Un bolero que llega

Vivan Astrid De Villeros Ospina




          Tres de la tarde en punto: me despierto sobresaltada por la música de viejos boleros en los que el Amor alcanza los límites insospechados de lo eterno, de lo trascendental. Los sones piden la indulgencia por la falta cometida y ella, la mujer de nuestra historia, presurosa accede.

          ¡Caramba! Se parece tanto a nosotros hace diez años, cuando caminábamos rumbo a las tardes grises en una ciudad brillante, llena de maricas chancleteros como tú les llamabas a los hombres que ejercían la prostitución vestidos con los jirones de faldas y de blusas escotadas que conocieron mejores días. Nada les combinaba y bien entrada la noche cambiaban sus zapatillas de tacones raídos por zapatos planos o babuchas. El poco glamour desaparecía por completo.  

Daba gusto verlos y presenciar aquellas peleas por el cliente de turno. Gritaban improperios y groserías. Entonces, tú aprovechabas y les hacías el quite a la vida y a los días agitados. Te unías a sus palabrotas y las decías con tal fuerza que, fácilmente, los superabas. En esas horas, no había sitio seguro dónde guarecerse del próximo arrebato verbal.

          Ocho de la noche: cinco horas me separan de los primeros boleros. La canita. Habrá puño y bofetá, tiro y puñalá presagia la canción. Temo a los presagios, evito tenerlos porque casi siempre se cumplen. Profecías auto realizables, decía nuestro amigo de la taberna. N lograba calmarme por momentos pero después volvía, decidíamos irnos a caminar y abrazar la noche. Creo que fue así como llegamos al  bulevar y luego a la placita donde se reunían nuestros amigos, los de ojeras trasnochadas y andar contoneado.

          En el patio de mi casa tengo una mata de almendras y el que no sabe que aprenda. Lo hicimos rápido. Y la recompensa llegó enseguida. Entramos al clan y en poco tiempo nos consideraron unos de ellos. Las tardes grises apenas eran soportables por la cercanía de las noches de aparente calma. Habría que adentrarse en ella e ir descubriendo que era un hervidero humano. Habría que hacer sonar a caballo  vamos pa'l monte y seguir cabalgando hasta la Calle del Prócer, último refugio de todos nosotros, para entender y sobrellevar aquella vida.  

          ¡Qué bueno qu' está!, pa' lante y pa'tras! Qué bueno y qué rico nos pareció al comienzo, cuando tú decidiste prestarme una falda verde oscuro y unas botas de cremalleras oxidadas para salir a la esquina. Nos causó gracia y celebramos tus ocurrencias con los vecinos. Era para morirse de la risa  ver tus piernas velludas metidas hasta las rodillas en las botas café. Coincidimos en que era urgente depilarte con cera si querías asumir tu nuevo look con seriedad.

          Once y  Treinta: La noria del tiempo. Sigue girando la vida, ¿cómo te parece, viejo? Una de tus muletillas. Ya ni recordarás lo de las expresiones disonantes y creativas  que van procurando colarse en la procesión de palabras socialmente aceptadas. ¡Qué joda! ¿Por qué recordar tus ideas e ilusiones que yacen en el pavimento como en el mejor asomo de un bolero falaz e irrepetible?


Revolotear
de mariposas


          Las cosas serían mucho mejor para todos. Yo, por ejemplo, no estaría pasando por éste calvario y él desplegaría sus alas cuán extensas son. Pero no. En vez de eso, pretendió engañarnos a todos y a él mismo. Asumió la modesta representación de ser uno más entre muchos, lo cual le dio resultados y dividendos que aún disfruta. Entendió que las oportunidades hay que aprovecharlas y --ante todo-- aplicó lo que sería su lema: Pescar en río revuelto. Fue a sí como empezó a escalar posición. Se concentró tanto en su objetivo, que en menos de tres años de estar trabajando en la empresa, llegó al codiciado puesto de la gerencia. De ahí en adelante, su prestigio seguiría en aumento, sobre todo, entre las mujeres que acudían presurosas a pagarle sus favores. Yo, que lo conozco bien, sé que disfrutaba con los halagos y lisonjas de los que era objeto. Al comienzo me molestaba y hasta celosa me ponía. Pero, poco a poco, fui llegando a él y entendiendo que en el fondo sólo era una persona acorralada, una víctima de las apariencias y de ese potro desbocado llamado deseo.

