No tengo madre

Marcos Winocur
Escritor argentino residente en México


"Cuando aquella noche nos llamó a su vera
Para bendecirnos y morir en paz...
Yo que la adoraba con ternura inmensa
Como un débil niño le grité: ¡mamá...!"

               Eduardo Téllez,  "A mi madre"


"El amor de madre es duro de soportar."

                Clarice Lispector,  "Feliz cumpleaños"

                   
          Le faltaron unos meses para centenaria, pobre, su sueño fue no dejar este mundo sin ser precedida por su hijo, a quien adoraba, pero fui un egoísta, lo reconozco, no me dejé. Es curioso, la muerte de los seres más cercanos, con quienes nos unen lazos de sangre y se ha convivido por años, despierta encontrados sentimientos. Voy a dar un ejemplo, tomado de la literatura contemporánea. El Ama, personaje del teatro lorquiano, evoca así los hechos dolorosos de su vida:

          "Cuando enterré a mi marido, lo sentí mucho pero tenía en el fondo una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo. Cuando enterré a mi niña, fue como si me pisotearan las entrañas."

          Esto viene a cuento de mi madre, ahora verán; y asociado a un hecho que se remonta a la infancia. Todavía me cuesta referirme al triste asunto: mi abue y mi jefa no me dejaban comer queso sin pan y tampoco jamón sin pan. Estoy consciente de que las interpretaciones psicoanalíticas están a la orden del día, y fácil me sería echarles la culpa de cuanto me ha salido mal en la vida, y que no es poco. No se trata de eso, al punto que, déjenme decirles, en cuanto pude, me harté de jamón sin pan y de queso sin pan... ¡y no supieron a nada en especial! Faltaba aquello que yo agregaba: el sabor de lo prohibido, mucho mejor imaginarlo que gustarlo... cuando deja de ser prohibido. Así y todo, déjenme decirles, no hace falta ser psicoanalista para advertir la conexión entre jamón frustrado y erección frustrada, y entre queso frustrado y eyaculación precoz, de manera que en la eventualidad no dejo de acordarme de mi mamacita querida y de mi dulce abuelita.

          Debo decir también que mi padre no estaba conforme con el veto; toda vez que podía, robaba jamón y queso para comérselos sin pan, aprisa, para que no lo vieran, metida la cabeza dentro del refri y luego sacándola cubierta de escarcha, y a los estornudos. Yo admiraba a mi padre por su osadía, nunca me atreví a tanto.

          De todos modos, marido e hijo compartíamos la prohibición, caídos en igual rasero de niños traviesos, y esto mereció un castigo anticipado: mi madre nos juró que, si le tocaba en suerte asistir a nuestros entierros, lejos de sentir que "le pisoteaban las entrañas", más bien optaría por "una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo." Claro, lo dijo a su manera, ella no conocía el teatro lorquiano, pero el sentido era ése.

          Bueno, la historia del jamón y queso corresponde a Marcos niño, en tanto que a Marcos adolescente todavía le fue peor, lo voy a contar también. Mi abuelita, advirtiendo raros movimientos en la ruta que conducía al cuarto de la sirvienta, pasó la novedad a mi progenitora y juntas, bajo la jefatura militar de la primera, montaron un operativo. Y llegó la hora indicada, yo sin sospechar nada, ellas estratégicamente apostadas, cortándome el paso. Sí, yo subía las escaleras sigilosamente, de pronto dos sombras se echaron sobre mí, escoba en mano y chillando:

          --¡Vade retro! ¡Cochino pecador! ¡Vade retro!

          Lo de cochino estaba claro, lo de pecador no tanto, seguramente el ¡vade retro! era el arma letal del discurso. Y bien, ya vaderretriaba yo, pegando media vuelta hacia mi cuarto, dispuesto a hacerme una furiosa chaqueta mientras maldecía a la autora de mis días y a la autora de los días de la autora de mis días. A la mañana siguiente a primera hora, la sirvienta era corrida de la casa bajo el cargo de pervertidora de menores, sin que valieran sus protestas de inocencia. Años después, recordando el incidente, mi madre invocó a su favor el principio de la obediencia debida, fueron órdenes de la abuela, me dijo.

          Queso y jamón sin pan, y nada de visitas a las sirvientas, fueron las dos inflexibles prohibiciones de mi hogar. Salvo eso, mi progenitora era un ser en la media normal de locura, ecléctica, si se quiere. Un día, armada de comprensión, al siguiente represiva, un tercero cariñosa, un cuarto distante; la mayor parte de las veces en este último estado. Y bueno, debo reconocer que yo era un niño caprichudo, travieso y desobediente, digno de unas buenas nalgadas.

