EMILIANITO ZULETA DÍAZ:
ADALID Y BARDO DE LA GESTA VALLENATA

Ariel Castillo Mier
facasil@aolpremium.com
Universidad del Atlántico

Para mi hermano Hernán, que me grabó en 3 CDs
todas las canciones de Emilianito

El nombre de Emilianito Zuleta Díaz suele asociarse de manera casi mecánica con una institución musical: la llamada “Universidad del Vallenato”, la dinastía de los Hermanos Zuleta. Dentro de ese binomio, al lado de la voz de su hermano Poncho, “pulmón de oro”, están las manos mágicas de Emilianito, quien transformó la historia de la ejecución del acordeón tras las revoluciones de Luis Enrique Martínez, creador del estilo moderno, en el que el acordeón deja de ser simple acompañante de la letra y se vuelve protagonista de la canción, a través de florituras difíciles que pasan de una hilera a otra, y Alfredo Gutiérrez, revolucionario total, que vistió de smocking la música de acordeón para que accediera a otros escenarios más allá de las fincas y de la colita del patio de los patrones.

Con Emilianito Zuleta Díaz, “el músico vallenato de mayor creatividad”, según el acordeonero Israel Romero [1], surge, de acuerdo con el compositor e investigador Julio César Oñate Martínez, una escuela nueva en el vallenato, que se caracteriza por “las pausas, los reposos previos al lucimiento del acordeonero con su caudal de variaciones y lujos” [2], y en la que figuran reyes tanto vallenatos como sabaneros como Rafael Salas, Beto Villa, Julio Rojas, Freddy Sierra y Felipe Paternina, entre otros.

A partir de Emilianito la ejecución del acordeón en el vallenato es otra: en adelante, los dedos que antes se atropellaban como potros desbocados por las hileras de la lira alemana, ahora se detienen y respiran y emprenden un raudo periplo en picada por el teclado, sin perder la armonía. Hoy por hoy, cuando se vive en el vallenato el comienzo de una nueva etapa de cambios liderados por la sombra inmortal de Juancho Rois y la inventiva interminable de Omar Geles, Emilianito es un clásico, un punto de referencia insoslayable y de respeto.

No obstante, hay un aspecto en la trayectoria artística de Emiliano Alcides Zuleta Díaz, “el gago de oro”, su obra como compositor, prácticamente ignorado, pese a ser el único Rey de Reyes de la Canción Inédita en el Festival de la Leyenda Vallenata. Emilianito Zuleta es, para decirlo de una buena vez, uno de los mejores compositores vivos de la música vallenata, al lado de sus maestros Emiliano Zuleta Baquero, Rafael Escalona, Calixto Ochoa y Leandro Díaz, y de sus contemporáneos Adolfo Pacheco y Camilo Namén, entre otros.

A diferencia de sus maestros y modelos, a quienes les ha grabado de manera ininterrumpida a lo largo de treinta y cinco años, Emilianito, “sin salirse de la calle”, alcanza una complejidad mayor: su palabra, que no se aparta del todo de ciertas fórmulas de la tradición, incorpora de manera equilibrada, sin rebuscamientos aparatosos ni refinamientos ridículos, un lenguaje acorde con su formación universitaria. En un contraste con cualquier compositor actual, se destacaría, al rompe, la versatilidad de su lira de numerosas cuerdas frente a la monocorde y quejumbrosa de hoy, reducida al motivo de los amores infelices y despechados, coronados de frondosos cuernos que se exhiben perfumados y brillantes, incluso con cierta satisfacción y orgullo consentidos. Para no mencionar la autenticidad y la calidad de las letras de Emiliano, nacidas del respeto por la palabra --38 composiciones grabadas de 1968 a nuestros días--[3], hecho que contrasta con la prolífica producción de muchos de sus contemporáneos o de sus colegas de hoy, que pasan del centenar de canciones --algunos impúdicamente se acercan o pasan del millar--, y ya no parece que componen, sino que ponen cantos.

Un estudio comparativo de las composiciones de Emilianito Zuleta con las de sus predecesores y contemporáneos podría no sólo revelarnos la singularidad de este compositor villanuevero, sino el sitial de honor que se merece en la galería de los mejores letristas del vallenato. Ante la imposibilidad de desarrollar en breves páginas semejante estudio, nos limitaremos a esbozar algunos de los rasgos que le confieren no sólo un perfil al universo verbal y musical de las composiciones de Emilianito Zuleta Díaz, tan nítido que basta con la introducción acordeonera o unos cuantos versos para distinguir, sin riesgo de error, una composición suya, --¿cuántos compositores nuevos resistirían esta prueba de la originalidad?--, sino asímismo su derecho a un puesto de privilegio en el mundo historial de la música vallenata.

