LA CUEVA DE CIELO Y ESTRELLAS DE ORIANITA

José Luis Hereyra


Mi embrión vieron tus ojos,
y en tu libro estaban escritas
todas aquellas cosas
que fueron luego formadas.

Salmo 139:16


          Orianita estaba desde siempre en la cueva de cielo y estrellas. Y esa cueva vive arriba de los días.

          Los días viven abajo y pasan como las hojas de un libro.

          Y se pueden contar como piedrecitas de colores que se van oscureciendo, como brasitas encendidas que iluminan un momento y se van apagando como pétalos de ceniza uno sobre otro.

          Pero Orianita estaba en la cueva de cielo y estrellas como en un sueño.

          Ella estaba con su cabello rubio y su voz tierna. Y sus taloncitos finos y rosaditos. Y sus ojos suaves que, cuando se entrecierran, sonríen como si fueran susurros.

          Pero la cueva de cielo y estrellas también era la cueva por donde fluyen subterráneos los días.

          Y los días son el suelo de la cueva de cielo y estrellas.

          Y los días no son sueños, sino los barquitos que navegan el mar sin orillas y sin olas de la cueva de cielo y estrellas.

          Pero van soñando puertos, con sus muelles que son las escalinatas de agua, que se van convirtiendo en suelo y tierra. Y luego en ventanas y lechos y jardines, dentro de la cueva de cielo y estrellas donde estaba desde siempre Orianita como en un sueño.

          Y en el sueño, los suaves ojos de Orianita sonreían como en un susurro que aromaba toda la cueva de cielo y estrellas.
La cueva de cielo y estrellas tiene ojos que son todas las estrellas, que están todas en la cueva de cielo y estrellas.

          Y como tiene ojos que son sus estrellas, que tiemblan en la tibieza de su piel de oscuridad clara, la cueva de cielo y estrellas vio los ojos entrecerrados de Orianita. 

          Y se estremeció y amó a esa dulce niña de labios rojos, más finos que el rojo de los rubíes. 

          Y la besó detrás de sus pestañas de gacela, detrás de sus ojos sonrientes  todavía dormidos en la tibieza que hay en la cueva de cielo y estrellas.

          Y como tiene corazón, un corazón que tiembla por todas sus estrellas,  un corazón que tiembla cada vez que titila la frágil luz de cada una de sus frágiles estrellas, la cueva de cielo y estrellas quiso ver a Orianita dibujando sus estrellas y su cielo.

          Quiso ver a Orianita dibujando sus árboles y su hierba. 

          Quiso ver a Orianita dibujando a su papá y a su mamá, que en los dibujos de Orianita siempre estaban juntos en el retrato de la cueva de cielo y estrellas de Orianita, pero no se sabía si ellos el papá y la mamá de Orianita  en el dibujo estaban juntos.

          Porque una vez era el papá de Orianita el que tenía unos ojos de círculos negros vacíos, que no miraban hacia ninguna parte o no veían nada.  Ni siquiera a la mamá de Orianita, que tenía una trenza negra y una trenza rubia como si fuera dos mujeres en una,  o estaba furiosa y a su lado Orianita se había dibujado a sí misma asustada.

          Y en todos los dibujos de Orianita estaba dibujada una casa con puertas grandes como templo.

          Y esa casa tenía puertas grandes de templo, para que entraran y salieran Orianita con su papá y su mamá.

          Pero esa casa, que la cueva de cielo y estrellas le había mostrado a Orianita cuando todavía estaba dormida y que la cueva de cielo y estrellas conocía por primera vez ahora al ver los dibujos que Orianita había hecho estando todavía dormida en su cueva de cielo y de estrellas, esa casa parecía flotar en el aire.

          Esa casa de Orianita con su mamá y su papá parecía estar entre las flores y el cielo y las estrellas y las verdes colinas y más allá del mar, pero no se sabía si tocaba el suelo.

          La cueva de cielo y estrellas había escogido alegrar su corazón con la sonrisa suave de los ojos de Orianita.

          Y entonces despertó a los padres de Orianita, a cada uno despertó.

          Y les susurró la vida de Orianita, como árboles que sienten el agua que es su vida y que no ven.

          Y los puso en mitad de la luz de la tarde a ellos, los padres de Orianita.

          Y esa tarde en que el padre y la madre de Orianita se creyeron ver por vez primera, la cueva de cielo y estrellas bordaba y curvaba los ojos de ellos con la sonrisa de los ojos de Orianita, que ya estaba allí en los ojos de ellos que se volvieron una sola luz.

