Los Rostros

Antonio Álvarez Burger
choyonka@yahoo.com

                                
     Ya no me agrada este rostro, que tan imprudentemente me he apresurado en la mañana en poseer, como si estuviera convencido de que mis células no van a experimentar la transmutación a que están irremediablemente condenadas. Ya no. Los rasguños que el tiempo se esmerara en estamparme a sangre y fuego, de un modo tan discreto e inmisericorde y con tanto increíble desenfado, como si yo los hubiera pretendido, ahora se han transformado en inocultables grietas por donde escurren con formidable regularidad estas odiosas migajas de agua salada hasta la comisura de mis labios. Y estos zapatos cariacontecidos, arcaicos, lustrados con desánimo, desaliñados, que me los calzo y arrastro (como mi inopia) sólo por un mal hábito (igual que ése que adquirí de comer cualquier basura de estos tiempos, de platos chatarra y de bebidas chatarra y de vestidos de segunda y tercera generación europea o americana), como que contribuyen a hacerme más pesados los días y las noches que, en verdad, son interminables hasta el aborrecimiento. Siempre están ahí, como en una penitencia, deslenguados, al costado de mi lecho, contando mis años en desuso y acusándome de estar constantemente tirado sin mover mis huesos más que lo necesario, como cuando los traje a vivir con mis pies hace ya re-tantos lustros. De la bufanda gris, ésta que de noche me protege del frío invernal, pero que me ahorca cuando cuelgo de la cabeza desde el catre hacia el costado, ni hablar, porque me está por lo general oliendo a naftalina y a humedad penetrante, sobre todo cuando cubre mi nariz y mi boca y me nubla la visión como si yo estuviera obligado sólo a imaginarla. Claro, y esa música de mierda, infame, que viene siempre de la inconsciente vecindad y que está permanentemente retumbando en mis oídos, motivo por el cual a mí no me agrada tenerla cerca como cómplice o confidente, ya que acelera mis nostalgias y me provoca lloriqueos despreciables y me trae esos recuerdos amargos que me hacen tanto mal (sobre todo aquel episodio de la fotografía), como que contribuye a todo esto que me tiene ciertamente muy inquieto.
   
Ahora, filosofando un poco, no puedo negar que este rostro que me he puesto en la mañana no es únicamente mío. Sólo que tuve la mala ocurrencia de hacerlo y me lo apropié para proyectarlo deliberadamente en el herrumbroso espejo de mi cuarto, ése mismo que me ha traicionado tantas veces, porque es zalamero pero espantosamente mentiroso. Yo puedo decir con propiedad, con absoluta propiedad después de todos estos años inaguantables, que son muy pocas las ocasiones en que coinciden sus destellos con la imagen que tienen de mí los otros, esos que te paran en la calle para desnudarte el alma, con alguna crueldad propia de la ingenuidad que muestran los niños y que no quisiera nadie que le evidenciaran de esta forma tan feroz y descomedida. A lo mejor exagero y el cuento va por el lado de mi impresionabilidad a flor de piel, que reconozco me ha hecho pasar hartos malos ratos, pero no es menos cierto que el dolor lo he sentido adentro con una intensidad mayor que cualquier sufrimiento físico que haya padecido y que recuerde con meridiana nitidez. Un día, no lo puedo negar, he de abandonar esa careta que siento que no me calza en este cráneo desvencijado que no tuve en modo alguno la maldita suerte de elegir. La dejaré botada en la tierra, en la profundidad de la tierra removida palada tras palada, y seguramente la van a recoger otros mortales con el alma estropeada como la mía, con grietas en los ojos, desprovistos de dientes y de cabellos, curvados como actores que simulan estar contrahechos en el escenario de esta vida tan extraña y tan sin gracia; si hasta me  pareciera estar viendo arrellanados en una butaca solitaria, roída, empolvada, a los otros seres de las generaciones que aguardan su turno para actuar en este gran teatro de la comedia y la ficción, también fugazmente, porque (y no lo digo con un afán de extremar las cosas) la existencia es rotundamente efímera. Ya van a ver ustedes que mis juicios son certeros y que lo ajado del rostro que quiero tirar es apenas un matiz de aquello a que aludía, en medio de toda esta reflexión tan, pero tan sui generis para introducirme en otros asuntos que sí, a pesar de todo, a regañadientes, pero con una cierta dosis de masoquismo y morbosidad, quisiera evocar.

        Recuerdo que estaba yo (y no estoy respirando por la herida) por los sesenta y un años cuando me vinieron a buscar esos hombres que habían dejado los uniformes y no las armas de lado para camuflarse y cumplir lo que les habían encomendado sus cabecillas, que sí tenían atavíos, charreteras y todas esas cosas que les dan un aire de superioridad aparente en una época tan duramente adversa para la libertad de la que he sentido siempre como mi patria, porque en ella nací y porque en ella me he sacado la cresta para sobrevivir. Yo ya me probaba un rostro distinto, que era como una rugosa y marchita máscara, la  que, insisto, no encontraba sin embargo adecuada ni mucho menos a la imagen equívoca (lo reconozco sin tapujos) que tenía yo de mí mismo. Pasaba que tal vez mi ego superaba con creces mi propia realidad física y yo era quizás un viejo destartalado (¿a los sesenta y un años?) que se negaba a admitirlo, porque siempre había escuchado e irresponsablemente lo repetía que la juventud (aquel manido divino tesoro de Rubén Darío) se lleva adentro y no en la vieja carcacha exterior del corpus humain.

