¡Nunca aprenderás!
Salvador Enríquez
Cuando salió de la cápsula sintió un tremendo vértigo. El horizonte se extendía silen-cioso e inmenso sobre una planicie árida, reseca, punteada de pequeños cráteres que le recor-daban el acné de su pasada juventud.
La luz apretaba tan fuerte sobre los ojos que los tuvo que entornar cubriendo el ros-tro con una mano a modo de visera.
El inicio del primer paso fue emocionante, poner un pie sobre aquel suelo ignoto le hacía pensar que su nombre llegaría a las enciclopedias y a la historia como el de un pionero de algo que se descubría en las lindes del siglo veintiuno. Temió por un momento que el suelo ce-diera; le habían entrenado sobre la densidad de aquella masa, pero ignoraba si en la realidad resultaría lo mismo que en el laboratorio. Tenía que posar su pié allí como le habían mandado, para lo cual le habían instruido, y con él todo el cuerpo. Mientras pensaba, como en un efecto reflejo, puso las manos en su cabeza y notó la escafandra que la cubría. Fue una extraña sensa-ción, una experiencia indescriptible. Aunque en los laboratorios, en las salas de entrenamiento, había repetido durante meses una y mil veces la misma secuencia de movimientos, en aquel instante le pareció todo totalmente nuevo y, lo más importante, tremendamente excitante; tan-to que su pulso se aceleró y la respiración comenzó a ser entrecortada.
Se plantaba ante la realidad que durante tiempo había estado anhelando frente a los monitores, las pantallas y los simuladores de ingravidez. ¡El suelo no cedió! Puso el otro pie y notó la firmeza y la densidad a las que estaba acostumbrado en el lugar del que había llegado. Pero una duda le asaltó: ¿estarían bien conectados los tubos de oxígeno? Con las manos en-guantadas palpó los conductos, verificó las conexiones y, seguro de sí, dio el siguiente paso, y otro y otro. Su concepto de las distancias y del tiempo se relativizó; en varios pasos tuvo la sensación de haber caminado algunos kilómetros, el minutero del reloj marchaba a una veloci-dad perceptible; todo le resultaba extraño y a un tiempo curioso. Y recordó aquellos cuentos fantásticos con los que disfrutaba de niño mientras sintió que un sudor caliente empañaba el cristal de la escafandra.
Se emocionó, pero no llegó a tener miedo. Se sentía seguro al estar respaldado, en la distancia, por miles de técnicos, cientos de puntos de seguimiento, decenas de satélites y nume-rosos ingenieros, todo al servicio de un único fin: la consecución de los objetivos marcados, el triunfo de la competición entre el hombre y el espacio. Todo ello, a lo lejos, significaba la ayu-da de unos faros, como los marítimos, que lanzaban sus destellos de ida y vuelta recogiendo en los ordenadores las más mínimas incidencias.
Miró hacia atrás y ya no vio la cápsula. Ahora sí estaba totalmente solo. Nunca se ha-bía sentido tan aislado como en aquel instante: él y su escafandra; él y su traje aislante; él y su más absoluta soledad. Porque la soledad, como él la conocía, no resultaba absoluta; tenía rui-dos cercanos, miradas lejanas, rumores de gentes que pasaban, pero allí parecía muy diferente: estaba la nada y el temor a lo realmente desconocido.
Algo, parecido a una mano pétrea y como putrefacta, descansaba en un rincón; una columna truncada, al borde de uno de los pequeños cráteres, le recordaba lo que podían ser restos de una ciudad semidestruida; cerca de él creyó divisar objetos desparramados, trozos de vidrio de diversos colores, aunque la mayoría transparentes, y a lo lejos un manto de césped. Sin duda alguna pensó instintivamente estaba asociando cada detalle del desconocido paisaje con figuras que le eran familiares, como única manera de poder relacionar los objetos, identifi-car y dar nombre cada cosa. De lo contrario, sería demasiado confuso moverse en un mundo sin palabra, sin sustantivos, sin la imprescindible relación nombre-objeto.
Las relativas distancias les hicieron percibir cerca lo que él creyó unos sonidos; como unos ruidos lejanos que, sin duda, le hicieron desistir de la anterior idea de absoluta soledad. Debió ser un instante malo que tuvo, un momento de depresión imprevisto por parte de los analistas y sicólogos que le habían entrenado. Agudizó el oído y creyó percibir un leve murmu-llo, algo próximo, que se elevaba hasta el cercano sol. Algo así como si miles de voces lanzaran a un tiempo hacia el espacio la misma frase; una letanía incomprensible, monorrítmica, rotunda y onomatopéyica.
