Sobre el libro de cuentos El espía inglés *,
de Ramón Illán Bacca

DE DIVAS Y DE DIVANES

Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico

Este trabajo hace parte de la investigación
El cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidades Culturales,
que el Grupo de Investigación Literaria del Caribe -GILKARÍ-
adelanta en Convenio firmado entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS.
                              

          En una entrevista venezolana al poeta Álvaro Mutis, el descubridor de Maqroll comentaba: "Recuerdo una frase que está en El Rey Lear, de Shakespeare, y que después recoge Robert Browning, que define al poeta en una forma que nunca después llegó a definirse, y que creo que dice todo. Dice: "Los poetas son los espías de Dios".Esta condición de espiar, de buscar en esa tiniebla que llamamos la realidad, ese otro lado siempre oscuro, de denunciarlo y de ponerlo en evidencia. Ése es el trabajo y la función esencial del poeta. El poeta es el espía de Dios, en el sentido de que le muestra a los otros hombres una parte que ellos han querido ocultar, o necesitado ocultar, para seguir viviendo una rutina cotidiana que les permite huir al horror de verse a sí mismos, y de ver la fugacidad de su destino y la inutilidad de su presencia en el mundo"  .

          Las palabras anteriores parecen escritas para el más reciente libro de cuentos del narrador y ensayista samario Ramón Illán Bacca Linares, El espía inglés, el tercero en su cuenta: anteriormente había publicado Marihuana para Goering (1980) y Señora tentación (1994), que con Débora Kruel (Primera Mención del Concurso Plaza y Janés, 1987), Maracas en la ópera
(Premio de Novela, Cámara de Comercio de Medellín, 1995) y
Disfrázate como quieras (2003), completan su obra narrativa de creación hasta el presente.

          La descripción que hace Mutis del oficio del poeta se aplica con precisión a la actitud de los narradores y personajes de los cuentos baccanos, espías que con ojo avizor, quevedesco, parecen proponerse la revelación ininterrumpida de Top secrets
(p. 22) al interior de las diversas familias (de sangre, de oficio, de amor, de negocios, etc.): decir lo que el historiador grave deliberadamente ignora (p. 35), sin saber de lo que se pierde. Justamente, el historiador del cuento "El espía inglés" quiere "escribir en su monumental historia de la ciudad el aparte «Historias ocultas» en el que pensaba contar cosas curiosas, de pronto salaces, y dar un respiro a los largos capítulos sobre arzobispos inquisidores y políticos rapaces que abundan en su libro". Aunque, por pura desilusión, no cumple con su propósito y, a última hora, afirma que no será él quien destape "esa caja de viejos escándalos", nos deja al menos formulada la poética de la narrativa de Ramón Illán, una clave para la lectura de
El espía inglés (y las obras completas). Este libro (en el que un mismo arzobispo figura en tres cuentos distintos y los políticos picarescos en dos, y en donde los escándalos de familia constituyen el elemento común de todas las historias), para fortuna del lector, practica lo que predica y cumple así a cabalidad con su cometido de no velar las vidas noveladas.

