

Gabriel Chadid Jattin: hermano siempre, siempre puerta abierta
José Luis Hereyra
Siempre veo el rostro de Gabriel. Lo veo recortado contra el cielo, con la ceiba inmensa a sus espaldas tejiendo con sus ramas el blanco de las nubes, camino a la casa de Jairo Guerra. Siempre veo los ojos de Gabriel. Oigo su burlona despedida: "¡Que San Gabriel te bendiga y te acompañe!". Oigo, siempre, a Gabriel. Lo oigo responder con fina sorna a alguien que le preguntara sobre qué ejercicios hacía. Y él respondiendo: "¡Ejercicios espirituales!".
Y nada más cierto que eso. Porque Gabriel Chadid Al Jattin, como le gustaba que yo lo llamara, era un mínimo porcentaje aferrado a las vanidades de este mundo, y el resto -el infinito resto del tamaño del infinito-- era una deslumbrante inteligencia espiritual que se confundía con el inmenso resplandor del firmamento.
Gabriel, Gabriel querido, hermano siempre, siempre puerta abierta, siempre brazos abiertos, siempre café caliente, siempre poesía, siempre inteligencia, siempre humor, siempre irreverencia, siempre soledad, siempre ternura humana, siempre Gabriel...
Ahora hablarás con Abdallah tu padre --como en aquel día mágico en que te regaló tu primera carabina--, con Miguel tu hermano --el buscador amoroso de una tierra florecida-- y con tu hermano del alma Eduardo Porras Arrázola, firme contigo aún después de su partida. Ya no tendrás miedo de nada, porque ya trascendiste lo único que a veces --sólo a veces-- te espantaba. En ese cielo que ahora veo está tu rostro navegado por tus inmensos ojos burlones y buenos, Gabriel querido, profeta y hermano al alcance de la mano, inteligencia espiritual superior a las palabras.
Ahora te regocijarás más teniendo junto a ti a Fortunato con su música maravillosa. Y de seguro sabrás que en esta tierra está Elvia, dibujando con su imaginación una escalera de luz en el alma para siempre ascender hacia ti. Está tu sobrino Abdallah, tu compañero de todos los días, con su altísima nobleza y su silencio a cuestas, solo sin ti. Está tu sobrino Ricardo sembrando la vida, sanando a tantos seres como si siguiera cuidándote, buscando tu rostro y tu voz en los paisajes, en las calles, en los edificios diarios. Está Rubén Villalba, declamando su poderosa poesía sin el fino auditorio de tu inteligencia. Está Armando Porras, tu compañero de milagros por tantos caminos de la vida, esperándote siempre. Está William Quessep, llamándote a ese celular privado para oír tu voz hasta los últimos instantes y ahora quien contesta es Dios. Está Roberto Samur, tu hermano querido, sintiendo en el silencio tu presencia, tejiendo todavía contigo una vida de sueños y palabras. Están todos tus seres bellos y sencillos de Lapiche, tus hermanos de monte y madreselvas, viéndote entre el verdor exuberante de esa naturaleza y el cielo azulísimo desde donde les sonríes. Y estamos todos nosotros, los que también te amamos, navegando en este presente tu amor eterno. Solos sin tu ser, sin tu voz, sin tu sonrisa.
Sincelejo, Julio de 2003 ________________________________________ © José Luis Hereyra
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n14chadid.html |


Gabriel Chadid Jattin: hermano siempre, siempre puerta abierta
José Luis Hereyra
Siempre veo el rostro de Gabriel. Lo veo recortado contra el cielo, con la ceiba inmensa a sus espaldas tejiendo con sus ramas el blanco de las nubes, camino a la casa de Jairo Guerra. Siempre veo los ojos de Gabriel. Oigo su burlona despedida: "¡Que San Gabriel te bendiga y te acompañe!". Oigo, siempre, a Gabriel. Lo oigo responder con fina sorna a alguien que le preguntara sobre qué ejercicios hacía. Y él respondiendo: "¡Ejercicios espirituales!".
Y nada más cierto que eso. Porque Gabriel Chadid Al Jattin, como le gustaba que yo lo llamara, era un mínimo porcentaje aferrado a las vanidades de este mundo, y el resto -el infinito resto del tamaño del infinito-- era una deslumbrante inteligencia espiritual que se confundía con el inmenso resplandor del firmamento.
Gabriel, Gabriel querido, hermano siempre, siempre puerta abierta, siempre brazos abiertos, siempre café caliente, siempre poesía, siempre inteligencia, siempre humor, siempre irreverencia, siempre soledad, siempre ternura humana, siempre Gabriel...
Ahora hablarás con Abdallah tu padre --como en aquel día mágico en que te regaló tu primera carabina--, con Miguel tu hermano --el buscador amoroso de una tierra florecida-- y con tu hermano del alma Eduardo Porras Arrázola, firme contigo aún después de su partida. Ya no tendrás miedo de nada, porque ya trascendiste lo único que a veces --sólo a veces-- te espantaba. En ese cielo que ahora veo está tu rostro navegado por tus inmensos ojos burlones y buenos, Gabriel querido, profeta y hermano al alcance de la mano, inteligencia espiritual superior a las palabras.
Ahora te regocijarás más teniendo junto a ti a Fortunato con su música maravillosa. Y de seguro sabrás que en esta tierra está Elvia, dibujando con su imaginación una escalera de luz en el alma para siempre ascender hacia ti. Está tu sobrino Abdallah, tu compañero de todos los días, con su altísima nobleza y su silencio a cuestas, solo sin ti. Está tu sobrino Ricardo sembrando la vida, sanando a tantos seres como si siguiera cuidándote, buscando tu rostro y tu voz en los paisajes, en las calles, en los edificios diarios. Está Rubén Villalba, declamando su poderosa poesía sin el fino auditorio de tu inteligencia. Está Armando Porras, tu compañero de milagros por tantos caminos de la vida, esperándote siempre. Está William Quessep, llamándote a ese celular privado para oír tu voz hasta los últimos instantes y ahora quien contesta es Dios. Está Roberto Samur, tu hermano querido, sintiendo en el silencio tu presencia, tejiendo todavía contigo una vida de sueños y palabras. Están todos tus seres bellos y sencillos de Lapiche, tus hermanos de monte y madreselvas, viéndote entre el verdor exuberante de esa naturaleza y el cielo azulísimo desde donde les sonríes. Y estamos todos nosotros, los que también te amamos, navegando en este presente tu amor eterno. Solos sin tu ser, sin tu voz, sin tu sonrisa.
Sincelejo, Julio de 2003 ________________________________________ © José Luis Hereyra
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 14 Julio-Agosto-Septiembre de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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