En busca de la vida
Andrés Elías Flórez Brum
Este cuento ganó el Concurso Nacional Metropolitano de Cuento 2002 convocado por la Universidad Metropolitana de Barranquilla. Fueron jurado los escritores Jesús Saez de Ibarra, Miguel Iriarte y Guillermo Tedio.
Con Ítala nos encontramos en un cruce de caminos.
--"¿Te alcanzará la vida?" --me dijo cuando advirtió que no nos quedaba otro remedio que unirnos.
Ella abandonaba su caserío y yo salía huyendo de la vereda donde atendía una tienda. Cuando Ítala nació yo era ya un mozo. Pero sólo la vine a conocer cuando cumplía sus diez octubres.
En aquel entonces, había ido donde mi prima Lía, su mamá, por unas semillas de ajonjolí.
--Ven, Ítala, para que conozcas a tu tío Segundo --le dijo Lía. Me había presentado, en busca de las semillas, con un costal y una máquina de tomar fotos, pero de juguete. De inmediato, cuando Ítala apareció, la enfoqué con la cámara sin rollo como para hacerle un retrato y ella empezó a reírse y a ampararse detrás de las ramas y de los troncos de los árboles del patio.
Así, entre maleza y corteza, entre foto y pose, pude ver que iba para hembra la mocosa. "Ésta tiene que ser mía" dije para mis adentros.
Desde aquellas fotos fingidas, anduvimos viviendo de razones, pues no la vi más ni volví a poner los pies en el caserío.
Luego, con el tiempo, a sus catorce años, Ítala se comprometió con Edilberto, el muchacho canillón y debilucho que recogía, en un camión, las canecas de leche. Cuando nos citamos en la enramada del cruce hacía dos meses justos que los paramilitares habían ahorcado a Edilberto. Lo colgaron en un tamarindo, frente a la última casa, junto con el chofer y el otro ayudante, como si aún viviéramos en la época del Gólgota.
En cambio, a mí, la guerrilla me advirtió: "por inepto y por miedoso, piérdete antes de que te fusilemos".
Aquel día, entre la corteza del mamoncillo y las ramas de la acacia, me le acerqué y le dije pasito: "Desde hoy somos novios, no se te olvide" y le vi los ojos saltones y la malicia en la manera de asomarse y esconderse para que no le tomara la foto. "Pronto nos veremos solos por los lados del río".
Al Guatapurí y al caserío no pude asomar más las narices. Cuando Lilia, la mujer que me ayudaba en la tienda, me vio pensativo, me dijo en voz alta: "Como te le lleves la hija a Lía, te entierro el cuchillo de la cocina".
En realidad, Lilia era mi mujer pero desde que yo vi a Ítala puse el corazón en el caserío.
Entre la cocina y la tienda teníamos tres cuchillos: dos medio largos y afilados y un machete que no cortaba. "Te entierro el cuchillo como te vea con esa pálida. ¡Por esa luz!"
Sin embargo, cuando Lilia supo que yo encabezaba la lista de los paras para la próxima tanda, me suplicó en la trastienda: "Es mejor que te pierdas".
Qué iba a pensar o a imaginarse ella que después de tanta zozobra de esos días y de tantos sobresaltos por ambos costados, me iba a encontrar con Ítala.
Entonces, en la huida de ambos, en la descorazonada de ambos: a mí, por los lados de los paras, me aguardaba el tamarindo, y por huevón la guerrilla me tenía los plomos contados. Ítala sabía más de la cuenta y contó más de lo necesario después de enterrar a Edilberto.
Con Ítala y con dos maletines de ropa resultamos por los lados de Aguachica. "¿Seguros?, ni los de aquí", nos dijeron la noche que pasamos allá. La otra noche la pasamos en Bosconia. Allí hicimos el amor por primera vez. Ni a ella le latía tanto el pecho ni yo sudaba tanto.
Desde que la vi sentí que ardía de amor. "Ítala, estoy prendido" le suspiré desde las acacias como si fuera ella la que me retratara, por dentro, el corazón.
Después le mandé la primera razón con la misma mamá que fue por la tienda: "Dile a Ítala que ya le tengo las fotos, que deseo verla". Se lo dije a toda, mientras mi mujer le envolvía el café y las panelas. Los cuchillos reposaban entre el mostrador y la hornilla. Ni yo bajé más al Guatapurí, ni Ítala se prestó para encontrarnos. "Ven a la casa" me respondió en uno de los papelitos. Lía sabía que los paras también me la tenían montada para colgarme en el tamarindo donde después ahorcarían a Edilberto.
Una camioneta del ejército arribó al día siguiente a contar los cadáveres. Ítala no pudo contener el llanto y, sin consuelo, le gritaba al comandante: "Comandante, fueron ellos y van por la orilla del río hacia la sierra". El comandante, en actitud evasiva, la miraba de reojo hasta que la camioneta regresó por donde entró. Ítala, desconsolada, volvió con su muerto a casa. Con Edilberto viviría dos años. "Te salió vano", le mandé a decir un día, pues no tuvieron hijos. No dejé de enviarle entre la bolsa de los dulces, un dulce recado.
En el cruce, Ítala se me entregó como una palomita asustada. Aunque yo también temblaba. "A ti también te van ahorcar", dijo entre mis manos.
Muy temprano, después de la noche en Bosconia, cortamos para Barranca y luego de dos días en Barranca, cuidando de no pisar el suelo minado, enrumbamos para Bogotá.