          Los dieciséis cuentos que integran este libro, pertenecientes a diversas épocas del periplo creativo de su autor, mantienen no sólo nexos intensos entre sí, sino con el resto de la producción tanto literaria como periodística (Crónicas casi históricas, 1990) y ensayística (Escribir en Barranquilla, 1998) de Ramón Bacca. Los vínculos son múltiples y van desde la esencial actitud humorística, irreverente ante la solemnidad, sarcástica ante lo ramplonamente académico (un estudiante colombianista asiste en St. Antony´s College (sic), a un curso acerca del uso de la mandioca en los fuertes españoles en el Caribe: p. 21), hasta la presencia de personajes que brincan de un libro a otro, con el nombre igual o cambiado, pasando por el recurrente resonar de la música popular (principalmente el bolero), la omnipresente oralidad, la reiterada risa de la inteligencia, la reaparición de algunos ámbitos reconocibles y de ciertos temas anteriormente tratados (el desigual encuentro entre las culturas hispanoamericana, norteamericana y europea; el traumático tránsito del tiempo tras los períodos de rancio esplendor), así como el empleo de algunas técnicas y trucos narrativos como el collage (cartas, diarios, versos), el monólogo interior, la perspectiva polifónica en el tratamiento de los sucesos, la policial investigación de un crimen, la folletinesca proliferación de personajes y anécdotas, las insistentes alusiones al cine (en este libro, particularmente, el japonés) y las frases lapidarias, casi siempre de naturaleza paradojal que funcionan como citas célebres y risueñas. Mencionemos algunas de éstas: del japonés por decisión propia en "Cómo llegar a ser japonés": "Me niego a hablar español, un idioma de pobres" (p. 12); el aviso de una investigadora para espantar a un donjuán en "Cuando la noche cae": "Alemana trabajando, muerde" (´. 27); la declaración de una concertista de clavicémbalo en "Edipo toca la flauta": "Me encanta la música clásica porque es la forma sofisticada del bolero" (p. 93); o el concepto del narrador en "Miss Catarsis": "La vejez es la autocrítica de la naturaleza". Todos los elementos mencionados, no sobra decirlo, están siempre al servicio de la intención central de la obra de Ramón Bacca: divertir.

          Pese al diverso tiempo de su escritura, los cuentos de El espía inglés ponen de manifiesto una constante estructural: se parte de una vieja, pero aún enigmática noticia del pasado, la cual es vuelta a visitar con minuciosa mirada inquisidora hasta dar con la clave luminosa, gracias al hallazgo providencial de un baúl de cartas, un diario personal, un amarillento recorte de periódico o una confesión in articulo mortis. Asimismo, tal como lo afirma un personaje, un clima similar emana de los relatos del libro: "En esta casa se respira una atmósfera de anormalidad" (p. 61). Lo habitual en estos cuentos es la delación y la venganza, la injusticia y la trampa, la zancadilla y la intolerancia, el rencor enconado, los celos perserverantes y la exclusión inflexible (la expulsión del recinto --la casa, la universidad, el seminario-- es un motivo recurrente en los cuentos). De igual manera, tres telones de fondo tienden a reiterarse a lo largo de los relatos: la Europa de los 30, el Medellín de la dictadura de Rojas Pinilla y la Bogotá y la costa caribe de los 60. La pista para establecer la temporalidad la proporcionan, a menudo, las películas y las canciones populares de moda.

          Otra constante en la obra es la excentricidad teatral, al parecer, inherente a los personajes, con frecuencia enmascarados, mimetizados, disfrazados, situados en el sitio equivocado: el drama manifiesto desde el primer cuento, "Cómo llegar a ser japonés", es el de haber nacido en un país y en una época que no se corresponden con las expectativas y ambiciones o metas de los personajes. Igual pasa con Miss Frances Astor, la diva de Hollywood que tuvo la mala fortuna de ser contemporánea de Greta Garbo y de convertirse en su pálida sombra, alcoholizada, en el trópico, transformada en "Doña Pachita", en "La sombra de Greta", cuento en el que, a manera de contraste, una puta polaca vuelta matrona en América, se hace llamar Mme. Coty. Excéntrico asimismo en "Nadie diga ser más que García" es el arzobispo cuya bañera está tapizada de periódicos secos de hace muchos años o el tenor tenorio y bígamo nacido en Yugoslavia que vive del cuento y del canto a costas de su mujer en "Un caso para Bruno manos albas"; o la crítica teutona, Ula Hörr, "rosa tallada en piedra", que investiga exhaustivamente las literaturas marginales del tercer mundo en "Cuando la noche cae";  o en "Fantasma entre las flores", (título que corresponde al verso final del poema "Cielo de ayer", de Giovanni Quessep, en "Canto del extranjero"), el detective italiano Gaddini, parlanchín y quiromántico, que en una investigación policial para la diva Francesca Bertina, pudo haber leído en la palma de la mano de Gaitán su destino de caudillo truncado por las balas infalibles de "un tipo de gabardina sucia y ojos enloquecidos, en una ciudad brumosa, fea y fría, que nunca he visto antes" (p. 40); o el agente secreto paisa de "Las ventanas tapiadas del Paraíso" que lee a los objetalistas franceses y escribe textos líricos en los que se aprecia con creces "el desamor que hacia él sentía la musa" (p. 85). 