          Y bien, pasaron los años, me establecí en otro país, lo más lejos posible de aquel hogar cuya locura no era compatible con la mía.  Le faltaron unos meses para  centenaria, un día mi madre cayó en coma, sólo interrumpido por raros momentos de lucidez, cuando invariablemente exclamaba:

          --¿Y dónde está mi hijo? ¿Es que va a dejarme morir sin siquiera venir a verme por última vez?

          En varias ocasiones hice las reservas de vuelo, y en otras tantas las cancelé. Me decidieron los amigos, escandalizados de que yo dudara. Ya deberías estar allá, me decían a coro. Y seguidamente pasaban a relatar sus propios casos, cuando, anoticiados de la enfermedad grave o de la muerte de la madre, partían hechos la mocha, mientras que a mí me valía madres. No lo podían creer. Y cuanto más me presionaban, más yo me emperraba:

          --Pues no voy.

          --Pero ¿por qué?

          --Porque no me da la gana.

          --Pero (a los gritos) ¡¡eres su hijo!!

          --Y eso ¿qué? Ya me tienen hasta la madre con mi madre, se meten en lo que no les importa, no tienen idea de cómo ha sido nuestra relación, del jamón con pan que me comí, del queso con pan que me comí...

          No me escuchaban, no me dejaban terminar, y era chistoso: me mandaban a verla, ya no como buen hijo, sino con un objetivo incalificable:

          --¡Vete a chingar a tu madre!

          Una vez, uno de mis amigos, que todo el tiempo había conservado la calma, me llamó  aparte, diciéndome:

          --Oye, no te ofusques, lo hacemos por tu bien, tú, en el fondo, adoras a tu mamacita y   después te vas a arrepentir...  te entrarán remordimientos, ya sabes: madre hay una sola.

          --¡Menos mal...! --no pude evitar interrumpirlo.

          El cuate se puso todo rojo y acabó como los otros:

          --¡Vete a chingar a tu madre!

          Huelga decirlo, perdí a casi todos mis amigos y mucha gente dejó de saludarme. Pero valió la pena. Fue la gran desobediencia: a mi propia jefa, a la familia, a los amigos, a los vecinos que siguieron el caso "desde cerca", a la "opinión pública" pues, cada persona que escuchaba el cuento, se agarraba la cabeza escandalizada. Finalmente, tras tres meses de coma, murió mi progenitora. Ese día, a mis sesenta años de edad, quedé huérfano. ¿Y cuales fueron mis sentimientos? Otra vez  el referente es la lorquiana Ama: "una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo." ¿Qué quieren? De tal palo, tal astilla.

          Y ahora, al escribir estas líneas, haciéndo partícipe al lector, es cuando siento que por fin concluye la ceremonia del duelo y alcanzo mayoría de edad. ¿O sigo siendo el mismo niño desobediente de siempre, encantado de sus travesuras, cuanto más crueles tanto mejor?

          No tengo madre.

          Para ampliar el conocimiento:

          -Camus, El extranjero
          -Roth, El lamento de Portnoy
          -Dalí, Parfois je crache par plaisir sur le portrait de ma mère (A veces escupo por placer sobre el retrato de mi madre)
          -Lennon, Madre
          -Ibargüengoitia, No manden flores
          -Lorca, Op. Cit.
          -Proust, Por el camino de Swann / Combray
          -Pink Floyd, The wall
          -Eurípides, Medea

          Vocabulario de mexicanismos:

          No tengo madre: Soy de lo peor
          Jefa: Madre
          Hechos la mocha: A toda velocidad
          Me valía madres: No me importaba nada
          Me tienen hasta la madre: Me han hartado
          Chingar: Violar

          Te agrego unas opiniones sobre los textos publicados:

          "Estos textos son geniales, el indispensable alimento de mi inconsciente y de mi líbido... Les diré más: si tardo en consumirlo, me pasa lo que a Superman sin cryptonita, a Popeye sin espinacas: mi yo se convierte en tú y mi superyo en subyo. Recomiendo su lectura sin reservas."

       Sigmund Freud

          "Excelente. De todas mis lecturas, éstas constituyen mi más preciado capital. No se las pierda."

       Karl Marx

          "Bárbaro. Debo confesar que cada nuevo escrito de Marcos Winocur me sume en el pánico. ¿Qué tal si echa por tierra mis teorías? Vivo así la insoportable relatividad del ser. Por nada del mundo dejes de leer este texto, hará de ti un hombre nuevo."