          Una luz que iluminó la cueva de cielo y de estrellas desde antes del ayer hasta después de su cielo y sus estrellas.

          Pero para que Orianita ya no fuera un sueño, la cueva de cielo y de estrellas le dio su suelo que es de días.  Y le dio su techo, que siempre está cerca como la respiración y el abrazo.  Y tan lejos, que bajo su sombra y su nave caben todos los cielos que son posibles hasta ahora.

          Como ya había unido al padre y a la madre de Orianita en un atardecer de luz, la cueva de cielo y estrellas los miró a ambos, al padre y a la madre de Orianita los miró.

          Él parecía hecho de jirones de fuego, de vigas carcomidas, de quebrazones y gemidos, de naufragios que nadie había escuchado, de troncos rugosos e indomables, de tormentas que en vez de hacer nacer arrancan las plantitas germinadas.

          Ella, en cambio, poseía el mirar de eterno desierto y arena de la esfinge.  Pero sus ojos eran brillo de risa y manantial de lágrimas. Era una paloma herida, con fuerza y fiereza de leona. Era un grito sangrante que iba desde el cielo hasta el abismo de la cueva de cielo y estrellas, donde ella era el velo sagrado desgarrado enfrentado a las estrellas.

          Y entonces la cueva de cielo y estrellas tomó del padre de Orianita un instante de su luz, la luz que  tendrán siempre los seres a pesar de sus recurrentes oscuridades. Le sacó de sus tormentos una espiga de luz, una semillita afilada de luz le sacó de su sangre y de sus sueños y de sus entrañas al padre de Orianita.

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita vistió de anhelo a la madre de Orianita. E inflamó sus carnes rosadas hasta un estallido de fuego que se convirtió en sangre llamante, que se propagaba en la asustada pero sabia quietud de la cueva de cielo y de estrellas.

          Y la espiguita de luz que era el padre de Orianita llegó a su orilla eterna para comenzar la cuenta de los días con los que cuentan nuestra vida humana.  Esa espina de vida sola e incompleta llegó hasta su rosa, hasta su paraíso desde siempre perdido pero ahora encontrado, y se quedó en su pétalo suave y blando como sabiendo que era su destino. Esa nave, minúscula en el mar del tiempo y el abismo, ablandó y fundió la blanda y cálida arena temblante de la madre de Orianita, encallando en su eternidad.

          Y no se sabía si era luz o noche. 

          Se oía un barco lejano y chillidos de gaviotas despedazando el frío y la bruma.  Y se oía un nuevo sonido, casi un ruido.  Eran las manos humanas que izaban las velas y cobraban las redes llenas de peces brillantes y temblantes.  Y olía a caldo, a flor, a hogar...

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita sintió miedo.  Miedo de que ahora que las agonías y los tormentos se habían vuelto silencio de esperanza un viento acaso amenazara con derribar los edificios de los cuerpos y con ellos destruyera a esa carne rosada, sosegada, redondeada. Y con ella fueran a despertarse, antes de su tiempo, los ojos de Orianita que son una sonrisa dormida. O que los ojos de Orianita no se despertaran nunca, y siguieran navegando en los fríos y oscuros abismos de la nada.

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita sufrió la angustia de sentir la amenaza sobre la hija de nuestra sangre y nuestras entrañas. 

          Y su dolor solo y eterno le mereció cumplir su amor, elevar esa vida naciente como se ofrenda un ramillete de tiernas flores, como se eleva una oración, como se entrega una canción.

          Y se atrevió, entonces. Y no sintió miedo de someterse a la tortura de soñar perderla, de arriesgarla frente a los números de abismo de los dados de la muerte.

          Y la cueva de cielo y estrellas, hogar y habitante por llegar, se hizo cueva en el exacto lugar donde estaba la cueva materna de la madre de Orianita.

          Y fueron el vientre de la mujer y el vientre eterno un solo vientre sagrado.

          Y su puerta, su escotilla, esperaba un lenguaje que nombrara la orden de abrirse al aire, al agua, a la tierra y a las flores.

          Y Orianita descendió en el aire de la cueva de cielo y estrellas. Sin embargo lloró por la tibieza y la ensoñación perdidas del vientre de su madre, a donde más nunca volvería.

          Y la cueva de cielo y estrellas de Orianita se sintió eterna en los finitos días de la cueva de la madre humana, de la madre de Orianita.