          Hace unos días lo vi. Su porte y elegancia seguían siendo los mismos de cuando lo conocí. Vestía un llamativo suéter beige a rayas blancas y una gorra que hacía juego para ocultar su incipiente calvicie. Decía que de tanto pensar padecía de alopecia. La pensadora, que llaman. Y, a lo mejor, hasta razón tendría. Bueno, decía que lo vi y conversamos un rato. Me dijo que por éstos días esperaba con ansias la llegada de su  compadre, el que te llamaba ahijado. Difícilmente, puedo olvidarlo. Con él pude confirmar mis sospechas. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Cuando iba a decirle  lo de los exámenes que me ordenaron, se le acercó una de sus últimas conquistas. Lo besó apasionadamente y le susurró algo que le causó risa. Quedaron en verse en diez minutos. En las mismas estaría yo, si no me hubiese decidido a enfrentar la verdad.      



Besos de chocolate

          La siesta fue el inicio de aquella sensación nueva para ella. Se lamía los labios y pasaba su lengua por los dientes como queriendo esconder los besos de chocolate que él le envío. Una vez más leyó el mensaje en arial punto doce. Locura o ensoñación, quizás un punto de fuga o de encuentro con aquel desconocido que decía llamarse Miguel. Miguel, como el hombre que amó, cuando aún no alcanzaba a entender cómo se pueden entretejer engañifas para lograr un objetivo, no siempre plausible. Le sonaba a historia patria, a clavo pasado. Después de eso, muchos borrones, varias cuentas y nada de nada. Ahora, se dejaba abrazar por el tiempo distante de la memoria y de los afectos.

          Despertó de sus vaguedades y se abandonó al mensaje. ¿Y ahora, qué le respondería ella? Cada día, se le hacía más difícil escribirle al hombre distante. Sin duda, se trataba de un hombre culto, a lo sumo muy leído. No de otra manera podían explicarse todas las cosas a las que hacía referencia, las palabras desconocidas y rebuscadas escritas en cada correo. ¿Un poeta que conocía el diccionario de pe a pa?, ¿un vagabundo dedicado a la búsqueda frenética de las palabras? De todas formas, ponía a prueba su  paciencia  pues nunca fue hábil para hallar el término adecuado en el tiempo indicado, pero ¿a qué hablar de ello?

          En un leve movimiento, sus dedos tocaron la pantalla. En un gesto muy suyo, sacó la lengua y así estuvo un largo rato saboreando sus comisuras y paladar. Entonces, la necesidad fue más real. Empezó a bordear los abismos ilusorios que le devolvían sus ganas perdidas. Sintió los besos de chocolate apretujándose entre las piernas. La ganas sofocantes crujían dentro de ella. Era la hora acostumbrada de la siesta. Mientras la ciudad caía en el letargo, ella tocaba espacios y se abría a un cuerpo desnudo y distante.


Un domingo lluvioso

          Pensó que era el mejor día. A medida que se aproximaba el domingo aumentaba su ansiedad y la dulce espera de toda la semana, iba disipándose en gruesas gotas de sudor que terminaban cubriendo su cuerpo menudo. El ritual era el mismo desde hacía dos años. Se levantaba temprano, tomaba un café cargado y empezaba el recorrido por el diario local. Apenas, ojeaba las noticias regionales y la crónica roja que distinguía a este vespertino entre otras publicaciones de la ciudad. En cambio, se detenía en los clasificados, pues le encantaba descifrar códigos y los mensajes cifrados, implícitos en ellos. Para un lector desprevenido, era una página más. Sin embargo, para ella significaba adentrarse en sus esperanzas y sueños quebradizos. De tal suerte, que le llegó a coger un amor especial a esta sección entre muchas que tenía el periódico. Sin embargo, nadie que  la veía concentrada en sus páginas, llegó a sospechar la verdadera motivación que yacía detrás de esa apariencia juvenil.

          Cuesta contarlo, pero yo que la vi, supe que es cierto. Sé que metida en aquellas letras, ella  fue descubriendo sus necesidades de hembra. Una vez llegó a decirme, que la atracción que ejercían los eromasajes era casi hipnótica. Bastaba -- sostenido por ella misma-- que leyese uno solo para sentirse agitada, turbada, y en tiempo de lluvias, en ella se repetían, al unísono, otras lluvias: el ejercicio en solitario, y la imagen de aquel hombre besándole los  pezones la hacía estremecer.

