José Francisco Socarrás:
Pionero del cuento caribe colombiano*
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
José Francisco Socarrás nace en Valledupar, 1906, (en aquella época, una próspera población del Magdalena grande; hoy capital del Cesar, departamento creado en 1967), y fallece en Bogotá, 1995, en un accidente de tránsito. Fue médico siquiatra, profesor universitario y defensor de las causas políticas populares. De creer en las “Notas Explicativas” que hacen de prólogo firmado por el propio autor a la primera y única edición de Viento de trópico, 1961 (1), los cuentos que integran este volumen fueron escritos “allá por los años de 1940 a 1945” (p. 7), es decir, en tiempos de fuertes conmociones sociales que van a tener su momento culminante en 1948, con el llamado Bogotazo y la muerte del líder populista Jorge Eliécer Gaitán. Este hecho explicaría que en Viento de trópico, según palabras del propio autor, se tenga la intención de “contar cuentos para los pobres, que tanto como de pan carecen entre nosotros de literatura apropiada a sus necesidades” (p. 8). Y luego anota: “Se dirige uno a los pobres con este o el otro objetivo específico; para aconsejarles, por ejemplo, que se resignen a su situación de pobres y esperen por ello la merecida recompensa en una mejor vida ultraterrena, o para incitarlos a modificar las condiciones que engendran la pobreza. Sinceramente hablando, creo que en mis cuentos hay bastante de esto último, por cuanto al componerlos no he hecho más que recoger las experiencias de los pobres de una región de Colombia, concretamente del Departamento del Magdalena, para comunicárselas a los pobres del resto del país y, es un deseo, a los del continente” (p. 9). Al señalar como temática de sus cuentos, “las experiencias de los pobres”, y como destinatarios o lectores, a “los pobres del resto del país” y a “los del continente”, el autor deja establecida una abierta posición ética, política y social de la literatura como servidora de los intereses populares, actitud muy al uso en la década de los años cuarenta y siguientes, en que, por la publicitación del realismo social y las utopías marxistas, se tendía a una sobreestimación de la literatura como manifestación que incitaba “a modificar las condiciones que engendran la pobreza”. Tal actitud, bien intencionada desde el punto de vista ético, aunque equivocada por el ingenuo romanticismo que la animaba, trajo graves consecuencias en la construcción estética de los relatos pues el propósito abiertamente ideológico interfería, como en efecto ocurre en los cuentos de Socarrás, con el carácter y la vocación artística de toda buena literatura, en la que las ideas deben estar volcadas siempre en una forma composicional estética.
Está visto que en literatura no bastan los buenos deseos y para nadie es un secreto la existencia de muchos relatos bien intencionados pero estéticamente empobrecidos y mediocres. Por supuesto, en los cuentos de Socarrás no se malogra totalmente la construcción artística. No obstante, observamos que en algunos relatos suyos, el afán ideológico se sobrepone a los valores estéticos. Por momentos sentimos que en la voz de sus personajes (campesinos, pescadores, bogas, contrabandistas pobres, obreros del banano o del algodón, indígenas...) habla la formación política del autor, con lo que se pierde esa frescura poética que uno encuentra, por ejemplo, en los soliloquios de los campesinos de Juan Rulfo.
Tal vez fue ese carácter de narrativa aún inconclusa estéticamente lo que llevó a un creador y crítico riguroso como Hernando Téllez, tan convencido de que la literatura es una unidad indisoluble de ideas y forma artística, de ética y estética, a negarse a escribir un prólogo para el libro de cuentos de Socarrás: “Por esa época Hernando Téllez me salvó de recogerlos en volumen, y digo que me salvó porque era evidente que el fruto estaba en agraz. Sucedió que pedí a Téllez el favor de que leyera el manuscrito y me hiciera el prólogo, según todavía se usaba; transcurrieron los meses y, como el reputado escritor no diera señales de vida, me vi obligado a ir de nuevo en su búsqueda, esta vez para solicitarle que me devolviera los originales, que Téllez me devolvió con halagüeños cumplidos, muy a la manera bogotana, pero sin la anhelada introducción o presentación de la obra” (p. 7).