        Cuando me vinieron a detener, decía, me pusieron una fotografía al frente, doblada en cuatro y que uno de los tres sicarios se había apresurado a extender para cotejarla con mi rostro, ahora desencajado por las circunstancias que me rodeaban y que me mantenían clavado al piso, sin poder moverme, completamente enmudecido. Pensaba yo, frente a tal encrucijada, sudando a más no poder, muy agobiado, consternado en grado sumo, que era aquel el instante propicio para que se produjera el milagro: ¡Dios, acelera la metamorfosis de mis células para que no sea yo el de aquella imagen! (que al parecer sí era yo pero que no quería serlo, al menos en ese momento de riesgo supremo para mi integridad física, ya que sabía que aquellos esbirros no trepidarían en darme muerte allí mismo, como lo habían hecho en otras oportunidades con personas que, como yo, habían cometido el imperdonable pecado de pensar distinto). No sé cómo, pero en ese minuto me di la licencia de preguntarme si eso de razonar distinto significaba que aquellos despiadados sujetos también tenían la capacidad de pensar. Fue entonces cuando me arrojaron al suelo y comenzaron a patearme brutalmente y en forma reiterada las costillas, el rostro y los testículos, por si acaso, según uno de ellos, porque el parecido con el hombre de la fotografía era notable pese a que las edades en apariencia no calzaban mucho, lo que en todo caso no era relevante sino más bien lógico porque se suponía que aquella imagen impresa en el papel fotográfico era de una persona retratada un par de años antes y acusaba una edad cercanísima a la mía.

       Así que puesto nuevamente de pie, con inusitada violencia, a punta de metralleta, un bofetón en la cara me hizo tambalear y provocó el deslizamiento furtivo de un hilillo de sangre, que habría de descansar enanchándose en el costado izquierdo del cuello de mi camisa blanca. Con el golpe a mansalva, intempestivo, la pregunta de cajón, que al principio me parecía innecesaria (vista la seguridad y la furia que mostraban mis atacantes): “¿Tú eres Sebastián Urdiles Barrera?”, y yo rezando por el milagro, ya que empezaba a ver en mis agresores la feble postura de quienes suelen estar cayendo presa de la duda. ¿Acaso estaban mis células trabajando con mayor premura en la esperada transfiguración o era sólo el impacto de las patadas en mi rostro? ¿Y si estaba sucediendo lo primero, qué? Quizás la angustia que me invadía en aquel instante era tan grande que había finalmente gatillado el proceso de envejecimiento que podría eventualmente salvar mi vida, apresurándolo, naturalmente con la ayuda involuntaria de los matones, que con tal cantidad de puntapiés y golpes de puño habían conseguido machucarme el rostro, que ahora lucía deforme, pero no tan diferente. Qué ridículo, desde que iniciaran la paliza de que fui objeto no me había sentido extrañamente protegido como en ese momento. Ellos mismos se estaban encargando de colaborar en mi lucha personal por borrar la prueba. No me dolían entonces las heridas (debe haber sido el miedo que actuaba como sedante, como cuentan que ocurre en las guerras con los soldados primerizos, esos que llegan a orinarse en los pantalones cuando tienen que dejar forzosamente las trincheras para defenderse del enemigo o atacarlo). Bueno, yo hacía rato que me había meado y cuando me arrojaron al piso fue justamente en el lugar donde me hice que me revolcaron y me zurcieron a patadas; sin embargo, a mí lo único que me preocupaba esa vez era que no me llevaran detenido porque seguro que ahora estaría engrosando la lista de los desaparecidos. Era cuestión de vida o muerte y a pesar de mis años yo resistía con un estoicismo que en aquel penoso trance me parecía tan ajeno, porque yo nunca fui muy valiente sino que más bien temeroso, o sea, como dicen algunos, cagón de frentón, y si bien era comunista no me había metido jamás entre las patas de los caballos haciendo honor a ese atributo de mi personalidad flemática, sosegada, quitada de bulla. Es cierto que era comunista por convicción y doctrina, no lo puedo negar, y yo les había escuchado a los jerarcas del régimen que la gente como yo era la más peligrosa y que el mejor comunista era el comunista muerto. En ese sentido estaba perdido, pero seguía confiando en que la transmutación de mis células pudiera adquirir una ligereza supersónica, a la par con los latidos de mi corazón, que de tanto salto ya se me escapaba del pecho.

