OREJAS LARGAS


Hubo un burro llamado Burro Cabezas, quien se puso a pensar un día en si debía ir o no a la escuela, y entonces se dijo: "Si voy a la escuela, la maestra me va a enseñar a razonar y a pensar correctamente, ¿y cuándo se ha visto que un burro razone y piense correctamente? ¡No voy!"


CUCARACHITA MARTÍNEZ
  

Cucarachita Martínez se encontró un día cinco centavos tirados en la grama mientras caminaba por el parque.

   --¿Qué hago con ellos? --se preguntó--. Para comprar un aparato de radio no me alcanzan, para comprar un televisor tampoco, para una nevera tampoco, para comprar una estufa tampoco, para un juego de comedor tampoco, y para un juego de alcoba... menos. ¿Qué hago con ellos?

   Luego de mucho pensarlo, decidió caminar hasta un almacén de ventas a crédito y preguntar por los precios. Sacó bien las cuentas y vio que los cinco centavos le alcanzaban para la cuota inicial de todo lo que quería. De modo que compró radio, televisor, nevera, estufa, juego de alcoba y juego de comedor.

   Hoy, Cucarachita Martínez trabaja dieciocho horas al día, medio tiempo sábados y domingos, toma pepas para dormir y sufre ataques de histeria el nueve de cada mes, víspera del pago de la enorme cuota en el almacén. Y por las noches, entre sábanas y almohadas, sueña con la falsa felicidad de ganarse la lotería o con la plácida añoranza de los días anteriores a los cinco centavos.

   En todo caso, el consenso de los vecinos es que Cucarachita Martínez, al igual que sus colegas en todo el mundo, está muy bien pero está muy mal.
                   
                                     KAN-GU-RÓ
  
 
Cuando en épocas remotas los ingleses penetraron las planicies australianas, se sorprendieron ante unos extraños animales con forma entre perro gigante y carnero barrigón, que saltaban por los montes cargando las crías a la altura del vientre en una bolsa hecha de su propia carne.

   Sin salir del asombro, los ingleses preguntaron a los guías aborígenes:

   --¿Cuál es el nombre de ese animal?

   --Kan-gu-ró --respondienron los nativos.

   A partir de entonces, el canguro fue conocido en el mundo entero y su exótico nombre pasó a ser tan popular como su extraña figura.

   Pues... resulta que hace poco, un grupo de jóvenes antropólogos autralianos especializados en lenguas de las tribus de su tierra, descubrió que "Kan-gu-ró" quiere decir "Yo-no-sé".                              
                                                                     
                              EL RATÓN PÉREZ

Antes de que llegaran los españoles nadie conocía al Ratón Pérez. De repente, el nombre de este animalito, venido al Nuevo Mundo en la cocina de un galeón, irrumpió en la popularidad y pronto fue conocido por amos, siervos y esclavos. Para lograrlo, el Ratón Pérez se inventó una fórmula que hasta los virreyes tildaron de sagaz. Adquirió la costumbre de dejar una piecita de plata a los niños sobre el techo de las casas a cambio de dientecitos de leche. Así, desde comienzos de la Colonia, los niños se dejaron sacar los dientes sin problema.

   Aún embadurnados de sangre fresca y amarrados a un hilito de coser, las madres los tiraban al techo al conjuro de una oración que recitaban con fe: "Ratoncito, ratoncito, ahí te va este dientecito y devuélveme un pesito". El Ratón Pérez no se hacía esperar. Al otro día aparecía el diente amarrado a la piecita de plata o envuelto en una hoja de papel-moneda por idéntico valor.
 
   Muchos niños de los tiempos viejos pudieron empezar sus ahorros con el dinero que les dejaba el Ratón. Iniciada la dentición definitiva, los más juiciosos rompían las alcancías ante el júbilo de la familia y alcanzaban a comprar con lo ahorrado un par de zapatos nuevos o el vestido de la Primera Comunión.

   Con la Independencia, los tiempos empezaron a cambiar y la vida encareció de repente.         Entonces, el Ratón Pérez tuvo que proceder a pagar mejor los dientecitos. Pasaron la Patria Boba, las guerras civiles, los regímenes de facto, la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta violencias; y también pasó la dictadura. Hasta que, por los años del Frente Nacional, los niños recibían ya, cinco pesos nuevos por cada dientecito.

   Pero a medida que se agudizó la corrupción de los gobiernos, que los imperios apretaron más y más el torniquete, que nacieron los grupos económicos, que el país se deterioró por completo y que su deterioro contagió (como era de esperar) a hombres y animales, el Ratón Pérez ajustó su proceder a la laxa moral del desarrollo y el progreso. Convirtió su nombre en una marca registrada y fundó una empresa de responsabilidad limitada que diseñó una página web, www.ratonperez.com, compró teléfono celular y contrató un servicio de correo electrónico, ratonperez@mouse_on_line.com, y... lógico: abrió una cuenta bancaria. Acto seguido se dedicó sin escrúpulos a dejar a los niños, sobre los techos, chequecitos al  portador a cambio de brackets usados y dientes de leche.

   Hoy, en los albores del nuevo siglo, ningún niño se deja sacar los dientes de leche, pues los chequecitos de la empresa Ratón Pérez Ltda... salen sin fondos.

                                        
                           LA ZORRA Y LAS UVAS
                                                                                     (a Esopo)

"Quiso una zorra hambrienta, al ver colgando de una parra hermosos racimos de uvas, atraparlos con su boca...", pero sonrió mientras pensaba:

   --Qué tonto fue Esopo y qué tonta ha sido la Humanidad: tanta bulla han hecho con la fábula de las uvas verdes. Idiotas: ¡las zorras no comemos uvas!
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©   David Sánchez Juliao

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV – Número 14
Julio-Agosto-Septiembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN IV - NÚMERO 14
FÁBULAS

David Sánchez Juliao
dsjuliao@latino.net.co

ILUSTRACIONES:
Pilar Ribas Maura
pribas@vodafone.es