Sobre la literatura de José Manuel Crespo:
Lectura al revés de un solo hombre

Clinton Ramírez
clinal7@hotmail.com

No es fácil leer a José Manuel Crespo. Ni lo es para los lectores voraces y aventureros, entre los que me incluyo pero, afrontar la lectura de sus libros (novelas o poemas), apoderarse de ellos, encierra más de una justa recompensa.

No es el escritor objetivo, que aborda la realidad tal y como es, o que aun asumiéndola como la cree (la realidad poetizada), la ofrece de una forma lineal y directa. Una literatura de este tipo está mejor de inquietar a José Manuel, al poeta que lo habita desde los tiempos en que quiso y no pudo ser alumno del San Juan del Córdoba, en la Ciénaga de sus añoranzas, de sus querencias y la materia vital de gran parte de su obra narrativa publicada.

Es un escritor no objetivo que privilegia, más que los hechos —pretextos al fin y al cabo— el ritmo, el lenguaje de una realidad determinada, en un esfuerzo que atrapa en palabras justas una dimensión trascendente de una vida que ataca en el borde de la esquina o al otro lado de la ventana. Incluso podría afirmarse sin incurrir en una especulación que Crespo es un retratista al que le importa más que la realidad hiriente, informe, tumultuosa, el clima moral, el sentido de una época, los registros menos evidentes de la naturaleza plena, lo que permite, a la larga, enfrentar al lector a una realidad poética aglutinante en sus más profundos signos de identidad.

Ciénaga no había dado criminales famosos. El cienaguero era el hombre de la danza, señala José Manuel al inicio de su relato "Animo contra el miedo". Una frase típica, de síntesis y apertura como muchas otras de igual valor de cambio que abundan en Largo ha sido este día (novela, 1988), que pone frente a frente el sable y la guitarra playonera, o lo que es igual, las fuerzas de la muerte y las fuerzas de la creación. Se trata  para ir entrando en materia- de avisos o guiños que los pacientes lectores de Crespo —una mezcla de troperos y conquistadores— saben apreciar con regocijo llegado el momento de ajustar cuentas, tanto con dios como con la naturaleza y sus demonios.

Su mirada de la realidad es una indagación con sentidos diferentes, que, por una incapacidad actual, aún carecen de signos que los nominen. No son, de ninguna manera, los sentidos normales y corrientes. Son otros ojos, otras manos, otros oídos, otros olfatos, otros paladares los que, al servicio del poeta Crespo, le facilitan tomar y hacer suya, en morosos comercios, la materia de sus obras. Este método de indagación, que demanda mirarnos como alguna vez mirábamos al entorno al que pertenecimos, tiene a mi modo de ver efectos notorios en el estilo, el giro de las frases, la arquitectura de los párrafos y la concepción general de sus obras, porque su mirada, su sentir, su respirar, en fin, su trato con sus sustancias y espíritus exige, indefectiblemente, ir más allá y volver. No le basta a José Manuel Crespo tropezar un jardín y despacharlo en dos líneas de una manera objetiva. Su literatura para que funcione necesita diferenciar las formas, separar en especies el jardín y, más allá aún, detenerse en las gradaciones, en los olores, en la propia respiración del reino vegetal. Igual procede con los hombres, con los hechos. Así, pues, en "Animo contra el miedo", reflexión y crónica a su manera de un famoso crimen ocurrido en Ciénaga a comienzos del siglo XX, lo importante no es el hecho de sangre, no son los motivos. El centro de su mirada está en el clima  —clima en sentido moral, social, histórico y físico— en el que busca y creo encuentra explicación al crimen que dos ex compinches practican en la humanidad de un antiguo socio de maldades y su familia. Este abordaje de la realidad hace que nada sea gratuito y que el más insípido o insignificante detalle guarde la llave que abre e introduce al lector en el alma de los protagonistas y en el alma de la aldea que produce y explica a su famoso criminal, un Caín que, al igual que el bíblico, no resiste la mirada del ojo del muerto, en su ejemplo los muertos, y que añora volver al Paraíso, así tenga que hacerlo por la puerta del remordimiento. Un hecho aislado, entonces, que transcurre al amparo de las sombras y de lluvia torrencial, deriva, al caer en la mecánica crespiana en una épica, en una mística, y Candelarito Armenta, un vulgar cuchillero de los playones de Ciénaga, una metáfora de una Ciénaga bárbara que se niega a desaparecer, y los pocos protagonistas del relato, terminan en héroes integrados, fundidos a un espíritu colectivo, a una masa indestructible que entra al relato con su prehistoria, su historia y el presente de su eternidad.

