Cuando yo era joven...
Pilar Alberdi Este cuento fue premiado por la Editorial Plaza & JanÉs --Barcelona, España--, en el 2000, y publicado en el No. 64 de su colección de bolsillo. "Cuando yo era joven..." refleja fielmente la situación de los emigrantes africanos en España, quienes vienen con muchos sueños pero se topan con una realidad muy díficil.
Dicen que Juan Reinosa llegó a Guinea mareado por un barco y abrazado a una botella, y que partió de allí anclado a un recuerdo. No sé, no sé... "Juan Reinosa volverá algún día..." -gustaba decir la abuela Marta, mirando a sus setenta años las puntillas blancas del mar. -Somos como el café -aseguraba ella-, y el buen café nunca se olvida. Como el café y el rojo amarronado de la tierra, como nuestros ojos repletitos del verde de las palmeras, los platanales, las plantaciones de mandioca y de cacao y los cerrados bosques. La abuela Marta murió creyendo en la palabra dada por Juan Reinosa. -Volverá... Decía todavía a los ochenta y cuatro años, y a los noventa y tres lo seguía repitiendo. -Cualquier día de estos aparecerá por el camino de los cafetales con su cabello castaño y sus ojos verdes, con el birrete de la Legión, y la borla roja a punto de suicidarse sobre la frente. -¿Y es joven el abuelo? -le preguntábamos no sin cierta malicia. A lo que ella, con memoria fotográfica opinaba morosamente: -Mucho. Porque el abuelo se quedó joven y tieso de tanto perdurar en una única imagen color sepia. -¿Dónde tengo yo esa foto?... ¡Hija! -reclamaba a nuestra madre, en los momentos en que la memoria comenzaba a fallarle-. ¿Dónde está la foto del abuelo Juan Reinosa? -¡Dónde va a estar! -contestaba nuestra madre, siempre malhumorada con aquel hombre que las había abandonado-. Se la comió la humedad de la última lluvia. -¿Que se la comió quién? -chillaba la abuela. Mi madre replicaba: -¡La humedad...! -¿Cómo se la va a comer la humedad? -gritaba la abuela con su gran vozarrona que tan bonitos tonos daban a sus cantos. -Mancha a mancha, madre, mancha a mancha... -replicaba su hija. Y decía aquello como si hablara de un mal bicho -"La humedad, esa humedad..."- siempre dispuesta a abrir sus fauces gigantes, como si de un cocodrilo o un león se tratase. -¿No conoce usted los cocodrilos, madre? ¡Pues eso fue para nosotras Juan Reinosa! -¡Va a ser! -contestaba la abuela y... enseguida volvía al tema-. ¡Hija te acuerdas... Se hacía un hondo silencio. -No, tú no puedes acordarte... No habías nacido. Pues el abuelo... -No la escucho, madre. -Sí que me escuchas. Pues el abuelo, que era un hombre muy militar, todo lo militar que eran los hombres en aquella época, bueno... también era un poco infantil, todo hay que decirlo, gustaba de contar que en su tierra y también en Europa había hombres..., serían muy ricos, digo yo... que coleccionaban soldaditos en miniatura. No sé de qué cantidades hablaba. De veinte mil, ochocientos mil... o así... -No la escucho, madre. -Tú sigue sin escuchar, si eso es lo que quieres. Pero lo de las colecciones de soldaditos le gustaban. A lo mejor, digo yo, que aunque no escuches, lo de coleccionar fotos de artistas te viene de él. -Sí madre, lo que usted diga. Por aquellos tiempos, vivíamos en un poblado de casas bajas que por la tarde miraba al mar. Cuando llovía a las paredes les crecían motas marrones que escapaban a saltos de los charcos. Y en los cobertizos de chapa, el agua resbalaba sobre el bullicio de los gallineros. Yo sé que a la abuela le habría encantado ser otra cosa en la vida, no sé, por ejemplo, ser la dueña de una plantación de cacao, sí señor, habría tratado muy bien a sus negros. Pero no pudo ser. Bien que hubiera podido Juan Reinosa, si no ser el dueño, al menos, haberse convertido en el encargado de una de ellas. A fin de cuentas, y ante sus ojos lo tenían, los europeos eran todos "jefes", "que entre ellos -decía muy asombrada la gente de los poblados- no hay peones ni braceros, ni árboles, pero... ni uno en sus ciudades. Y pensándolo bien, quizá era esto último lo que más les llamaba la atención. Porque lo de que todos eran jefes, lo tenían asumido. Pero lo de que en Europa no había -según se contaba- ni un sólo árbol, de ninguna manera. Mi madre y mi abuela, eran como el perro y el gato. Siempre a punto de echar un ladrido aquí, un zarpazo allá... Y mientras la primera, hablaba de que era tiempo de marchar a la capital para progresar, la segunda sólo sabía hablar de "esperar"... mirando al mar. -Que son décadas, madre. -¿Y qué es eso? -Ya sabe usted bien lo que es. -Pero dónde vamos a estar mejor que aquí. Y en medio de aquellas voces, en el centro del hogar, siempre oculto y deambulando por los rincones, nuestro fantasma particular, el fantasma de Juan Reinosa. -Que a usted, ese hombre no la amó nunca. -¡Porque tú lo digas! -Si lo sabré yo. -Más sabré yo, ¿no te parece? que lo amé... Ahí se resumía todo. Era la única verdad que a ojos de su hija, también era innegable, y contra