          Viéndolo bien, esa mujer parecía hasta rara. Caminaba despacio y comía más lento aún, como pidiéndole permiso a una muela para mover la otra. Ahora que la recuerdo, vivía soñando con la imagen del hombre en la playa y en horas de pasión extrema, llegó  a sentirse poseída por él; tanto que un día no pudo seguir amando a su marido de toda la vida porque no quería serle infiel al recuerdo del otro.

          La lluvia pertinaz se desgaja a borbotones y la saca de sus apartados rincones. Acompaña su cena con jugo de naranjas y tostadas. Si se nos viene encima un aguacero como el del otro día, nos inundaremos, pensó mientras volvía a los clasificados. Aquel hombre en la playa le seguía acariciando los senos con la punta de la lengua. Se estremeció y con cada relámpago gemía de placer. El hombre distante aferraba sus manos a las tibias caderas. El periódico cayó de sus piernas y en un leve gemido volvió a las migajas dispersas en el plato. Se incorporó poco a poco y terminó de sacudir los espasmos con la punta de sus dedos. Se dirigió a la cocina con el periódico en la mano. Estaba feliz pues, según los anuncios, las lluvias continuarían por una larga temporada.



Los caminos de la mar

          Desde que comenzó a gritar y a decir toda clase de improperios en la calle, desistí de salir con él. Sé que esta decisión lo tomó por sorpresa, pero no me quedaba otra salida pues las cosas llegaron hasta extremos insospechados. Sin embargo, hubo un momento en que dudé y le di un compás de espera y mejoró en algo la situación. Pero poco a poco me di cuenta que una cosa decía y otra, muy distinta, hacía.

          En la carta anterior, te decía que casi sin darme cuenta, fuimos cayendo en la rutina. Los paseos fueron quedando atrás, y las caminatas a mitad de semana, como terapia para el estrés, cedieron al inevitable cansancio. Igual sucedió con las idas al cine y con las tardes de toros. Intenté por todos los medios posibles hacerle ver su error, pero todo fue en vano.  Tengo que suspender porque alguien toca con insistencia a la puerta.

          Veinte años atrás, tomados de la mano, caminaban por el malecón. Entre besos y caricias, evadían a los vendedores ambulantes que los acosaban con sus insistentes voces. La fortuna de encontrarse, la dicha de quererse los mantenía alejados de todo. Hasta de los policías que con arrojo buscaban a las parejas en los escondrijos de los alrededores. Procuraban mantener la calma para no delatarse. Esperaban el ocaso y corrían a zambullirse en la playa. Se poseían en silencio. Cerrados los ojos, y entrelazados se dejaban llevar por los caminos de la mar. Luego, se releían sin prisa y derramaban toda la ternura que llevaban por dentro y por fuera. El instinto los ubicaba en el espacio y tiempo preciso. Así de sencillo.

          Vislumbrarlo al paso de los años y de las ilusiones, me produce tristeza. Escribírtelo así, escuetamente, me llena de nostalgia. Pero a la par de la nostalgia, va surgiendo en mí  el deseo, inevitable, de contártelo. Sé que tú comprenderás que si no lo hago, estoy muerta. Al fin de cuentas, me conoces muy bien.

          Bueno, te decía que cuando menos lo esperaba, llegó el momento temido por mí. Los gritos y susurros salieron de la alcoba y de la piel. Empezaron a mostrarse en público. Me da pena recordar cómo la gente que caminaba desprevenida en la calle, nos miraba con insistencia y desdén. Cuando tomaba forma de melodía o de grito desparramado, tocaba las entrañas. Cada vez, fue más difícil sortear los ándenes y avenidas atestadas de transeúntes y variedades de bisuterías; él nunca quiso entender que para el común de la gente resulta un insulto, una bofetada sofocante hallar en cualquier esquina, alguien que les recuerde las delicias del cuerpo, la tersura de la piel. El riesgo del azar, que emerge de lo más profundo del alma.



Cercanías

          De pico a pico, la conversación transcurría con el tono cómplice de dos que se conocen bien. Cada día el encuentro se prolongaba hasta el amanecer. Recurrían a toda clase de artilugios para centrarse, con la mirada perdida de los ebrios, en los puntos concomitantes de un afecto creciente.