AUTOBIOGRAFÍA POÉTICA

A la manera de los grandes juglares del vallenato --Pacho Rada, Germán Serna, Andrés Landero, Alejo Durán, Juancho Polo Valencia, Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero y Rafael Escalona, entre otros-- cuyos cantos permitían reconstruir sus recorridas o corredurías por pueblos y veredas, puertos y montañas del Caribe colombiano, en los cantos de Emilianito se van registrando los momentos clave de su existencia que, reunidos, conforman su autobiografía poética, la cual abarca desde el día en que vino al mundo y “oyendo el acordeón mis ojos se me abrieron” (6) hasta el casi reciente encarcelamiento de un colega del canto, “un cantante que vive sumido en la oscuridad” (39) , pasando por su época estudiantil en Boyacá, signada por la nostalgia que hallaba su fin en las vacaciones cuando podía volver “a ver a mi madre/ y a Cristina la novia mía”, así como por los comienzos, desde muy niño, de su devoción por la Virgen (13) y por los inicios de su actividad musical, “cuando el vallenato tenía poca fama” (36), en los que era víctima de críticas ofensivas y humillaciones (5) y por los momentos tristes y dolorosos, el drama de no poder tomarse un trago, cuando “tan jovencito y me atacó una enfermedad/ que casi deja huérfanos a mis hijos y mi acordeón” (12), así como por la fascinada relación con su “hermanito del alma”, hecha de sucesivas separaciones y reiterados reencuentros (14, 23, 36), y la angustia por los hijos pequeños a los que no requiere dejar solos para evitarles los sufrimientos (35), en una época tan difícil como la actual, en la que el viejo Valle ya no es el de antes, paraíso perenne de parrandas y piquerías y serenatas en los andenes, sino el lamentable escenario de una retreta, no de acordeones, sino de balas, donde no se puede salir a la calle porque de cualquier parte sale un disparo y “ninguno responde por nadie” (31).

Esta última composición, por otra parte, nos revela cómo la biografía del compositor no se desconecta de sucesos históricos de trascendencia nacional e internacional: además de la violencia actual, uno de cuyos epicentros es el propio Valle del cacique Upar, en otra de sus canciones, se refiere al candente diferendo limítrofe entre Nicaragua y Colombia por la isla encantada de San Andrés que “Nicaragua ya nos la quiere quitar/ y hasta los gringos se quieren aprovechar”, (34).

DOS GRANDES GRUPOS DE COMPOSICIONES

Las composiciones de Emilianito Zuleta Díaz pueden ordenarse, de acuerdo con su tema, en dos grandes grupos: Autobiografía familiar y musical y Autobiografía sentimental. No obstante, el primer grupo puede dividirse en dos subgrupos, para resaltar la unidad de una serie singular de canciones dedicadas a los colegas del compositor, en las que expone de manera explícita un arte poética. El conjunto de las composiciones de Emilianito terminan por dibujar el perfil total del compositor, las líneas completas de su rostro.

En el primer grupo se reúne una serie de composiciones referidas a la profesión [4].  A través de evocaciones y relatos se muestran las relaciones del compositor con el público (la fanaticada), los músicos de la dinastía (su padre y su hermano Poncho), y su acordeón. Un tema clave en este apartado es el del amor familiar en sus múltiples manifestaciones: filial (6, 7 y 19), paternal (35), fraternal (12, 14, 16, 19, 21, 29, 35, 36 y 39), a los amigos (10, 12, 15, 19,  22 y 39), a la naturaleza (25) y a la divinidad (12, 13, 18, 20, 24, 31, 34, 39).

Al lado de la historia de su vida cotidiana y familiar y los vaivenes del oficio musical y de su afición de parrandero incansable que no perdona la posibilidad de hacer una parrandita con los amigos que más quiere (19), tocando el acordeón y cantando coplas (10), figuran las canciones cuyo tema es el amor de la pareja, a través del cual se registra la biografía sentimental del compositor, la crónica de sus amores, penas, decepciones, tormentos, martirios y heroicas infidelidades  ( 1, 2, 3, 4, 8, 9, 11, 16, 17, 20, 21, 26, 27, 28, 29, 30, 32 y 37), aunque sin exhibicionismo: el dolor se lleva por dentro (11) y se puede llorar, incluso con cierta frecuencia (1, 9, 14, 16, 20, 24, 29, 32, 39), “pero nunca por cobardía” (1). Estos cantos sentimentales revelan a un hombre “hambriento de amor” (26), que por estrategia de seducción exagera hasta el patetismo su situación afectiva --“vivo de herida en herida” (27)--, para asegurarse la compasión, la actitud de empatía de la mujer amada. Pero no se da aquí la oprobiosa celebración del sufrimiento y el fracaso que identifica al hablante lírico de los cantos de hoy, perdedor por naturaleza, aunque también por una voraz avidez bajamente comercial, porque el dolor vende mucho más que la madurez y la posible felicidad. En las composiciones de Emilianito Zuleta siempre dominan las ganas de vivir (26 y 27):

Y todavía me siento con fuerzas,
sigue latente mi corazón,
porque la vida comienza
siempre que nace un amor (27)

Como en las canciones de Adolfo Pacheco y de Leandro Díaz, el hablante de estas composiciones es un hombre maduro, reflexivo, “con experiencia” (32): de ahí que en estas canciones nunca se caiga por la cojera de la queja. “Pensar”, “pienso”, “pensamiento” y “razón” son términos recurrentes en estos cantos (1, 2, 3, 4, 5, 8, 11, 16, 21, 23), al lado de corazón, quizá la palabra más repetida (2, 8, 11, 12, 14, 15, 16, 20, 21, 22, 24, 26, 27, 28, 29, 33),  por tratarse de una poesía esencialmente lírica. Con frecuencia, “corazón” se emplea como sinónimo de sentimiento. Si el adjetivo no estuviera tan desprestigiado, si no se abusara tanto de él como cuando se habla de “vallenato romántico” para designar cantos blandos, sensibleros y sosos, inundados de lágrimas como la poesía de Julio Flórez, pudiera afirmarse que el hablante de los cantos de Emilianito Zuleta es un romántico esencial, un ser en el que se funden razón y emoción, pensamiento y corazón.

