A propósito de Cuentos sin cuenta
y de una generación de narradores

Jairo Mercado
A su memoria

          Ahora que por motivos del advenimiento de un nuevo milenio está de moda la revisión y el ajuste de cuentas con el pasado, viene muy a propósito la propuesta de Cuentos sin cuenta, una antología de relatos reunidos por el escritor y docente universitario Fabio Martínez, centrada en la generación de cuentistas nacidos (en Colombia) a mediados del siglo pasado. 1950  es un momento clave en la evolución política del país no sólo por la obvia razón de que este  año constituía la mitad del siglo, propicia para los balances e inventarios de pérdidas y ganancias,  sino porque un hecho ocurrido dos años antes, el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán, acababa de partir en dos la historia  de Colombia.  

          En materia cultural y específicamente en lo relativo al género cuentístico, esta forma literaria en términos de la modernidad había tenido un alumbramiento fabuloso con Tomás Carrasquilla y Efe Gómez  a finales del siglo XIX.  En ese sentido "A la diestra de Dios padre" y "¡A la plata!", del primero,  y "La tragedia del minero", del segundo, son los textos fundacionales del género. A mi modo de ver, la edición en Medellín del pequeño volumen de cuentos El recluta,  en febrero de 1901,  a instancias de Enrique Gaviria Isaza, director de la revista El Cascabel,  --quien le encomendó a once cuentistas de Antioquia la tarea de escribir un breve relato sobre lo que un soldado encuentra en su casa al regreso de la guerra, y la guerra era la de los Mil Días-- es el anuncio del papel que el cuento iría a cumplir en la literatura regional y  la revelación temprana de su importancia en la historia de la cultura y de la sociedad colombiana del  siglo pasado. 

          En la selección de 30 autores emprendida por Martínez, la mayoría son del  Valle del Cauca, la Antioquia Grande, Bogotá, el Gran Tolima y el Caribe, claro está, con algunas individualidades destacadas por fuera de estos territorios. Ello no tendría mayor importancia si no fuera porque esto es un indicador de que en el siglo largo que lleva el cuento moderno en Colombia, persisten de algún modo las hegemonías literarias, y de que  otras regiones de la extensa geografía nacional, como los Llanos Orientales, la Amazonía, la Orinoquía, el Chocó, y estoy por agregar el Cauca y Nariño, continúan siendo territorios postergados del desarrollo cuentístico.

          Pero entrando en materia, la muestra recogida sirve para establecer diferencias en cuanto a temáticas, técnicas, lenguajes   y contenidos  entre los narradores   nacidos antes de 1950 y los nacidos después de esta fecha, cuyo punto de ascenso creativo se sitúa después de 1970.  En primera instancia, es conveniente resaltar que en el período que va de principios de siglo hasta esta fecha, con la presencia de las sobresalientes figuras de Eduardo Arias Suárez, Adel López Gómez, José Restrepo Jaramillo, Antonio Cardona Jaramillo, J. Osorio Lizarazo, Hernando Téllez, Pedro Gómez Valderrama, Jesús Zárate Moreno, Álvaro Mutis, Antioquia y los Andes centrales mantienen la primacía narrativa, que empieza a serles disputada por José Félix Fuenmayor, Alejandro Álvarez, José Francisco Socarrás, Héctor Rojas Herazo, Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez, un conjunto de escritores intrusos que no pidieron permiso para escribir a las capillas que  mantenían el monopolio de las letras en la capital.     
   
          Estos escritores no pudieron escapar al clima de confrontación política y social que vivía el país y a la gran atmósfera bélica  que recorría el planeta.  En la primera mitad del Siglo XX, Europa fue escenario de dos guerras mundiales; la India, el sureste asiático y África entran en un vertiginoso proceso de descolonización  y la humanidad entera fue testigo  del enfrentamiento  de  grandes bloques de poder entre Oriente y Occidente con la irrupción de la Unión Soviética y la República Popular de China. La narrativa colombiana se hace eco de esas tensiones y en los cuentos y las novelas de Adel López, de Restrepo Jaramillo, de Socarrás, de Zalamea, hay una evidente toma de partido y una ostensible inclinación por las causas populares.

          Con ellos también el cuento evoluciona del uso de  formas naturalistas en el lenguaje y de cierto pintoresquismo campesinista a tendencias universales y urbanas. Con la progresiva cosmopolitización de la cultura que comienza a experimentarse en las élites culturales, la narrativa se abre a la formidable influencia de narradores europeos, como James Joyce, Marcel Proust y Lawrence Durrell y al soplo  salvaje y embriagador de la prosa de Conrad, de Faulkner, de Hemingway. No se puede negar que con los narradores que alcanzan su punto cenital en  los años 50 y 60, Téllez, Gómez Valderrama, Mutis, García Márquez, la literatura logra un majestuoso equilibrio entre lo político y lo estético, y el cuento retorna a sus primordiales raíces fantásticas.

