El escrófalo desrumbado
Raquel M. Barthe
Don Escrófalo vivía su aburrida vida de pez, allá en las profundidades de un mar frío, calmo y cristalino, donde no se conocían los colores. A veces charlaba con las estrellas de mar... a veces con los erizos, ¡pero eran tan tontas sus conversaciones! Podía decirse que eran "poco profundas". Un día llegó un periódico y don Escrófalo muy contento se dispuso a leer... pero estaba tan mojado, que las noticias parecían de papel maché. Un calamar que estaba de paso, le dijo: --¿Por qué no te vas a recorrer el mundo? ¿O es que acaso no te has enterado de que hay lugares más interesantes que éste? No, francamente don Escrófalo no lo sabía y la idea le agradó. El calamar le habló de mares tropicales, cálidos y poco profundos donde el sol llegaba hasta el fondo. ¡Un mar lleno de colores! Don Escrófalo estaba intrigadísimo. ¿Cómo serían los colores? Él tenía que conocerlos... y decidió partir. En una cholga vacía, guardó todo su equipaje -que no era gran cosa- y, cargándola bajo su aleta izquierda, se marchó. El viejo pulpo que vivía en la cueva, sacó tres de sus ocho tentáculos para saludarlo y de-searle buen viaje. Nada que te nada y siempre con su cholga bajo la aleta, don Escrófalo viajó a través de tupidos bosques de algas y de desiertos arenosos, hasta que llegó a un arrecife de coral. Como deseaba explorarlo, comenzó a subir. Subió... subió... y subió. Y en tanto ascendía, el mundo se iluminaba... ¡cobraba vida! Un estallido de luz y de color hirió sus ojos. El cardumen de vivaces pececitos se detuvo para observarlo de cerca. Lo rodearon curio-sos y comentaron: --¡Qué horror! --¡Un pez gris! --¿De dónde habrá salido? Don Escrófalo observaba con gran asombro el increíble espectáculo. La tortuga marina le aconsejó burlona: --Cierra la boca hijo, o te tragarás e1 mar íntegro. Sin embargo no pudo cerrarla porque al ver a la tortuga, su boca se abrió aún más y los ojos estuvieron a punto de escapar de sus órbitas. ¡Jamás había visto un animal tan raro! Con voz finita, una medusa dijo despectiva: --Este feo pez debe de ser forastero; probablemente desrumbado... -y nadó ondulante y coqueta, tan cerca, que le hizo cosquillas con sus delicados filamentos. Don Escrófalo se deslumbró con su blancura y transparencia. ¡Tan frágil! ¡Tan lánguida! No podía articular palabra y estuvo a punto de dejar caer su equipaje. Por fin pudo balbucear: --¿Des... rum... bado...? --Sí, sí; alguien que perdió el rumbo. Lo he dicho claro, ¿no? -y repitió recalcando las síla-bas: Des-rum-ba-do; como descarrilado o despistado. ¡Ay, qué linda era! Un poco antipática quizá, pero... ¡qué suaves sus filamentos! Y don Escrófalo, galante, sacó de su cholga un pólipo fosforescente y se lo regaló. La medusa le guiñó un ojo, y él se ruborizó. Los pececitos multicolores comentaron: --¡Qué raro! Ya no parece tan gris. --Está cambiando de color... --Parece rosado. "¡Yo también tengo colores!", pensó dichoso don Escrófalo. La alegría le duró tan poco como el rubor, porque los vivaces pececitos continuaron: --¡Es increíble! Está cambiando otra vez... --¡Bah! Es gris nuevamente. Y se fueron. Don Escrófalo estaba confundido. Deseaba volver a su hogar y llevar consigo todos los colores que acababa de descubrir. Pero también quería quedarse y conversar con la medusa. Ex-plicarle que no estaba "desrumbado"; que sólo era un turista. La coqueta medusa regresó y juntos recorrieron el arrecife. Ella llevaba prendido su póli-po fosforescente, y él guardaba en su cholga un caracolito con todos los colores del arco iris y un trozo de rojo coral que su linda amiga le había obsequiado. Pero no pudo convencerla de viajar con él; de mostrarle el rumbo de su hogar. La medusa insistía en que los mares fríos y profundos dañaban su belleza. Se despidieron: ella le hizo cosquillitas con sus filamentos y él agitó su aleta derecha mientras se alejaba. Ya de regreso, hasta el viejo pulpo salió de su cueva para recibirlo. Las perezosas estrellas de mar y los curiosos erizos también estaban allí. Todos esperaban ansiosos que don Escrófalo contara sus andanzas. ¿Cómo eran los colores? ¿En realidad existían? ¿Los había visto? ¡Hasta los cornalitos se hicieron presentes! Don Escrófalo, con gran ceremonia, se dispuso a abrir su cholga y mostrar a sus vecinos el tesoro de colores que traía. Y... ¡Qué espaaanto! ¡Los colores ya no estaban! Sólo un pequeño caracol y un trocito de coral gris verdoso. --¡Bah! -dijeron a coro los cornalitos y se alejaron desdeñosos. --¡Quién lo hubiera dicho! Un pez tan serio... ¡Inventar estas ridículas historias! -agregó un erizo mientras erizaba indignado sus púas. --¡Colores, colores! ¡Qué van a existir! -apoyó el cangrejo. --Seguro que se desrumbó y no quiere admitirlo -dijo con malicia la estrella de mar. Y don Escrófalo, muy triste, dejó escapar una lágrima dulce y grande como sus recuer-dos. El pulpo, viejo y sabio, miró cómo la lágrima ascendía lentamente hacia la superficie y consoló a don Escrófalo: --Dejálos. Son ignorantes. Los colores están allí... y en tu alma, pero en estas profundida-des no pueden verse. Y allí están todavía: en el fondo del océano, guardados como un tesoro por don Escrófa-lo, y solo aquellos que tienen su alma de colores pueden verlos.
2° premio "Concurso dc Cuentos para Niños", CECUDA, 1984 ________________________________
© Raquel M. Barthe
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 9 Abril-Mayo-Junio de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124-9290
DEPARTAMETO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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