Asímismo a través de los cantos se va dibujando el entorno y el modo de ser una región en la que los jóvenes en edad universitaria debían salir a las capitales del interior para seguir sus estudios y la parranda era un ciclo eterno de paseos bonitos y ratos amenos con las notas del acordeón acompañadas con una botella de ron, cantando coplas muy bellas, para posteriormente llevarse la parranda para otro lado y buscar a su novia cada cual para después seguir parrandeando (10). En  ese ámbito alegre desfila un cortejo de mujeres amadas --Cristina, Cecilia, Landys, Judith Vega, Gloria, la sanjuanera y otras nunca nombradas-- y de familiares --la vieja Sara, el viejo Emiliano, Poncho, los hijos, la compañera--, los amigos --Juan Carlos, Farid, los hijos de Bolañito, don Joaquín, Alvarito Olivella, Héctor Bolaños, Enrique Coronado, Andrés Becerra y Poncho Cotes.

LA DIVINIZACIÓN DEL ACORDEÓN

Personaje central en estos cantos es el acordeón y sus notas que adquiere significaciones múltiples: puede ser un miembro de la familia equivalente a los hijos: la desaparición de su dueño “casi deja huérfanos a mis hijos y mi acordeón” (12); un miembro de la familia que se suma a las celebraciones de los amigos: “y mi familia y mi acordeón también te aclaman” (15); un ser con el que el compositor mantiene un romance imperecedero: “vivo enamorado  de mi pobre acordeón” (14), “desde cuando vine a este mundo/ tengo amores con mi acordeón” (16) y cuya ausencia produce un intenso extrañamiento: “No se imaginan lo que ha extrañado mi pecho mi pobre acordeón” (23); un consejero sentimental: “Ya mi acordeón me dijo con lamento, con tristeza/ que tenía que brindarte lo que se parezca a ti” (17); o compañía constante “que está conmigo en todo momento” (16); belleza: “es como una flor de un bello jardín”, “tiene una sonrisa y una elegancia muy especial/ como una muchacha bonita” (16); ambrosía, bálsamo vital, medicina, cura del alma: “como los labios de una mujer/ que cuando estoy triste me hacen reír/ y hasta me siento rejuvenecer”, “y como un besito de mi mamá”, “si algún día yo tengo una pena/ sólo mi acordeón me la quita” (16); justificación de la existencia: “es el acordeón mi razón de ser/ Y yo sin él nunca podré vivir” (16), extranjero generoso que desde la lejana Alemania traspasó todos los mares para venir a alegrar en el Valle y se volvió tan imprescindible que no sólo se convirtió en “el orgullo de mi folclor”, “la expresión más diciente de un pueblo alegre y trabajador”, sino que no se sabe “Qué sería de todos estos pueblos/ sin ese instrumento tan bello” (16); agradecido con él, la gran aspiración del cantor es “que Dios me dé la satisfacción/ de irme contigo hasta la eternidad” (16), pero antes de que ello ocurra, como a una divinidad o como a un héroe de hazañas numerosas:

te veneraré lo mismo que a Dios
y una estatua yo  te levantaré
allá en la plaza  del cacique Upar
pa que todo aquel  que suela pasar
levante la frente y te pueda ver
y un  letrero grande  te escribiré:
Tú eres la gloria  de Valledupar (16).

LENGUAJE AÑEJO Y NOVEDOSO

Uno de los logros mayores de los cantos de EZD es la originalidad de su lenguaje que presenta de manera equilibrada la tradición y la innovación. EZD incorpora el saber, el léxico y el modo de razonar de un hombre que ha alcanzado la educación superior, “quién pudiera valorar/ la tristeza de un gran dolor” (1), “Ya Cecilia alumbró el camino/ por el cual nunca había pasado”, “esta es la etapa de mi vida/ que creo que muera conmigo” (3), “Sinceramente no comparto este concepto” (5),“esta pena que pone en jaque a mi corazón” (20), “Hay una incógnita misteriosa que yo quisiera despejar” (23), “aunque se violen los derechos humanos” (31), “fuiste/ el patrimonio inútil pa mí de todos mis recuerdos” (32), “yo a ti te escrituré el corazón” (28), “de toditos los precursores que ha tenido la música vallenata” (38). Esta formación marca una diferencia con sus predecesores que nunca hubieran compuesto versos como los anteriores.

Pero al mismo tiempo, EZD reitera ciertas fórmulas como la mención de su nombre, típica de los compositores primigenios, anteriores a las grabaciones: “Qué emoción siente Emilianito” (1), “El pobre de Emilianito” (2) y (16); el empleo de hipérboles coloquiales “pero yo te juro que se me ha partido el alma”, “por eso te pido mil excusas, vida mía” (30), “pero esa santandereana/ está acabando conmigo” (2), “conocí una mujer/ que está acabando con mi pobre corazón/ esa muchacha bella/ está acabando con todo mi existir” (11), “como será pa aguantá esta pena que está acabando conmigo” (16); o algunos epítetos que facilitan la medida del verso y su memorización: “la tumba fría” (35), “mi pobre vida” (4), “ mi pobre corazón” (11). No obstante puede también preocuparse por la innovación adjetival: “sol rojizo” (25) “los ojitos tristes y la mirada larga” (25), darse el lujo de un juego de palabras pleno de humor como cuando refiriéndose a una mujer llamada Gloria se plantea que no le importaría morir “si allá en el cielo la gloria es como ella” (11) o por emplear expresiones coloquiales que le impriman fuerza al verso “Por qué carajo tengo que seguir sufriendo, soportando tus desprecios” (37), “Negra, no le pares bola a la gente” (28).