          De manera positiva, El espía inglés marca un cambio en relación con el lenguaje, a veces descuidado, de la narrativa anterior de Ramón Bacca, que en este libro, sin perder su espíritu lúdico y su tendencia a la sorpresa, gana en concentración y eficacia. Abundantes son los juegos verbales en los que se yuxtaponen fórmulas folletinescas o románticas "la aviesa expresión en la cara" al lenguaje coloquial caribeño "morochas altototas" (p. 13), y los aciertos en la adjetivación al referirse a la "mirada aterciopelada" (p. 23) de una diva o en el  hipálage "severos estantes" (p. 29) para describir las bibliotecas de los intelectuales, a los que habría que agregar la adaptación morfológica de anglicismos como en "lo único que ganó fue una andanada de sonobichazos" ( p. 48) para aludir a una retreta de mentadas de madre.

          El juego verbal del anacronismo se reitera  al nivel de la anécdota al utilizar tópicos del melodrama y del folletín como las recurrentes pesadillas que terminan en llanto, los desmayos, las apariciones y desapariciones misteriosas, las fugas a través de las escaleras salvadoras de los buques, así como una interminable teoría de personajes propios de la novela decimonónica y de las telenovelas del siglo pasado: gemelos, mellas, leprosos, alcohólicos y alcohólicas, inválidas, quirománticas, arpías, brujas, desheredados, insertados en contextos nuevos, en tiempos de divas y de divanes, de dictaduras y de narcotráfico, de espías y sicoanalistas, de reporteros y mafiosos, de arzobispos y torturadores.

          Quisiera llamar la atención sobre cuatro cuentos que revelan un manejo hábil de las técnicas del género: "Un caso para Bruno manos albas", de gran invención argumental, que funciona como un reloj; "Edipo toca la flauta" en el que la tensión no decae; "Las ventanas tapiadas del Paraíso", autobiografía de un fracaso, cuestionamiento radical de la fe aferrada a cualquier dogma que termina siempre en el fanatismo y la agresión, trátese de católicos antioqueños, viejos bolcheviques o anarquistas ibéricos en "Nadie diga ser más que García", que recrea (o parodia) con abundante humor el fin de una época --como antes lo hicieran Jorge Zalamea ("La metamorfosis de su excelencia" y El gran Burundún Burundá ha muerto), Álvaro Cepeda Samudio (La casa grande), Alvaro Mutis (La mansión de Araucaíma), Gabriel García Márquez ("Los funerales de la Mama Grande", "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada" y El otoño del patriarca)  y Darío Ruiz Gómez (Para decirle adiós a mamá)--, a través de la historia de un arzobispo que en una especie de ritual bautismal al revés (en lugar de dar vida, la quita), muere al bañarse, y el realista y mágico proceso de pudrición de su carne clerical es tan veloz e implacable que deben enterrarlo bomberos enmascarados auxiliados por el olor de las guayabas podridas recogidas por millares en bandejas hiperbólicas colocadas en las naves laterales. Antológico y pleno de perverso simbolismo es el retrato del personaje principal que nos sirve el narrador a través de la evocación de un desayuno compartido:

          Desayuné con el arzobispo, con mi padrino y con un joven cura de aspecto atlético y sonrisa taimada que me dio un pellizquito cuando pasé a su lado que me enfureció. Se rezó muy largo para poca cosa, pues el menú consistió tan sólo en café aguado y una arepa sin sal; el único que recibió una inmensa tortilla de huevos fue "su excelencia", sentado en la cabecera de la mesa que había sido rebanada en forma de media luna para dar comodidad a su abdomen. Su inmenso cuerpo con el pectoral acostado sobre el vientre se estremecía, no sé si por la flojedad de sus carnes o por el placer que le provocaba silbar todas las propagandas transmitidas por un inmenso Telefunken colocado en el rincón. Cuando la radio dio paso a los comentarios políticos de un locutor apodado Martinete, que lanzaban flores al dictador y calificaban a los opositores como "vende-patrias", el joven cura le preguntó al arzobispo su opinión sobre la posibilidad de una junta militar, a lo que el jerarca contestó con los ojos entrecerrados que todo ser con varias cabezas era un monstruo, y paso seguido silbó con más fuerza la propaganda de las píldoras de vida del doctor Ross. (p. 108)

          En "Las vantanas tapiadas" y "Nadie diga ser más que García", al incorporar de manera evidente detalles de la biografía del autor, el narrador incursiona en el género de las memorias, nuevo para Ramón Bacca. Los dos cuentos insinúan una rica e interesante veta que podría alcanzar su plenitud en un libro recién anunciado: Puntos de bizca.

          En este nuevo milenio en que parece producirse por diversos factores un resurgimiento o un regreso en Colombia (en general, en lengua española) al género del cuento, como lo prueban los recientes libros de Marvel Moreno, Roberto Burgos, Julio César Londoño, Felipe Agudelo Tenorio, Germán Espinosa, Julio Paredes y Enrique Serrano, uno de los nombres para tener en la cuenta ahora y en la hora de las antologías y los reconocimientos, es, sin duda, Ramón Illán Bacca Linares, escritor dueño de un mundo narrativo propio, pleno de obsesiones, y de un lenguaje festivo y fresco que lo singulariza entre los colegas de su generación.

* BACCA, Ramón Illán. El espía inglés. Medellín, Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2001, 152 pp.
________________________________________
©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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Sobre el libro de cuentos El espía inglés *,
de Ramón Illán Bacca

DE DIVAS Y DE DIVANES

Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico

Este trabajo hace parte de la investigación
El cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidades Culturales,
que el Grupo de Investigación Literaria del Caribe -GILKARÍ-
adelanta en Convenio firmado entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS.
                              

          En una entrevista venezolana al poeta Álvaro Mutis, el descubridor de Maqroll comentaba: "Recuerdo una frase que está en El Rey Lear, de Shakespeare, y que después recoge Robert Browning, que define al poeta en una forma que nunca después llegó a definirse, y que creo que dice todo. Dice: "Los poetas son los espías de Dios".Esta condición de espiar, de buscar en esa tiniebla que llamamos la realidad, ese otro lado siempre oscuro, de denunciarlo y de ponerlo en evidencia. Ése es el trabajo y la función esencial del poeta. El poeta es el espía de Dios, en el sentido de que le muestra a los otros hombres una parte que ellos han querido ocultar, o necesitado ocultar, para seguir viviendo una rutina cotidiana que les permite huir al horror de verse a sí mismos, y de ver la fugacidad de su destino y la inutilidad de su presencia en el mundo"  .

          Las palabras anteriores parecen escritas para el más reciente libro de cuentos del narrador y ensayista samario Ramón Illán Bacca Linares, El espía inglés, el tercero en su cuenta: anteriormente había publicado Marihuana para Goering (1980) y Señora tentación (1994), que con Débora Kruel (Primera Mención del Concurso Plaza y Janés, 1987), Maracas en la ópera
(Premio de Novela, Cámara de Comercio de Medellín, 1995) y
Disfrázate como quieras (2003), completan su obra narrativa de creación hasta el presente.