          De pico a pico, de pezón a pezón, eludían la presencia de los miembros vocingleros. Ellos solían esconderse tras la abollonada copa y desde allí seguir mirando la vida con los ojos irrebatibles de la ternura.
_________________________________________

©   Vivian Astrid De Villeros Ospina

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v4n13bol.html
Un bolero que llega

Vivan Astrid De Villeros Ospina




          Tres de la tarde en punto: me despierto sobresaltada por la música de viejos boleros en los que el Amor alcanza los límites insospechados de lo eterno, de lo trascendental. Los sones piden la indulgencia por la falta cometida y ella, la mujer de nuestra historia, presurosa accede.

          ¡Caramba! Se parece tanto a nosotros hace diez años, cuando caminábamos rumbo a las tardes grises en una ciudad brillante, llena de maricas chancleteros como tú les llamabas a los hombres que ejercían la prostitución vestidos con los jirones de faldas y de blusas escotadas que conocieron mejores días. Nada les combinaba y bien entrada la noche cambiaban sus zapatillas de tacones raídos por zapatos planos o babuchas. El poco glamour desaparecía por completo.  

Daba gusto verlos y presenciar aquellas peleas por el cliente de turno. Gritaban improperios y groserías. Entonces, tú aprovechabas y les hacías el quite a la vida y a los días agitados. Te unías a sus palabrotas y las decías con tal fuerza que, fácilmente, los superabas. En esas horas, no había sitio seguro dónde guarecerse del próximo arrebato verbal.

          Ocho de la noche: cinco horas me separan de los primeros boleros. La canita. Habrá puño y bofetá, tiro y puñalá presagia la canción. Temo a los presagios, evito tenerlos porque casi siempre se cumplen. Profecías auto realizables, decía nuestro amigo de la taberna. N lograba calmarme por momentos pero después volvía, decidíamos irnos a caminar y abrazar la noche. Creo que fue así como llegamos al  bulevar y luego a la placita donde se reunían nuestros amigos, los de ojeras trasnochadas y andar contoneado.

          En el patio de mi casa tengo una mata de almendras y el que no sabe que aprenda. Lo hicimos rápido. Y la recompensa llegó enseguida. Entramos al clan y en poco tiempo nos consideraron unos de ellos. Las tardes grises apenas eran soportables por la cercanía de las noches de aparente calma. Habría que adentrarse en ella e ir descubriendo que era un hervidero humano. Habría que hacer sonar a caballo  vamos pa'l monte y seguir cabalgando hasta la Calle del Prócer, último refugio de todos nosotros, para entender y sobrellevar aquella vida.  

          ¡Qué bueno qu' está!, pa' lante y pa'tras! Qué bueno y qué rico nos pareció al comienzo, cuando tú decidiste prestarme una falda verde oscuro y unas botas de cremalleras oxidadas para salir a la esquina. Nos causó gracia y celebramos tus ocurrencias con los vecinos. Era para morirse de la risa  ver tus piernas velludas metidas hasta las rodillas en las botas café. Coincidimos en que era urgente depilarte con cera si querías asumir tu nuevo look con seriedad.

          Once y  Treinta: La noria del tiempo. Sigue girando la vida, ¿cómo te parece, viejo? Una de tus muletillas. Ya ni recordarás lo de las expresiones disonantes y creativas  que van procurando colarse en la procesión de palabras socialmente aceptadas. ¡Qué joda! ¿Por qué recordar tus ideas e ilusiones que yacen en el pavimento como en el mejor asomo de un bolero falaz e irrepetible?


Revolotear
de mariposas


          Las cosas serían mucho mejor para todos. Yo, por ejemplo, no estaría pasando por éste calvario y él desplegaría sus alas cuán extensas son. Pero no. En vez de eso, pretendió engañarnos a todos y a él mismo. Asumió la modesta representación de ser uno más entre muchos, lo cual le dio resultados y dividendos que aún disfruta. Entendió que las oportunidades hay que aprovecharlas y --ante todo-- aplicó lo que sería su lema: Pescar en río revuelto. Fue a sí como empezó a escalar posición. Se concentró tanto en su objetivo, que en menos de tres años de estar trabajando en la empresa, llegó al codiciado puesto de la gerencia. De ahí en adelante, su prestigio seguiría en aumento, sobre todo, entre las mujeres que acudían presurosas a pagarle sus favores. Yo, que lo conozco bien, sé que disfrutaba con los halagos y lisonjas de los que era objeto. Al comienzo me molestaba y hasta celosa me ponía. Pero, poco a poco, fui llegando a él y entendiendo que en el fondo sólo era una persona acorralada, una víctima de las apariencias y de ese potro desbocado llamado deseo.

