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Álvaro Mutis,
Colombia y el Caribe colombiano

Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico

          El premio Cervantes concedido al poeta Álvaro Mutis, como uno de los mejores escritores en lengua española, parece confirmar la aseveración de Octavio Paz acerca del papel de la palabra poética en tiempos prosaicos: "En época de tribulaciones, la poesía se presenta al espíritu como un desagravio. La realidad del poema evanescente y sin consistencia física, nos parece una refutación de la realidad incoherente que vivimos, hecha de palabras rotas y pensamientos dispersos; saber que pertenecemos por la lengua a un mundo más vasto, rico y hondo que el cotidiano, nos ayuda a soportar con un poco de entereza los descalabros". Cuando crece el desprestigio de nuestros paisanos narcotraficando en Europa, cuando la guerra intestina del país alcanza extremos impredecibles (y tal vez insuperables) de barbarie, el reconocimiento internacional al talento, a la creatividad colombianas, siembra nuevamente una semilla de esperanza.

          No obstante, mientras el mundo de habla española celebra la buena noticia del premio, la pródiga hecatombe colombiana traslada su arrullo interminable a otros territorios, corroborando la boutade de Alfredo Iriarte, según la cual, el día en que Dios distribuyó por el mundo los pecados capitales, a Colombia le dejó la enconada envidia. Porque, en efecto, al divulgarse la concesión del premio por los cuatro puntos cardinales del planeta, desde diversos rincones del país, de manera casi concertada, han brotado voces bravas, no disidentes, sino agresivas, blandiendo los sables del insulto o el tribal garabato del escarnio, voces bélicas orientadas no a evaluar la obra literaria de Álvaro Mutis, sus méritos y defectos, la trayectoria creadora del poeta, sino los hábitos y las opiniones personales del hombre. 

          La obra y la persona de Mutis, como pocas en el país, han tenido la virtud de desatar las pasiones. No hay términos medios: la aceptación amorosa o el rechazo radical. Un gran número de poetas y de críticos nacionales se ha detenido con fruición en el estudio fecundo de la obra desde Aurelio Arturo hasta William Ospina pasando por Hernando Téllez, Ernesto Volkening, Fernando Charry Lara, Hernando Valencia Goelkel, Fernando Cruz Kronfly, Oscar Collazos, Ricardo Cano Gaviria, Juan Gustavo Cobo Borda, Darío Jaramillo Agudelo, R.H. Moreno Durán, Nicolás Suescún, Sara Mojica, Darío Henao, Alvaro Medina, J. Eduardo Jaramillo Z., David Jiménez y Oscar Torres Duque, quienes, sin duda, conforman la plana mayor de la crítica colombiana en la segunda mitad del siglo XX.

          Entre el reciente vocerío bullanguero y bilioso sobresale, por la acerada y acendrada amargura que destila, la palabra de un periodista con seudónimo de insecto doméstico del orden de los dípteros y apellido de propietario de óptica, célebre por sus sones netos de vuelo bajo, pedestre, que nunca alcanzan la altura de vértigo de la gavia y por su potente miopía crítica, reconocida en los cementerios de las reseñas espinosas, por haber sido uno de los primeros en descalificar, pocos días después de su aparición, a Cien años de soledad, novela a la que consideró ladrillo ilegible, y por la condenación de los "versitos" de los "pretendidos poetas" José Manuel Arango y Giovanni Quessep hoy reconocidos más allá de nuestras fronteras-. En este territorio de los desaciertos literarios, el susodicho sólo compite con la ceguera infalible de Guillermo de Torre, el crítico editor que acertó por error al rechazar los manuscritos de tres escritores que luego merecerían el Premio Nobel: el poemario Todavía, primera versión de Libertad bajo palabra, de Octavio Paz, Residencia en la tierra, de Pablo Neruda, y La hojarasca, de Gabriel García Márquez .

