JUSTO DESPUÉS DE LA TORMENTA De cómo Macorina acaba con los bichos que en invierno invaden su casa llamada El Edén
Jaime Cabrera
Ya no llueve. ¿Y esas gotas? ¿Y ese chis chis? ¿Y ese sonsonete de disco rayado? ¿Acaso ya no pasó volando una mariamulata y luego una paloma se posó en la ventana con una hojita de matarratón en el pico y el holocausto llenó de grasiento humo negro la cocina, el comedor, la sala, los cuartos?
Sin embargo, Macorina sigue escuchando dentro de su cabeza las gotas que se desprenden de los bordes de la cubierta y caen a la arena y forman canalitos. Plash, plash, plash.
La lluvia no ha hecho otra cosa que alborotar el aire caliente estancado debajo de los muebles, y luego resignarse a continuar descolgando gota a gota su monotonía por los aleros durante toda la tarde. Plash, plash, plash. Anotación de calendario
"Octubre", canta Macorina como si se tratara de la lotería, pero mirando el Almanaque Pintoresco de Bristol que reposa en la alacena de sus libros. "El mes en que la pulga coge al carángano", dice. Y se queda mirando en qué día cae cada luna.
El calor que da color
Una melaza se pega al cuerpo de Macorina, le dibuja caminitos tristes en el cuello y en las coyunturas, y hace que las huellas de sus manos queden impresas en todo lo que toca en "auriñacienses improntas" como ha escrito Sabino Caldas.
Ella siente las entrepiernas amelcochadas, las axilas pegajosas, el cuello húmedo, la mata de pelos revueltos. Respira con dificultad como si hubiera regresado el jadeo del asma de su niñez.
Un río de sudor desciende por el arco de su espalda y se empoza entre las nalgas de yegua indómita, que fue el apelativo que usó Noro Scott el día en que le preguntó qué lo había enamorado de ella y el músico le soltó la respuesta sin pensarla dos veces, dándole una nalgadita aquí y la otra allá. Toquecitos de tumbadora.
Sola con su soledad
Un ramalazo suena hueco en la distancia, deja en el aire el tamaño de un árbol que ha caído y nuevamente todo se cierra en un silencio montaraz. Sólo el chis chis chis persiste. No. Sólo el plash plash plash persiste.
Macorina entonces intenta refrescar el ambiente, poner en funcionamiento el abanico eléctrico, pero el aparato se resiste al movimiento. Nada se mueve.
Honda melancolía
¿Quién si gritase podría escucharla más allá de estas cuatro paredes desconchadas? ¿Quién si pidiese mitigaran su sed vendría a ofrecerle un vaso con agua y hielo como el que toma en la Heladería Americana después del frosomal de los domingos? ¿En dónde quedó la ciudad, qué se hicieron sus habitantes y su río y su mar, sus danzas de congo, sus cumbiambas y toritos de carnaval?
Espejismo de sofocación
A Macorina le gustaría haber tenido en este momento un musengue, ese atado de papeles de colores que utilizan los vendedores ambulantes para espantar las moscas, y echarse un poco de aire con una mano de moza goyesca.
Su consuelo llega con un suspiro prolongado en el instante que le parece ver el saxo de Noro Scott que desde el chino latino "Bayamo", en Nueva York, se inclina. Sopla, sopla: "Si no te dan de beber, llora". Y al instante a ella un par de lágrimas se le escurren.
"Te quiero de gratis, Rina", recordó que le había dicho el músico una de las pocas veces que la llamó por su verdadero nombre. Y sopla.
En la olla con cebolla
El calor con su insoportable humedad sube del suelo. Las cosas de la casa parecen sancocharse en su propia nube de sandunga, se mueven, bailan guarachosas en el aire, se sostienen en el vapor, se derraman, caen desparramadas.
Las paredes se estrechan más biliosas que de costumbre. El techo ha perdido su dimensión colosal: es sólo una tapa de cierre en donde los alambres que sostienen las lámparas muestran su raquitismo de patas de ave zancuda colgando sobre su cabeza de chorlito.
Tal como se esperaba, arriba la plaga
En medio de esta sofocación febril y la gota, plash, plash, plash, El Edén se ve de repente atropellado por diminutos animales alados. Extraños cuerpecillos voladores, bichitos acuosos, defectuosos angelitos recién creados se estrellan encandelillados contra las bombillas encendidas desde las tres de la tarde y producen un ruido ligero, metálico, algo molesto, al achicharrar su maloliente turrón de resina y rumor eléctrico.
