es decir, se puede ilustrar una vida desaparecida y devolverla a la luz, aún a pesar de saber que está inevitablemente atada a las tinieblas del olvido. Es a esto, presente aquí como revelación, a lo que subconscientemente se opone Mora Vélez: al olvido. Un olvido ante el cual el poeta y el hombre se funden en una rebeldía prometeica que arrebata con su fuego el cuerpo amado, el abismo de la muerte. El poeta dibuja finalmente en la epidermis del cosmos la esperanza de devolver la mujer amada a la vida. Los elementos, las herramientas accesibles son, primigeniamente, la palabra, la invocación, el hallazgo de lo perdido; pero esta palabra busca elementos nombrables que solo la ciencia-ficción posee. Elementos que no existían al nivel de la ciencia, pero que la profetización del visionario hacía posible. Entonces, el discurso tenía que ser el de la Science Fiction, como ya lo había gritado Julio Verne, ya que los elementos que hoy vemos como posibles eran apenas sueños y utopías de trasnochadores y febriles alquimistas del futuro humano.
Pero en "Glitza" se logra el milagro: se siente el amor y éste hace posible el regreso, no en imágenes grabadas sino en un cuerpo acariciable y que nos lleva hasta el temblor de las lágrimas por el milagro de lo invocado y vuelto a acariciar a pesar de la maldición de la muerte y del olvido.
El poeta concibe la esperanza de devolver la mujer amada a la vida. Los elementos, las herramientas accesibles son, primigeniamente, la palabra, la invocación, la encantación.
"O EL UNIVERSO ES PEQUEÑO 
O NOSOTROS SOMOS GIGANTESCOS..."
No es fácil darle sentido convergente e integral a grandes mitos de la humanidad como la reiteración en la Historia, con vehemencia de defensa científica, de la presencia de viajeros celestes (Los Caminantes del Cielo) movidos por una perenne luz de amor hacia el destino de sus semejantes, en una peregrinación cósmica guiada por la fuerza para-energética de que la felicidad sí es alcanzable y es transmisible por un símbolo que –-en el expandido mundo que ya no es tierra sino un universo, donde la expansión es apenas la respiración de vida de las galaxias–- todavía puede llamarse corazón humano.
La obra de Antonio Mora Vélez echa por tierra la grotesca imagen que produjo -–en una sociedad de miedos aberrantes como la Norteamérica de principios de siglo–- la geno-sádica representación radio-teatral de Orson Welles en "Invaders from Mars" ("Los Invasores de Marte"), con sus escenas de multitudinarios chillidos histéricos frente a la invasión de los hombrecitos verdes y sus platillos voladores. No es casualidad que los horarios que utilizó Welles para aterrorizar la ignorancia puritana colectiva fuesen los mismos de los "Soap Operas" de los años 50’s ("Operas de Jabón" traduce, porque sus patrocinadores eran como los jabones Fab, Top, que es "de otro mundo", etc.). "Operas de Jabón" que sobreviven hoy con el nombre genérico y apellido de familia de "culebrones", transplantados luego a lo latinoamericano como "telenovelas" por los "genios" de nuestro ocio visual, tropical y vernáculo.
Antonio Mora Vélez ha hecho posible con su poesía la, hasta ahora, inlograble simbiosis de la Física moderna --bajo las sombras tutelares de Stephen Hawking y Carl Sagan–- con los mitos y la poesía. Simbiosis que convierte la reconciliación del ser humano humano con el Universo y la Historia en un ritual de belleza, guiado por el amor universal. En esta poesía el eros universal, hermanante del Cosmos en su flujo hacia el reino del Espíritu, se cumple en el cáliz de la comunión de todos los hombres con todo lo existente en un mismo y solo Universo. Antonio Mora Vélez recrea lo que había sido tiranía de lo temporal, de lo histórico (reinos horizontales, decía Albert Camus en "L’homme revolté") y lo lleva, en principio, en una dialéctica hegeliana exacta -–el tránsito de la Materia al Espíritu–- hasta el corazón humano que se funde en un mismo corazón cósmico. Hecho posible, después, en la gestación siempre ascendente donde la Materia ha sido transformada en y transcendida hacia el Espíritu, tal como lo vio Teillard de Chardin en "El Fenómeno Humano". Única ecuación resolutoria del porqué de la existencia, ideal de la complejidad última de la Materia en un nuevo y único rostro donde existan e imperen por fin la fraternidad, la comprensión y la tolerancia. En suma, el amor a los demás sin distingo ninguno. El amor al prójimo como espejo de uno mismo, deviniendo todos nosotros reflejo de Dios.