          Hace unos días lo vi. Su porte y elegancia seguían siendo los mismos de cuando lo conocí. Vestía un llamativo suéter beige a rayas blancas y una gorra que hacía juego para ocultar su incipiente calvicie. Decía que de tanto pensar padecía de alopecia. La pensadora, que llaman. Y, a lo mejor, hasta razón tendría. Bueno, decía que lo vi y conversamos un rato. Me dijo que por éstos días esperaba con ansias la llegada de su  compadre, el que te llamaba ahijado. Difícilmente, puedo olvidarlo. Con él pude confirmar mis sospechas. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Cuando iba a decirle  lo de los exámenes que me ordenaron, se le acercó una de sus últimas conquistas. Lo besó apasionadamente y le susurró algo que le causó risa. Quedaron en verse en diez minutos. En las mismas estaría yo, si no me hubiese decidido a enfrentar la verdad.      



Besos de chocolate

          La siesta fue el inicio de aquella sensación nueva para ella. Se lamía los labios y pasaba su lengua por los dientes como queriendo esconder los besos de chocolate que él le envío. Una vez más leyó el mensaje en arial punto doce. Locura o ensoñación, quizás un punto de fuga o de encuentro con aquel desconocido que decía llamarse Miguel. Miguel, como el hombre que amó, cuando aún no alcanzaba a entender cómo se pueden entretejer engañifas para lograr un objetivo, no siempre plausible. Le sonaba a historia patria, a clavo pasado. Después de eso, muchos borrones, varias cuentas y nada de nada. Ahora, se dejaba abrazar por el tiempo distante de la memoria y de los afectos.

          Despertó de sus vaguedades y se abandonó al mensaje. ¿Y ahora, qué le respondería ella? Cada día, se le hacía más difícil escribirle al hombre distante. Sin duda, se trataba de un hombre culto, a lo sumo muy leído. No de otra manera podían explicarse todas las cosas a las que hacía referencia, las palabras desconocidas y rebuscadas escritas en cada correo. ¿Un poeta que conocía el diccionario de pe a pa?, ¿un vagabundo dedicado a la búsqueda frenética de las palabras? De todas formas, ponía a prueba su  paciencia  pues nunca fue hábil para hallar el término adecuado en el tiempo indicado, pero ¿a qué hablar de ello?

          En un leve movimiento, sus dedos tocaron la pantalla. En un gesto muy suyo, sacó la lengua y así estuvo un largo rato saboreando sus comisuras y paladar. Entonces, la necesidad fue más real. Empezó a bordear los abismos ilusorios que le devolvían sus ganas perdidas. Sintió los besos de chocolate apretujándose entre las piernas. La ganas sofocantes crujían dentro de ella. Era la hora acostumbrada de la siesta. Mientras la ciudad caía en el letargo, ella tocaba espacios y se abría a un cuerpo desnudo y distante.


Un domingo lluvioso

          Pensó que era el mejor día. A medida que se aproximaba el domingo aumentaba su ansiedad y la dulce espera de toda la semana, iba disipándose en gruesas gotas de sudor que terminaban cubriendo su cuerpo menudo. El ritual era el mismo desde hacía dos años. Se levantaba temprano, tomaba un café cargado y empezaba el recorrido por el diario local. Apenas, ojeaba las noticias regionales y la crónica roja que distinguía a este vespertino entre otras publicaciones de la ciudad. En cambio, se detenía en los clasificados, pues le encantaba descifrar códigos y los mensajes cifrados, implícitos en ellos. Para un lector desprevenido, era una página más. Sin embargo, para ella significaba adentrarse en sus esperanzas y sueños quebradizos. De tal suerte, que le llegó a coger un amor especial a esta sección entre muchas que tenía el periódico. Sin embargo, nadie que  la veía concentrada en sus páginas, llegó a sospechar la verdadera motivación que yacía detrás de esa apariencia juvenil.

          Cuesta contarlo, pero yo que la vi, supe que es cierto. Sé que metida en aquellas letras, ella  fue descubriendo sus necesidades de hembra. Una vez llegó a decirme, que la atracción que ejercían los eromasajes era casi hipnótica. Bastaba -- sostenido por ella misma-- que leyese uno solo para sentirse agitada, turbada, y en tiempo de lluvias, en ella se repetían, al unísono, otras lluvias: el ejercicio en solitario, y la imagen de aquel hombre besándole los  pezones la hacía estremecer.