          Lo sorprendente es que esta actitud crítica tanática e iracunda no es aislada: tiene antecedentes ilustres (críticos que con frecuencia no escriben sobre algo, sino contra alguien, con el corazón "blindado de rencor") en el remoto pasado, como Laureano Gómez, y en épocas más recientes, en Rafael Gutiérrez Girardot, académico boyacense brillante y pendenciero, antaño aficionado al uniforme de camisas pardas, y padre de toda una incipiente (e impaciente)  tradición de intelectuales cundiboyacenses curtidos en tierras teutonas. Pero también figuran algunos periodistas petimetres o poetas parroquiales que nunca firman sus ataques con el nombre de pila, pero sí incitan a escritores cachorros, ávidos de figurar en letras de molde, a que lo hagan, a cambio de publicaciones hebdomadarias: el caso más patético, el escándalo mayor, fue el del rocoso
Magazín Dominical
de El Espectador en el que se hizo un balance de la poesía colombiana del siglo XX, en el cual se omitió, de manera que no puede ser sino deliberada, la obra de Álvaro Mutis, pese a su papel definitivo (junto con sus contemporáneos de doble apellido Charry Lara, Rojas Herazo y Gaitán Durán- y algunos precursores dispersos de Silva a Oscar Delgado y Aurelio Arturo), en la modernización de la poesía colombiana, anclada tristemente en el sonsonete del soneto, en el apego excluyente a los modelos hispánicos, en la visión del poema como el reino de la ocurrencia ingeniosa y en la práctica del erotismo casto y sin cuerpo de los ya anacrónicos bardos piedracielistas.

          Álvaro Mutis fue (junto con el Grupo de Barranquilla) uno de los más contundentes demoledores de la vieja imagen de los poetas en Colombia como funerales funcionarios oficiales, ladrones nocturnos de versos, con sus chompas enchumbadas de ácido sudor, colmadas de canas capas de casta caspa, vates lánguidos y ojerosos, eternos y serviles editorialistas, políticos oportunistas, perseguidores de prebendas, diplomáticos de undécimo nivel, columnistas incultos, lentos lectores de traducciones, triviales coronadores de reinas de belleza y promotores turísticos de la geografía azul de la patria, que dormían con la efigie de Mussolini y de Franco en la cabecera de la cama, incapaces de dialogar de tú a tú con un colega de otra lengua porque sus conocimientos no rebasaban las torpes tapias del patio.

          La obra de Mutis pone al día la poesía del país, al restablecer el diálogo fecundo, interrumpido desde Silva, con la poesía moderna (en especial, aunque no de manera exclusiva, en lengua francesa: Bertrand, Baudelaire, el ala izquierda del simbolismo Rimbaud, Lautréamont, Laforgue-, Claudel, Perse, Apollinaire, Cendrars, Reverdy, Larbaud, Breton, Cesaire), al tiempo que se apropia e incorpora a la tradición poética colombiana algunas de las prácticas propias de aquella poesía: el poema en prosa impregnado de narratividad, el monólogo dramático y la irónica y lúcida reflexión, desde el poema, sobre el poema y las posibilidades reveladoras de la palabra.

          Por otra parte, la poesía de Mutis encarna una serie de tránsitos muy significativos en la poesía colombiana contemporánea: de la inspirada y facilista improvisación de Piedra y Cielo y su relación confiada con la palabra eufónica y ornamental a la desolada lucidez y la vigilante conciencia del oficio; del hablante lírico "sentimental, sensible, sensitivo" al hablante maduro, informado, reflexivo; de la prosa lírica modernista (aquellos almibarados elogios de Carranza a los meses, publicados en la Revista de las Indias), al poema en prosa que incorpora la lógica de los sueños y los deseos más íntimos y extravagantes; de la abolición piedracielista del pensamiento poético en aras de una poesía del corazón, apta para lectores bucólicos, a la metafísica subterránea que cuestiona el tiempo e inquiere acerca del olvido; de la melancolía y la visión ilusionada del mundo a la desesperanza y la agonía existencial; de la idealización del trópico visto como paisaje pastoril de postal a su desembrujamiento al presentarlo no como estricto entorno físico sino como espacio habitado por el hombre, donde la muerte se cocina de manera continua a fuego lento; del canto en celebración de los valores tradicionales -la hispanidad, el catolicismo, los próceres, el sabor de la tierruca, el folclor campestre- a una nueva concepción catártica de la poesía que linda con el resplandor de la plegaria.