En la obra de Antonio Mora Vélez se revela como unidad diáfanamente viva la búsqueda, a través de una memoria superior del Amor, ahora sí universal. Sus vasos comunicantes acogen en su fluir los mitos y las verdades de las distintas culturas humanas: la teología judeocristiana, el panteísmo de las profundas cosmogonías americanas, lo esotérico de la parafilosofía de los poemas sufíes persas del siglo XIII y las fantasías cuasiexactas cumplidas por la ciencia moderna. Puesto todo en un mismo escenario de imágenes poéticas que reflejan la historia humana en toda su complejidad, con todos sus desgarramientos y alegrías, con todos sus cantos y misterios. El fragmentario y horroroso final del transbordador espacial en los cielos de la NASA, salpicada de fragmentos de vísceras y pupilas azules de una maestra que soñó con dejarles su corazón en el cielo a sus alumnos; el carro de fuego que azotó con un mensajero vestido de lino blanco las febriles visiones de Ezequiel, la memoria submarina de una desaparecida isla de prodigio, acuático reino de esplendor. Y las desbordantes luces de planetas, estrellas, lunas, galaxias y cometas peinando las autopistas de los cielos en una danza fascinante de poesía, de conocimiento y de fuerza que subyace en cada fonema, en cada verso. Imágenes del devenir humano que ya no pueden, después de haber sido nombradas en este libro, ser inmovilizadas ni permanecer estáticas. Su reino vivo es una razón de orden muy mayor: el arte de la palabra, la perfección sustantiva del verbo hecho vida cósmica que fluye hacia un concepto de Dios no teológico sino espiritual, ajeno a inquisiciones y a falsas misericordias. Donde el alma humana con la inmensidad de sus búsquedas, con la hondura de su esperanza, se instala en el mismo corazón de Dios que es, en razón última, el mismo Universo que Él ha creado. Y que animó de sentido y de derecho de existir al dejárselo al Hombre, su más grande y amada creación, finito sí, pero capaz de llenar ese Universo infinito con su inmenso anhelo natural: el Amor. Como lo expresa Franz Kafka muriendo de tuberculosis, al escribirle a Milena Jesenká, la mujer amada: "O el Universo es pequeño o nosotros somos gigantescos, pero sea como sea lo llenamos por completo".
La obra de Mora Vélez ha crecido como un edificio y ha alcanzado un estadio superior. Por la textura sin costura alguna de sus versos, la belleza de sus imágenes y su concreción granítica que logran el esplendor de lo verdaderamente poético. Y que producen el milagro de hacer fluir las ideas que los sustentan desde su exacta espacialidad entre un verso y otro verso, hasta lograr hacernos sentir nuestro lo que él vio al darles la vida a estas palabras temblorosas, hermosas y reveladoras.
NOTAS:
1. MORA VÉLEZ, Antonio. Glitza. Bogotá, Ediciones Alcaraván, 1979.
2. ____________ El fuego de los dioses. Sincelejo, CECAR, 2001.
3. ____________ Los caminantes del cielo. Sincelejo, CECAR, 1999.
El Autor:
José Luis hereyra Collante es poeta colombiano, profesor universitario de Literatura, Licenciado en Idiomas y traductor profesional.
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© José Luis Hereyra Collante
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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