Inalienables conejitos de Cortázar

Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
mortega@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

En el cuento “Carta a una señorita en París”, un traductor nómada que viene de las afueras de la ciudad, llega al apartamento de André, una señorita que se ha ido de vacaciones a París. El traductor tiene un problema sui géneris, y es el de que vomita conejitos, sobre todo ahora que ha sido invitado por la señorita André para que le cuide el apartamento mientras ella está en Europa. Ahora el traductor vomita conejitos con más frecuencia hasta completar doce o trece.

“De Cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dos dedos de la boca y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, solo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito”.

El traductor es incapaz de matar los conejitos que comienzan a crecer, roer, romper, trizar, dañar, ensuciar la elegante habitación ubicada en Suipacha, el barrio más rico de Buenos Aires.

El traductor, que antes  llevaba una vida libre, deportiva, podría decirse, ha ingresado ahora a un orden estrictamente cartesiano. André se ha ido a París pero de alguna manera, su presencia cartesiana sigue ahí, como un ectoplasma redivivo, proyectado en la “sanidad” de la atmósfera y en los preciosos objetos de su apartamento de Suipacha, en Buenos Aires. Su poder se percibe en el orden cerrado donde está dispuesto todo como una reiteración visible de su alma. Lo tópico (el apartamento) aparece tiranizado a distancia, a un orden minucioso que es el trasunto (visión del mundo) de su dueña.

Todo ocupa su respectivo sitio dentro de ese vivir bellamente: “En este preciso sitio de la mesita, el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón”. La habitante lejana ha dejado su alma con el alma entera de la casa.

Pero además de esta presencia regidora del orden de la casa, hay una segunda entidad vigilante de que nada sea alterado. Es Sara, la mucama, una especie de proyección administrativa represiva de la dueña, que cuida la transparencia de la atmósfera en el cronotopo del apartamento. (La palabra cronotopo, acuñada por Bajtin, designa la unidad indisoluble que se establece en literatura del tiempo y del espacio como elementos móviles). Y a este orden cerrado ha venido a vivir el intruso traductor. De alguna manera, la profesión del personaje (traductor) expresa su calidad de intruso.

Cortázar repite en este cuento un esquema  muy suyo, un par de contrarios, el que huye o se aleja (André) y el que invade (traductor). Igual ocurre en “Casa tomada”: los que huyen, los dos hermanos, y los que invaden (fuerzas innominadas). Del mismo modo, repite y transgrede el modelo bipolar: Buenos Aires/París, como en Rayuela (del lado de acá, del lado de allá). El traductor o intruso ha ingresado a un mundo reificado, cósico, donde sucumbirá. El eje semántico afuera/adentro y la transgresión de su límite nos ubica en los dos lugares habitacionales del protagonista: casa de las afueras/departamento de la calle Suipacha. Mientras afuera es la vida natural, adentro es la existencia artificial. El traductor ha abandonado el mundo del afuera para intentar incluirse en el mundo del adentro. El ingreso a este mundo aséptico le exige el abandono de sus costumbres, de su identidad, del ritmo que lo ayuda a vivir. Estas costumbres se concretan en vomitar conejitos, alimentarlos con trébol que crece en macetas en el balcón y regalarlos a la señora de Molina:

“De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito... No es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando eso ocurría en mi casa de las afueras) lo saco al balcón y lo pongo en la maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado”.

Obsérvese la represión a la que ahora, en el departamento de la calle Suipacha, debe  someterse el traductor: “avergonzarse y estar aislado y andar callándose”. Tres males debe afrontar ahora: vergüenza, soledad y  silencio.

En la medida en que avanza el relato, los ejes semánticos, por un lado, se van definiendo, contraponiendo las dos visiones del mundo que mantienen la tensión narrativa, pero por otra parte, se va mostrando una cesura, una interpenetración de contrarios, es decir, una actitud desconstructora.

El que habla es uno solo, el traductor, a través de una carta, pero en su voz está la voz del otro,   la voz ideológica de André, con lo que nos acercamos a una carta dialógica, en términos bajtinianos. Otra cosa es que termine imponiéndose la visión del mundo de la ausente, de la habitante lejana; es decir, perece la visión del mundo del traductor.

Creo, en efecto, que los conejitos representan una presencia inalienable, lo que se resiste a morir en esa lucha en que una visión del mundo trata de anular a la contraria. Lo anormal no es el hecho de vomitar conejitos, en la vida del traductor; al fin y al cabo, antes de venir al apartamento, el traductor ya lo hacía, y eso formaba parte de una costumbre naturalmente cíclica. Lo novedoso viene a ser ahora el hecho de que al entrar a ese mundo alienado y cosificado, donde el equilibrio de los objetos impone la dictadura de una dueña que vive artificialmente, la presencia inalienable que encarnan los conejitos, se rebela multiplicándose en once, tal vez doce o trece manchas saltarinas que comienzan a minar, alterar, ultrajar, desafiar ese orden,  destrozar las cosas,  roer los libros, trizar los jarrones; romper las cortinas, las telas de los sillones, el borde de los retratos; a llenar de pelo la alfombra, y a gritar. En estos sintagmas,  los verbos ultrajar, desafiar y gritar ubican a los conejitos como presencias humanas gracias a la figura de la personificación.

Ahora el protagonista se avergüenza de la barbarie que ejecutan sus conejitos sobre el mundo civilizado (entiéndase alienado) de André. Por lo mismo, va a darse el celoso encierro de los conejitos en el guardarropa, para quitarlos de la vigilante vista de la mucama. Si pensamos en la habitación de André con su orden cerrado, diremos que de algún modo, representa la sociedad cosificada. Nos explicaremos entonces que el traductor tenga atrasado a Gide y no haya traducido a Troyat. Serán abortos de creación (traducción) lo que se produzca, porque en ese orden establecido no hay oportunidad para los valores de uso. Precisamente allí se justificaría, en mi opinión, la inclusión del hipotexto sobre la noche de Idumea (“Don du poeme”, de Mallarmé). Lo que el artista “pare” es un aborto.

El protagonista quisiera, a veces, identificarse con los conejitos en la destrucción de ese orden “construido hasta en las más finas mallas del aire”, pero su otra parte, esta sí enajenable, va cediendo hasta el suicidio que se insinúa al final del relato en una especie de narración paraléptica, futura.

La visión del mundo, determinada por un grupo o clase social, lleva a los seres humanos a tomar determinadas actitudes y posturas frente a la realidad. La visión del mundo se refleja en los mínimos comportamientos humanos. En el sistema de coordenadas cartesianas que se tiene en el apartamento de André, se percibe la visión del mundo de un ser que vive bellamente, es decir, artificiosamente en su sanidad de música clásica y libros en español, inglés y francés colocados simétricamente.

El intruso, aunque le amarga y le duele, ingresa en ese orden que no es el suyo, transgrede el tímpano o el himen, y por ello perece. Se trata de un desgajarse de su propia identidad para enmascararse, para adoptar una piel ajena, un alma que lo falsifica. Incapaz de imponer totalmente su visión del mundo, prefiere la muerte. Y con él, perecerá la parte inalienable que quiso rebelarse.
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©   Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN IV - NÚMERO 16