          Asimismo, el orbe verbal de Mutis incorpora ciertos tópicos que luego se reiteran en no pocos de los más valiosos escritores colombianos contemporáneos, García Márquez incluido: la relación intensa con el paisaje; el perverso paso del tiempo y su resonante ruina; el viaje y la huida; la expulsión del paraíso de la infancia y de la idílica y ventilada morada al sur; la atmósfera de enfermedad y decrepitud, transgresión y enigmático erotismo; las imágenes febriles; la tensión entre entidades antitéticas -Europa y América, prosa y verso, imaginación creadora y reflexión metapoética-; la estética del fragmento; la representación del trópico como el ámbito de la desesperanza a partir de una estratégica distribución en el poema de sus minerales, vegetales y animales en imágenes de todo tipo que contribuyen a la creación de un clima descompuesto, opresor e inhospitalario (como el de los hospitales de ultramar), mucho más acorde con el paso de Colombia de país rural a país de centros urbanos y cuerpos torturados, en guerra permanente y nada fría, en el que la violencia bestial se ha convertido en una constante cotidiana.

          Hecho paradójico: muchas veces la descalificación se da a partir de criterios extraestéticos. En el caso de Mutis se (pre)juzga a partir de sus irreverentes declaraciones. Porque en un tiempo en el que la revolución y sus barbas (o las condiciones objetivas) estaban a la vuelta de la esquina y sólo le faltaba un empujoncito en la espalda, cuando era de buen tono que el escritor latinoamericano se definiese como político zurdo y propagandista de la revolución cubana, en ese tierno tiempo heroico, el creador del gaviero Maqroll, cometió la desfachatez de declarar -como para que no le siguieran importunando con el sambenito de la eterna pregunta del compromiso revolucionario del escritor del tercer mundo, como para que dejaran de molestar pidiéndoles a los escritores (y no a los políticos) la solución al problema de la pobreza, como para dejar sentado de una vez por todas que no le jalaba al juego del trascendentalismo-, que él era gibelino, monárquico y legitimista. Y ahí fue Troya: porque en el rostro rígido y adusto de una izquierda dogmática no cabe la risa ni el sosiego del sentido del humor. Un hombre (y un país) que no ríe están condenados a matar y mientras se persista en esa actitud de sicarios nos mereceremos la suerte mortal que padecemos.

          ¿Será esta pública complacencia en la derrota y en las provocaciones peleoneras, esta intolerancia para el reconocimiento de nuestros coterráneos, esta inextinguible llama de odio vivo, esa infinita insistencia en la tristeza un rasgo patológico constitutivo de la sicología del colombiano?

          Mientras encontramos una respuesta a esta pregunta nada retórica, nos complacemos en citar de manera incompleta, para disfrute de los ilusos y erectos vivíparos de talla milimétrica, de grandes ojos y antenas delgadas y cortas, impertinentes y molestosos peregrinos de ánimo encogido y asombrosa proliferación, peligrosos portadores de gérmenes patógenos, responsables de la propagación de muchas enfermedades infecciosas como lepra, peste y cólera, impenitentes pasajeros del tren de la envidia cuya estación única con múltiples paradas tiende a generar confusiones en su atascada conciencia, uno de los últimos poemas de Álvaro Mutis, en el que parece contestar de manera anticipada a los impenitentes improperios de sus vergajos paisanos:

           Balada imprecatoria contra los listos

                    Ahí pasan los listos.
                    Siempre de prisa, alertas, husmeando
                    la más leve oportunidad de poner a prueba
                    sus talentos, sus mañas,
                    su destreza al parecer sin límites
                    Piensan que han logrado convencer
                    Jamás aceptan que a nadie persuadieron.
                    Porque cruzan por la vida
                    sin haber visto nada,
                    sin dudas ni perplejidades.
                    Su misma certeza los aniquila
                    Pero, a su vez, también sus víctimas
                    Suelen olvidarlos, confundirlos en la memoria
                    Con otros listos, sus hermanos,
                    tan semejantes, tan de prisa siempre,
                    tratando de ocultar a todas luces
                    el exiguo torbellino que los alienta
                    a guisa de corazón.
                    Su efímera empresa, al final,
                    Ningún daño logra hacernos.
                    Ignoremos a los listos y dejémoslos
                    Transitar al margen de nuestros asuntos
                    Y de nuestra natural compasión
                    A mejores fines destinada.
                    De los listos no habla el Sermón de la Montaña.
                    Esta advertencia del Señor, debería bastarnos