       Albert Einstein

          DATOS PERSONALES:

          Como neuroreferencias y a modo de presentación: Hasta hace poco era un novato en el cyberespacio, al punto de haber creído que los virus en la computadora eran el resultado de no lavarse las manos antes de comenzar a teclear. Paso sin transición de la euforia al abatimiento, unos días me veo de frac recibiendo el Nobel, otros días corro escapando de quienes me persiguen para quitármelo.

          Nací en Córdoba, Argentina, hace tanto tiempo que ya no me acuerdo, pero no falta quien me lo recuerde: en 1932. Resido en Puebla, México. Mi publicación estrella: libro sobre temática latinoamericana (serie general, N.43, Crítica/Mondadori). Cuando hablo de nacionalidad, prefiero identificarme como argenmex, ese mestizo cultural. Llegué a estas tierras escapando a la dictadura militar argentina  --dicho  sea  en sentido literal: saltando por los techos del vecino--. Si me preguntaran cuál es la constante de mi vida, respondería sin temor a equivocarme: equivocarme. Así se comprende el título de mi novela breve: El buen perdedor. Declaro que  sobrevivo gracias al humor, evocado en situaciones límite. Sufro de la enfermedad de Parkinson. El café, sin azúcar, porfa.

          Doctor en Historia (EPHE-Sorbona). Alumno de Fernand Braudel, Pierre Vilar y Ruggiero Romano,  tesis publicada, reediciones en México, Argentina y Chile. De la misma tesis, edición en microfichas para bibliotecas, Hachette, París. Actualmente, profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Puebla (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades). Colaborador de Universo de El Búho, La Jornada de Oriente y la edición nacional, La Pensée, Europe, Le Mouvement Social, Lateral, La Insignia, Bajo el Volcán, Crítica, Elementos y otras publicaciones.

          Un día, Marcos Winocur, historiador, declara: "La Historia no da lecciones sino sorpresas y, para sorpresas, mejor las fabrico yo."  Y se vuelca a la Literatura.

          Marcos Winocur
          Apdo. postal 1254
          Puebla, Pue
          72001 MEXICO
________________________________________
©   Marcos Winocur

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 14
Julio-Agosto-Septiembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n14madre.html
No tengo madre

Marcos Winocur
Escritor argentino residente en México


"Cuando aquella noche nos llamó a su vera
Para bendecirnos y morir en paz...
Yo que la adoraba con ternura inmensa
Como un débil niño le grité: ¡mamá...!"

               Eduardo Téllez,  "A mi madre"


"El amor de madre es duro de soportar."

                Clarice Lispector,  "Feliz cumpleaños"

                   
          Le faltaron unos meses para centenaria, pobre, su sueño fue no dejar este mundo sin ser precedida por su hijo, a quien adoraba, pero fui un egoísta, lo reconozco, no me dejé. Es curioso, la muerte de los seres más cercanos, con quienes nos unen lazos de sangre y se ha convivido por años, despierta encontrados sentimientos. Voy a dar un ejemplo, tomado de la literatura contemporánea. El Ama, personaje del teatro lorquiano, evoca así los hechos dolorosos de su vida:

          "Cuando enterré a mi marido, lo sentí mucho pero tenía en el fondo una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo. Cuando enterré a mi niña, fue como si me pisotearan las entrañas."

          Esto viene a cuento de mi madre, ahora verán; y asociado a un hecho que se remonta a la infancia. Todavía me cuesta referirme al triste asunto: mi abue y mi jefa no me dejaban comer queso sin pan y tampoco jamón sin pan. Estoy consciente de que las interpretaciones psicoanalíticas están a la orden del día, y fácil me sería echarles la culpa de cuanto me ha salido mal en la vida, y que no es poco. No se trata de eso, al punto que, déjenme decirles, en cuanto pude, me harté de jamón sin pan y de queso sin pan... ¡y no supieron a nada en especial! Faltaba aquello que yo agregaba: el sabor de lo prohibido, mucho mejor imaginarlo que gustarlo... cuando deja de ser prohibido. Así y todo, déjenme decirles, no hace falta ser psicoanalista para advertir la conexión entre jamón frustrado y erección frustrada, y entre queso frustrado y eyaculación precoz, de manera que en la eventualidad no dejo de acordarme de mi mamacita querida y de mi dulce abuelita.

          Debo decir también que mi padre no estaba conforme con el veto; toda vez que podía, robaba jamón y queso para comérselos sin pan, aprisa, para que no lo vieran, metida la cabeza dentro del refri y luego sacándola cubierta de escarcha, y a los estornudos. Yo admiraba a mi padre por su osadía, nunca me atreví a tanto.

