LA CULTURA COMO EPIFANÍA

Alberto Sánchez León


          Bien sabemos que cultura viene de cultivar, hacer, transformar. Cuando cultivamos el campo, hacemos una poesía o transformamos algo, estamos, de algún modo, manifestándonos. Detrás de un cultivo, una poesía o una fábrica vemos inexorablemente la mano del hombre. De ahí que la cultura sea manifestación, epifanía del ser humano.

          Manifestarse es presentarse ante alguien, y presentarse es mostrarse, darse a conocer. Pero sólo nos damos a conocer, sólo nos manifestamos cuando tenemos confianza. Por eso toda manifestación supone un riesgo: la aceptación o el rechazo del otro al que nos mostramos.

          Hay "culturas" que no tienen presente su dimensión manifestativa, pues en vez de mostrarse, se ocultan; en vez de dar, se apropian. Encarnan culturas que, normalmente, son menos libres que otras. No es cultura aquella que no se desvela. Una cultura así en vez de cultivar o hacer, destruye, y destruye precisamente aquello que no se muestra. En las culturas donde la mujer no puede desvelarse, no se puede dar a conocer, no hay libertad, se destruye la mujer. El ocultamiento del ser humano hace imposible el ámbito de la verdadera cultura.

          Cuando hablamos de la Epifanía de Nuestro Señor es la misma Humanidad la que se nos da a conocer. La aceptación de dicha epifanía hace más posible la libertad, pues es el ser humano en su perfección lo que se nos da. Y todo acogimiento lleva consigo un reconocimiento. El reconocimiento ante la Epifanía del mismo Dios debe ser la adoración, el regalo. Y cuando se regala algo lo que se está haciendo es una entrega, la donación de un presente. Por eso la cultura más que en recibir, estriba en su modo de dar.

          Hay culturas donde la manifestación humana  se da únicamente de un modo externo y en exceso, y otras en las que se da de un modo externo y defectuosamente. En la primera el desvelamiento se da de una forma un tanto radical. Son culturas donde el pudor no existe, donde el cuerpo (manifestación externa del ser humano) se comercializa, se trivializa, y pierde su intimidad. Por el contrario, otras culturas, en su defecto, no desvelan el rostro, se cae en un anonimato que quita el protagonismo, la historia misma de la persona. En ambas hay un factor común: son manifestaciones no libres del ser humano.

          La cultura más propia, más manifestativa es aquella que acoge, reconoce aquello que es lo más humano, aquella que sigue el modo de ser propio del hombre, su naturaleza. De este modo, la cultura es la perfección de lo que ya somos.

          Una cultura que agradece, que regala y que se entrega es más perfecta pues cultiva precisamente lo que el hombre es y lo que debe ser. El agradecimiento es una acción del hombre humanizadora, y el agradecimiento o se da o no se da. El regalo es la manifestación, a su vez, del agradecimiento.

          Cuando filósofos de la categoría de Ortega niegan la existencia de una naturaleza en el ser humano, rechazan por tanto una realización de la misma, dificultan la posibilidad de una verdadera cultura. Por eso la cultura no es algo que se contrapone a la naturaleza, sino que la sigue y la enriquece.
________________________________________

©   Adolfo Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13cult.html
LA CULTURA COMO EPIFANÍA

Alberto Sánchez León


          Bien sabemos que cultura viene de cultivar, hacer, transformar. Cuando cultivamos el campo, hacemos una poesía o transformamos algo, estamos, de algún modo, manifestándonos. Detrás de un cultivo, una poesía o una fábrica vemos inexorablemente la mano del hombre. De ahí que la cultura sea manifestación, epifanía del ser humano.

          Manifestarse es presentarse ante alguien, y presentarse es mostrarse, darse a conocer. Pero sólo nos damos a conocer, sólo nos manifestamos cuando tenemos confianza. Por eso toda manifestación supone un riesgo: la aceptación o el rechazo del otro al que nos mostramos.

          Hay "culturas" que no tienen presente su dimensión manifestativa, pues en vez de mostrarse, se ocultan; en vez de dar, se apropian. Encarnan culturas que, normalmente, son menos libres que otras. No es cultura aquella que no se desvela. Una cultura así en vez de cultivar o hacer, destruye, y destruye precisamente aquello que no se muestra. En las culturas donde la mujer no puede desvelarse, no se puede dar a conocer, no hay libertad, se destruye la mujer. El ocultamiento del ser humano hace imposible el ámbito de la verdadera cultura.

          Cuando hablamos de la Epifanía de Nuestro Señor es la misma Humanidad la que se nos da a conocer. La aceptación de dicha epifanía hace más posible la libertad, pues es el ser humano en su perfección lo que se nos da. Y todo acogimiento lleva consigo un reconocimiento. El reconocimiento ante la Epifanía del mismo Dios debe ser la adoración, el regalo. Y cuando se regala algo lo que se está haciendo es una entrega, la donación de un presente. Por eso la cultura más que en recibir, estriba en su modo de dar.

          Hay culturas donde la manifestación humana  se da únicamente de un modo externo y en exceso, y otras en las que se da de un modo externo y defectuosamente. En la primera el desvelamiento se da de una forma un tanto radical. Son culturas donde el pudor no existe, donde el cuerpo (manifestación externa del ser humano) se comercializa, se trivializa, y pierde su intimidad. Por el contrario, otras culturas, en su defecto, no desvelan el rostro, se cae en un anonimato que quita el protagonismo, la historia misma de la persona. En ambas hay un factor común: son manifestaciones no libres del ser humano.

          La cultura más propia, más manifestativa es aquella que acoge, reconoce aquello que es lo más humano, aquella que sigue el modo de ser propio del hombre, su naturaleza. De este modo, la cultura es la perfección de lo que ya somos.

          Una cultura que agradece, que regala y que se entrega es más perfecta pues cultiva precisamente lo que el hombre es y lo que debe ser. El agradecimiento es una acción del hombre humanizadora, y el agradecimiento o se da o no se da. El regalo es la manifestación, a su vez, del agradecimiento.

          Cuando filósofos de la categoría de Ortega niegan la existencia de una naturaleza en el ser humano, rechazan por tanto una realización de la misma, dificultan la posibilidad de una verdadera cultura. Por eso la cultura no es algo que se contrapone a la naturaleza, sino que la sigue y la enriquece.
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©   Adolfo Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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