Sondeo político-literario a La fiesta del chivo [1],
de Mario Vargas Llosa

Mar Estela Ortega González-Rubio
Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá
marortegagr@htomail.com

'' -¿Sabes una cosa, Cerebrito? Yo no hubiera vacilado ni un segundo. No para reconquistar su confianza, no para mostrarle que soy capaz de cualquier sacrificio por él. Simplemente, porque nada me daría más satisfacción, más felicidad, que el Jefe hiciera gozar a una hija mía y gozara con ella. No exagero, Agustín. Trujillo es de esas anomalías en la historia. Carlomagno, Napoleón, Bolívar: de esa estirpe. Fuerzas de la Naturaleza, instrumentos de Dios, hacedores de pueblos. Él es uno de ellos, Cerebrito. Hemos tenido el privilegio de estar a su lado, de verlo actuar, de colaborar con él. Eso no tiene precio".

(Vargas Llosa: 2000, 343-344).

La fiesta del Chivo (FCH), de Mario Vargas Llosa, es una novela ambientada en la República Dominicana [2], que recoge el momento en que se está tramando dentro del propio régimen, la conjura que terminará con la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, apodado el Chivo. El autor, preocupado por lo que ha llamado "la colonización del espíritu", ha dicho que la paralización política que sintieron los que tuvieron que lidiar con el cadáver de Trujillo una vez lo mataron, fue lo que le inspiró a revolver verdades con mentiras en torno al control íntegro que cala hasta los sueños de los que viven una dictadura [3].
La narración se extiende por tres décadas, desde el ascenso al poder en 1931 hasta el año de muerte de Trujillo, en 1961. Una voz femenina, bajo el nombre de Urania, abre y cierra la novela. Urania Cabral había salido de la isla y en la novela regresa a la patria en busca de explicaciones y continuidades con la realidad. Trujillo, amante que fue de halagos publicados en periódicos, sobre todo los que hablaban de su madre como la matrona del país, regresa a vivir en el mundo de la ficción.  El poder de seducción que muestra el carisma del dictador, ofrece una tenebrosa oportunidad de cuestionar su poder. 

El Trujillo de Vargas Llosa es un monstruo sin legitimación ni justificación posibles. Es el resultado de la incapacidad de un pueblo. Además, el trujillismo es aún un fenómeno histórico actual. Vargas Llosa fue a República Dominicana a documentarse, pensando que Trujillo estaba muerto y enterrado, pero no. De hecho, el trujillismo ha permeado y copado durante 39 años importantes instancias del poder. Personajes de la caverna trujillista ostentan posiciones altas en la dirección de los tres mayores partidos que se disputan el poder en el país. Nombres de barrios y calles honran los nombres de trujillistas. Un hijo de Trujillo, propietario de una línea aérea, se declaraba recientemente orgulloso de su apellido.

La reacción contra  la novela no se ha hecho esperar. Mientras que en algunas latitudes es halagada, en otras (las filas del trujillismo) ha sido descalificada por sus inexactitudes,  por sus infundios, por sus calumnias contra personajes tan lánguidos, tan leves, tan sublimes como el doctor Joaquín Balaguer, quien ha hecho del cinismo un arte. Los familiares de los héroes del 30 de mayo han reaccionado, por igual, con acritud: acusan al autor de incurrir en falsedades y, en general, se sienten injuriados, desconsiderados por ciertos hechos descritos en el libro. Esto, desde luego, es lamentable, pero era, también inevitable. Imposible no herir susceptibilidades, tratándose de un tema tan espinoso.

Una parte considerable de la crítica se ha expresado en el mismo sentido: falta de rigor, falta de apego a la verdad, mezcla de ficción y realidad, deformación de la Historia. Ahora bien, en todos los casos se olvida lo que es esencial a la naturaleza del texto: FCH es novela, no es Historia, y no se puede descalificar a una novela por su falta de apego a la realidad. Quienes proceden de esta manera, se sitúan en una perspectiva falsa: analizan o juzgan la obra de arte por lo que debería ser y no por lo que es. Toda obra de arte es una respuesta organizada a los problemas y conflictos históricos de la época. Por eso, el análisis literario exige que se establezca una relación entre el ámbito socio-cultural y la estructura global de la obra, mas no en sus particulares. Si un historiador falsea la historia, producirá un libro poco digno de consideración. Si lo hace un novelista, no significa nada en términos literarios y artísticos, pues el gran problema del arte no es la verdad, es lo verosímil: las cosas deben parecer ciertas en el contexto de la narración, no en el contexto histórico.