          Y en los sonrientes días de los ojos de Orianita.
_______________________________
©  José Luis Hereyra

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13oria.html
LA CUEVA DE CIELO Y ESTRELLAS DE ORIANITA

José Luis Hereyra


Mi embrión vieron tus ojos,
y en tu libro estaban escritas
todas aquellas cosas
que fueron luego formadas.

Salmo 139:16


          Orianita estaba desde siempre en la cueva de cielo y estrellas. Y esa cueva vive arriba de los días.

          Los días viven abajo y pasan como las hojas de un libro.

          Y se pueden contar como piedrecitas de colores que se van oscureciendo, como brasitas encendidas que iluminan un momento y se van apagando como pétalos de ceniza uno sobre otro.

          Pero Orianita estaba en la cueva de cielo y estrellas como en un sueño.

          Ella estaba con su cabello rubio y su voz tierna. Y sus taloncitos finos y rosaditos. Y sus ojos suaves que, cuando se entrecierran, sonríen como si fueran susurros.

          Pero la cueva de cielo y estrellas también era la cueva por donde fluyen subterráneos los días.

          Y los días son el suelo de la cueva de cielo y estrellas.

          Y los días no son sueños, sino los barquitos que navegan el mar sin orillas y sin olas de la cueva de cielo y estrellas.

          Pero van soñando puertos, con sus muelles que son las escalinatas de agua, que se van convirtiendo en suelo y tierra. Y luego en ventanas y lechos y jardines, dentro de la cueva de cielo y estrellas donde estaba desde siempre Orianita como en un sueño.

          Y en el sueño, los suaves ojos de Orianita sonreían como en un susurro que aromaba toda la cueva de cielo y estrellas.
La cueva de cielo y estrellas tiene ojos que son todas las estrellas, que están todas en la cueva de cielo y estrellas.

          Y como tiene ojos que son sus estrellas, que tiemblan en la tibieza de su piel de oscuridad clara, la cueva de cielo y estrellas vio los ojos entrecerrados de Orianita. 

          Y se estremeció y amó a esa dulce niña de labios rojos, más finos que el rojo de los rubíes. 

          Y la besó detrás de sus pestañas de gacela, detrás de sus ojos sonrientes  todavía dormidos en la tibieza que hay en la cueva de cielo y estrellas.

          Y como tiene corazón, un corazón que tiembla por todas sus estrellas,  un corazón que tiembla cada vez que titila la frágil luz de cada una de sus frágiles estrellas, la cueva de cielo y estrellas quiso ver a Orianita dibujando sus estrellas y su cielo.

          Quiso ver a Orianita dibujando sus árboles y su hierba. 

          Quiso ver a Orianita dibujando a su papá y a su mamá, que en los dibujos de Orianita siempre estaban juntos en el retrato de la cueva de cielo y estrellas de Orianita, pero no se sabía si ellos el papá y la mamá de Orianita  en el dibujo estaban juntos.

          Porque una vez era el papá de Orianita el que tenía unos ojos de círculos negros vacíos, que no miraban hacia ninguna parte o no veían nada.  Ni siquiera a la mamá de Orianita, que tenía una trenza negra y una trenza rubia como si fuera dos mujeres en una,  o estaba furiosa y a su lado Orianita se había dibujado a sí misma asustada.

          Y en todos los dibujos de Orianita estaba dibujada una casa con puertas grandes como templo.

          Y esa casa tenía puertas grandes de templo, para que entraran y salieran Orianita con su papá y su mamá.

          Pero esa casa, que la cueva de cielo y estrellas le había mostrado a Orianita cuando todavía estaba dormida y que la cueva de cielo y estrellas conocía por primera vez ahora al ver los dibujos que Orianita había hecho estando todavía dormida en su cueva de cielo y de estrellas, esa casa parecía flotar en el aire.

          Esa casa de Orianita con su mamá y su papá parecía estar entre las flores y el cielo y las estrellas y las verdes colinas y más allá del mar, pero no se sabía si tocaba el suelo.

          La cueva de cielo y estrellas había escogido alegrar su corazón con la sonrisa suave de los ojos de Orianita.

          Y entonces despertó a los padres de Orianita, a cada uno despertó.

          Y les susurró la vida de Orianita, como árboles que sienten el agua que es su vida y que no ven.

          Y los puso en mitad de la luz de la tarde a ellos, los padres de Orianita.

          Y esa tarde en que el padre y la madre de Orianita se creyeron ver por vez primera, la cueva de cielo y estrellas bordaba y curvaba los ojos de ellos con la sonrisa de los ojos de Orianita, que ya estaba allí en los ojos de ellos que se volvieron una sola luz.