En 1947, Socarrás viaja a Francia y permanece hasta 1950 en París, donde realiza una especialización en siquiatría. Este contacto con la ciencia, la literatura y el arte europeos “me volvió muy precavido y cauteloso sobre los valores de la cultura hispanoamericana y muy escéptico acerca de mis posibilidades para aportar algo a dicha cultura” (p. 7). Igualmente, ante la crítica silenciosa de Téllez, “estos y otros escritos míos pasaron a dormir el sueño del olvido durante muchos años, y continuarían durmiendo si el demonio de la vanidad o yo no sé cuál no hubiese venido a tentarme, de manera que no pude rechazarlo porque se encubrió con el aprecio y la estimación de un amigo por cuyas letras siento gran respeto” (p. 8). Ese amigo al que se refiere Socarrás es el crítico y antologista del cuento colombiano Eduardo Pachón Padilla, quien puso “tal empeño en que yo retomara el hilo de mis narraciones abandonadas, que si hay alguien responsable de la impresión de este volumen ese alguien es él” (p. 8). En este sentido, anota Pachón Padilla: “José Francisco Socarrás (1906) con “Al tercer día de carnaval” (1944), en una atmósfera de la Zona Bananera, y “Contrabandistas” (1946), un fuerte aura de protesta social, viene a ser uno de los fundadores de la llamada narrativa de la Costa Atántica” (2).
Más exactamente, los objetivos de Socarrás al escribir sus cuentos se pueden apreciar en las confesiones de que “el mutuo conocimiento de sus dolores, humillaciones y agravios, ayude a los miserables de esta zona del planeta a crearse la necesaria conciencia de clase y la indispensable solidaridad social, que los empujen a la lucha en pro del cambio, reforma, revolución o como se quiera, de unas estructuras socio-económicas que estamos en mora de modificar desde hace mucho tiempo” (p. 9). Esta sobrevaloración de la literatura como creadora de “conciencia de clase” y de “solidaridad social”, lleva a Socarrás a poner en primer plano la publicitación de las ideas, lo que falsea el retrato de algunos personajes e interfiere en la estructuración de la forma estética.
Así, su objetivo de mostrar la pobreza de los personajes, lo lleva a presentar, casi siempre, una lucha de clases en que la sociedad aparece como un mundo pintado maniqueamente en dos tonos irreconciliables. Campesinos y terratenientes, indios y blancos, conservadores y liberales, fuerzas naturales y hombre, mito y realidad. Los guardias y policías se dejan sobornar por los grandes contrabandistas, permitiendo la introducción de millonarios matutes, mientras persiguen y acosan al pequeño infractor. En el cuento “Un puerto para la Trine”, se vislumbra que el contrabando, en La Guajira, hace parte del modo de ser de los caribeños pobladores de esa región convertida en departamento en 1964: “¿Es que acaso en la Guajira hay otra cosa en qué trabajar? Quien no mete contrabando en pequeño lo hace en grande; quien no lo introduce personalmente lo compra y lo vende en sus tiendas... ¡pecado el de los ricos! Pero el de los pobres que contrabandean para comer y darles de comer a sus hijos...” (p. 24). Orlando Fals Borda reconoce ciertos valores que el contrabando ha tenido para la región caribe. Dice: “Hasta la vida intelectual se benefició del contrabando, por cuyas venas prohibidas corrió la literatura subversiva de los enciclopedistas y tratados heterodoxos de ciencias físicas y naturales” (3).