          De todos modos, marido e hijo compartíamos la prohibición, caídos en igual rasero de niños traviesos, y esto mereció un castigo anticipado: mi madre nos juró que, si le tocaba en suerte asistir a nuestros entierros, lejos de sentir que "le pisoteaban las entrañas", más bien optaría por "una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo." Claro, lo dijo a su manera, ella no conocía el teatro lorquiano, pero el sentido era ése.

          Bueno, la historia del jamón y queso corresponde a Marcos niño, en tanto que a Marcos adolescente todavía le fue peor, lo voy a contar también. Mi abuelita, advirtiendo raros movimientos en la ruta que conducía al cuarto de la sirvienta, pasó la novedad a mi progenitora y juntas, bajo la jefatura militar de la primera, montaron un operativo. Y llegó la hora indicada, yo sin sospechar nada, ellas estratégicamente apostadas, cortándome el paso. Sí, yo subía las escaleras sigilosamente, de pronto dos sombras se echaron sobre mí, escoba en mano y chillando:

          --¡Vade retro! ¡Cochino pecador! ¡Vade retro!

          Lo de cochino estaba claro, lo de pecador no tanto, seguramente el ¡vade retro! era el arma letal del discurso. Y bien, ya vaderretriaba yo, pegando media vuelta hacia mi cuarto, dispuesto a hacerme una furiosa chaqueta mientras maldecía a la autora de mis días y a la autora de los días de la autora de mis días. A la mañana siguiente a primera hora, la sirvienta era corrida de la casa bajo el cargo de pervertidora de menores, sin que valieran sus protestas de inocencia. Años después, recordando el incidente, mi madre invocó a su favor el principio de la obediencia debida, fueron órdenes de la abuela, me dijo.

          Queso y jamón sin pan, y nada de visitas a las sirvientas, fueron las dos inflexibles prohibiciones de mi hogar. Salvo eso, mi progenitora era un ser en la media normal de locura, ecléctica, si se quiere. Un día, armada de comprensión, al siguiente represiva, un tercero cariñosa, un cuarto distante; la mayor parte de las veces en este último estado. Y bueno, debo reconocer que yo era un niño caprichudo, travieso y desobediente, digno de unas buenas nalgadas.

          Y bien, pasaron los años, me establecí en otro país, lo más lejos posible de aquel hogar cuya locura no era compatible con la mía.  Le faltaron unos meses para  centenaria, un día mi madre cayó en coma, sólo interrumpido por raros momentos de lucidez, cuando invariablemente exclamaba:

          --¿Y dónde está mi hijo? ¿Es que va a dejarme morir sin siquiera venir a verme por última vez?

          En varias ocasiones hice las reservas de vuelo, y en otras tantas las cancelé. Me decidieron los amigos, escandalizados de que yo dudara. Ya deberías estar allá, me decían a coro. Y seguidamente pasaban a relatar sus propios casos, cuando, anoticiados de la enfermedad grave o de la muerte de la madre, partían hechos la mocha, mientras que a mí me valía madres. No lo podían creer. Y cuanto más me presionaban, más yo me emperraba:

          --Pues no voy.

          --Pero ¿por qué?

          --Porque no me da la gana.

          --Pero (a los gritos) ¡¡eres su hijo!!

          --Y eso ¿qué? Ya me tienen hasta la madre con mi madre, se meten en lo que no les importa, no tienen idea de cómo ha sido nuestra relación, del jamón con pan que me comí, del queso con pan que me comí...

          No me escuchaban, no me dejaban terminar, y era chistoso: me mandaban a verla, ya no como buen hijo, sino con un objetivo incalificable:

          --¡Vete a chingar a tu madre!

          Una vez, uno de mis amigos, que todo el tiempo había conservado la calma, me llamó  aparte, diciéndome:

          --Oye, no te ofusques, lo hacemos por tu bien, tú, en el fondo, adoras a tu mamacita y   después te vas a arrepentir...  te entrarán remordimientos, ya sabes: madre hay una sola.

          --¡Menos mal...! --no pude evitar interrumpirlo.

          El cuate se puso todo rojo y acabó como los otros:

          --¡Vete a chingar a tu madre!