          La descripción que hace Mutis del oficio del poeta se aplica con precisión a la actitud de los narradores y personajes de los cuentos baccanos, espías que con ojo avizor, quevedesco, parecen proponerse la revelación ininterrumpida de Top secrets
(p. 22) al interior de las diversas familias (de sangre, de oficio, de amor, de negocios, etc.): decir lo que el historiador grave deliberadamente ignora (p. 35), sin saber de lo que se pierde. Justamente, el historiador del cuento "El espía inglés" quiere "escribir en su monumental historia de la ciudad el aparte «Historias ocultas» en el que pensaba contar cosas curiosas, de pronto salaces, y dar un respiro a los largos capítulos sobre arzobispos inquisidores y políticos rapaces que abundan en su libro". Aunque, por pura desilusión, no cumple con su propósito y, a última hora, afirma que no será él quien destape "esa caja de viejos escándalos", nos deja al menos formulada la poética de la narrativa de Ramón Illán, una clave para la lectura de
El espía inglés (y las obras completas). Este libro (en el que un mismo arzobispo figura en tres cuentos distintos y los políticos picarescos en dos, y en donde los escándalos de familia constituyen el elemento común de todas las historias), para fortuna del lector, practica lo que predica y cumple así a cabalidad con su cometido de no velar las vidas noveladas.

          Los dieciséis cuentos que integran este libro, pertenecientes a diversas épocas del periplo creativo de su autor, mantienen no sólo nexos intensos entre sí, sino con el resto de la producción tanto literaria como periodística (Crónicas casi históricas, 1990) y ensayística (Escribir en Barranquilla, 1998) de Ramón Bacca. Los vínculos son múltiples y van desde la esencial actitud humorística, irreverente ante la solemnidad, sarcástica ante lo ramplonamente académico (un estudiante colombianista asiste en St. Antony´s College (sic), a un curso acerca del uso de la mandioca en los fuertes españoles en el Caribe: p. 21), hasta la presencia de personajes que brincan de un libro a otro, con el nombre igual o cambiado, pasando por el recurrente resonar de la música popular (principalmente el bolero), la omnipresente oralidad, la reiterada risa de la inteligencia, la reaparición de algunos ámbitos reconocibles y de ciertos temas anteriormente tratados (el desigual encuentro entre las culturas hispanoamericana, norteamericana y europea; el traumático tránsito del tiempo tras los períodos de rancio esplendor), así como el empleo de algunas técnicas y trucos narrativos como el collage (cartas, diarios, versos), el monólogo interior, la perspectiva polifónica en el tratamiento de los sucesos, la policial investigación de un crimen, la folletinesca proliferación de personajes y anécdotas, las insistentes alusiones al cine (en este libro, particularmente, el japonés) y las frases lapidarias, casi siempre de naturaleza paradojal que funcionan como citas célebres y risueñas. Mencionemos algunas de éstas: del japonés por decisión propia en "Cómo llegar a ser japonés": "Me niego a hablar español, un idioma de pobres" (p. 12); el aviso de una investigadora para espantar a un donjuán en "Cuando la noche cae": "Alemana trabajando, muerde" (´. 27); la declaración de una concertista de clavicémbalo en "Edipo toca la flauta": "Me encanta la música clásica porque es la forma sofisticada del bolero" (p. 93); o el concepto del narrador en "Miss Catarsis": "La vejez es la autocrítica de la naturaleza". Todos los elementos mencionados, no sobra decirlo, están siempre al servicio de la intención central de la obra de Ramón Bacca: divertir.

          Pese al diverso tiempo de su escritura, los cuentos de El espía inglés ponen de manifiesto una constante estructural: se parte de una vieja, pero aún enigmática noticia del pasado, la cual es vuelta a visitar con minuciosa mirada inquisidora hasta dar con la clave luminosa, gracias al hallazgo providencial de un baúl de cartas, un diario personal, un amarillento recorte de periódico o una confesión in articulo mortis. Asimismo, tal como lo afirma un personaje, un clima similar emana de los relatos del libro: "En esta casa se respira una atmósfera de anormalidad" (p. 61). Lo habitual en estos cuentos es la delación y la venganza, la injusticia y la trampa, la zancadilla y la intolerancia, el rencor enconado, los celos perserverantes y la exclusión inflexible (la expulsión del recinto --la casa, la universidad, el seminario-- es un motivo recurrente en los cuentos). De igual manera, tres telones de fondo tienden a reiterarse a lo largo de los relatos: la Europa de los 30, el Medellín de la dictadura de Rojas Pinilla y la Bogotá y la costa caribe de los 60. La pista para establecer la temporalidad la proporcionan, a menudo, las películas y las canciones populares de moda.

