Te quiero más que a mi auto viejo

Miguel Zapata, Ph. D.
mz7@evansville.edu
University of Evansville - USA

Hoy soy feliz. Me siento liberado, como si un gran peso o una preocupación se me hubiera quitado de encima. La letra del “Cacharrito” de Roberto Carlos cobra sentidos más profundos que el Tao Te Ching. Puedo escribir los versos más felices esta tarde: sentir que he perdido algo pero algo está aquí conmigo, como más o menos diría Neruda.  Todo porque compré un auto viejo.

Hace varios años cometí el error de comprar un auto nuevo. Su pintura era reluciente. Su color gris azuloso, impecable. Las nubes en el cielo azul y limpio se reflejaban con vergüenza en la lata del carro. Sus llantas nuevas, negras de Zapata Olivella, de Jorge Artel, Guillén, Chestnut, Dubois, Booker T. Washington crujían sobre el asfalto de las calles mientras espantaban despavoridas las líneas blancas o amarillas de la calzada. Su interior era espacioso y tenía el olor de las muñecas de niñas. Las sillas de capitán de avión hacían que me sintiera volando y no rodando sobre las calles. Su motor apenas suspiraba un poquito para que yo comprobara que estaba vivo, que su respiración era lenta pero vigorosa como la de un atleta maratónico. Claro que podía hacerlo rugir como el jaguar con sólo presionar un poco las manchas negras del lomo del acelerador, pero lo que más disfrutaba era hacerlo volar quedo como Juan Salvador Gaviota.

Los viernes por la noche, después de la adquisición del auto, ya no aceptaba la invitación de mis amigos a irnos a tomar ron a los bares del pueblo: quería estar bien sobrio el sábado por la mañana para lavar mi auto, encerarlo, lustrar sus llantas, aspirar las alfombras, poner una fragancia de piña colada en el interior, alzar el capot piernas arriba para revisar los niveles de aceite del motor, de la transmisión, de todos sus líquidos: anticongelante, limpiaparabrisas, frenos, volante y, por último, el de la batería.

Jamás me atreví a hacer yo mismo ninguna reparación por sencilla que fuera: todo se lo dejaba al mecánico especializado en quien confiaba menos que en el pediatra neurocirujano de mi hijo.

Para pagar el seguro del carro, que, obviamente era de cobertura total, tomé un segundo trabajo. Me iba por las noches, después de mi cátedra en la universidad, a servir mesas en un restaurante, y me desvivía por las propinas. De manera que mis amigos contertulios tampoco podían discutir conmigo por las noches sobre poesía, ni mucho menos rascarnos el pecho, o tal vez la nariz, con las canciones de salsa de moda.

Uno de ellos, que hasta entonces había sido mi mejor amigo, tuvo la osadía y el descaro de pedirme prestado mi auto. Enfurecido le contesté que así como a un músico profesional no se le pide prestado su saxofón para que la respiración condensada dentro del instrumento no resbale dentro de la boca del dueño una vez devuelto el instrumento, así tampoco se le pide prestado el auto a un amigo. Le mentí acerca de mi seguro, aseverándole que en caso de accidente no estaría cubierto, y de paso se metería en problemas con la policía. Le expliqué que, en mi cultura, pedir prestado el auto a un amigo era comparable a pedirle prestada su esposa, y le di otra docena más de pretextos.

Un resplandeciente domingo de verano, fui al supermercado a hacer las compras en mi auto nuevo. Como de costumbre, lo estacioné bien lejos de la entrada, después de dar vueltas varios minutos, siempre buscando un lugar vacío que no estuviera al lado de alguna de esas odiosas camionetas grandes de puertas pesadas y grandes para que al abrir la puerta el descuidado conductor de dichas camionetas no fuera a rozar mis puertas. Hice mis compras rápidamente, siempre con el temor de dejar mi auto solo por mucho tiempo. Al regresar, vi que una señora gorda que llevaba de la mano a un niño gordo, irresponsablemente rozó las puertas de mi auto con el carrito de las compras. Mi furia era ciega. Tuve unas ganas incontrolables de abofetearla y de esculpirle en su cara, con mi navaja, lo mismo que le había hecho a la pintura de mi carro. Afortunadamente, la furia era enceguecedora y no di con la navaja en la guantera de mi auto.

Estuve convencido por mucho tiempo después de que así como las brújulas señalan el norte magnético, los autos nuevos son un imán para los vándalos con clavos o tapas de cerveza. Esa convicción ya no me dejaba dormir toda la noche, pues mi auto se quedaba solitario allá afuera en el estacionamiento, muerto de frío. Fue en ese tiempo también cuando concebí la idea de hacer renovaciones a la casa. No la cocina que mi esposa insistía en pedir, sino un garaje espacioso.

Un día nefasto y afortunado a la vez, algo sucedió que me hizo entrar en razón: mi esposa tuvo un accidente y destrozó el auto y su brazo derecho. Cuando vi el auto magullado severamente, comprendí que mi lugar era en el hospital y no ahí en la calle. Entonces tuve una epifanía sobre unas líneas de la “Ulrike” de Borges. Nunca habían sido sus sentencias claras como ese día. Borges mantiene que uno no posee nada, sino que tiene la ilusión de poseer. Pero lo mío había ido más allá: no poseía mi carro, sino que mi carro me poseía a mí.

Entonces en ese estado de lucidez, decidí comprar un auto viejo, y hoy soy feliz. Me he preocupado por la salud de mi esposa, en vez de culparla del accidente. He vuelto a pensar en renovar la casa para mejorar la cocina o adicionar una biblioteca. Duermo a pierna suelta toda la noche, y hasta he vuelto a roncar.

Un día a la salida del supermercado, un muchacho flaco, armado con un marcador gordo, escribía un grafitti negro en la pintura desconchada de mi auto. Me sorprendí sonriéndole y admirando la destreza de su mano creadora y ágil. Otro día, un vecino vino a pedirme prestado mi carro viejo para irse de parranda con sus amigos, y no sólo se lo cedí de buena gana, sino que me metí la mano al bolsillo para darle para gasolina mientras que rascaba un viejo aire en la guitarra.

Lo más sorprendente de todo es que en una ocasión, mi auto se descompuso, y en vez de ir directamente a la concesionaria autorizada de repuestos, fui al cementerio de autos. Por unos cuantos pesos compré el motor del ventilador del radiador con todo y aspas y armazón. Cuando traté de instalar la pieza de repuesto, comprobé sin amargura que el motor era igual, pero las aspas eran demasiado grandes. Sin pensarlo dos veces, regresé a mi casa, busqué un serrucho y corté la parte sobrante de las aspas, e instalé el ventilador. Mi viejo auto agradeció la reparación prosaica con su tos encartonada. ¡Qué útil me sentí, y qué feliz de tener un auto viejo! Yo, el de entonces, ya no soy el mismo, y el auto viejo “cae al alma como al pasto el rocío."
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©   Miguel Zapata Ferreira

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 – 9282

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124-9290

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 16
Enero-Febrero-Marzo de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN IV - NÚMERO 16