ADELA
María Susana Spano
a Bernard
Las manos finas se mueven precisas, cosiendo con cuidado la tela suave, sembrando puntadas pequeñas y agudas que marcan el contorno.
Por un momento ella abandona la aguja y clava la vista en la ventana, esta hora incierta que divide el día de la noche y vuelve impreciso el contorno de las casas, siempre la llena de nostalgia.
Baja los ojos y contempla su vientre, sonríe. Ya falta poco, pero esta vez no fallará, lo ha decidido, no escuchará otra vez la voz, diciendo: ¡Adela, nació muerto!
Entrecierra los ojos y aunque no lo quiere, los fantasmas regresan, los ve a través de sus piernas abiertas, el dolor que quema, el sudor que baña, el esfuerzo sobrehumano y estéril… ¡Adela, nació muerto!
Así lo supo, era su culpa, no había cuidado bien de su hijo. Dio vuelta la cabeza y se quedó sin lágrimas, sin gestos, un pensamiento solo la ocupaba, tendría otro hijo, se llamaría igual que éste y lo cuidaría siempre, siempre...
Baja los ojos y contempla su vientre, sonríe. Ya falta poco y, aunque no es proclive a la ternura, una de sus manos bellas, acaricia la tela tirante del vestido y su calor llega a la piel.
Es apenas una muchacha, bella, alta, espigada, de rostro luminoso, el cabello castaño cae en cascada y enmarca los ojos grises, profundos unas veces, tormentosos otras.
Desde niña sufrió, por eso es fuerte, sabe guardar las lágrimas, silenciar el dolor, es incansable en el trabajo, rigurosa con los demás y con ella misma.
Ama a su esposo intensamente y él a ella, pero su amor no tiene demasiadas palabras. Un día él la llevó por el río, tomados de la mano lo bordearon y en un árbol él talló sus nombres, después cortó un diminuto trozo de corteza y lo dejó en su mano. Así le dijo que la amaba, así sellaron su pacto de amor, eterno como el árbol, resistente como su duro tronco.
Así se amaron y se aman, por eso, Adela quiere darle el hijo que concibieron en medio de la noche, en un abrazo largo y prolongado, sin palabras, pero con la profundidad que tiene el amor de los que saben que son uno...
Baja los ojos y contempla su vientre; sonríe. Ya falta poco, este hijo va a nacer, ella lo cuidará, el otro murió por su culpa, éste ¡no!
Se levanta despacio, pese a su vientre prominente, nada de su belleza se ha perdido, sus ojos, como mojados por la luna, refulgen en todo su esplendor, la blanca piel de nácar enmarca el óvalo de su cara. Mientras las delicadas manos despliegan el mantel inmaculado, su mente repite la promesa: Te vas a llamar Juan, como tu hermano. Juan, como el que no supe proteger, pero esta vez lo haré, te cuidaré muy bien, hasta que seas grande.
Una noche de lluvia y frío, él llegó.
Adela sintió otra vez su carne lacerada, la transpiración bañando el cuerpo, las manos crispadas aprisionando las sábanas manchadas de sangre, el ahogo, amenazando romper el pecho y estallando en el grito fuerte, prolongado, confundido con las palabras ¡Adela, es un varón!
Dio vuelta la cabeza y al mirarlo sintió algo único, nuevo, pero no dijo nada, solo escuchó un aleteo de palomas, acurrucadas en su pecho y cuando lo acercaron un eco interminable, repitiendo, infinito... Te cuidaré muy bien, hasta que seas grande
Después un paso enorme de días y semanas, Adela ama a Juan, sus ojos lo vigilan más allá del espacio, sus blancas manos peinan sus cabellos, acarician su rostro, cuando lo abate el sueño. Juan crece, es tranquilo, bello, tiene, como su madre, profunda la mirada.
Una tarde, mientras cose cerca de la ventana, los ve llegar, los hombres golpean a su puerta, antes de que lo digan ella lo sabe: su marido está muerto. En un instante, tan fugaz como el viento, pasan ante sus ojos los recuerdos, las noches, los abrazos, el amor, todo... pero no habla, solo sus ojos grises emiten un destello, donde muere una lágrima y luego, nada.., .se quedan fijos en un punto remoto, inexistente. Nadie, al verla, diría que en ese justo instante, la vida escapa, rauda, de su cuerpo; está tan quieta, tan sosegada y firme que casi parece indiferente, solo el eco lejano, interminable repite al infinito Te cuidaré muy bien, hasta que seas grande
Y así siguen los días, las semanas, interminables, colmados de costura cercana a la ventana, una costura sin espera, pero intensa, para el hijo que crece, estudia, se destaca, un día será importante.
Las noches en la cama se hacen largas, lo más duro es prescindir del abrazo, ése que no faltaba, pese al cansancio y era nuevo, como recién amanecido.
Adela sigue, el tiempo se asoma a verla todas las tardes, mientras ella se inclina sobre la aguja, cerca de la ventana. Su cabello castaño tiene destellos de luna, su espalda no es tan recta y los ojos se achican levemente.
Es el ocaso, esa hora incierta que divide el día de la noche y vuelve impreciso el contorno de las casas, llenando todo con su nostalgia.
Dobla la tela con cuidado, gira la cabeza y lo mira. Sobre la mesa de la cocina, un joven bello, alto y fuerte, lee atento. Le faltan dos materias, ya se recibe...
Se levanta despacio, camina hacia su cuarto, sobre la cómoda ve el cofre plateado, lo abre, de su interior saca algo tan diminuto que se pierde en su mano.
Al pasar junto al hijo, dice: Voy a salir un rato
Él levanta la cabeza, la mira brevemente, con ternura, sus ojos son tan parecidos, asiente distraído y sigue en su lectura.
Adela va hacia la puerta, desde allí lo mira y el eco interminable repite al infinito Te cuidaré muy bien, hasta que seas grande
Camina muy erguida, la brisa juega con los cabellos de plata, roza sus manos blancas y sensibles, los ojos mojados de rocío...
Camina lento, no tiene apuro, los pasos van a llevarla por el lugar deseado, de pronto frente a ella aparece, el mismo tronco, en él aún se leen con nitidez los nombres. Sus dedos recorren la geografía de las letras; cierra los ojos mientras sus dedos graban los nombres en el alma y una gota pequeña surca el rostro. Como en un sueño los abre nuevamente, ya es el tiempo...
Cuentan los que la vieron, que flotaba en el río como dormida, bella y esbelta como una novia, sus ojos grises, empapados de luna, muy abiertos, como queriendo ver más allá del espacio y que en su mano apretaba muy fuerte un trozo de madera diminuto, tan diminuto que , apenas se veía
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© María Susana Spano
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 15
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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