.      Regocijo caribeño por la obra de Mutis

          La obra y la persona de Álvaro Mutis han disfrutado en el Caribe colombiano de un reconocimiento unánime desde la publicación, en 1948, de su primer libro, recibido con elogios por el exigente Ramón Vinyes: Álvaro Mutis y Carlos Patiño han escrito un libro de poesía: La balanza. El más interesante de los dos es Álvaro Mutis. Alcanza un estilo bíblico, pero sus imágenes son muy nuevas.

          En 1954, García Márquez saludó la aparición de Los elementos del desastre, primera edición internacional de la obra de Mutis, con un reportaje que celebra la independencia del poeta, ajeno a las cuadrillas y gavillas de escritores, y la fabulosa simpatía de la persona: Alvaro Mutis no está clasificado en ningún grupo o tendencia literaria y no seguramente porque no lo haya querido, sino porque ha estado siempre ocupado en cosas demasiado serias: en el departamento de relaciones públicas de "Lansa", en la gerencia de una emisora  en un ciento de cosas más, igualmente prácticas, de manera que la mayoría de sus amigos a quienes Álvaro Mutis les parece un hombre fabulosamente simpático- no pueden explicarse a qué hora escribe sus libros.

          Un año después, el mismo García Márquez esboza una semblanza admirativa en la que destaca la intensa vitalidad del escritor, su apertura (y constante disponibilidad) a múltiples intereses, en ocasiones contradictorios: A estas horas Alvaro Mutis debe de estar entrando en el Museo de Arte Moderno de Nueva York para asistir a la proyección de una película de 1907, después de haber participado en una conferencia de petroleros que hablaron en siete idiomas, de los cuales Álvaro Mutis sólo entendió tres. Mañana estará medio día metido en una trastienda de antigüedades, y surgirá de ella cubierto de escombros, después de haber librado una batalla con el tiempo que envejece a  los libros que no es el mismo que envejece a los hombres y llevando un incunable debajo del brazo. En Nueva York como lo hizo en Bruselas, en París, en Santiago, en Buenos Aires Álvaro Mutis se está llenando de curiosas historias. Esas historias asombrosas y atravesadas que después, a su regreso a Bogotá, contará a sus amigos entre un chisporroteo de comentarios inteligentes y una artillería de palabras de grueso calibre.

          Tal vez la similitud del paisaje evocado (tierra caliente del trópico, puertos fluviales y marinos) y de su visión del mundo, la íntima ironía de su visión del mundo, la desesperanza que no excluye la esperanza y el hedónico apego a la vida iluminado por un escepticismo casi trágico, expliquen la admirada reseña de Héctor Rojas Herazo en La Prensa de Barranquilla, reveladora de una lectura minuciosa y profunda de Los elementos del desastre, algunos de cuyos poemas habían sido publicados, años antes, en el diario El Heraldo con ilustraciones de Enrique Grau.

          Para Rojas Herazo, la poesía de Mutis, "nos habla de él y de nosotros en palabras de brutal regocijo" y parece decirnos que los elementos del desastre "son nuestros elementos. Estamos hechos de destrucción y de duda. De cosas que nos reclaman para morir en nosotros". Destaca asimismo Rojas el lenguaje mutisiano: La novedad de sus palabras. Por la vejez de que vienen cargadas. Son colectoras de una antiquísima vendimia. No son de ahora ni de allá, de un preciso sitio geográfico o de un determinado ademán de conciencia. Son de todas partes y de siempre. Pero fúlgidas, enceguecedoras, nuevas, porque, al final, han atravesado una nueva comarca humana. De allí el esplendor casi mítico de esta poesía. Y, también, la fluencia, la complejidad de su carácter y la riqueza de sus contornos. Es lo que nos queda de un hombre, cuando se propone probar en un plano de peligrosísima exigencia estética- la potencia de sus sentidos. El resultado de este emplazamiento es esta poesía con mucho de certidumbre matemática, de vigilia en el caos. Y con tanto también, y cuánto- de astucia retórica, de estrategia ornamental, de seguridad distributiva. Con cuánta cautela se reparte en estos poemas la emoción.