Varios de los cuentos de Viento de trópico se ubican en los años de la violencia política colombiana entre conservadores y liberales. No es raro encontrar, como en el cuento “La herencia de Matilde Arcángel”, de Rulfo, que algunos personajes de Socarrás llevan a cabo venganzas personales valiéndose de la guerra partidista. Hay mujeres violadas, sacerdotes que desde los púlpitos dan vivas a Cristo Rey y al Partido Conservador y estimulan la violencia, padres que venden a las hijas para aumentar sus patrimonios, comerciantes y terratenientes que coludidos con las autoridades despojan de sus tierras y bienes a los indígenas y campesinos. En la cuentística de Socarrás están los principales motivos y tópicos de la narrativa caribeña colombiana: la violencia política, el incesto, la compra y venta de mujeres, la brujería y los mitos, el humor, el despojo hecho a indios y campesinos, el contrabando y la lucha del hombre para defenderse de la violencia de los fenómenos naturales.
Presentamos en esta antología orientada por la búsqueda de rasgos identitarios socio-culturales del hombre caribe colombiano, el cuento “El pueblo que se volvió fantasma”, en el que se describe la apropiación dolosa y violenta hecha por los blancos de la tierra perteneciente a los indígenas, en este caso, los koguis, habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta. De hecho, uno de los componentes de nuestras múltiples identidades lo constituye la cultura de los indígenas, cuyas comunidades han sido atropelladas por el hombre blanco, desde el descubrimiento hasta el presente. El interés de Socarrás es contar las formas del despojo de la tierra. En los llamados tratos, una especie de negocios unilaterales, viciados de nulidad por la falta de consentimiento de los indios, el hombre blanco, encarnado principalmente en tenderos y comerciantes, después de opacar con alcohol la conciencia y voluntad de los indios, los obliga a recibir ciertas cantidades de panela, sal, cortes de liencillo y zarazas, machetes y, sobre todo, ron, a cambio de las parcelas, las cosechas y los animales. Así, si el indio se resiste a entregar su tierra y sus bienes, el hombre blanco cuenta con las armas del Corregidor y las leyes del mundo civilizado representadas en el cura, el juez, el notario, la escritura, el abogado y el falso testigo. En “El pueblo que se volvió fantasma”, el Mama Adolfo --heredero de la sabiduría de la tribu-- ha decidido oponerse al despojo de las tierras por medio de la invocación de los antepasados Búnkua-Sé y Dikijuiname. El problema está en que Socarrás, imbuido por el realismo social que lo anima, no se deja tocar por el ámbito mítico de la creencia en los antepasados indígenas como protectores del clan, y termina mostrando que los bailes rituales del Mama, sus ceremonias con los sewa de la culebra, de los dolores de estómago, del incendio, del tigre --talismanes enterrados en el piso de la cansamaría o casa ceremonial--, no pueden defender a la tribu de las armas y las leyes escritas del hombre blanco. Más aún, preocupado porque la literatura cumpla su función de pedagogía política, muestra al final, a los ayudantes del Mama, abandonando sus ritos pacifistas y enfrentando con machetes a los intrusos blancos.
A pesar de su resistencia a admitir los mitos y la magia --en este caso, indígenas-- como formas defensivas de una cultura, José Francisco Socarrás, en “El pueblo que se volvió fantasma”, logra crear en el lector una emoción solidaria con ese Mama tenazmente pacifista, casi a la manera de un Gandhi, que lucha con sus danzas del tigre, amuletos, calaveras de jaguar e invocación de los antepasados, para impedir el desalojo que el hombre blanco impone a la comunidad. Poco a poco el Mama se va quedando solo porque sus acólitos se convencen de que los sewas no pueden protegerlos de la violencia del hombre blanco. Es interesante constatar cómo para esa misma década de los años cuarenta, el joven García Márquez, a partir de 1947, comenzaba a publicar sus primeros cuentos (“La tercera resignación”, “La otra costilla de la muerte”, “Eva está dentro de su gato”), en los que daba apertura a las magias y mitos generados por el cruce de culturas, aceptándolos como componentes necesarios de la realidad, cual es el caso del niño que se muere y sigue creciendo en el ataúd para adultos que recomendó el médico.