Su temple, su seguridad, afianzada durante años en duros entrenamientos, tuvo un punto de debilidad. Fue la mezcla de la confusión entre querer saber dónde se encontraba y suponer que todo era un error, como un maldito sueño.
El desplazamiento por la superficie densa y plomiza le acercó al origen de los ruidos; un grupo numeroso de figuras, que se bamboleaban al ritmo de olas marinas, parecían adorar a un tótem alzado sobre el pedestal de unos brazos musculosos. Un tótem a modo de bola, co-mo un sol, en tonalidades blancas y negras. Quiso escudriñar, recabar datos, conocer qué pasa-ba allí para transmitir la información a quienes le habían enviado a aquel paraje, a los técnicos que, sin duda, estarían ansiosos ante los monitores a miles de kilómetros o, quizá, de años luz.
Vio cómo aquellos extraños seres, mientras se mecían al unísono ante la bola blanca y negra, formaban dos grupos que se diferenciaban por lo que podía ser la vestimenta: dos colo-res que parecían identificar a cada uno de ellos. Por unos instantes, o una horas, sintió miedo ante aquella multitud; parecía agresiva e incontrolada, pero su trabajo era investigar y debía cumplir el programa previsto. Haciendo un esfuerzo, alzó la vista: del azul celeste pendían una especie de banderolas con colores similares a las vestimentas. El rugido se fue haciendo más cercano y creyó ver que algunas de aquellas figuras se le acercaban con gestos que identificó como agresivos.
Se sintió totalmente confuso. Cien veces la habían hablado de la soledad que encon-traría; así lo experimentó al poner el pie por primera vez en la superficie, y todas las previsiones se iban cumpliendo hasta que llegó a aquel lugar. Intentó calcular el tiempo, entender cómo y cuanto había transcurrido desde su llegada hasta el momento en el que vio la bola blanca y ne-gra alzada en los brazos de aquella figura, pero no pudo. Quiso dejar la mente en blanco para recuperar la consciencia y encontrar la perfecta relación entre el espacio y el tiempo y com-prender, simultáneamente, aunque fuera con mentalidad de su planeta, los sucesos que estaba observando.
Pero una parte de aquella masa se le acercaba cada vez más y las extrañas figuras co-menzaban a tomar formas concretas ante sus ojos. Curiosamente, los que vestían determinado color se iban hacia la izquierda, agachando la parte alta corpórea con un gesto como de abati-miento, como si hubieran sido los perdedores en alguna batalla; los otros, los del otro color, se erguían con orgullo mal disimulado; eran los que gritaban, los que producían el ruido más en-sordecedor y, al mismo tiempo, los que se le iban acercando con paso rítmico y aparentemente amenazador.
Acostumbrado por oficio a la observación, al análisis, y a sacar conclusiones de forma inmediata, pronto se percató que el color de su traje aislante era el mismo que usaban en su supuesta vestimenta los cabizbajos, los que se marchaban, los que parecían perdedores de algo, y dedujo por ello que él también era un perdedor aunque ignoraba en qué y el porqué.
En aquel momento sintió un golpe en la escafandra. Los tubos de oxígeno se colapsa-ron y, tras un vértigo, quedó inconsciente aunque su otro yo, como en un desdoblamiento de personalidad, le observaba desde fuera.
Desde ese exterior galáctico vio cómo unos doctores se afanaban en recuperarle: le aplicaban oxígeno, le transfundían sangre, le aplicaban en el cuello un collarín cervical, venda-ban su cabeza con cuidado y, más tarde, firmaban un parte médico que decía lacónicamente: "Fractura de cráneo y lesiones cervicales por agresión. Pronóstico grave".
Y en la cabecera de la cama del hospital una mujer le miraba con gesto de conmisera-ción mientras exclamaba:
- ¡Qué tonto eres, Manolo!; todo por el puñetero fútbol... ¡nunca aprenderás!
Madrid, 14 de junio de 2000
Al fin, la luz
La habitación estaba en penumbra. En la mesita algunos medicamentos, un vaso con lí-quido y un despertador que acompasaba con su tictac los latidos del corazón de Luis. Tras los visi-llos de la ventana se adivinaba un paisaje verde oscuro, ante un cielo plomizo y una lluvia suave que sugería un llanto de tristeza.