La elaboración de sus imágenes se nutre asímismo de la tradición. Con frecuencia su mundo de referencias es el de la naturaleza: “a Judith Vega la llevo en mi pecho/ como una rosa que no se marchita” (4), “Mi pobre viejo cuando muera deja un retoño divagando” (6), “tú cambias como cambia la luna/ tú te transformas ni las olas del mar” (32). Asímismo el imaginario católico sirve de apoyo a sus figuras: “parece una virgencita” (2), “tu figura angelical” (24), “Aquel que sufre con razón/  parece aquella alma sufrida/ cuando se postra de rodillas/ para pedir su salvación” (4). De igual manera emplea Emilianito referentes relacionados con el universo de los letrados: “es otra página de mi vida/ soy como un libro sin terminar” (27).

En EZD se cumple ese rasgo que García Márquez veía en la obra de Escalona, bachiller Honoris Causa, y que está presente también en Freddy Molina y Adolfo Pacheco: la sabia dosificación del elemento culto que eleva el nivel del lenguaje al incorporar una formación libresca que no se olvida ni entra en conflicto con la tradición oral de la que no deja de nutrirse. Esta mezcla equilibrada le confiere a los cantos de EZD ese sabor a un tiempo añejo y novedoso que lo sitúa en un puesto singular, equidistante de los grandes maestros primigenios y de los compositores actuales [5].


REFLEXIÓN SOBRE EL ORBE DEL ARTE

Poeta pensador más que elegíaco, desde las primeras canciones que le grabaron, Emilianito inició una defensa del honor y la dignidad del artista, acompañada de la afirmación orgullosa del oficio de acordeonero y de la vida parrandera, y de una reflexión juiciosa sobre la creación del canto que se sostiene hasta hoy. A través de sus composiciones, EZD pone de manifiesto sus concepciones acerca del compositor, la naturaleza de su arte y de su persona, la manera de hacer una canción, la función del canto y sus relaciones con la realidad y la ética del artista. En su concepción se mezcla una visión del arte que lo acerca a la religión y al mito, con una visión heroica del artista --guerrero en la gesta de la música-- y una actitud lúcida, razonadora, muy moderna. En este último aspecto, que marca una clara diferencia con sus predecesores (Alejo Durán, Emiliano --su padre--,. Rafael Escalona) por supuesto, no está solo, pero lo acompañan muy pocos compositores: Adolfo Pacheco, Leandro Díaz, Freddy Molina y Nicolás Maestre).

Religión y música intercambian sus valores en estas composiciones: “Porque la música pa mí es lo más sagrado./ Por eso la interpreto sin tomarme un trago de ron” (12) y se acerca a la oración: “Oye, linda virgencita,/ escúchame mis plegarias” (13). La composición es un don (5), es decir, un regalo de los dioses. El acordeón mismo (18), como ya señalamos, se vuelve un objeto divino al igual que la guitarra “bendita” de Hernando Marín (17). De la misma manera, el cantor adquiere asímismo poderes que lo acercan a Dios: él dignifica lo humano mediante el poder de la palabra; el acto de nombrar en el canto equivale a una sacralización por el poder taumatúrgico de la palabra que al otorgar la fama, el renombre, prolonga la vida más allá de la muerte, en la memoria de los hombres. De ahí el gran respeto de EZD por el lenguaje, la honestidad que le impide cualquier abuso, el riguroso criterio de selección: de ahí las pocas canciones, los contados personajes que se nombran (y se repiten) en sus canciones, casi siempre miembros de la cofradía de los artistas: el viejo Emiliano, Alejo Durán, Colacho Mendoza, Poncho Zuleta, Hernando Marín, Leandro Díaz, Escolástico Romero, Jorge Oñate, Juancho Rois, el pollo Isra... EZD menciona fundamentalmente músicos selectos, amigos de parranda (a ninguno lo menciona más de una vez), familiares (la abuela, el padre, la madre, el hermano, los hijos) y mujeres amadas quienes constituyen una suerte de aristocracia del espíritu que dignifica la tierra donde nace. Este hecho marca una gran diferencia con la vocación áulica de su padrino y maestro Rafael Escalona, experto en propaganda política y slogans sonoros, consumado cantor de los poderosos, panegirista de Rojas Pinilla, Belisario Betancur, López Michelsen, Pedro Castro, el General Torrijos, quien le abrió al vallenato un ámbito privilegiado en la profana esfera oficial.