Los animalitos revolotean por todas partes, como una plaga bíblica, como esos inmigrantes europeos que descargaron sus maletas en el muelle de Puerto Colombia sin saber para dónde andar, qué hacer, a dónde habían llegado a vivir.
Ahora la nueva presencia golpea el vidrio de algunas de las ventanas clausuradas desde los tiempos en que el "hideputa de Francis Drake" --palabras de Sabino Caldas-- amenazó con cargar con todo, desconociendo que estaba destinado a una cagada mortal frente a las costas de Panamá; o aquellas otras, las condenadas desde que la Cofradía de los Hermanos de la Costa hiciera su aparición filibustera (Fue para cuando Sir Walter Raleigh desfiló en el Carnaval como el hombre sin cabeza, asustando a los niños, replica el teniente Charris Charris en su historia de la ciudad).
Las criaturitas se juntan dibujando un mapa oscuro, nuevas figuras, cambios de diseños, rutas, calidoscopio que descomponen el paso de estas horas muertas.
Sigue la pista por lo que fue una pista
Macorina con lupa charlesholmesca los ve caminar con torpeza por el piso, sobre los escaques, baldosas blancas y negras de ese damero que brillaba para las fiestas con la cera y los pases de quienes soltaban sus mejores habilidades de bailarines ante la presencia del montuno que descargaba la Orquesta Ventú de Noro Scott; pero ahora ni siquiera la estopa untada de gas con que el enano Tun Tun las friega tratando de hacerlas lucir, logra conseguir que adquieran una presencia decente.
Hay una estela de puntitos, como de azogue en el suelo, en las paredes, sobre los objetos; bolitas que se disuelven con gran facilidad en los dedos, e impregnan las manos con olores pegajosos y ácidos.
"¡Mierdra, San Jarry Patafísico!", dice Macorina, imitando la voz de Inocente Daza Viudadé.
Menos luz
Con el Flit, que esparce usando una bomba que más parece un arma espacial, el pecho se le comprime, la garganta se le reseca, un estornudo la baña de gotitas de azogue.
Después intenta de nuevo poner en funcionamiento el abanico, pero el aparato no responde, el óxido ha hecho su trabajo.
Apaga una luz.
Multiplicación para el desconcierto
Las legiones de bichos siguen copulando con premura en la superficie lisa de algunas frutas dispuestas en bandejas y canastos; en la rugosidad de los utensilios; entre los pétalos de las flores de papel crespón de bodegones que envidiarían los pintores holandeses cuyas reproducciones de sus pinturas Macorina colecciona en láminas que guarda bajo el colchón para que no se le arruguen, pero exponiéndolas al apetito del comején. Ay, comején.
Ella piensa que no sabe de dónde ha salido tanto bicho raro que la observa con la bomba descargada de tóxicos, ni qué dios se atrevió a crearlos con tan poca materia. (Días después, interrogado al respecto en su estudio del edificio García, Sabino Caldas se colocará sus quevedos, y asumiendo una pose entre los doctores Finlay y Fabre le contará alquímico, hermético, masónico y guenoniano, que fueron creados después del séptimo día, con las sobras, más como un entretenimiento de la mano que con un propósito específico del G:. A:. D:. U:., aeterne rerum Conditor, y siguirá por los senderos de la geografía de lo invisible, del infinito, del no-ser y de lo posible sin importarle los hipos euripidianos de Macorina).
Infausta versión teatral con un corito de insectos de fondo
(Ante la presencia de Mefistófeles que se ha bajado de una chalupa en el Caño de la Ahuyama y ya sale disfrazado de Diablo Espejo para la Batalla de Flores en el Carnaval de Barranquilla).
"¡Saludos, saludos al viejo patrón! Volamos, zumbamos --analla rumbero-- te reconocemos".
Test literario-musical
Es la muerte", dice Macorina con voz de fagot.
"C'est la vie" (en français dans le texte), responden los animalitos en coro.
Bichito 1: La vida es una jabonera; el que no cae resbala.
Narrador: Tomado de De donde son los cantantes de Severo Sarduy.
Bichito 2: La vida es una cosa fenomenal.
Narrador: Tomado de La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez
Bichito 3: La vida es un fenómeno bioquímico al estado albuminóideo vivo.
Narrador: Tomado de Vestido de bestia de Julio Olaciregui.
Bichito 4: La vida es fría sangre de pez
Narrador : Tomado de Fog de Yorgos Seferis
Bichito 5: ¡Es la historia contada por un idiota!
Un bichito: Ah, tomado del Sonido y la furia de William Faulkner
Narrador: No, tomado de Macbeth de William Shakespeare
Bichito 6: Dejad de vivir y leed. ¿Qué es la vida?
