Historias para escribir una novela, de Néstor Solera
José Luis Hereyra Collante
Cuando leí por vez primera aquella milenaria frase «La Literatura es la Historia bien contada», tuve la profunda intuición de que algún día habría de utilizarla frente a alguna obra (que en ese momento se me mostraba brumosa y difusa por lo incierto y muchas veces inasible del porvenir). Creo firmemente, a nivel de sólida convicción, que ha llegado el momento de poder adjudicarle a un libro ese rótulo certero y grande, merecido. Se trata de Historias para Escribir una Novela, de Néstor Solera Martínez.
En un país de sangre, es difícil creerles a los "escritores"que siguen pensando en la Neverland de Peter Pan o en Los Superhéroes de turno. Por supuesto, somos igualmente alérgicos a los panfletones rudimentarios de cualquier ideología, a los moralistas morbosos ajenos a cualquier imaginación superior, a los mediocres y falsos apóstoles de por aquí, señores, por aquí, vendemos seguridad eterna.
Solera es todo lo contrario. No le hace el quite a nada y es igualmente valiente y digno frente a la sórdida fascinación de la muerte. Entre líneas, nos deja el hálito terrible del Hamlet del Acto III, al cuestionarse las vísceras y el alma: «¿Es que acaso soy un idiota lleno de ruìdo y de furia?» Desde allí, su profunda reflexión de que ninguna batalla se gana jamás, la cual es una saeta que corta el cielo de la Historia desde Shakespeare hasta el Profundo Sur de Faulkner, y se instala en estas remotas y actuales praderas de sangre y horror del hermoso y sensual Sinú, leit motiv y entorno universal de la Andalucía --léase Yoknapatawpha-- de Solera. Pero, mientras en Faulkner existe una vertiginosa teoría activada del caos sintáctico, en Solera la abrupta --pero finísima-- sintaxis no nace de un intencional descuadernamiento del establishment de la gramática castellana, sino de un proceso de verdad profundo: creación en su estado más puro, donde son el convulsivo universo de la muerte diaria y la muy correspondiente respiración estrangulada y acezante del terror físico y metafísico --destilantes gotas permanentes desde la violencia rural y urbana-- los que marcan esas deslumbrantes y angustiosas pausas, entre ráfagas verbales que se revelan menos en imágenes que en un horror abisal de universo plagado de huecos negros de muerte sin escapatoria.
Frente a los picos y garras de los buitres despiadados, asesinos de todo plumaje; frente a la impiedad y sordera de los gamonales al ruego de un niño que quiere un pincel; frente al preferible desarraigo para que los hijos no sean utilizados por los violentos como carne de cañón; frente al precipicio inminente y diario de las matanzas en lo rural y lo urbano; frente al físico miedo, Solera esgrime la ternura de un beso de amor en el adiós y la murmurada oración que pide que los niños se salven. Porque en este libro no hay soluciones fáciles ni borrones ni cuentas nuevas posibles para quien despierta de las pesadillas buscando una bucólica realidad para salvarse. Aquí sólo caben los estremecedores versos de César Vallejo: «Hay que matar a los que matan; hay que matar a la muerte». ________________________________________ © José Luis Hereyra Collante
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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