Toda la obra de EZD es una defensa de la respetabilidad del cantor, de su pertenencia a la nobleza del espíritu: aunque su cuna haya sido humilde, cuenta con el mérito mayor de haber sido dignificada por el trabajo creador, pues toda composición, al mismo tiempo que enriquece nuestro folclor, es un aporte que el compositor le hace a la sociedad (5). De igual manera, los cantos de Emilianito constituyen un testimonio de respeto por el pasado heroico de los fundadores de la estirpe, quienes lo forjaron todo, y contribuyen a la construcción de una mitología profana, la de los héroes de una gesta --la de la música vallenata inicialmente vilipendiada, y hoy en día reconocida en toda Colombia y en el exterior. Su padre (el viejo Emiliano, que le dio su nombre y le heredó su fama), sus padrinos (Rafael Escalona y, en especial, Escolástico Romero, que le dio consejos, clases de acordeón, lo guió por el buen camino y le obsequió una aseguranza para que la llevara en su bolsillo), sus colegas (Colacho, con el ejemplo de su humildad; Alejo Durán, y la dedicación de su vida al pedazo de acordeón), se convierten en nuevos dioses a quienes EZD recuerda como reminiscencias de la mítica Edad de Oro. El orgullo más grande es poder emular al heroico padre:

“Cuando yo estaba chiquitico
soñaba con ser parrandero,
le seguí los pasos a mi viejo
y le heredé de todo un poquito
[…]
y ese es el orgullo que tengo,
ser igualito a mi papá (19).

Su manera de agradecerle a los predecesores, familiares o no, es encumbrarlos, destacar sus méritos, incorporar sus lecciones para mantener viva la llama de la música que ellos encendieron, y convertirse en guardián de su memoria:

De toditos los precursores que ha tenido
la música vallenata
no hay que olvidar a mi padrino
que se hizo al lado de mi papá
y menos mal que la tarima de la plaza
lleva su nombre pa poderlo recordar .
A ese festival tan aplaudido
que se llama “Cuna de acordeones”
yo le doy mis felicitaciones
por tener en cuenta a mi padrino (38).

El artista es un ser elegido, un predestinado. Tal es el caso de Nicolás Elías “quien nació fue pa sabé tocar acordeón”/ Al igual que su padre que fue Julio Mendoza” (15). De manera similar ocurrió con el cantante Jorge Oñate: “En un pueblito cerquita al Valle/ nació un muchacho con una estrella/ con el prodigio de una voz muy bella” (22). Pero si el artista nace, también se hace con base en el esfuerzo y la dedicación. Así le pasó a Oñate: “Ese cantante tan distinguido que se forjó pa salí adelante”; así le pasó a Colacho: “es difícil sostenerse en buena altura/ tú has vencido todas esas situaciones/ apoyado por tu nota veterana” (15).

Los privilegios divinos de una prodigiosa garganta (22, 23 y 39) o de unas manos afortunadas (31 y 34), pueden, no obstante, heredarse de padre a hijo: “Es una herencia musical la que mi padre me dejó” (6), dice Emilianito de su don. Pero el hecho no deja de repetirse. Tal es el caso de Julio Mendoza y Colacho, de Emilianito y José Enrique, de Escolástico Romero y el Pollo Isra. El heredero asume, pleno de satisfacción, ese legado espiritual, “y desde entonces llevo con orgullo/ la gran herencia que olvidar no puedo” (6); que se convierte en el compromiso sagrado de garantizar la continuidad de la tradición como el retoño al tronco genitor (6) y el pollo al gallo viejo (7). Esa responsabilidad con los predecesores se convierte, a su vez, en una obligación moral con el pueblo que disfruta de esa tradición: “Sabemos que no se puede/ dejar a un pueblo solito”.  El canto se convierte en poesía ritual de la comunidad, espacio de encuentro con la “fanaticada” que trasciende las diferencias de clases, expresa ideas y sentimientos comunes a todos, y contribuye a la grandeza de la región:

porque los hombres que somos unidos por eso triunfamos,
porque la gloria se alcanza en la paz pero nunca en la guerra (15).

RATOS TAN AMARGOS POR CULPA DEL FOLCLOR

Uno de los aportes de EZD como compositor es, sin duda, la revelación al público de la otra cara --la menos promocionada-- del artista: sus tormentos y pesares (14), las ofensas y las humillaciones (5) y el cansancio de las amanecidas (14), aunque sin dejar de reconocer las horas de derroche y alegría, el goce de las parrandas (10) y el orgullo de tocar  acordeón (5).

Si bien el artista puede considerarse como un ser excepcional o, al menos, dueño de ciertos privilegios que lo distinguen del común de la gente, y hasta le permiten evidentes vínculos con la trascendencia, no menos cierto es que “Ser artista tiene sus complicaciones” (15) que van desde la dificultad para sostenerse en el pináculo de la fama (15), pasando por la superación de sus complejos (15) hasta la angustia producida por la inestable vida sentimental que amenaza con una vejez solitaria, sin hogar (23), cuando lo abandonen las fuerzas del cuerpo, consumidas en las madrugadas interminables.

Y ES QUE MI ACORDEÓN NO HA PODIDO IR A UN CEMENTERIO A TOCAR

La muerte de Alejo Durán, emblema de la música de acordeón en Colombia, genera un conflicto, una actitud aparentemente contradictoria en el compositor:

Tenía que ser pa un acordeonero tan noble
que esta canción tan sentida naciera del corazón 
yo no quería componer los versos pa el hombre
que ha dedicado su existencia a su  pedazo de acordeón (33).

