EL HOMBRE DE LA CÁMARA

Abzalón Torres

Publicamos estos ocho relatos cortos del abogado,
narrador y activista del cine, Abzalón Torres.
Breves como la vida misma,
estos cuentos tienen el funcionamiento de lentes de una cámara
que nos permiten ser mirones de la cotidiana agonía del mundo.

          

          "La vida puede ser una gran escena si el cine se lleva por dentro", dijo el hombre de la cámara después del asesinato de la mujer en 1994 ante la concurrida calle Ferri donde sucedieron los hechos".

          Los almendros aparecen con las sombras atravesadas, se extienden, de acera a acera, prolongando la existencia. La calle, como un nuevo descubrimiento, surge. Y un maravilloso ángulo de visión se revela. Busco posicionarme mejor para hacer el paneo con el eje-tronco del cuerpo. Giro la cabeza. Los ojos, ávidos por observar, buscan una profundidad de campo. Algo se mueve de prisa en el fondo de la calle, mientras, en plano cercano, un cuerpo de mujer se contonea suavemente entre las sombras y los transeúntes.

          Un destello de luz aparece en el centro del recuadro: un hombre agitado se acerca y la mujer cae súbitamente al suelo con una mano ensangrentada en su vientre. Es el momento en el que la calle reúne toda su vida en uno de sus costados, y presionando el off de la cámara-ojo, corro a buscar a don Pedro Almodóvar para que indague por ese enigmático y alucinado Matador o el prodigio de Alejandro Amenábar para que realice una segunda Tesis del asesinato, tal vez, con la colaboración de este hombre desesperado de la cámara.



EL PASAJE

          Entró al viejo edificio de forma extraña y al tomar el pasamanos de la escalera, sintió el sudor que corría por la espalda y miró nuevamente de reojo confirmando el ademán de indiferencia. Prosiguiendo el camino dejó atrás a la mujer en el escritorio y no pudo trazar los pasos con el mismo aliento de otros días.



LA OCASIÓN

          Ante el asombro de varias señoras, el hombre había terminado de descargar el peso que agobiaba sus entrañas. Una mujer en la iglesia le había insinuado, mucho antes de sentarse, algunos pensamientos con su posición rígida y su cara lozana. No sabía la atracción de aquella figura envuelta en encantos femeninos y protegida por el lugar cerrado por muros de piedra. Muchas veces no quería saber nada de esa imagen inmaculada, de lo asombroso de su estatura, ni de su altivez a pesar de la aureola de melancolía en la cara. Sin embargo, sin más espera, el hombre sintió el deseo de acariciar las piernas de la mujer rodeada por minúsculas llamas, y con titubeo se levantó entre la muchedumbre, y, en la entrepierna, precipitado y con angustia, expulsó lo contenido por muchos años en las turbulentas aguas de su fatalidad.

          Después no sabía explicar lo ocurrido, ni mucho menos la miel de la dicha. No podía deshacerse de la suavidad de la flor en meditaciones sobre el hecho. A la virgen en el recinto sagrado le apareció en los ojos la tristeza y una corona en sus pies se quebraba. La inmisericordia empezaba a asaltar en el bochinche de las señoras que intercambiaban pecados por limosnas. Todo se presentaba en mareas de gente, mientras el hombre caminaba con una sonrisa de niño hacia las calles oscuras de la ciudad.


LA CITA

          El debería de encontrarla en la oscuridad del cuarto. Un sortilegio era conducir los pasos entre la luz tenue que pasaba por las claraboyas. El riesgo como todas las noches era recompensado. Cada movimiento lo sabía de memoria y ni siquiera había de tocar. La hendija, entre el marco y la puerta, era un indicio de que todo estaba en su lugar, para que funcionara la cita igual que una máquina de reloj. El empujaría la puerta para develar en cada cita los gratos momentos y ella, con sus piernas flácidas, hacía un movimiento de bienvenida.

          La puerta se había deslizado como siempre y se veía la figura de él en la penumbra. Pasó la mano por la cama, presintiendo la ausencia de ella. Detrás de un movimiento brusco, encendió la luz. Dos viejas revistas Vogue estaban en la alfombra, y en el sofá, una mujer inerme, sin pulso, tendida boca abajo y con la cabellera revuelta.



