TRANSFERENCIAS

Vivian Astrid De Villeros
vivianastriddv@hotmail.com


El cansancio de los días sin ventanas y de las puertas sin hendijas, terminó colándose en mi espalda; sin embargo, a pesar de lo agotada que estoy sigo pensando que todavía hay un espacio en el cual podamos resarcirnos de todos estos desafueros y barbaridades que se nos han venido encima . Así inició la esquela para el hombre perdido en la memoria, desde hacía ya doce años en los mensajes subyacentes de la razón interpuesta. Mientras lo hace reviven momentos de las estaciones sin retorno, de los puntos de desencuentros y de malquerencias afectivas. Se remite a  la costumbre aprendida a fuerza de soledad: entablar conversaciones con ella misma, donde la única referencia inmediata es el silencio callado. Soliloquios que la jalonan hasta la dulce ternura de sus ojos color miel y de las ausencias que la encasillan en las madrugadas de sueños trasnochados, en donde se repite que no puede andarse de golpe el camino ni hacerse la de oídos sordos ante los inminentes y certeros aleteos de las voces acalladas.

Se mira de ocho años con ojos asustadizos. La urgencia de espacios se convierte en una necesidad que arde en la piel de aquella niña y de Emilia, su muñeca favorita con la que emprende el único juego que la satisface, y que la aleja de sus incipientes temores. Es la maestra que con mirada severa reprende a su alumna por no responder como ella espera, es ella dirigiéndose a la joven estudiante en lo que sería un juego premonitorio de su futura profesión. En tanto, en los ojos  de Emilia se vislumbra el fastidio producido por el extenso interrogatorio que la deja exhausta y sin ganas de disfrutar el recreo; muy a su pesar, asiste a la repetición de fórmulas sofocantes que la enardecen y que terminan por sumirla en lagunas conceptuales. Es débil y se siente atrapada en una red infinita de impaciencias que la alejaron --de una vez por siempre-- de la posibilidad remota de abrazar el empinado camino de los números y de las estadísticas. Emilia, le corta el paso a la negación rotunda y a las aseveraciones que desde su tierna edad la empujan a no encontrarle la caída a los quebrados que aparecen enteros; lentejas sin digerir, tal vez, que enredan --aún más-- su abrumado historial de ecuaciones por resolver. Inconforme, se sustrae de su preocupación por  no ser una de las destacadas en la clase de marras. De hecho, asume que las barreras  erigidas en torno a los caminos de acceso para llegar al puerto libre del entendimiento, la marginan de lo que, muchos años después, dedujo pudo haber sido su destino, su polo a tierra: los números en sus distintas variaciones.

Con un libro en la mano, Emilia llena de círculos las palabras que más le gustan y empieza a preocuparse por tener una caligrafía parecida a la que ha visto en la cartilla requerida para poder avanzar en la clase de lenguaje. La maestra, llevada por sus reminiscencias, trae un párvulo a su memoria. Ella y Emilia bordean la esperanza que no está congelada en el fondo de los atafagos ni en los despachos en donde los empleados bostezan por el tedio y por la pesadilla que supone --para ellos-- ofrecer  un elemental servicio al cliente. Alejados de  todo decoro y humildad increpan y arremeten contra quien ose señalarles su cotilleo y su gesticulación exagerada que los hace ver como gallinas en patio ajeno. Están unidas por la rutina demencial en la que se entremezclan humores y sabores y un poco más allá  la necesidad apremiante de seguir viviendo, de hacerle el quite a la vida, de ganarle la partida a las circunstancias no muy convenientes que digamos; sobre todo, ahora que las cifras hablan por sí solas. Posturas que indican los resultados, nunca el proceso; de cuanto sea, en realidad, el costo-beneficio en esta expomoda que deja por fuera el insomnio y los días de sombras, los tragos a palo seco y el cansancio que fatiga y sofoca el cuerpo como un molino de aspas grandes y silenciosas en cuyas hélices se tritura la esperanza. Sobraría decir que los rostros reseñados en las historias de papel, las fotografías del espacio social y las frases acuñadas en la indolente memoria urbana; dejan la huella del abandono y de la mentira constante. De una u otra manera --comenta Emilia-- es la urdimbre de cosas viejas y enmohecidas que ayudan a sostener en alto al cisne cuello blanco, son las intenciones ocultas detrás de la queridura. La extensa locuacidad donde algunos venidos de diversos puntos y de la más apartada geografía humana, han llegado a tragarse el cuento de que la empresa --su empresa-,- los empleados --sus empleados-- pasaron a ser una posesión más entre las muchas que poseen en la extensa gama de la mayordomía empresarial. ¡Enhiestos arreglos!, maquillaje, publicidad engañosa que resaltan las bondades de la gestión cumplida, no importa cual haya sido el método para seguir desplumando al cisne de nuestra historia.
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©   Vivian Astrid De Villeros

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 15
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN IV - NÚMERO 15