En realidad, aunque se produce un leve desconcierto ante la muerte del gran juglar, no hay contradicción, sino coherencia: es que en el universo del canto de EZD no hay lugar para lamentaciones fúnebres y, mucho menos, al tratarse de un héroe que dedicó su vida al santo oficio del acordeón. Ante alguien que ha cumplido a cabalidad con su misión no puede haber ni trenos monótonos ni elegantes elegías, sino aclamación, exaltación del nombre y las hazañas del hombre para eternizar su gloria, labor que había cumplido Emilianito en dos de sus más afamadas composiciones: (12 y 18). Por eso cuando su hermano Poncho le regala una filmación sobre los últimos días de Alejo Durán, creyendo que Emilianito está apesadumbrado por no haber asistido al funeral, éste le aclara:

Y me dijo Poncho mi hermano: “Tome este regalo, compadre,
yo sé que usted tiene una pena porque no asistió al funeral”.
Yo le dije, hermano querido, le agradezco mucho el detalle;
yo no fui a la muerte de Alejo, porque sentí mucho pesar:
y es que mi acordeón no ha podido ir a un cementerio a tocar (33).

No son las composiciones de EZD de las que se solazan en el dolor. Prácticamente el tema de la muerte está ausente de este universo verbal. Más que mortuoria, su poesía, profundamente positiva, edificante, es un canto a las ganas de vivir, una celebración de las posibilidades siempre abiertas de la existencia que ni Dios puede clausurar:

Si Dios me quiso probar a mí
está muy equivocado;
y sepa que Emilianito,
aunque se encuentre solito,
tiene ganas de vivir (26).

De ahí que, ante la perspectiva de su funeral, se dirija al colega cuyas canciones le erizan los vellos (19), Colacho Mendoza, para solicitarle un favor:

Y como tú eres más sano que yo
posiblemente yo muera primero;
si eso sucede, vas al cementerio,
y con tus notas, me dices adiós (15).

Cuando se ha cumplido con una misión en la vida, la muerte no tiene porqué suscitar dolor: no hay razón para el sufrimiento. Y EZD es consciente de que con su hermano ha librado una batalla que justifica su existencia, la de ganarle un espacio a una manifestación musical popular discriminada y excluida por las clases dominantes de su tierra desde “cuando el vallenato tenía poca fama/ sufrimos bastante y sentimos que algo podía suceder” (36) hasta hoy, camino expedito, tras el esplendor de Estocolmo.

Y ASÍ ES COMO NACE UNA BONITA CANCIÓN

De manera reiterada, EZD expone la génesis de una canción, los ingredientes y pasos que la constituyen, así como su naturaleza y su función: 14, 15, 18, 25. Lo primero es el tema: “Yo tenía un tema  en mi pensamiento/  para hacer una  composición/ pa dedicársela  a mi acordeón” (18); “Hace tiempo que en mi mente existía/ un viejo compromiso de componer un son” (14); “Tenía que ser pa un acordeonero tan noble/ que esta canción tan sentida naciera del corazón”. La canción es la culminación de un proceso de maduración interior de una idea que sobrevive como una obsesión y se vuelve un compromiso de vida o muerte expresarla, sacarla del corazón o de la mente: “Pero el sentimiento le dijo a mi alma que no callara/ que más bien dijera lo que mi pecho quería decir” (33). Labor nada sencilla, en la medida en que implica el uso de un doble código, verbal y musical: “Es difícil componer una canción/  y ponerle el sentimiento que uno quiere/ componerla con todito el corazón/ y buscarle una apropiada melodía” (15); “se trataba de hacé una melodía / con unos cuantos versos/ con todo el corazón/ con una nota linda/ con una voz sentida/ y ganas de llorar” (14). 

Pero no existe una fórmula única. El origen puede también ser repentino, brotar como una veloz luz interior que se enciende al contemplar un paisaje cargado de sugerencias y evocaciones, tras una jornada de extenuante trabajo que abre las puertas a una percepción profunda, integral de la realidad:

Después de una gira larga por Montería
me presenté a Cartagena una tardecita
y a Bocagrande llegué cuando el sol moría
y me puse a contemplar sus playas bonitas
y entonces se entusiasmó la memoria mía
al verme frente a sus aguas tan azulitas.

Apuesto a que nadie duda ni desconoce
cuando un ser humano siente satisfacción
mirar desde lejos aquel bonito horizonte
y ver el instante cuando se oculta el sol
y ver cuando ya se está acercando la noche
y así es como nace una bonita canción (25).

LO QUE YO QUIERO CON ESTA CANCIÓN

La función del lenguaje que predomina en los cantos de EZB es la afectiva: pese a su catadura reflexiva, el canto de EZD es fundamentalmente expresión de sentimientos o comunicación de un estado de ánimo. Su canción al colega Colacho lo ilustra: “Lo que yo quiero con esta canción/ es demostrar el aprecio y afecto/ el sentimiento la fe y la emoción/ por un colega que tanto respeto” (15).

De esa concepción comunicativa del canto, surge la reiterada presencia de un destinatario explícito que también es muy variado: la divinidad --Dios (26), la Virgen (12)--; la amada --Cristi (1), Gloria (11), Sorayita (17), Indira (26), la sanjuanera (27)--; los colegas --Colacho (15), Diomedes Díaz (39)--; la familia --el hermano (12, 14, 16, 19, 21, 29, 35, 36 y 39) y el papá (6 y 7).