RUMOR DE LOS OBJETOS

          Caía la lluvia mientras los árboles temblaban bajo el rumor de las gotas. El cuarto en penumbras, hace sentir el silencio estremecedor de los objetos. Los dos listones de madera sostienen la vieja biblioteca, percibiendo aún sin habitar el espacio de Saroyan entre los libros. Magullada por el tiempo, la vela levemente derretida de la noche anterior. Al lado, sobre la suavidad de la mesa, la taza manchada de café y alguna ceniza de cigarros esparcida. Groucho Marx sigue fijado a la pared. Otra grieta aparece debajo de la estampa, como señal de deterioro y olvido. El agua arrecia entre los árboles y los transeúntes chapotean entre sus sombras. Ha vuelto la lluvia y, con ella, los recuerdos de estos objetos perdidos en la penumbra de la tarde. Arriba el velo de agua se precipita con más fuerza y no hay señal que nos indique su próximo receso. La calle se deforma en medio de la tempestad. Desde lejos, un olor a tierra húmeda nos sorprende, y la taza manchada de café sigue ahí, intacta, sin invitar a un nuevo día.


LOS GUIJARROS DEL FONDO

          Ella dejó colgando el auricular del teléfono, cuando se dirigió al comedor y, alargando el brazo por encima de la mesa central, tomó los dos únicos somníferos que quedaban en el frasco y se dispuso abrir la puerta de su habitación.

          Al día siguiente, al despertarla un rayo de sol que reposaba en el agua de la pecera que se encontraba adyacente a la mesa de noche, sintió, estremecida, la inquietante sensación de  no  saber dirigirse por primera vez en su vida a ningún lado, y vio, con extraña claridad, por qué el pececillo hace días esperaba rastreando comida en los guijarros del fondo de la pecera.


LOS PASOS

          Estar de pie, subir la pierna derecha y colocar suavemente el zapato en la pared. Primero el tacón y después el resto del zapato. Recostarse a una pared sucia de papelitos pegados sin orden y extasiarse involuntariamente con el lugar y ver las caras indiferentes de los que pasaban de prisa. Cambiar de posición, ver la rapidez de algunos pasos, y, luego, los triángulos de la malla de alambre al final del corredor, separando el juego de los muchachos de la inútil manera de vivir sin ruta.

          No había alguien conocido, ni la señal huidiza de un reconocimiento. Era seguir de pie, sin anhelo, cuando se detenían los ojos en la lectura imprecisa de otro papelito adherido a la pared. Voltear la cara a otro lugar, tratar de hundir el tacón del zapato a la pared donde seguía recostado, y ver, a lo lejos, la levedad de una mancha ocre en el aire que hacía vislumbrar la textura de las prendas de vestir de quienes se movían indiferentemente.

          El corredor mostraba las acuciosas líneas de los cuerpos que se confundían al caminar. Era un corredor ancho de altas paredes cuyas entradas a los extremos eran enormes grietas. Solía extasiarme sin esmero con la agilidad de los pasos de una persona que quería alcanzar rápidamente la entrada o salida del corredor. Seguía con la mirada las líneas de su ropa o la figura de su rostro que mostraba otra faceta del paisaje. Un color púrpura se fijaba a veces en el torso de una muchacha  y uno verde oliva se deslizaba hasta sus pantorrillas. Era abundante el carmesí y el amarillo pálido entre la gente, formando contrastes con el gris plomizo de las paredes del corredor.

          A veces un detenido instante en la marcha ocurría por la presencia del rumor sibilante de uno que pasaba, y, los demás, se detenían al verlo. Sólo un esguince apacible de la marcha que llevaban al olvido, siguiendo esa procesión con sus miasmas por la entrada o salida del corredor. Era lo más que se podía hacer: estar de pie viendo el paso de la gente que va de prisa y sin destino. Distraerse en lo inefable de la vida, en otra lectura de papelitos pegados sin orden y volver a colocar el pie en la pared: primero el tacón y después el resto del zapato suavemente.


BREVEDAD DE LA CALLE

                                                                                                                                                         Para Y. T.

          Los pasos de otro que atraviesa la calle, son apenas sus pasos. Los de un inconfundible hombre que  busca una palmada en la espalda, un lugar donde la confianza se reinicie en la mano que reposa como un pájaro en el hombro. El andar cansado por caminos inciertos y el silencio en el rastro de sus pasos, saca a la luz del crepúsculo el animal que le acaricia y con avidez desde sus entrañas busca carcomerlo. Este hombre cansado es una parte del árbol sembrado frente a la casa. Todas las noches trepa a lo alto y aparta el ramaje, obteniendo así una efímera, pero alentadora abertura de hojas secas. Su única salvación cuando comienza a otear la media noche.
_______________________________________

©   Abzalón Torres

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV -  Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13cam.html