CEREMONIALES
Vivian Astrid De Villeros
Eso de las condolencias es una cadena incansable de personas insípidas, impávidas que alimentan con cada respiro, con miradas inquisitivas, escrutadoras una curiosidad insaciable. Mientras llega la resignación, tomo tus manos y las beso como cuando te enredabas en los intersticios de tu prosa sin fin. En esta hora desproporcionada de mis angustias, esculco en las razones que me aferran a la vida, y a un poco de luz que irradie mi nuevo trasegar. Por un momento, reparo en la gente que se santigua y en los que a tu paso se quitan el sombrero. Ríes de las ocurrencias y de las indulgencias que se ganan con camándula ajena. Es como para morirse de la risa o salir corriendo al estanco más cercano y celebrar hasta la madrugada. Compungida miro la ceremonia. Eres tú deteniéndose cada dos pasos. Somos tú y yo riéndonos de los estrafalarios gritos y de los que lloran con silbidos entrecortados, cuando apenas ayer guardaban distancia contigo porque les quebraba el alma, tu frecuente alborozo.
Es la hora de tu llegada, rehúsas bajar y volvemos a la playa en la que dos días antes nos llenamos de besos bien cantaos y de estribillos en torno a los amores cojitrancos que nos dejan colores y sabores; toda una gama de artilugios para el resto de días. Es el comienzo ---nunca el final-- que empieza a esclarecerse, a descubrirse con los primeros vaivenes del descenso, de la inevitable unión a lo que en realidad somos. Es como un preludio de amor inagotable: hay muertos que regresan a la vida y amores que trascienden más allá de la muerte. Era la frase habitual que tú habías pronunciado desde el inicio, en aquel ritual de los nazarenos descalzos que se dirigían al cementerio para darle sepultura al mayor entre ellos. Ahora, siento que eres tú deteniéndose cada dos pasos media vuelta y atrás, eres tú en esta ceremonia interminable de los nazarenos que arrancan de las calles tus recuerdos y de las esquinas la mirada cabizbaja de los incrédulos dolientes.
Me dicen que en estos casos suele ser así. Primero, la noticia cae como un artefacto que destroza sin hacer ruido y luego de la inminente detonación que produce la muerte súbita, uno se queda sordo sin más preámbulos ni esguinces. Me parece que tú sigues viviendo la misma vida, oliendo la tierra mojada después de un aguacero fenomenal y metiendo tus pies en el barro, yo creo que sigues pegado a las canciones de arrabales y de palomas mensajeras. Eres tú, sin esta maldita duda que ahoga mis quejidos y entrecorta la respiración, eres tú dispuesto a la entrega en las tardes sedientas de las calles desiertas. Es la lógica superpuesta al vacío de la presencia que ahora llega a borbotones, que se intercala en los matices de una letanía desesperada en tu nombre, y en el de todos los deshabitados de este mundo. También, en los de una cuarta parte del otro, como quien dice, para guardar las justas proporciones.
Y no es que crea que hay muertos que regresan a la vida y amores que trascienden más allá de la muerte, porque es sólo un decir. Una metáfora de esas.
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© Vivian Astrid De Villeros
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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