No obstante, la gama de emociones es amplia (y deberían conocerla los compositores de hoy), pues abarca la admiración, el guayabo, la nostalgia, el aprecio, la incertidumbre, la alegría, así como la de los sentimientos que incluye la amistad y el amor en su varia manera --fraternal, paternal, filial, de pareja, a la naturaleza, a la patria.

Raro es el compositor contemporáneo que piense en la patria con vocación de sacrificio, deponiendo los intereses particulares como lo hace EZD:

al tratarse de mi Valle querido
con mucho gusto  hasta mi vida daría,
ya yo no resisto
la guerra sucia que nos tiene nerviosos,
quisiera hacer como hizo Jesucristo
que dio su vida por salvarnos a nosotros.
Si yo pudiera sacrificar mis manos
lo único que yo tengo ay para poder vivir
y ver algún día mi Valle transformado
colmado de esperanza  de un lindo porvenir.
Simón Bolívar me enseñó a comprender
que el hombre tiene que pasar a la historia
y que mi muerte contribuya también
para que cese la violencia en Colombia  (27).

Esta vena grave no excluye la capacidad de sonreír ante situaciones incluso dolorosas, difíciles. Aunque no tan constante como en su padre, hay también en Emilianito una vena humorística, risueña (13, 19, 30 y 36). Cuando el compositor quiere explicar las razones de su devoción por la Virgen del Carmen, invierte el orden de los valores, provocando una sonrisa en el oyente: “Por eso es que Emilianito/ la tiene que respetá/ pues tiene un nombre bonito/ el mismo de mi mamá” (13). Cuando la mujer amada se entera de que el compositor tiene un amor escondido, éste no tiene empacho para pedirle que lo perdone porque “en el mundo lo que más vale es la armonía” (30). Incluso nos llega a revelar con desfachatez que por pura estrategia de seducción se vio en la necesidad de negar a su tierra natal: “Yo tengo mucha pena/ con toditos mis paisanos/ porque a mi patria chica/ yo la tuve que negar/ pero a un enamorado/ se tiene que perdonar” (17). Pero el caso más notorio se da en (36) cuando se dirige a su hermano en busca de la reconciliación tras un diferendo económico:

Óigame, compadre, me va a perdonar
que en forma jocosa le voy a decir:
¿Por qué usté aprendió a sumar
y no aprendió a dividir?

DOS PRESENCIAS CONSTANTES

En los cantos de EZD hay dos oyentes que se reiteran con gran frecuencia. El primero es su hermano Poncho con quien el compositor conforma una pareja semejante a la de los complementarios dióscuros de la mitología griega: si Emiliano se enferma y no puede tomar los tragos que le brinden “Es mi compadre Poncho quien se los toma por mí” (12). Escuchar la voz de su hermano cantando le despierta las ganas de una copa llena de licor para olvidar el dolor y sentirse feliz gracias al efecto catártico de la música que limpia de penas el alma y brinda consuelo. Al mismo tiempo la ausencia de su hermano se convierte en la herida mortal (36), el gigantesco “detallito” que falta para “estar satisfecho y lleno de alegría” (19), porque con su hermano, junto con el cual se crió, auténtico compañero de gesta, ha “batallado para poder vivir” (14). No hay en toda la poesía popular colombiana, ni en la letrada, un caso similar de afecto fraternal. Y lo paradójico, y hasta patético, es que esa fascinación por el hermano  a veces no se retribuye:

Ese es el hermano que más quiero yo,
pero toda  la vida me ha querido fregar.
Menos mal que me juró
que no me engañaba más (36).

La voz de su hermano, más allá del vínculo de la sangre, se convierte asímismo en marco de referencia para valorar a los demás cantantes. Así, para ponderar la voz melodiosa de Jorge Oñate, “solo con mi hermanito/ yo lo puedo comparar” (22).

La otra presencia constante es la de la divinidad, encarnada en la Virgen del Carmen y Dios, a través de la cual se trasluce la religiosidad de EZD, muy afín a la del hombre caribeño. La visión es con frecuencia instrumental:

le pediré a la Virgen del Carmen patrona mía
que me proteja y que me conceda esta petición
que tu mamá y toda tu familia sean partidarios pa recobrar mi alegría
y si consigo que este milagro se me realice se aumenta mi devoción (20)

Llama también la atención la gran confianza, el tono de compinchería con el que se dirige a Dios:

Dios mío, no me vayas a echar mentira;
tú sabes que yo he confiado en ti:
baja y decímele a Indira
que ella es la única en la vida
que puede hacerme feliz (26).

Por momentos podría considerarse que hay cierto fatalismo en la visón del mundo: “Yo sé que Dios me tiene marcado un destino./ Yo tengo que aceptarlo, yo qué puedo hacer”. No obstante: “Yo tengo la esperanza y el presentimiento que a veces/ el destino tiene que cambiar  (29).

UN APORTE QUE LE HACE A LA SOCIEDAD

A través del conjunto de las canciones de EZD se puede trazar el perfil personal de un hombre y sus valores (la música y la familia son sagrados) que corresponden, en gran medida, al del caribeño típico: alegre y parrandero, noble, sensible a la naturaleza, en especial al mar (25); devoto, creyente:“No hay cosa más bonita que sentirse uno con fe/ y tener devoción por cualquier cosa en la vida”, (13), aunque sostiene con Dios una relación más bien instrumental; enamorado profesional, en clara sintonía con el pueblo del que incorpora su saber centenario, sus hábitos mentales y sentimentales y el gusto pernicioso por la parranda, y en cuya vida aviva la llama de lo novelesco hasta el punto de ser “como un libro sin terminar” (27).