Narrador: Tomado de la poesía de Fernando Pessoa.
Bichito 7: ¿Qué es la vida? Un frenesí; ¿qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción (Es interrumpido por un combo de bichitos).
Combo de bichitos: La vida es una tómbola, ton ton, tómbola...
Narrador: ¡Basta! Tenían que salir ustedes con sus pasteles de masa.
Los bichitos continúan cantando (molto vivace): De luz y de colooor, de luz y de colooor, ¡tómbola!
Plagada por la variedad
Aunque cada año los métodos de control se esfuerzan en su literatura por ser más convincentes en la efectividad de ciertos productos, estos bichitos siguen apareciendo en mayores cantidades ("A la prima noche", mete su cucharada Caldas). Llegan después de las lluvias, acompañados por el bochorno que asciende del piso y ese plin plin de agujas gastadas, el chis chis que queda, el plash plash mental de Macorina; para octubre o para noviembre, según el almanaque publicado por Lanman & Kemp-Barclay & Co of Colombia.
Suelen tener pigmentaciones carmines, pardas, azules, amarillas, verdes, bermejas. Tienen cientos de ocelos; élitros, anillos, patitas, el cuerpo alargado, a veces son peludos y con el vientre convexo. Son delgados, un tanto gelatinosos, de torpe vuelo; pero también los hay acorazados y duros; baten las alas, aprietan las mandíbulas, mueven nerviosamente sus antenas y trompas, zumban, se comunican, hierven, atacan.
Acaban de despertar a la vida, ¡pero pronto tendrán que abandonar el bestiario de las palabras! Es hora de ponerles fin.
Pliegue y despliegue para acabar con la plaga
Macorina se encargará de la última fase de la metamorfosis. Los persigue por todo El Edén, sin darles tregua. Ante la poca acción de los productos químicos, las bolitas de naftalina que le traen los hijos de la Cachaca, las oraciones a Frank Kafka de Inocente Daza Viudadé y los conjuros de Diva Zahibi --mentalista azteca--, ella los golpea con un periódico que ha doblado a conveniencia y ¡cataplum!, ¡acángana!, ¡fuácata!
Terminada la tarea, consigue amontonar en un rincón un buen número, hace una descripción detallada en un cuaderno en donde incluye la especie y el nombre científico debajo de un dibujo, tal como lo observó en el álbum del Barón Von Humboltd, los contabiliza y pasa a consignarlos en una libreta de escolar en la columna de bienes muertos. Finalmente los empuja hacia el patio con una escoba de palitos.
La musa en su mecedora
Cansada de ejecutar el ejercicio sano de su crueldad, Macorina se deja ganar por una mecedora de mimbre del almacén La Fama que encuentra atravesada en su camino, mueble que perteneció a Noro Scott por los días en que decidió consagrar las dos de la tarde a su desnudez en una siesta de fauno.
El recuerdo de un poema la distrae de cualquier evocación del instrumento del saxofonista que la abandonó cuando la musa y la música se fueron al campo un día y más pudo Nueva York que el amor que le tenía.
Y sentada se siente bukowskiana (La palabra es tomada del vocabulario de Inocente Daza Viudadé, la exbibliotecaria que crió a Macorina) y repite con voz de borracha con los ojos puesto en el titular, "otros hombres sufren dictaduras/amor trágico... yo sufro insectos"
Cosa de los diarios
Sobre las piernas de Macorina, doblado en cuatro, se alcanza a leer:
Diario La Suegra Ilustrada De circulación vespertina Fundado en
Indígenas extraen el verdor de las luciérnagas y lo venden de contrabando
Llega el sueño y el olvido
Macorina --criada con chupones de adormidera-- abandona el periódico. Cae redonda en un sueño profundo, reparador, sin remordimientos ni esperanzas, en una hibernación de los sentidos; navega en sus propias aguas con las manos untadas de tinta, oyendo la caída de las últimas gotas. Plash. Plash. Y de repente puff. Y seguido el ronroneo de un abanico que finalmente ha logrado empezar a mover con lentitud sus aspas de animal antediluviano. Grrr, grrr, grrr. Las nepentas, las papamoscas, la hierba vésica, la drosera y demás flores del mal del jardín de plantas carnívoras de El Edén consumirán los residuos del día. A partir de este instante los hombres --como en una canción de Marlene Dietrich--, revolotearán alrededor de ella como polillas en la luz, y si se queman, Macorina, ¿qué podrás hacer tú, ah? ¿Qué?¿Ponerte a bailar sola? _________________________________________ © Jaime Cabrera
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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