          Viéndolo bien, esa mujer parecía hasta rara. Caminaba despacio y comía más lento aún, como pidiéndole permiso a una muela para mover la otra. Ahora que la recuerdo, vivía soñando con la imagen del hombre en la playa y en horas de pasión extrema, llegó  a sentirse poseída por él; tanto que un día no pudo seguir amando a su marido de toda la vida porque no quería serle infiel al recuerdo del otro.

          La lluvia pertinaz se desgaja a borbotones y la saca de sus apartados rincones. Acompaña su cena con jugo de naranjas y tostadas. Si se nos viene encima un aguacero como el del otro día, nos inundaremos, pensó mientras volvía a los clasificados. Aquel hombre en la playa le seguía acariciando los senos con la punta de la lengua. Se estremeció y con cada relámpago gemía de placer. El hombre distante aferraba sus manos a las tibias caderas. El periódico cayó de sus piernas y en un leve gemido volvió a las migajas dispersas en el plato. Se incorporó poco a poco y terminó de sacudir los espasmos con la punta de sus dedos. Se dirigió a la cocina con el periódico en la mano. Estaba feliz pues, según los anuncios, las lluvias continuarían por una larga temporada.



Los caminos de la mar

          Desde que comenzó a gritar y a decir toda clase de improperios en la calle, desistí de salir con él. Sé que esta decisión lo tomó por sorpresa, pero no me quedaba otra salida pues las cosas llegaron hasta extremos insospechados. Sin embargo, hubo un momento en que dudé y le di un compás de espera y mejoró en algo la situación. Pero poco a poco me di cuenta que una cosa decía y otra, muy distinta, hacía.

          En la carta anterior, te decía que casi sin darme cuenta, fuimos cayendo en la rutina. Los paseos fueron quedando atrás, y las caminatas a mitad de semana, como terapia para el estrés, cedieron al inevitable cansancio. Igual sucedió con las idas al cine y con las tardes de toros. Intenté por todos los medios posibles hacerle ver su error, pero todo fue en vano.  Tengo que suspender porque alguien toca con insistencia a la puerta.

          Veinte años atrás, tomados de la mano, caminaban por el malecón. Entre besos y caricias, evadían a los vendedores ambulantes que los acosaban con sus insistentes voces. La fortuna de encontrarse, la dicha de quererse los mantenía alejados de todo. Hasta de los policías que con arrojo buscaban a las parejas en los escondrijos de los alrededores. Procuraban mantener la calma para no delatarse. Esperaban el ocaso y corrían a zambullirse en la playa. Se poseían en silencio. Cerrados los ojos, y entrelazados se dejaban llevar por los caminos de la mar. Luego, se releían sin prisa y derramaban toda la ternura que llevaban por dentro y por fuera. El instinto los ubicaba en el espacio y tiempo preciso. Así de sencillo.

          Vislumbrarlo al paso de los años y de las ilusiones, me produce tristeza. Escribírtelo así, escuetamente, me llena de nostalgia. Pero a la par de la nostalgia, va surgiendo en mí  el deseo, inevitable, de contártelo. Sé que tú comprenderás que si no lo hago, estoy muerta. Al fin de cuentas, me conoces muy bien.

          Bueno, te decía que cuando menos lo esperaba, llegó el momento temido por mí. Los gritos y susurros salieron de la alcoba y de la piel. Empezaron a mostrarse en público. Me da pena recordar cómo la gente que caminaba desprevenida en la calle, nos miraba con insistencia y desdén. Cuando tomaba forma de melodía o de grito desparramado, tocaba las entrañas. Cada vez, fue más difícil sortear los ándenes y avenidas atestadas de transeúntes y variedades de bisuterías; él nunca quiso entender que para el común de la gente resulta un insulto, una bofetada sofocante hallar en cualquier esquina, alguien que les recuerde las delicias del cuerpo, la tersura de la piel. El riesgo del azar, que emerge de lo más profundo del alma.



Cercanías

          De pico a pico, la conversación transcurría con el tono cómplice de dos que se conocen bien. Cada día el encuentro se prolongaba hasta el amanecer. Recurrían a toda clase de artilugios para centrarse, con la mirada perdida de los ebrios, en los puntos concomitantes de un afecto creciente.

          De pico a pico, de pezón a pezón, eludían la presencia de los miembros vocingleros. Ellos solían esconderse tras la abollonada copa y desde allí seguir mirando la vida con los ojos irrebatibles de la ternura.
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©   Vivian Astrid De Villeros Ospina

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IV - Número 13
Abril-Mayo-Junio de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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