          Otra constante en la obra es la excentricidad teatral, al parecer, inherente a los personajes, con frecuencia enmascarados, mimetizados, disfrazados, situados en el sitio equivocado: el drama manifiesto desde el primer cuento, "Cómo llegar a ser japonés", es el de haber nacido en un país y en una época que no se corresponden con las expectativas y ambiciones o metas de los personajes. Igual pasa con Miss Frances Astor, la diva de Hollywood que tuvo la mala fortuna de ser contemporánea de Greta Garbo y de convertirse en su pálida sombra, alcoholizada, en el trópico, transformada en "Doña Pachita", en "La sombra de Greta", cuento en el que, a manera de contraste, una puta polaca vuelta matrona en América, se hace llamar Mme. Coty. Excéntrico asimismo en "Nadie diga ser más que García" es el arzobispo cuya bañera está tapizada de periódicos secos de hace muchos años o el tenor tenorio y bígamo nacido en Yugoslavia que vive del cuento y del canto a costas de su mujer en "Un caso para Bruno manos albas"; o la crítica teutona, Ula Hörr, "rosa tallada en piedra", que investiga exhaustivamente las literaturas marginales del tercer mundo en "Cuando la noche cae";  o en "Fantasma entre las flores", (título que corresponde al verso final del poema "Cielo de ayer", de Giovanni Quessep, en "Canto del extranjero"), el detective italiano Gaddini, parlanchín y quiromántico, que en una investigación policial para la diva Francesca Bertina, pudo haber leído en la palma de la mano de Gaitán su destino de caudillo truncado por las balas infalibles de "un tipo de gabardina sucia y ojos enloquecidos, en una ciudad brumosa, fea y fría, que nunca he visto antes" (p. 40); o el agente secreto paisa de "Las ventanas tapiadas del Paraíso" que lee a los objetalistas franceses y escribe textos líricos en los que se aprecia con creces "el desamor que hacia él sentía la musa" (p. 85). 

          De manera positiva, El espía inglés marca un cambio en relación con el lenguaje, a veces descuidado, de la narrativa anterior de Ramón Bacca, que en este libro, sin perder su espíritu lúdico y su tendencia a la sorpresa, gana en concentración y eficacia. Abundantes son los juegos verbales en los que se yuxtaponen fórmulas folletinescas o románticas "la aviesa expresión en la cara" al lenguaje coloquial caribeño "morochas altototas" (p. 13), y los aciertos en la adjetivación al referirse a la "mirada aterciopelada" (p. 23) de una diva o en el  hipálage "severos estantes" (p. 29) para describir las bibliotecas de los intelectuales, a los que habría que agregar la adaptación morfológica de anglicismos como en "lo único que ganó fue una andanada de sonobichazos" ( p. 48) para aludir a una retreta de mentadas de madre.

          El juego verbal del anacronismo se reitera  al nivel de la anécdota al utilizar tópicos del melodrama y del folletín como las recurrentes pesadillas que terminan en llanto, los desmayos, las apariciones y desapariciones misteriosas, las fugas a través de las escaleras salvadoras de los buques, así como una interminable teoría de personajes propios de la novela decimonónica y de las telenovelas del siglo pasado: gemelos, mellas, leprosos, alcohólicos y alcohólicas, inválidas, quirománticas, arpías, brujas, desheredados, insertados en contextos nuevos, en tiempos de divas y de divanes, de dictaduras y de narcotráfico, de espías y sicoanalistas, de reporteros y mafiosos, de arzobispos y torturadores.