Otro aspecto importante que se percibe en los cuentos de Socarrás es la antinomia entre la cultura quirográfica y la cultura oral. La región Caribe ha sido principalmente una zona de transmisión y comunicación oral, no porque los caribeños colombianos lo hayan querido así, sino porque en los avatares de la organización desequilibrada del desarrollo, la escuela no llegó a tiempo a las regiones distantes del centralismo administrativo bogotano, como han sido los casos de la Costa Atlántica, los llanos y la región pacífica. Un indígena o campesino puede alegar que sus antepasados han vivido siempre allí, en una determinada franja de tierra, pero su decir, aunque esté basado en la tradición de muchas voces, no tiene ningún valor frente a la existencia quirográfica del documento expedido por una notaría.
Finalmente, en el prólogo a Viento de trópico, su autor hace mención a la fonética particular que pone en boca de sus personajes. Sin caer en el exceso de la transcripción realista de los diálogos a que llegaron las narraciones costumbristas, Socarrás elimina algunas eses en los diálogos. Sobre el habla de los personajes explica: “Lo primero que sorprenderá al lector es que estos hablen sin la total omisión de las eses, según suponen los habitantes del altiplano que hablamos los nativos de Atlántico, Bolívar, Córdoba y Magdalena4. En realidad, el costeño solo elimina por completo las eses finales si la palabra siguiente no comienza por vocal o por h, dándose aún el caso de que refuerce tales eses antes de consonantes para claridad de las ideas, por ejemplo, si se ve obligado a diferenciar «no» de «nos». [...] Las eses finales cuando existen y las intermedias siempre tienen sí un carácter muy particular: son cortas o aspiradas y en ciertas regiones se convierten en jotas” (p. 11). La actitud de Socarrás resulta sobria y cautelosa frente a las veleidades de algunos autores interioranos lastrados de un costumbrismo trasnochado que pretendía reproducir en la grafía la fonética del habla popular o indígena. Dice: “Considero que la transcripción del habla popular en forma rigurosa resulta imposible en textos literarios, y que no vale la pena sacrificar la claridad de la expresión y la facilidad de la lectura a un afán de veracidad que siempre resultará sospechoso” (p. 12).
De cualquier modo, Socarrás confirma la diferencia entre el habla del narrador --entelequia culta que se vale de un vocabulario refinado-- y el habla de los personajes, con lo que en el plano narrativo se mantiene la separación clasista de la realidad pues el narrador no se mezcla con las formas dialectológicas populares de los personajes. Veamos un ejemplo tomado del cuento “El coronel”:
Voz del narrador: “El indio se le escapaba en la mirada maliciosa y recatada y en los dilatados silencios. Amigo de pocas palabras, permanecía horas enteras a ración de monosílabos. Frío, sobrio, indiferente, andaba siempre como acurrucado dentro de sí mismo” (p. 36).
Voces de los personajes:


--¿Disgustáte con el viejo?


--Usté sabe que él no disgusta.


--No le aguanto má la mala cara.


--Nadie lo ha visto reí” (p. 37).
A Socarrás lo vemos entonces como a un pionero del cuento en la región Caribe y el papel de los pioneros es el de inaugurar caminos, no el de llegar a la meta. Con esa perspectiva lo hemos incluido en esta antología porque es uno de los autores que hacen parte del proceso de construcción de la cuentística caribe colombiana.
NOTAS:
(1) José Francisco Socarrás. Viento de trópico. Bogotá, Antares, 1961, 260 pp.
(2) Eduardo Pachón Padilla. El cuento colombiano II: Generaciones 1955-1970. Bogotá, Plaza y Janés, 1985, pp. 11-12.
(3) Orlando Fals Borda. Historia doble de la Costa, tomo I. Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1979, p. 91B.
(4) En 1961, año de publicación de Viento de Trópico, solo son departamentos de la región Caribe los cuatro que menciona Socarrás: Magdalena, Bolívar, Atlántico y Córdoba. Aún no se han creado los departamentos de Sucre (separado de Bolívar, en 1966) y del Cesar (del Magdalena, en 1967). La Guajira es departamento en 1964 y San Andrés y Providencia en 1991, para completar los ocho que en la actualidad conforman la región.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III– Número 9
Abril-Mayo-Junio de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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