La novela de Vargas Llosa es un tributo de rencor y desprecio a torturadores, matones, delatores y cortesanos. Hay, entre otros, dos tipos de personajes en la obra: unos que tienen redención y se redimen, y otros para los que no hay redención posible. Los conjurados no aparecen como santos: provienen de las filas del trujillato y eso es un dato histórico. Pero eso sí, ellos purgaron sus pecados, lavaron y redimieron en sangre sus pecados. Lavaron y redimieron por completo los hechos, con la sangre de Trujillo, con la sangre propia, con la sangre inocente de familiares ajenos. Ninguno de los conjurados cometió quizás una falta superior a su sacrificio. Siete hombres, al anochecer, en el Malecón del 30 de mayo, se jugaron su destino, se jugaron el destino de sus familiares, se jugaron el destino del país. Ganaron la apuesta pero también la perdieron. La patria momentáneamente ganó la apuesta y se libró del monstruo. Pero otros monstruos subsisten e influyen perversamente en los países latinoamericanos.

La novela, sin embargo, no sólo produce repulsión, sino también un sentimiento contradictorio y vergonzoso. Si algo caracteriza FCH, es el extraordinario fenómeno de empatía que allí se produce. Es decir, el proceso de participación afectiva del narrador en las vicisitudes de  estos personajes, su plena disponibilidad. Todo el entramado de la novela vibra de admiración por el destino de esos héroes. No es hagiografía, como dijo Vargas Llosa, no es historia de santos. Es historia de gente que actúa sin vacilación, en un clima de terror inaudito, y se realiza en la acción.

En la novela de Vargas Llosa se alude repetidas veces, y no por casualidad, a un personaje histórico que es, también, un personaje de novela. Es el Petronio de la Roma imperial, un rico terrateniente, propietario de miles de esclavos. Ese Petronio es el autor de Satiricón. Pero es, además, el Petronio de ¿Quo vadis? y el Petronio de la novela de Enrique Sienkiewicz. Es el Petronio áulico por excelencia. Un personaje emblemático, sin duda. Petronio, en la novela de Sienkiewicz, es el más refinado y exasperante de los aduladores de Nerón. Pero Petronio es un adulador desencantado, uno que está atrapado, que no está allí por gusto. En la adulonería pone en juego toda su inteligencia y, a veces, la vida. La adulonería es cuestión de argucia, de agudeza mental, mediante las cuales implica todo lo contrario de lo que dice.

He aquí la escena: Nerón acaba de declamar unos versos de su canto al incendio de Troya. El auditorio lo adula a una sola voz. Petronio disiente. Dice que esos versos son dignos del fuego. Sobreviene un intervalo de terror. A todos les pareció que había sellado su sentencia de muerte. El César demanda una explicación y Petronio da un giro a sus palabras. Castiga  la ligereza de los presentes. Ninguno allí entiende nada de poesía. Esos versos son dignos de Ovidio, de Virgilio, incluso de Homero, pero no son dignos de ti, Nerón, que estás a mayor altura. Nerón lo mira con ojos aguados, conmovidos. Sólo tú, Petronio, me dices la verdad.

A Petronio, en el fondo, todo aquello le repugnaba y de eso dejó constancia en las pocas páginas del Satiricón que han llegado hasta nosotros. Los áulicos de FCH actúan, en general, de otra manera. Son epígonos, no disidentes, no toman riesgos (y es casi lo único que no toman), están encantados de estar donde están y se disputan a codazos los favores de Trujillo. Lo peor que puede pasarles es caer de la gracia del Jefe, y a veces caen, paradójicamente, por exceso de celo, exceso de servilismo.

El golpe bajo en la novela de Vargas Llosa va dirigido precisamente contra estos aduladores palaciegos, los cortesanos. Es un golpe bajo por la propia naturaleza del objetivo. El autor condena, sin duda, a los esbirros, castiga y mortifica la falta de escrúpulos de los delatores, denuncia la crueldad de los torturadores y presenta a Trujillo como asesino vesánico, pero son los cortesanos los que reciben la peor parte, a ellos está reservado el fallo más adverso, la pena máxima en el último círculo del infierno dantesco.

Los cortesanos son la oveja más negra de la novela y han acusado el golpe: han pegado el grito, o han disimulado el escozor con palabras sinuosas, pero más les valiera permanecer callados. La especie abominable de los cortesanos inspira repugnancia. Son advenedizos a los que “les gustaba ensuciarse”, a los que parecería que “Trujillo les sacó del fondo del alma una vocación masoquista, de seres que necesitaban ser escupidos, maltratados, que sintiéndose abyectos se realizaban [4]” (Vargas Llosa: 2000). A la bellaquería el cortesano suma la ausencia de valores morales, incluso la ausencia de valor personal, la ausencia de ideales. De hecho, el cortesano no aspira ni tiene voluntad para aspirar a un ideal. El cortesano carece de heroísmo, para el cortesano no hay redención posible. Es un prostituto. Si ofrece la mujer o la hija, es porque ya se ha ofrecido a sí mismo.