          Entretanto, los escritores que surgen al oficio narrativo alrededor de los años 70 son depositarios del influjo a veces abrumador  de sus predecesores, pero en el duro aprendizaje espigaron en otras lecturas, Borges, Cortázar, Rulfo, Guimaraes Rosa, por ejemplo, y exploraron nuevos caminos técnicos y estrategias de lenguaje. Otra verdad es que en torno a 1970, coinciden narradores nacidos en los años 40 y 50. Podrían pertenecer a dos generaciones distintas y de seguro habrá rasgos diferenciales entre unos y otros. Algunos de ellos son Óscar Collazos, Arturo Alape, Germán Espinosa, Policarpo Varón, José Ramón Mercado, Benhur Sánchez, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Humberto Valverde, los hermanos Pardo, Andrés Caicedo, Aguilera Garramuño, David Sánchez Juliao, Germán Santamaría, Fernando Cruz Kronfly, Germán Cuervo, Fabio Martínez, etc.
Nunca podría establecerse a ciencia cierta  si los mayores (en edad, se entiende) fueron escritores rezagados o si los menores fueron precoces. Lo cierto era que   ya estuvieran en la edad de  los veinte o los treinta años, frecuentaban los mismos magazines y revistas, participaban en los mismos concursos literarios y asistían a los mismos encuentros de escritores. Tanto a unos como a otros los afectó el llamado Boom latinoamericano, los sedujo el último coletazo del Nadaísmo y los atrajo por igual la música de los Beatles. El impacto de la Revolución Cubana y los hechos de Mayo del 68 en París, a unos y otros los tocaron en proporciones semejantes. Dudo que unos tomaron más en sentido lúdico el quehacer literario que otros, o que en los cuentos de los autores de los 50 es más intensa la presencia del cine, los deportes,  la fiesta,  la música y el humor que en los nacidos en la década del 40.

          Algo de todo esto sí es cierto: en los mayores, para bien o para mal, y pienso en Alape, Collazos, Sánchez Juliao,  Álvarez Gardeazábal,  Roberto Ruiz, se dio en más alto grado el sentido de responsabilidad política y acercamiento a los problemas sociales, que en Andrés Caicedo, Harold Krémer y Jaime Cabrera, lo que en ningún caso los hace peores o mejores escritores. La calidad, desde luego, se mide con otros parámetros.       

          En cuanto al nivel estético de la producción, desde el punto de vista de las búsquedas formales, es probable que en la promoción más reciente se hubiese dado un mayor interés por la experimentación. Sin embargo, ¿quién puede afirmar que Evelio José Rosero o Luis Fernando Macías  son en el manejo de técnicas  narrativas novedosas más avanzados que Alberto Duque López o Roberto Burgos Cantor?

          Algo que no se puede soslayar aquí y que resalta en el conjunto de la antología, es el ascenso que experimenta la literatura del Valle del Cauca desde los 60, hasta entonces al parecer anonadada por el mito de Isaacs y de María. Cali y en general la región del Pacífico irrumpen con una narrativa personalísima, con el ritmo de fiesta  de la calle  y el bullicio anárquico y pachanguero de sus discotecas.

          Ojalá Cuentos sin cuenta sirva para abrir, entre otras cosas, la polémica en torno a los  aportes de la generación de Eduardo García Aguilar, de Julio César Londoño, de Caicedo Estela y de Sonia Truque, entre otros; y nos ayude a todos a discernir sobre qué los separó de sus vecinos de vagón y, además, que los distinguió de los que vinieron después.  Por lo pronto, pienso que se defraudaron más rápido de las utopías revolucionarias si acaso las tuvieron  y que más temprano que tarde se arrojaron al cinismo y al escepticismo. Pudieron ser quizá más irreverentes e iconoclastas. Menos púdicos a la hora de desnudar las desgarraduras íntimas de la carne, que por otro nombre llaman  erotismo. Más desenvueltos en el lenguaje y más proclives a los ambientes góticos y al absurdo. Pero esos serán asuntos que lectores menos parcializados que el que escribe estas notas se encargarán de dilucidar cuando el público lector tenga acceso a sus páginas.
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©   Jairo Mercado

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 14
Julio-Agosto-Septiembre de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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