Cuentos breves
Aymer Zuluaga
Antropofagia
A Miguel,
quien se alimenta con igual dieta que su padre.
No lo cocinó a la temperatura apropiada, pero igual, sin lavar ni trocear previamente probó el primer bocado y quedó absorto. El sabor acidulado permanecía en la boca después de devorar y le generaba el deseo incontenible de proseguir. A punto de atragantarse, se detuvo asustado por su canibalismo y cerró apresurado el libro del que se alimentaba.
La luz agónica hacía de su cara, sombra
Ella se aferra al cuello de su chaqueta en tanto que sus pies se hunden bajo el piso, sus ojos imploran clemencia y él Inalterable hunde una y otra vez el rencor dentro de su carne. Terminado el acto, se enciende la luz, el público aplaude, al escenario regresa el actor agradecido, saluda, se despide y los espectadores comienzan a salir. Las cortinas se cierran y nadie advierte que la actriz aún no se levanta.
Prisionero del miedo
Los férreos barrotes de las ventanas dejaban entrar la luz, sin permitirle una digna salida luego. Las cuatro paredes de color aguado contenían el pánico de los veinte cautivos. Parado frente a sus compañeros de encierro, el temeroso Julián intentaba contener el goteo persistente que ya evidenciaba un charco ambarino en las baldosas. Muy tarde escuchó la voz que le absolvía de culpa, le ordenaba borrar el tablero y le enviaba de nuevo a su pupitre para continuar la clase.
Borrón y cuenta nueva
Con la tiza delimitaba lentamente el contorno de la figura y enseguida recordó cuando antaño, su firme mano lo guiaba por el tablero aceituna. Evocó las lecciones de ancho y largo, de volumen y magnitud impartidas en la vetusta escuela por el estupendo profesor. Borró entonces los límites trazados y dibujó un amplio círculo, que comprendía al cadáver en su plena dimensión.
Blanco
Entre sus manos temblorosas envueltas en guantes de seda, palpita el arreglo floral de tono rosa. Cubren su cara las cosquillas que el velo le proporciona. Envuelve su escultural cuerpo, la pasión de un ceñido vestido estilo medieval, compuesto de corsé bordado en oro viejo, adornado con macramé en las orillas de los brazos y en el cuadrado escote que quiere reventarse.
El vestido de la novia va sin mangas, se abrocha atrás con amarras cruzadas estilo antiguo y deja caer su larga cola disimulando, con coquetería, el tic nervioso de las torneadas piernas de quien lo luce al caminar.
Las lámparas del abarrotado sitio encandilan, las miradas marean y el temido vértigo ataca al mismo tiempo que el flash de las cámaras fotográficas. Tropieza la modelo en pasarela, suspende intempestivamente su desfile de modas y acude al vestuario sollozando. No aclaran los adulados diseñadores si el llanto de la Top Model es motivo del desliz o de la prolongada espera para que algún amor, al fin, le dé en el blanco.
Inapetencia
Indiferente ante el teclado de su máquina de escribir, toma su lápiz, pero tampoco logra manchar la inocencia del papel. Desganado, enciende el computador y el cursor titilante le invita a pulsar alguna tecla, pero lo apaga, apático. Impasible, abre su cuaderno de notas buscando pasión pero no la encuentra. Vencido, se acuesta al lado de su amada, pero allí tampoco despiertan sus ganas. Bosteza entonces, sin preguntarse cuál apetito perdió primero.
Genealógico
Preocupado por poblar su árbol, el aristócrata inicia la investigación histórica, ramas y ramas de nobles ascendientes forman los brazos del frondoso arbusto, quiere el linajudo saber de donde proviene el tesoro de su abolengo. En medio del tronco encuentra, perfectamente labrado, un corazón que une el nombre de una puta y un pirata.
Última cena
Su tersa piel oscura se reflejó en la bandeja de plata junto a la imagen del amo blanco. La sierva, distraída por los preparativos de la cena, no prestó atención al enorme parecido de sus rasgos, ni a lo que hablaba el patrono con los otros blancos. En la mesa, con el amo, cenaban once posibles compradores. La venta se selló y de despedida, quedó un beso en la morena mejilla de la esclava.
Complaciente
El comandante de la operación dio la instrucción. “No debes tomar Bagdad” decía el escueto comunicado al general en medio del desierto. La tormenta de arena, el canicular calor, la sed, todo atormentaba a la tropa sin refugio. Con un espejismo de oasis alucinaba el general. Acato siempre las órdenes, le replicó, febril, al sargento. Pregunta entonces si la devuelvo.
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© Aymer Zuluaga
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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