Aquí, en este pretil, sólo recordando. ¡Qué suelta Ítala detrás de las acacias! ¡Qué linda cuando la soñé en la playa! Y era ella la que me llevaba las fotos. Como si la pobreza y la guerra nos hubieran permitido ir a la playa.
Resultamos en el cruce de dos rumbos. El de su caserío y el de la vereda. Allá dejaba Ítala a su Edilberto enterrado. Allá dejaba yo los hijos que tuvo Lilia con otro hombre. Allá dejaba ella a Lía, su mamá. Y, quizá, entre las acacias y el mamoncillo, sus recuerdos de niña y mujer.
Hoy, distantes, en esta ciudad, anodinos y ausentes, descendemos del cerro hasta la Séptima a revender manojos de astromelias y pompones, manojos de margaritas y rosas... Ahora la niña tiene dos años. Ítala, nuevamente embarazada, solícita y diligente se acerca a los carros en el semáforo. Me recibe el atado de flores y me mira con picardía y un poco de consideración y me dice:
"Segundo, cómo se te han alborotado las canas". Y la reconozco en el cruce, bajo la enramada de los caminantes: "¿Te alcanzará la vida? Ya se te ven las primeras canas".
Con todo, la pesadilla no ha pasado. En el momento, el frío y el cansancio, y los recuerdos que se agolpan en el cambio del verde al rojo.
Entre tanto, uno en el campo puede pensar que lo tiene todo. Ama el agua y ama la tierra y ama los árboles y ama los animales. No obstante, en la tienda vendíamos huevos, arroz, panela, sal, azúcar... vendíamos refrescos, bocadillos, panes... Al principio, cuando por aquellos lindes sólo teníamos un bando, vendíamos mucho. Hasta desde el caserío de Lía se daban la vuelta por el cruce para venir por la panela.
Después, cuando aparecieron los paras y arreció el combate y parecía que a todos nos iban a matar...comenzamos a emigrar. A buscar para lo alto.
La tienda no era mía. La tienda era de Lilia. Pero ella me hacía aparecer como el legítimo dueño. Pues con ella tenía dos hijastros y no me dejaba mirar a otra mujer. Hasta que vi a Ítala.
Con el conflicto la tienda se fue mermando y ya era muy difícil ir por el surtido al pueblo. Recuerdo que en el mostrador, ya casi vacío, se separaron dos molinos de moler maíz como si alguien los hubiera encargado.
Luego, cuando Lilia se enteró de que me iban a quemar, me dijo: "Me sirve más saber que sigues vivo que bajo tierra". Y se olvidó de los cuchillos.
En estos tiempos, descendiendo a la Séptima, no es que estemos en la gloria. Tanto Ítala como yo aguantamos. Aguantamos el frío de la lluvia que siente ella en los pies y las ganas de ir al baño, así, embarazada como está. Aguantamos el frío que siento yo en las manos y en las rodillas mientras me inclino a envolver las astromelias. En este Bogotá, refugio de todos, no vendrán a buscarnos. Como si nosotros les debiéramos algo. A Ítala porque se puso a detallar cómo habían ahorcado a Edilberto. Y a mí, váyase a saber qué cuentas tengo con la guerrilla y ahora con los paras.
"Ya te lo dijeron, no esperes más" me dijo Lilia resuelta "salta por esa ventana y traspasa los alambres".
Cuando presentí que ambos estábamos en un tilín mandé al hijo mayor que fuera de paja en paja. "Ve, dile a Ítala que nos vemos en el cruce de los caminos". Quién sabe para quién tendrá Lilia el cuchillo ahora! Yo sigo teniendo el corazón para Ítala. ¡Quién sabe si ya Lía, ante tanta angustia, se la vendría imaginando meciéndose en el tamarindo, al lado de Edilberto! Porque apenas llegó la razón le alistó el bolso. Cómo son las cosas: Lilia, inmediatamente olfateó que venía la cuadrilla, se llenó de valor. "Salta", me dijo, "salta por la ventana de la trastienda". Y me puso un rollo de billetes en el bolsillo del maletín.
En este movimiento y en este trajín sufrimos dos veces. Como si subiéramos dos veces al calvario. Como si también nos hubiesen condenado al Gólgota. Lo que se sufre acá y lo duro que cuesta ganarse uno el pan. Y lo que añora uno estar entre su gente. Lo que extraña uno su suelo. Ítala es el único motivo de vida. ¡Cómo se ve de bien con la bata lila, parada entre el andén y el carro, ofreciendo las flores! Esta bata se la compró Edilberto. Se la llevó de los lados de Valledupar al creer que la había encintado. ¡Qué va! Poco le duró la vida para eso. Con esa misma bata, en la enramada del cruce, la recibí yo.
¡Ah! Lía, ¿en qué parte de tus entrañas te duele más Ítala?
¡Ah! Lilia, ¿en qué parte de tu cuerpo te falta más tu Segundo?
En este presente, al ver las cosas como son, me pregunta:
"Y... cuando tú partas ¿qué haré yo en esta ciudad tan distante y extraña con dos hijos y sin un maíz que asar?"
Y yo la vuelvo a soñar. Primero, entre las acacias evitando el destello de mis ojos. Segundo, centrada en mis brazos preguntándome:
"¿Te alcanzará la vida?". ¿Nos alcanzará la vida para el amor?
En la esquina y en el semáforo, el peso de vender se hace cada vez mayor. El producto se vuela en las necesidades. No podemos con el arriendo y con los recibos que se acumulan.
En este atardecer, al arreciar la llovizna, recogemos las cosas en una caja y en los dos maletines pensando en la enramada del cruce. _________________________________________ © Andrés Elías Flórez Brum
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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