

DE LA VIEJA CAMISA VIEJA
Martiniano Acosta
NOTA: Guillermo, te envío este relato para LA CASA DE ASTERIÓN. Es una temática que estoy trabajando sobre objetos que nos rodean y uno llega a querer tanto. COTIDIANAS tal vez sea el título del libro. Allí están la vieja mecedora, el par de zapatos, la hamaca, la silla, el pantalón, la corbata, etc. La vida de esos objetos es como la nuestra y, como a nosotros, a ellos se les aplica el destino del condón: Úselo y tírelo.
Soy una camisa pasada de moda y desteñida. Conozco tan bien a mi dueño que cuando las cosas ya no le prestan ningún servicio, hace lo que él llama "una recogida". Los chécheres que se acumulan o le obstaculizan su deambular por la casa, se los regala a los mendigos o los lanza, sin remordimiento alguno, a la bolsa de basura.
Infortunadamente, mi vida ha sido corta. Me he convertido en un objeto expósito. Sé que mi camino hacia la muerte está abierto. Soportaré frío por las noches y calor durante el día. Y si cuento con buena suerte, la mano piadosa de alguien me recogerá y regresaré a la vida normal. ¡Cómo añoro los cuartos de San Alejo¡ Me cuentan que allí guardaban los objetos inservibles: una cámara fotográfica, un sofá desvencijado, un vestido de novia, una olla rota, un par de zapatos viejos, un portarretrato. En ese cuarto se compartían las nostalgias, los sueños, aquellos días hermosos de la primavera. Allí, todos estaban en igualdad de condiciones. Nadie se creía rey o reina: a todos ya se les había aplicado el síndrome de: Úselo y tírelo.
Mi abuela, un hermoso camisón de dormir con redondeles de satín verde, me contaba que dormía entre viejos objetos hasta cuando, cualquier día, la sirvienta les daba otro uso: lo cogían como trapero o limpión de cocina. Es decir, una condición social bastante baja, pero lo importante era que se volvía a prestar otro servicio. Lo peor de la vida es quedarse en definitiva como un objeto improductivo: muerte por óxido, muerte por inutilidad.
Apenas me quedaba algo de color en el cuerpo, un azul claro como el cielo de verano que tanto admiró a mi dueño. Recuerdo la vez en que el señor llegó al almacén. Me vio, se deslumbró con mi tonalidad, y sentí que hubo amor a primera vista. Me la llevo dijo alegre.
Y me le trepé encima y quedé tan cómoda, tan exacta que sonreía (los días más felices de mi vida de camisa) porque, además, había encontrado la felicidad entre las manos de Jacinto. También recuerdo el día en que me estrenó. Fue en una de las fiestas de la patrona de la ciudad. Orgullosa, altiva, cubría su piel, su pecho. Muchos alababan en mí el estilo, el color, y en él la manera tan peculiar cómo su figura de hombre apuesto lucía mejor, y hasta le preguntaban en qué almacén me había conseguido y cuál era la marca.
¡Aquellos tiempos hermosos¡ Es el momento en que se llora de verdad de tristeza porque el tren del tiempo no detiene su marcha. Nada es eterno...
Colgada en este gancho, ya apartada de las demás camisas, espero ser arrojada en la basura. Me vienen las evocaciones de aquellas tardes cuando en medio de toda la ropa nueva me encontraba y hasta me pavoneaba vanidosa frente a las demás. Recuerdo que una voz de zapato me decía: "Goza todo lo que puedas, que cuando te vayas poniendo vieja, nadie te va a mirar. Mírame a mí, ya estoy arrugado, sucio, sin embetunar, sin cordones, y nadie me calza. No te enorgullezcas tanto, la vanidad se extingue". Sin embargo, siempre fui sorda a sus palabras sentenciosas --como todo joven--, además, era una voz de zapato viejo, ¿y quién escucha la voz de un zapato viejo? ¡Nadie!
Hoy, me vienen a la memoria sus consejos y me reprocho el no haber escuchado.
Durante toda mi existencia, me lavaron, me enjabonaron, me tendieron, me plancharon y salí a la calle, siempre con la mejor sonrisa del mundo. Pero la vida es irónica: todo lo que me hacían para que luciera bien, me fue llevando al deterioro, para más tarde, ser rechazada.
Ya presento el olor característico de ropa vieja, el olor a tela guardada sin usar, olor que no se desprende por más que intento quitármelo de encima. ¿Será el olor de la muerte? A veces, tengo la impresión de que me sacarán a pasear por última vez cuando observo que una mano se asoma buscando y rebuscando, y trato de insinuármele con cierta alegría y picardía, pero me aparta, me tira a un lado y escogen al suéter que siempre se ha burlado de mí. Entonces, me sumerjo en un silencio porque sé que algún día él estará en las mismas circunstancias por las cuales estoy yo pasando ahora. En la vida, todo se paga.
