Claro de luna
Vivian Astrid De Villeros Ospina Narradora cartagenera
Callada, serena aplomada por el ineluctable paso del tiempo, así se veía al cabo de varios años de sufrimiento, de búsquedas interminables de aquel hombre alto y fornido, de cabello negro y piel trigueña, que le habían pronosticado las cartas. Una tarde, el ocio y la curiosidad la llevaron hasta el resquicio de la calle Luna, sitio donde se ubicaban las tarotistas, corredoras de la buenaventura, aseguradoras de caminos y de riegos.
Sara, al verla parada frente a la puerta caoba, esbozó una sonrisa y con un ademán la invitó a entrar. Se sorprendió por el contraste. Por fuera, la casa daba la apariencia de estar en ruinas, cosa muy distinta era por dentro. El lujo de los muebles y objetos allí presentes hablaba de la solvencia y del buen gusto de quien la decoró. Sara la hizo recorrer un largo pasillo cubierto por un techo de maderos entrecalados, de los que pendían canastas de helechos. Al final del mismo estaba un jardín interno, con una fuente que vertía el agua en un pequeño lago artificial. Era una estancia que respiraba tranquilidad. Absorta en el chorro de la fuente, la encontró Sara cuando fue por ella.
Bajaron por las escaleras y llegaron a una habitación con escasos muebles. Su atención se concentró en un libro de visitantes, personas prestantes que ella conocía. Al lado de cada firma, cada uno de los visitantes había escrito una frase, una palabra con la cual se identificaba. Pensó en lo que escribiría. Garabateó su rúbrica y escribió: Por la boca muere el pez. Arena y mar, laberintos en los que se perdía en una cadena interminable de amores maltrechos en los que a la vuelta de nada salían a flote las trampas de la razón. Por eso, guiada por los aciertos y por la bonanza afectiva de los suscritos, se adentró en la calle Luna. Más que una esperanza quiso retar las vertientes subterráneas que irrigaban sus terrenos agrietados por la erosión de los días sin anochecer y de las madrugadas sin la luz tenue del alba. Nada más queda ir a la calle Luna y aquel amor por el que hemos suspirado, aparecerá enseguida.
Se lo creyó, y allí estaba sentada frente a un hombre de mirada enigmática y mentón hendido. La suave voz del oficiante la hizo caer en cuenta de su propósito. Al comienzo tartamudeó --como hacen todas, según oyó decir-- pero al rato, ya se sentía como en casa, mejor que en casa, pues aquel desconocido tenía una charla fluida que sin ambages conducía a los temas más inverosímiles. Hablaron del síndrome que estaba diezmando a la población de ojos rasgados, del arbitrario ministro buhonero y de todos sus acólitos servidores. En fin, cuando hubo clima para adentrarse en los espinosos caminos del corazón, ella sentía que se conocían de tiempo atrás. Le habló de los cariños que fueron desvaneciéndose cuando caía la noche, del vacío inmenso que, primero, se fue agolpando en el estómago; luego en las manos y a estas alturas le caminaba por todo el cuerpo. Él la escuchaba pacientemente, con ojos entrecerrados. De pronto, Sara entró con una bandeja llena de lociones y de aceites. Con un gesto le indico que se quedara ligera de ropas. Ella así lo hizo y empezó a disfrutar del suave masaje que la sonriente Sara le ofrecía. Las fragancias aromatizaron el cuarto, se sintió liviana, abierta al inequívoco destino que estaba frente a ella.
En un breve gemido, sintió que él era la arena y ella el mar agitado de exuberantes olas; creyó en las ganas que se retuercen en las entrañas y después, en un instante taxativo, se vuelven boca y manos que muerden y arañan; surcan la espalda y regresan al punto de partida. El mar agitado que baña la tibia arena, el solaz que genera el puro deseo del alma y del cuerpo. Pensó que, tras una larga espera, la búsqueda había terminado, y que ahora sí tendría al hombre que necesitaba.
Un claro de luna la sacó de sus evocaciones que al parecer, se habían asomado a la esquina de sus recuerdos. Se sintió abrumada por el peso de las emociones adormitadas bajo el ropaje de la indiferencia, de la ecuanimidad a toda prueba. Volvió a sentir el aroma de aquellas fragancias con que Sara masajeó su cuerpo hábilmente. Se estremeció al pensar en sus manos, y en la mirada que acompañaba cada gesto. Revivió el placer de aquellas tardes, cercanas a sus diecinueve años. Olisqueó sus dedos y miró los pliegues que se asomaban a sus manos. Sintió pena porque después de mucho tiempo de no ver a Sara, todavía la añoraba. _________________________________________ © Vivian Astrid De Villeros Ospina
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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