ésa, no tenía argumentos. -¿Y ahora qué, no dices nada? -¡Voy a decir! -Diga mi hijita, diga. Que usted tiene la piel más blanca que el resto, y que a usted, de niña, siempre le brillaron los ojos por una muñeca blanca... Nuestra casa como muchas otras del poblado, era una casita baja de ladrillos de barro encalados de blanco y marcos de ventana de madera pintadas de azul que de año en año renovábamos por otros colores. Un modo de alegrar la casa y a nosotras con ella. En el cajón de la mesilla de noche de su cuarto y en una caja de madera que había servido para guardar puros, la abuela conservaba las tres cartas que él le había enviado después de marcharse a la Península. Tres cartas, prometiendo que volvería. En la última, antes de dejar un último beso de tinta azul estampado sobre el papel con una muy bonita califragía, escribió... "Recibe de mí lo que más quieras. Marta, te lo juro, un mes más y estoy ahí". Pero el mes pasó. Y a ése, le siguieron otros. La bonita califrafía comenzó a borrarse bajo alguna lágrima, mientras la abuela para consolarse decía y así lo repitió durante años: -Se habrá muerto de un golpe. -O de dos... -murmurábamos los nietos entre risas, porque cuando yo era niña, no me daba cuenta de cuán grande había sido el amor de la abuela por aquel hombre. A veces, fumando en su pipa de madera dura, sentada en una vieja silla de enea (que estaba más coja que ella) y mirando las rocas que se adentraban en el mar, repetía en voz baja como para que nadie más que ella lo oyese, casi como un rezo o un suspiro: -Juan Reinosa: no puedo creer que te hayas casado con otra; aquí te espero. Y era... hasta lógico, ¿no?, cómo no iba a esperarlo, "porque el que se queda -opinaba ella- se queda con la mejor parte". O sea... pensaba yo, la abuela es tonta, el que se queda se queda con la selva y los vestidos de segunda mano de las hermanitas de la Caridad y la crecida oscura y devorante del río bajo la mirada indiferente de un día espléndidamente azul. "Guinea es esto" afirmaba la abuela, mirando y abrazando el horizonte; y aunque no sabíamos bien a qué se refería seguro que me incluía a mí que en ese momento la estaba mirando con una gran sonrisa blanca bajo mi negro cabello encrespado peinado con lazitos de colores. Otros días, me decía: -Tienes... la sonrisa de tu abuelo, Juan Reinosa. Pero no sólo tenía la sonrisa, esto lo supe luego, mientras los quince, los dieciséis, los diecisiete años me acercaban a la juventud, porque comencé a tener su ímpetu, su deseo de ver tierras nuevas, su coraje o... su inconsciencia. La decisión de irme a España, cogió a mi madre desprevenida. La abuela, algo más resignada, me vio marchar... y es seguro que por segunda vez pensó: "Ahí va Juan Reinosa", pero no lo dijo. Al menos, no a mí; de esto, hace ya varios años, mientras me daba un abrazo y me decía: -Ve hija, ve con Dios. Pienso en todo ello, mientras miro pasar los coches y la gente por la Avenida repleta de árboles que da a la Alameda, camino del Paseo de los Curas, en esta ciudad, tan parecida a otras ciudades. Alegre e inquieta a la vez, estoy esperando la llegada de un camión-grúa, y mientras lo hago, clavo la vista en las tiendas que hay enfrente: una óptica, una tintorería, una casa de revelado de fotos, una sucursal bancaria. Delante mío, acaba de frenar un camión. Los demás coches pasan lentamente junto a él, y siguen adelante cuando el semáforo les da luz verde. Mientras el motor de la grúa se pone en marcha y el brazo comienza a moverse, espero prudentemente sobre la acera donde una media docena de alegres y espontáneos niños observan todas y cada una de las maniobras. Al poco rato, casi ha sido cuestión de un instante el camión se marcha. Me ha bajado... una especie de casita de juguete con techo rojo. Los niños, mirándola asombrados intentan demostrar a sus madres lo que han aprendido en el colegio, leyendo en voz alta: "He... la... dos... Fri..." "¡Go!" digo yo, y les sonrió con mi gran sonrisa blanca pensando en mis futuros pequeños clientes, ahora que van a acabar las clases y el calor aplasta el aire caliente contra el asfalto. Desde dentro del quiosco de helados, miro hacia las tiendas porque esta visión, la de las tiendas de enfrente, las de las nuevas franquicias del siglo XXI, será a partir de hoy, mi Golfo de Guinea de todos los días. Al observar a estos niños y adolescentes, al oírlos... jugar, recuerdo con nostalgia y placer aquellos días de mi juventud, cuando tenía todo el futuro delante de mí y salí de Guinea y me vine a España, mientras mi abuela, seguramente, pensaba:"Ahí va, Juan Reinosa". Casi puedo oírla. Pero yo, volveré. Volveré. Lo prometo. ________________________________________
© Pilar Alberdi
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 9 Abril-Mayo-Junio de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124-9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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