SÍNDROME
DE UN ATARDECER DE DOMINGO

Claudio Amitrano
Poeta y narrador argentino

       La calle va muriendo  bajo el aguacero procaz e imprevisto y las hojas revolotean hasta un  palmo del suelo y caen pesadamente, empapadas.

       Restos de basura que corren  precipitadamente hacia la alcantarilla, se confunden en esa sombría  y vertiginosa catarata de lluvia, con otros elementos aun menos naturales.

          Y el viejo, mientras tanto, oye  desde su cuarto el golpeteo incesante en el techo de patio. Es un  patio de principios  de siglo, tachonado de insulsas y grotescas  figuras  de yeso,  sobre las cuales algún trasnochado escultor habría  tenido tema para una critica bastante poco constructiva. Y en el  otro lado de la  casa el viejo trata de ensillar un sueño sereno a  pesar del  tiempo  y del dolor. No puede. Sus pesadas piernas  arrastran  las  gastadas sandalias hasta la puerta del corredor y  ahí se apoya  contra  el marco mal pintado de color café con leche.  Camina otros dos pasos tratando de tomarse mentalmente el tiempo  para imaginar algo  importante para hacer, o al menos entretenido,  pero ninguna de cada opción que recorre su cabeza es valedera para  quitarle  este  feo sabor a herrumbre y hastío. Todo se le antoja  monótono y es  imposible retomar al menos las palabras cruzadas  que comenzara en  el diario matutino. Pone en el fuego la pava  y   enciende  la  radio donde un hombre palabrea sin mucho sentido para su opinión; cambia el dial hasta dejarlo en una emisora  que transmite una música tan triste como esta tarde. Entonces, el  viejo  comprende que nada de lo que haga  puede  modificar el destino de esa tarde horrible, de ese mar  de monotonía e inquietud donde los  propios  latidos  son  molestos.

       Entonces el  viejo comprende que la alegría no  habita  ya en su vida, que las  ilusiones y los sueños están hechos  para  otros seres, pero no para  el. El es un viejo sin nadie que se preocupe de su existencia.

       De nada sirve buscarle  una distracción o un  cambio a esa sumatoria de días iguales, sin sentido.

          Entonces, el viejo se prende un cigarrillo que fuma hasta el filtro y comprende que lo único que puede cambiar su  vida  es la muerte.

        Entonces, respira hondo, llora un poco, acaricia  al  perro... y muere... de tristeza.
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©  Claudio Amitrano

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 14
Julio-Agosto-Septiembre de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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