En las páginas de FCH, que son muchas, hay un despliegue, una parada, todo un glorioso desfile de personajes del género,  de esa subespecie reptante de cortesanos, palaciegos, áulicos, alcahuetes, celestinos, proxenetas, lambones, aduladores y bufones. No son todos los que estaban, ni están todos los que eran: apenas un muestrario representativo. El autor evidentemente no muestra las vergüenzas de toda la comparsa. De lo contrario, habríamos asistido a espectáculos más espeluznantes, orgías y misas negras, danzas macabras de cortesanos bailando en trajes de mujer. La realidad, como lo ha dicho el profesor Conrado Zuluaga, y más en asuntos políticos, siempre supera la ficción.

Algunos cortesanos aparecen en la novela de Vargas Llosa con nombres y apellidos más o menos deformados y más y menos reconocibles. Otros, como Henry Chirinos, con nombres y apellidos inventados, y otros, como Balaguer, con nombres y apellidos reales. Balaguer, de cualquier manera, es inconfundible y de poco o nada le valía el camuflaje de un nombre ficticio. El misterio, en cambio, envuelve a Henry Chirinos. Chirinos es, a todas luces, un prototipo, el prototipo de varios cortesanos. Su descripción corresponde probablemente a una mezcla de físicos y personalidades de cortesanos de la era: gordo, sucio, beodo, etc. Chirinos es un poco todos, un mejunje, un coctel, una batida de cortesanos, batido de indignidades.

Sólo Balaguer es único, inequívoco, apabullantemente igual a sí mismo. El misterio no radica en su identidad, sino en su personalidad. Balaguer se lleva en parte la atención, el morbo, la curiosidad; se lleva un poco la admiración del narrador, y de seguro, la mayoría de adjetivos no laudatorios de la novela. A costa de Balaguer, el autor ensaya todas las alusiones despectivas que puedan imaginarse, y Balaguer, por supuesto, se las merece, califica, sin duda, como objeto de tan cruel y justiciero ejercicio de la inteligencia. Curtido en el ejercicio demoníaco del poder, Balaguer es, sin duda, la figura más nefasta de la historia dominicana. Otros gobernantes fueron producto de circunstancias. Balaguer eligió las circunstancias, él creó las condiciones para el establecimiento de un régimen basado en la corrupción, él llevó a la moral pública a un estado de putrefacción del que no ha podido recuperarse hasta ahora. Pudo haber consagrado por lo menos una parte de su existencia a una causa decente, medianamente justa, y la consagró entera a la corrupción.

Julio Cortazar, en un artículo titulado “La situación de la novela”, establece una sutil diferencia entre dos tipos de novelistas: los que “cuentan explicando, o (los mejores de ellos) los que explican contando”. Los primeros detienen la marcha de la narración para explicar —incurren en explicaciones—, y los segundos explican sobre la marcha, es decir, en la medida en que narran. Es claro que hay mayor finura, mayor conciencia de oficio en la técnica de los segundos que en la de los primeros, mayor fluidez narrativa, y quizás en esto radique un poco la diferencia entre novela y crónica, actualmente. El cronista narra y explica, mientras que el novelista explica en la misma medida en que narra. Vargas Llosa se ubica como cronista en FCH, no así en La casa verde, por ejemplo, ni en La ciudad y los perros, que son obras de una técnica muy depurada. Aunque FCH sucumba un poco ante el exceso de crónica, ha provocado al menos una llamarada de indignación y reflexión en la conciencia de los latinoamericanos. La obra, con todos sus defectos, es una obra viva. Vargas Llosa, entre otras cosas, ha suscitado entre nosotros el resurgimiento de la lectura de novelas como fenómeno de masas (el que se dio, sobre todo, en los años sesenta con los autores del boom latinoamericano). Vargas Llosa, en fin, expone a los trujillistas a su propio asco, a su propia vergüenza, rememora y actualiza sus crímenes y cobardías.


NOTAS:

1. Vargas Llosa, Mario. La fiesta del Chivo. Madrid: Alfaguara, 2000.

2. La libertad de prensa en la República Dominicana todavía no permite que se hable de los crímenes de Balaguer y de las bellaquerías de los cortesanos de la Era Gloriosa. Se confirma, pues, que Trujillo vive y manda, su herencia vive y manda. Sus sucesores han detentado y detentan posiciones de poder y mandan, influyen, determinan, manipulan, inciden en todos los capítulos de la sociedad.

3. Vargas Llosa afirma, también, la necesidad de entender el fenómeno de la dictadura desde una perspectiva que permita juzgar sin reducciones caricaturescas a personajes tan recurrentes como lo son los tiranos en los cuerpos políticos latinoamericanos

4. El cortesano, parece decirnos Vargas Llosa, es tanto más deleznable en cuanto tiene el don de la inteligencia y ha recibido el beneficio de la cultura.

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©   Mar Estela Ortega González-Rubio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 15
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN IV - NÚMERO 15