Sus grandes modelos además del padre (modelo de músico, parrandero y hombre devoto), son Jesucristo y Simón Bolívar. De esa confluencia de patrones deriva una actitud fundamentalmente vital, hedonista:

A mí el dinero no me interesa
ni las vanidades de la vida ,
quiero tener es bastante fuerza
para quererte toda la vida
y echar a un lado tanta tristeza
y ser feliz con mi consentida  (28).

Hay una intensa sintonía entre el hombre y la naturaleza, sobre todo en la plenitud del amor:

Mira esas nubes cómo están de bajiticas
que quisieran saludarnos
observando nuestro amor
y son tan nobles que quizá no mortifican,
ellas no sienten envidia
más bien sienten emoción (24).

El acercamiento a la obra literario-musical de Emilianito Zuleta Díaz nos proporciona la experiencia enriquecedora de toda obra de arte auténtica: de su encuentro salimos enriquecidos al asistir al afín enfrentamiento y la búsqueda de soluciones a situaciones y problemas políticos, emocionales y culturales universales.

Cabe destacar la persistencia en los paseos y merengues de EZD del amor fraternal y patriótico y de la voluntad firme de seguir adelante, sentimientos que parecían extirpados del corazón del canto vallenato que hoy se ha convertido en un lento y lánguido lamento lúgubre como una sola sombra larga de amarguras infinitas que envuelve el sendero por donde marchan seres agobiados por el desamor deliberadamente provocado.

NOTAS:

1. Israel Romero, “El acordeonista de hoy a la luz de tres genios”, Romanceros, La Revista del Vallenato, No.  4, Bogotá, 1997: 16. En este interesante testimonio acerca de su formación musical, Israel destaca, con la autoridad que le confiere la ejecutoria del acordeón, la significación histórica de Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez y Emilianito Zuleta Díaz.

2. Julio Oñate Martínez, El ABC del vallenato, Taurus, Bogotá, 2003: 105

3. Las 39 composiciones que conocemos de Emilianito Zuleta Díaz (38 grabadas y una inédita, “Mis hijos”, cantada en parrandas), en orden cronológico aproximado, son: 1. “Mis vacaciones”, 2. “Landys”, 3. “Cecilia”, 4. “Judith Vega”, 5. “Estudiante acordeonero”, 6. “La herencia”, 7. “Gallo viejo”, 8. “La molestia”, 9. “La experiencia”, 10. “El turco Farid”, 11.. “Gloria de mi alma”, 12. “No bebo más”, 13. “La Virgen del Carmen”, 14. “Mi hermano y yo”, 15. “A un colega”, 16. “Cómo será”, 17. “Sorayita”, 18. “Mi acordeón”, 19. “Ilusión parrandera”, 20. “Pobre yo”, 21. “La vida es así”, 22. “El jilguero”, 23. “El retiro”, 24. “Mañanita de invierno”, 25. “Tardes de verano”, 26. “Indira”, 27. “Sanjuanera”, 28. “La envidia”, 29. “La peleonera”, 30. “Amor escondido”, 31. “Mi pobre Valle”, 32. “Aquella carta”, 33. “La muerte de alejo”, 34. “San Andrés”, 35. “Mis hijos”, 36. “La sangre llama”, 37. “Por qué”, 38. “A mi padrino”, 39. “El turpial herido”. En adelante, para mencionar estas canciones, lo haré citando el número correspondiente.

4. Las canciones de este grupo son: 5, 6, 7, 10, 12, 13, 14, 19, 23, 25, 31, 34, 35 y 36. El subgrupo que expone la poética lo conforman 15, 16, 22, 33, 38 y 39. Aunque 31 y 34 podrían integrar, a su vez, otro subgrupo: su tema es el de los deberes del ciudadano en relación con la patria.

5. Consecuente con esta actitud de respeto y apertura hacia lo popular es el constante diálogo que la obra de EZD sostiene con la tradición anterior y posterior. Podría hacerse el ejercicio de escuchar las conversaciones a veces sutiles, otras muy francas, que la obra de Emilianito sostiene con algunos compositores admirados. Proponemos a manera de juego escuchar simultáneamente de: (1) con “Las vacaciones de Emiliano” y  (7) con “La piquería”, ambas de de Emiliano, el viejo; “La cañaguatera” de Isaac Carrillo con (2); (4) con algunos cantos de Leandro Díaz como “Dios no me deja”; (5) con “Artista distinguido”, (6) con “El pechichón de mamá”, (18) con “Fuente vallenata” y (33) con “La consulta”, todas éstas de Adolfo Pacheco, con quien se entabla una conversación de tú a tú de ida y vuelta; (11) con “El pobre Durán”; (15) con “Mis hijos y mis canciones” de Dagoberto López; (27) con “Grito vagabundo”, atribuida a Guillermo Buitrago. Este ejercicio nos permitiría establecer las afinidades y diferencias de la obra de EZD con sus predecesores y coetáneos para valorar su singular aporte a la historia del folclor.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 15
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN IV - NÚMERO 15