Estoy esperando la hora. Jacinto me tomará, me envolverá, me meterá en una bolsa de plástico, si es el caso, y me arrojará a la caneca, a esperar el día de la semana en que el carro de la basura pase con el ruido inexorable de sus fuelles que se cierran y se abren. ________________________________________
© Martiniano Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 13 Abril-Mayo-Junio de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13camisa.html |


DE LA VIEJA CAMISA VIEJA
Martiniano Acosta
NOTA: Guillermo, te envío este relato para LA CASA DE ASTERIÓN. Es una temática que estoy trabajando sobre objetos que nos rodean y uno llega a querer tanto. COTIDIANAS tal vez sea el título del libro. Allí están la vieja mecedora, el par de zapatos, la hamaca, la silla, el pantalón, la corbata, etc. La vida de esos objetos es como la nuestra y, como a nosotros, a ellos se les aplica el destino del condón: Úselo y tírelo.
Soy una camisa pasada de moda y desteñida. Conozco tan bien a mi dueño que cuando las cosas ya no le prestan ningún servicio, hace lo que él llama "una recogida". Los chécheres que se acumulan o le obstaculizan su deambular por la casa, se los regala a los mendigos o los lanza, sin remordimiento alguno, a la bolsa de basura.
Infortunadamente, mi vida ha sido corta. Me he convertido en un objeto expósito. Sé que mi camino hacia la muerte está abierto. Soportaré frío por las noches y calor durante el día. Y si cuento con buena suerte, la mano piadosa de alguien me recogerá y regresaré a la vida normal. ¡Cómo añoro los cuartos de San Alejo¡ Me cuentan que allí guardaban los objetos inservibles: una cámara fotográfica, un sofá desvencijado, un vestido de novia, una olla rota, un par de zapatos viejos, un portarretrato. En ese cuarto se compartían las nostalgias, los sueños, aquellos días hermosos de la primavera. Allí, todos estaban en igualdad de condiciones. Nadie se creía rey o reina: a todos ya se les había aplicado el síndrome de: Úselo y tírelo.
Mi abuela, un hermoso camisón de dormir con redondeles de satín verde, me contaba que dormía entre viejos objetos hasta cuando, cualquier día, la sirvienta les daba otro uso: lo cogían como trapero o limpión de cocina. Es decir, una condición social bastante baja, pero lo importante era que se volvía a prestar otro servicio. Lo peor de la vida es quedarse en definitiva como un objeto improductivo: muerte por óxido, muerte por inutilidad.
Apenas me quedaba algo de color en el cuerpo, un azul claro como el cielo de verano que tanto admiró a mi dueño. Recuerdo la vez en que el señor llegó al almacén. Me vio, se deslumbró con mi tonalidad, y sentí que hubo amor a primera vista. Me la llevo dijo alegre.
Y me le trepé encima y quedé tan cómoda, tan exacta que sonreía (los días más felices de mi vida de camisa) porque, además, había encontrado la felicidad entre las manos de Jacinto. También recuerdo el día en que me estrenó. Fue en una de las fiestas de la patrona de la ciudad. Orgullosa, altiva, cubría su piel, su pecho. Muchos alababan en mí el estilo, el color, y en él la manera tan peculiar cómo su figura de hombre apuesto lucía mejor, y hasta le preguntaban en qué almacén me había conseguido y cuál era la marca.
¡Aquellos tiempos hermosos¡ Es el momento en que se llora de verdad de tristeza porque el tren del tiempo no detiene su marcha. Nada es eterno...
Colgada en este gancho, ya apartada de las demás camisas, espero ser arrojada en la basura. Me vienen las evocaciones de aquellas tardes cuando en medio de toda la ropa nueva me encontraba y hasta me pavoneaba vanidosa frente a las demás. Recuerdo que una voz de zapato me decía: "Goza todo lo que puedas, que cuando te vayas poniendo vieja, nadie te va a mirar. Mírame a mí, ya estoy arrugado, sucio, sin embetunar, sin cordones, y nadie me calza. No te enorgullezcas tanto, la vanidad se extingue". Sin embargo, siempre fui sorda a sus palabras sentenciosas --como todo joven--, además, era una voz de zapato viejo, ¿y quién escucha la voz de un zapato viejo? ¡Nadie!
Hoy, me vienen a la memoria sus consejos y me reprocho el no haber escuchado.
Durante toda mi existencia, me lavaron, me enjabonaron, me tendieron, me plancharon y salí a la calle, siempre con la mejor sonrisa del mundo. Pero la vida es irónica: todo lo que me hacían para que luciera bien, me fue llevando al deterioro, para más tarde, ser rechazada.
Ya presento el olor característico de ropa vieja, el olor a tela guardada sin usar, olor que no se desprende por más que intento quitármelo de encima. ¿Será el olor de la muerte? A veces, tengo la impresión de que me sacarán a pasear por última vez cuando observo que una mano se asoma buscando y rebuscando, y trato de insinuármele con cierta alegría y picardía, pero me aparta, me tira a un lado y escogen al suéter que siempre se ha burlado de mí. Entonces, me sumerjo en un silencio porque sé que algún día él estará en las mismas circunstancias por las cuales estoy yo pasando ahora. En la vida, todo se paga.
Estoy esperando la hora. Jacinto me tomará, me envolverá, me meterá en una bolsa de plástico, si es el caso, y me arrojará a la caneca, a esperar el día de la semana en que el carro de la basura pase con el ruido inexorable de sus fuelles que se cierran y se abren. ________________________________________
© Martiniano Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen IV - Número 13 Abril-Mayo-Junio de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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