          Quisiera llamar la atención sobre cuatro cuentos que revelan un manejo hábil de las técnicas del género: "Un caso para Bruno manos albas", de gran invención argumental, que funciona como un reloj; "Edipo toca la flauta" en el que la tensión no decae; "Las ventanas tapiadas del Paraíso", autobiografía de un fracaso, cuestionamiento radical de la fe aferrada a cualquier dogma que termina siempre en el fanatismo y la agresión, trátese de católicos antioqueños, viejos bolcheviques o anarquistas ibéricos en "Nadie diga ser más que García", que recrea (o parodia) con abundante humor el fin de una época --como antes lo hicieran Jorge Zalamea ("La metamorfosis de su excelencia" y El gran Burundún Burundá ha muerto), Álvaro Cepeda Samudio (La casa grande), Alvaro Mutis (La mansión de Araucaíma), Gabriel García Márquez ("Los funerales de la Mama Grande", "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada" y El otoño del patriarca)  y Darío Ruiz Gómez (Para decirle adiós a mamá)--, a través de la historia de un arzobispo que en una especie de ritual bautismal al revés (en lugar de dar vida, la quita), muere al bañarse, y el realista y mágico proceso de pudrición de su carne clerical es tan veloz e implacable que deben enterrarlo bomberos enmascarados auxiliados por el olor de las guayabas podridas recogidas por millares en bandejas hiperbólicas colocadas en las naves laterales. Antológico y pleno de perverso simbolismo es el retrato del personaje principal que nos sirve el narrador a través de la evocación de un desayuno compartido:

          Desayuné con el arzobispo, con mi padrino y con un joven cura de aspecto atlético y sonrisa taimada que me dio un pellizquito cuando pasé a su lado que me enfureció. Se rezó muy largo para poca cosa, pues el menú consistió tan sólo en café aguado y una arepa sin sal; el único que recibió una inmensa tortilla de huevos fue "su excelencia", sentado en la cabecera de la mesa que había sido rebanada en forma de media luna para dar comodidad a su abdomen. Su inmenso cuerpo con el pectoral acostado sobre el vientre se estremecía, no sé si por la flojedad de sus carnes o por el placer que le provocaba silbar todas las propagandas transmitidas por un inmenso Telefunken colocado en el rincón. Cuando la radio dio paso a los comentarios políticos de un locutor apodado Martinete, que lanzaban flores al dictador y calificaban a los opositores como "vende-patrias", el joven cura le preguntó al arzobispo su opinión sobre la posibilidad de una junta militar, a lo que el jerarca contestó con los ojos entrecerrados que todo ser con varias cabezas era un monstruo, y paso seguido silbó con más fuerza la propaganda de las píldoras de vida del doctor Ross. (p. 108)

          En "Las vantanas tapiadas" y "Nadie diga ser más que García", al incorporar de manera evidente detalles de la biografía del autor, el narrador incursiona en el género de las memorias, nuevo para Ramón Bacca. Los dos cuentos insinúan una rica e interesante veta que podría alcanzar su plenitud en un libro recién anunciado: Puntos de bizca.

          En este nuevo milenio en que parece producirse por diversos factores un resurgimiento o un regreso en Colombia (en general, en lengua española) al género del cuento, como lo prueban los recientes libros de Marvel Moreno, Roberto Burgos, Julio César Londoño, Felipe Agudelo Tenorio, Germán Espinosa, Julio Paredes y Enrique Serrano, uno de los nombres para tener en la cuenta ahora y en la hora de las antologías y los reconocimientos, es, sin duda, Ramón Illán Bacca Linares, escritor dueño de un mundo narrativo propio, pleno de obsesiones, y de un lenguaje festivo y fresco que lo singulariza entre los colegas de su generación.

* BACCA, Ramón Illán. El espía inglés. Medellín, Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2001, 152 pp.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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