          En 1956, en una nota para El Colombiano Literario, rectificadora de la tergiversada publicación que, de sus apuntes sobre el grupo de Barranquilla, había hecho una revista bogotana, Germán Vargas destacaba el acuerdo unánime, a favor o en contra, en torno a ciertos autores colombianos: Frecuentemente discuten entre ellos sobre escritores colombianos; hay, naturalmente puntos de desacuerdo; pero suelen acordar opinión unánime sobre algunos pocos nombres: León de Greiff, Arturo Camacho Ramírez, Alvaro Mutis, Klim, Alberto Lleras. Y también sobre Néstor Madrid Malo.

          Miembro de una generación posterior, el escritor Julio Olaciregui sostuvo en su ensayo "Alvaro Mutis, nuestro poeta", publicado por el Magazín Dominical del 4 de junio de 1978, p.3, que "Mutis es nuestro gran poeta vivo". Cinco años después, Roberto Burgos Cantor publicó en Intermedio, Suplemento del Caribe, el artículo "La leyenda de Mutis, el fusilado de Dios" en el que, con su acostumbrada reticencia, el autor de Lo amador afirmaba que en su conjunto, la obra  de Mutis "alimenta mucho de lo que escriben ahora, de valía, los colombianos".

          En 1993, en su testimonio "Mi amigo Álvaro Mutis", Gabriel García Márquez, destaca la virtud más deslumbrante del creador de Maqroll: Lo que más aprecié desde siempre es su generosidad de maestro de escuela, con una vocación feroz que nuca pudo ejercer por el maldito vicio del billar. Ningún escritor que yo conozca se ocupa tanto como él de otros, y en especial de los más jóvenes. Los instiga a la poesía contra la voluntad de sus padres, los pervierte con libros secretos, los hipnotiza con su labia florida y los echa a rodar por el mundo, convencidos de que es posible ser poeta sin morir en el intento.

          En el mismo texto, el Premio Nobel reconoce que Nadie se ha beneficiado más que yo de su escasa virtud. Yo mismo no podría decir qué tanto hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho. Párrafos más adelante, reafirma su vieja convicción acerca de la simpatía del poeta y explicita su aprecio por la obra del poeta: El hombre más simpático del mundo. Por dondequiera que pasaba iba dejando el rastro inolvidable de sus exageraciones frenéticas, de sus comilonas suicidas, de sus exabruptos geniales... su inmensa sabiduría, su descomunal capacidad de lectura, su curiosidad infinita, y la hermosura quimérica y la desolación interminable de su poesía. Cabe destacar la amistad entre este par de grandes escritores colombianos, hecho insólito en el oficio, toda una lección de convivencia, respeto y tolerancia, por tratarse de seres muy disímiles en su formación y gustos literarios y musicales, así como en sus opiniones políticas.

          Por último, en uno de sus postreros escritos, "Álvaro Mutis, creador de mitos", Alfonso Fuenmayor  resalta que la poesía de Mutis "ajena al melindre y a la voluptuosidad de la metáfora, es una poesía para el hombre" y que con Maqroll, el gaviero,
"creó un mito literario, una hazaña que sólo le está reservada a los grandes escritores".
Fuenmayor, asimismo, alía al reconocimiento de la obra, la celebración de la persona, el conocimiento asombroso que tiene Mutis de la literatura, pese al cual no es un engendro, no es criatura de bibliotecas. Como buen lector, como auténtico lector, ha leído por placer, ha leído por deleite, sin ninguna finalidad utilitaria, como lo haría un catedrático, un crítico profesional, un historiador de la literatura o uno de esos "snobs" sin los cuales parece que no habría fiestas sociales. Thibaudet distingue entre "liseur" y "lecteur". Mutis es un "liseur" antes que un "lecteur".
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©  Ariel astillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 9
Abril-Mayo-Junio de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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