          Huelga decirlo, perdí a casi todos mis amigos y mucha gente dejó de saludarme. Pero valió la pena. Fue la gran desobediencia: a mi propia jefa, a la familia, a los amigos, a los vecinos que siguieron el caso "desde cerca", a la "opinión pública" pues, cada persona que escuchaba el cuento, se agarraba la cabeza escandalizada. Finalmente, tras tres meses de coma, murió mi progenitora. Ese día, a mis sesenta años de edad, quedé huérfano. ¿Y cuales fueron mis sentimientos? Otra vez  el referente es la lorquiana Ama: "una gran alegría, alegría no... golpetazos de ver que no era yo." ¿Qué quieren? De tal palo, tal astilla.

          Y ahora, al escribir estas líneas, haciéndo partícipe al lector, es cuando siento que por fin concluye la ceremonia del duelo y alcanzo mayoría de edad. ¿O sigo siendo el mismo niño desobediente de siempre, encantado de sus travesuras, cuanto más crueles tanto mejor?

          No tengo madre.

          Para ampliar el conocimiento:

          -Camus, El extranjero
          -Roth, El lamento de Portnoy
          -Dalí, Parfois je crache par plaisir sur le portrait de ma mère (A veces escupo por placer sobre el retrato de mi madre)
          -Lennon, Madre
          -Ibargüengoitia, No manden flores
          -Lorca, Op. Cit.
          -Proust, Por el camino de Swann / Combray
          -Pink Floyd, The wall
          -Eurípides, Medea

          Vocabulario de mexicanismos:

          No tengo madre: Soy de lo peor
          Jefa: Madre
          Hechos la mocha: A toda velocidad
          Me valía madres: No me importaba nada
          Me tienen hasta la madre: Me han hartado
          Chingar: Violar

          Te agrego unas opiniones sobre los textos publicados:

          "Estos textos son geniales, el indispensable alimento de mi inconsciente y de mi líbido... Les diré más: si tardo en consumirlo, me pasa lo que a Superman sin cryptonita, a Popeye sin espinacas: mi yo se convierte en tú y mi superyo en subyo. Recomiendo su lectura sin reservas."

       Sigmund Freud

          "Excelente. De todas mis lecturas, éstas constituyen mi más preciado capital. No se las pierda."

       Karl Marx

          "Bárbaro. Debo confesar que cada nuevo escrito de Marcos Winocur me sume en el pánico. ¿Qué tal si echa por tierra mis teorías? Vivo así la insoportable relatividad del ser. Por nada del mundo dejes de leer este texto, hará de ti un hombre nuevo."

       Albert Einstein

          DATOS PERSONALES:

          Como neuroreferencias y a modo de presentación: Hasta hace poco era un novato en el cyberespacio, al punto de haber creído que los virus en la computadora eran el resultado de no lavarse las manos antes de comenzar a teclear. Paso sin transición de la euforia al abatimiento, unos días me veo de frac recibiendo el Nobel, otros días corro escapando de quienes me persiguen para quitármelo.

          Nací en Córdoba, Argentina, hace tanto tiempo que ya no me acuerdo, pero no falta quien me lo recuerde: en 1932. Resido en Puebla, México. Mi publicación estrella: libro sobre temática latinoamericana (serie general, N.43, Crítica/Mondadori). Cuando hablo de nacionalidad, prefiero identificarme como argenmex, ese mestizo cultural. Llegué a estas tierras escapando a la dictadura militar argentina  --dicho  sea  en sentido literal: saltando por los techos del vecino--. Si me preguntaran cuál es la constante de mi vida, respondería sin temor a equivocarme: equivocarme. Así se comprende el título de mi novela breve: El buen perdedor. Declaro que  sobrevivo gracias al humor, evocado en situaciones límite. Sufro de la enfermedad de Parkinson. El café, sin azúcar, porfa.

          Doctor en Historia (EPHE-Sorbona). Alumno de Fernand Braudel, Pierre Vilar y Ruggiero Romano,  tesis publicada, reediciones en México, Argentina y Chile. De la misma tesis, edición en microfichas para bibliotecas, Hachette, París. Actualmente, profesor e investigador en la Universidad Autónoma de Puebla (Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades). Colaborador de Universo de El Búho, La Jornada de Oriente y la edición nacional, La Pensée, Europe, Le Mouvement Social, Lateral, La Insignia, Bajo el Volcán, Crítica, Elementos y otras publicaciones.

          Un día, Marcos Winocur, historiador, declara: "La Historia no da lecciones sino sorpresas y, para sorpresas, mejor las fabrico yo."  Y se vuelca a la Literatura.

          Marcos Winocur
          Apdo. postal 1254
          Puebla, Pue
          72001 MEXICO
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©   Marcos Winocur

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 14
Julio-Agosto-Septiembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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