          Una luz que iluminó la cueva de cielo y de estrellas desde antes del ayer hasta después de su cielo y sus estrellas.

          Pero para que Orianita ya no fuera un sueño, la cueva de cielo y de estrellas le dio su suelo que es de días.  Y le dio su techo, que siempre está cerca como la respiración y el abrazo.  Y tan lejos, que bajo su sombra y su nave caben todos los cielos que son posibles hasta ahora.

          Como ya había unido al padre y a la madre de Orianita en un atardecer de luz, la cueva de cielo y estrellas los miró a ambos, al padre y a la madre de Orianita los miró.

          Él parecía hecho de jirones de fuego, de vigas carcomidas, de quebrazones y gemidos, de naufragios que nadie había escuchado, de troncos rugosos e indomables, de tormentas que en vez de hacer nacer arrancan las plantitas germinadas.

          Ella, en cambio, poseía el mirar de eterno desierto y arena de la esfinge.  Pero sus ojos eran brillo de risa y manantial de lágrimas. Era una paloma herida, con fuerza y fiereza de leona. Era un grito sangrante que iba desde el cielo hasta el abismo de la cueva de cielo y estrellas, donde ella era el velo sagrado desgarrado enfrentado a las estrellas.

          Y entonces la cueva de cielo y estrellas tomó del padre de Orianita un instante de su luz, la luz que  tendrán siempre los seres a pesar de sus recurrentes oscuridades. Le sacó de sus tormentos una espiga de luz, una semillita afilada de luz le sacó de su sangre y de sus sueños y de sus entrañas al padre de Orianita.

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita vistió de anhelo a la madre de Orianita. E inflamó sus carnes rosadas hasta un estallido de fuego que se convirtió en sangre llamante, que se propagaba en la asustada pero sabia quietud de la cueva de cielo y de estrellas.

          Y la espiguita de luz que era el padre de Orianita llegó a su orilla eterna para comenzar la cuenta de los días con los que cuentan nuestra vida humana.  Esa espina de vida sola e incompleta llegó hasta su rosa, hasta su paraíso desde siempre perdido pero ahora encontrado, y se quedó en su pétalo suave y blando como sabiendo que era su destino. Esa nave, minúscula en el mar del tiempo y el abismo, ablandó y fundió la blanda y cálida arena temblante de la madre de Orianita, encallando en su eternidad.

          Y no se sabía si era luz o noche. 

          Se oía un barco lejano y chillidos de gaviotas despedazando el frío y la bruma.  Y se oía un nuevo sonido, casi un ruido.  Eran las manos humanas que izaban las velas y cobraban las redes llenas de peces brillantes y temblantes.  Y olía a caldo, a flor, a hogar...

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita sintió miedo.  Miedo de que ahora que las agonías y los tormentos se habían vuelto silencio de esperanza un viento acaso amenazara con derribar los edificios de los cuerpos y con ellos destruyera a esa carne rosada, sosegada, redondeada. Y con ella fueran a despertarse, antes de su tiempo, los ojos de Orianita que son una sonrisa dormida. O que los ojos de Orianita no se despertaran nunca, y siguieran navegando en los fríos y oscuros abismos de la nada.

          Y la cueva de cielo y de estrellas de Orianita sufrió la angustia de sentir la amenaza sobre la hija de nuestra sangre y nuestras entrañas. 

          Y su dolor solo y eterno le mereció cumplir su amor, elevar esa vida naciente como se ofrenda un ramillete de tiernas flores, como se eleva una oración, como se entrega una canción.

          Y se atrevió, entonces. Y no sintió miedo de someterse a la tortura de soñar perderla, de arriesgarla frente a los números de abismo de los dados de la muerte.

          Y la cueva de cielo y estrellas, hogar y habitante por llegar, se hizo cueva en el exacto lugar donde estaba la cueva materna de la madre de Orianita.

          Y fueron el vientre de la mujer y el vientre eterno un solo vientre sagrado.

          Y su puerta, su escotilla, esperaba un lenguaje que nombrara la orden de abrirse al aire, al agua, a la tierra y a las flores.

          Y Orianita descendió en el aire de la cueva de cielo y estrellas. Sin embargo lloró por la tibieza y la ensoñación perdidas del vientre de su madre, a donde más nunca volvería.

          Y la cueva de cielo y estrellas de Orianita se sintió eterna en los finitos días de la cueva de la madre humana, de la madre de Orianita.

          Y en los sonrientes días de los ojos de Orianita.
_______________________________
©  José Luis Hereyra

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13oria.html