       Cuando el individuo que me había mostrado la fotografía volvió a la carga, tirándome de los cabellos para enderezarme y ponerme una vez más frente a él e insistir en que yo era realmente Sebastián Urdiles Barrera, me puse firme y le dije que efectivamente así me llamaba, pero que sólo se trataba de un alcance de nombre porque quien aparecía en  la foto no era yo. Obviamente, el riesgo que corría al decir aquello era muy grande. Entonces le pedí que me observaran los tres más detenidamente, con la secreta esperanza de que ahora sí mi rostro se habría transfigurado al punto de que fuera imposible que me encontraran siquiera parecido al tipo retratado allí, y me pareció que lo había logrado porque volvieron a examinar la fotografía y cruzaron sus miradas con un cierto aire de estupor, como rindiéndose ante un hecho que les parecía de mi parte irrefutable.

      Acto seguido, sin embargo, me vi cogido en vilo por uno de los sujetos que me llevó hasta el rincón de la sala donde tenía yo el vetusto espejo. El matón actuaba con bastante ira, algo turbado sin embargo, según lo advertí en su semblante por primera vez raramente descongestionado y nervioso. ¡Mírate, güevón!  ¡Claro que no podís ser el de la foto!, exclamó, y  bajando repentinamente el tono de la voz, ahora casi murmurando, me dijo: “No sé lo que pasó aquí, pero tenemos que admitir que nos equivocamos con usted, amigo. Definitivamente, usted no es el de la foto. La luz tal vez nos jugó una mala pasada o quizás se deba a que estamos cansados y estamos viendo ya puras güevadas;... después de todo ya son casi las cinco de la madrugada”. El sujeto fraccionó la fotografía en cuatro partes, la arrojó al suelo, se unió a los otros hombres y se retiraron todos, sin antes advertirme que regresarían si denunciaba públicamente la ocurrencia de aquel infausto suceso.
     
Lo primero que se me vino a la memoria, por cierto que con mucho temor de mi parte, porque si había sucedido así era algo asombroso, tal vez mágico y taumatúrgico, fue  eso de que había funcionado a una pasmosa e inconcebible velocidad la transformación de las células de mi cuerpo y, particularmente, de mi rostro; así que me avalancé sobre el espejo para verificar que yo ya no tenía la apariencia de un hombre de sesenta sino que de setenta, ochenta o noventa años. Confieso que estaba aterrado y tremendamente arrepentido (a pesar del peligro que había corrido a manos de aquellos bravucones) de haber empleado hasta mis últimas energías para que ese insólito hecho aconteciera. De cualquier modo, no podía creerlo; ni siquiera en algún film de ciencia ficción me había encontrado con un argumento tan excepcional.
     
Me confronté así con el espejo, que inesperadamente, dejándome atónito, me devolvió mi rostro de siempre, ese mismo de los sesenta y un años, ése que me había puesto en la mañana y que no era extraño para mí, ése que no obstante me generaba sentimientos de sincera antipatía porque encontraba que los muchos surcos en la frente y los que cercaban mis ojos, así como mis cabellos entrecanos, me mostraban más viejo de lo que yo en realidad era. De manera que no hallaba justificación ninguna frente a lo que me había sucedido minutos antes, cuando estuve a punto de morir o de desaparecer.
     
Entonces, desorientado, miré hacia el piso de mi dormitorio en busca de una explicación, de una explicación racional, aun cuando a esas alturas no sabía si estaba viviendo una situación concreta o me había sumergido en un mundo imaginario y absurdo, que me había creado yo mismo y del que no podía ya escapar. Ahí en el suelo yacían dispersos los cuatro trozos en que había sido cercenada la fotografía. Aturdido todavía por lo que me pasaba, me arrodillé y los fui cogiendo uno a uno para enseguida sobre la mesa del comedor comenzar a unirlos. ¡No me van a creer! El tipo de la foto era yo, definitivamente yo; la vestimenta de medio cuerpo que lucía era la mía, eran mi nariz aguileña, mi boca carnosa, mis ojos achinados, mi cabellera encrespada, ...pero se trataba de un anciano más que octogenario. Era como si hubieran maquillado mi rostro para envejecerlo, para marchitarlo hasta hacerlo aparecer como un ser de mustia y acabada fisonomía. El hombre retratado, en el retrato, que era yo, el que aquellos individuos pusieran frente a mí cuando irrumpieron bruscamente en mi hogar esa noche, había sufrido una acelerada transfiguración.

El autor:

Antonio Álvarez Bürger (1956), periodista y poeta chileno. Obtuvo el primer permio en el Concurso Hispanoamericano de Poesía y Cuento Breve "Juana de América 2003", en homenaje a Juana de Ibarbourou, organizado por Editorial Bellvigraf de Argentina. Fue finalista en las Terceras Olimpíadas Electrónicas de Poesía 2000, organizadas por la Fundación de Poetas de Mar del Plata. Poética suya se ha publicado en varias ediciones de la revista trimestal en papel de la Asociación Cultural Tántalo de Cádiz, España. Aparece trabajo de su autoría, además, en el Anuario 2001-2003, en papel, de Ediciones Baquiana, en Miami, Florida, USA. Álvarez Bürger es columnista habitual de uno de los diarios de su ciudad natal, Concepción, donde escribe acerca de temas de la cotidianidad. 
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©   Antonio Álvarez Burger

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 15
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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