Él quería la luz, la necesitaba, la buscó afanosamente pero no la encontraba. Quiso mover un brazo para alcanzar el interruptor de la lamparita y su cerebro se bloqueó. Una vez más com-prendió que no podía, que le era imposible mover un solo músculo. Hacía años que estaba así; des-de aquella tarde en que su coche se encontró de frente con un camión que regresaba con carga desde la ría. La niebla no le dejó ver. Fue una curva inesperada. Dos faros enormes se plantaron ante sus ojos, un chirrido de llantas marcó el asfalto y una sirena ululó a lo lejos. Después, todo fue inmovi-lidad. Desde entonces estaba así, siempre en espera de que alguien como yo le visitara, le diera de comer, le pusiera la cuña para orinar. El vaso de la mesilla pareció temblar, quizá fuera por el entarimado, quizá por el miedo o quizá por la esperanza; me puse unos guantes, lo tomé y se lo acerqué a la boca. Bebió mientras sonreía. Él era mi amigo y me lo había pedido muchas veces. A los pocos minutos, después de ce-rrar los ojos, llegó la luz que tanto ansiaba. Creo que lo hice bien.
Datos bio-bibliográficos de Salvador Enríquez
Autor teatral, narrador y periodista, nacido en Granada (España,1942). Desde 1964 reside en Madrid .
Obras teatrales:
Estrenadas: "Julio César" (Parodia), Granada 1960 "El puente", Granada 1975 "Mirándose detrás de un espejo", Madrid 1975 "El vertedero", La Puebla de Montalbán - Toledo 1984 "El ascensor", Lucena - Córdoba 1986 "Un periódico en blanco" (Infantil) Madrid 2000 "La próxima, Prosperidad", Paso de los Libres (Argentina) 2000 "Un billete de diez mil", Jerez de la Frontera - Cádiz 2001 "Yo, pecador" (Teatro "mínimo") Ensenada - Baja California - México 2001
Lecturas dramatizadas: "La cuchara" - Sevilla 1999 "Bajo un pubis primerizo" - Madrid 2001
Obras publicadas: "El puente", Azur (Madrid) 1975 "Mirándose detrás de un espejo", Azur (Madrid) 1975 "Una agenda llena de grasa", Teatro Independiente Alcalaíno (Alcalá de Henares, Madrid) 1992 "Bajo un pubis primerizo" (Teatro "mínimo") Revista "Alhucema" nº 4 (Albolote - Granada) 2000 "La cara oculta de la humanidad" (becada por la Comunidad de Madrid, 1998) CAM y AAT (Madrid) 2000 "La cuchara", Revista "La Casa del Poeta" número 6, (Caracas - Venezuela) junio de 2000 "La cuchara" Ayuntamiento de Torreperogil (Jaén) Diciembre 2000 "La próxima, Prosperidad" Revista "Art Teatral" (Valencia) diciembre de 2001
Obras publicadas en Internet: Revista Digital Dramateatro sección "Dramaturgia" "El ascensor" "Le llamaban Kafka" "La próxima, Prosperidad" "Reality show" Revista literaria "Poesía" "La cuchara" "Le llamaban Kafka" "Café Rincón Literario" "La cuchara" "El ascensor"
Asociación de Teatros Independiente de Argentina: "Reality show" "Le llamaban Kafka" "La próxima, Prosperidad" "Bajo un pubis primerizo" "¡Se busca!" "La cara oculta de la humanidad" "Un periódico en blanco" "La cuchara " "El ascensor"
Revista La Teatral: "Bajo un pubis primerizo" "Cuando den las tres" "El ascensor" "La cuchara" "La próxima, Prosperidad" "Le llamaban Kafka" "No hay precio... el que tú quieras" "Reality show" "Se busca" "Un periódico en blanco" "Yo, pecador"
Premios teatrales: Accésit Liceo Artístico de Granada, 1960 Medalla de plata, Liceo Artístico de Granada, 1962 Barahona de Soto, Lucena (Córdoba) 1986 - "El ascensor" II Certamen de Textos Teatrales (Torreperogil - Jaén) 1999 - "La cuchara" Primer Accésit en el II Premio Doña Mencía de Salcedo 2000 (Noalejo - Jaén)
Libros publicados de narrativa: "Octógono" (Cuentos) - 1973 "Garnatha y otras cosas del "homo erectus" (Cuentos) - 1977
Salvador Enríquez Apartado de Correos 16.187 28080 Madrid (España)
E-mail: senriquez@worldonline.es _______________________________________
© Salvador Enríquez
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 9 Abril-Mayo-Junio de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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