Esta manera de operar, en el que los sentidos de la memoria son los verdaderos protagonistas, más que la trama del mundo, no se aprehende de una sola lectura.

Si el método —resignemos a esta expresión— es moroso y la escritura que lo procesa agónica  —según confesión propia del autor, aunque más valdría decir elaborada, pensada, escogida—, la lectura no puede aspirar a penetrar en su verdadera sustancia y en los ríos de la creación de un simple golpe de vista. Será necesario esgrimir en la lectura otros sentidos, otras armas para los que, unos y otras, quizá tampoco haya nombres aún, sino aproximaciones, orillas inéditas, pero que el sueño, el terror de un náufrago hace continente seguro.

La obra de Crespo  —digámoslo ya— producto de un autor no objetivo, exige como contrapartida un lector de igual divisa, que esté dispuesto mientras lee, en tanto supera los característicos paréntesis de su narrativa, a escribir al revés lo que tiene ante él, yendo de la información a la formación del mundo que la misma permite.

Yendo el lector hacia atrás, de la obra al mundo que la incita como una imagen de su ser y no ser, hacia un mundo que no conoce  —válido ello también para quienes no vivieron la época aunque vivan en un clima espiritual vecino de los hechos— solo será posible esclarecer la estirpe a la que pertenece José Manuel Crespo. Así, pues, hay algo de sacerdote, de misionero, de escriba, de poeta depositario de una genealogía milenaria en el novelista Crespo, fisonomía que tal vez sea la responsable de que algunos críticos vean en su obra una ostensible veta que la hace pariente de la tradición oral de la América mestiza, aunque sería más exacto decir que la remite a la épica anterior al propio tiempo humano.

Si ello es así, las diferencias de géneros en Crespo, no existen, o son inocuas, ya que, para el efecto de su método de creación, da igual que sea verso o prosa el camino seguido. Ello quizá anime que al leer sus novelas pensemos en largos poemas y al leer sus poemas nos venga la idea de una oficiosa saga novelesca, así esta sea la de un solo hombre, lo que nos pone de lleno en su jubiloso poema Ulises, hombre solo: un poema de universales resonancias que remite al pasado clásico al lector medio, pero igual al pasado y presente del hombre, haciendo inútiles, por igual, las diferencias entre lo urbano y lo rural —a las que son tan adictos ciertas parcelas de la crítica—. Quizá sea la suya una sutil forma de recordarnos que la verdadera patria de un hombre no es la ciudad o el campo, sino el ser, el espíritu, el dolor, la aventura de vivir, la añoranza, una república interminable y aún con territorio por descubrir en la que al fin todos tenemos algo de todos.

Natural entonces que sus indagaciones iniciales con la poesía hayan derivado en tratamiento novelesco y que de éste vuelva a la exploración poética que corona Ulises, hombre solo. Su Ulises puede ser y es entonces la memoria de un hombre o el Ulises homérico que responde y vive por todos los hombres. Normal que sea el Ulises clásico, el Ulises que soñó Dante, el Ulises de Tenysson, el Leopoldo Bloom de Joyce. Es justo, además, y plausible que su Ulises, cansado de visitar las páginas de autores europeos, haya asumido por fin su destino americano, un destino en el que vive a sus anchas el trópico a la sombra tutelar de la montaña nevada más alta del mundo a orillas del mar. Si. Ulises es o fue Candelarito Armenta. Quizá sea hoy algún distraído cienaguero de la Plaza del Centenario que se aburrió de ser un trotamundos y el consentido de las glamorosas putas de Bruselas y Venecia.

No es fácil leer a Crespo, pero leerlo, entrar en su mundo por la puerta de la página, tiene sus recompensas y otorga derechos, como el que me tomo de escribir o rescribir con esta nota de homenaje su obra toda.

Enero 16 de 2003
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© Clinton Ramírez 

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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