Entrevista con Meira Delmar
(Parte II)
"Aquí la voz, la canción,
el corazón a lo lejos"
Álvaro Suescún T.
Para ver la Parte I de esta entrevista,
La lluvia se descarga con fuerza sobre la ciudad. Algunos relámpagos alcanzan a iluminar el patio y un arroyo se ha formado en frente de nosotros. El semblante de Meira ha cambiado. Es intensa ahora en sus palabras, la afectan, el dolor la descompone. Diría que le da rabia confrontar esta dura realidad de la vida. La entiende pero termina por no aceptarla. No por ella, no por miedo a mirarle la cara, sino por la pérdida de esos seres que le marcaron un derrotero en la amistad, en el afecto. Pero hay otros aspectos que debemos tratar, su ejercicio periodístico de ahora, por ejemplo. Hacia allá vamos y se lo indico:
—HE NOTADO QUE HAS REGRESADO AL EJERCICIO PERIÓDICO DE LA COLUMNA. ¿ESCRIBES CADA DOS SEMANAS PARA EL HERALDO?
—Sí, cada dos domingos aparece allí mi columna que he llamado "Palabras", pero hay momentos en los que no tengo temas. Esta vez he dedicado mi tiempo a escribir algunas palabras sobre Amira de la Rosa. Estaba en mora de escribir sobre ella, era un ser privilegiado. ¿La conociste? Tenía una gran finura espiritual, claridad de pensamiento, una simpatía desbordante y, como si fuera poco, una gallardía y un no se qué de realeza que me hace recordar a Ramón Vinyes, el sabio catalán. Él alguna vez le dijo: "Señora, ¡qué acierto el de su bautizo!" Y es que él sabía que en árabe, de donde viene su nombre, significa "Princesa". Yo, a mi vez, le dije en alguna ocasión: "Si no te llamaras Amira, tendrías que llamarte Gracia".
—LO RECUERDO. EN UN POEMA LA LLAMAS "AMIRA DE LA ROSA Y DE LA GRACIA, LA GRACIA QUE POR SER GRACIA ¡EN TI COMIENZA Y TERMINA!" (En "Romance de Amira de la Rosa", en el libro Sitio del amor).
—Alguna vez la fuimos a recibir al aeropuerto, venía de Madrid y allí estaba yo esperándola con Alfonso Fuenmayor y otros amigos. Al saludarlo con un estrecho abrazo, nos dijo: "A este muchacho lo enseñé a leer". Tú sabes que ella era una gran pedagoga. Alfonso, que tenía un sentido de la oportunidad y sentía una gran admiración por ella, le respondió: "¡Mejor me hubiera enseñado a escribir!". Los que allí estábamos aplaudimos festejando ese duelo de inteligencias.
—¿FUISTE MUY AMIGA DE AMIRA DE LA ROSA?
—Sí, la quise mucho. Era una mujer polifacética, extraordinaria. Aquí tenía, con sus hermanas, el colegio "Gabriela Mistral" porque admiraba a la poetisa chilena. Nunca imaginó que la conocería años más tarde y consolidaría una gran amistad, en España, a donde había ido para hacer unos cursos que dictaba en Barcelona María Montesori, la célebre pedagoga Italiana, también asistía Gabriela Mistral. Luego la nombraron agregada cultural en la embajada de Colombia en Madrid hasta cuando, en la dictadura de Rojas Pinilla, la declararon cesante. Intervinieron sus amigos Eduardo y Enrique Santos y la designaron cónsul en Sevilla. Acabado el gobierno de Rojas Pinilla, vuelve Amira a Madrid con su único hijo, que era enfermo, esquizofrénico. En Europa trató de curarlo pero no lo consiguió. Amira permaneció allí hasta que renunció y regresó a Barranquilla en 1972 donde alcanzó a vivir poco tiempo, dos años quizá, más tarde murió. Así que fue muy poco lo que pude tratarla aquí. Cuando estuve en España, en Madrid me veía con ella casi a diario. Durante un mes, viajé con ella a Salamanca, a Ávila, a Burgos, a Toledo, conocí esas maravillas de la mano de esta mujer de hermosa presencia. Conocía España como la palma de su mano. El poco tiempo que estuvo aquí salimos muchas veces. Amira era una mujer admirable, escribió unas obras de teatro interesantes: "Madre Borrada", estrenada con éxito extraordinario en Madrid; "Los hijos de ella", "Piltrafa", comedias principalmente, considero que su mejor obra para teatro es el sainete "Las viudas de Zacarías".
—ELLA ERA MUY TERRÍGENA, NO OBSTANTE SU VIDA COSMOPOLITA EN EUROPA, LO SUYO SON HIMNOS A LA NATURALEZA .
—Esa era ella, nos leía sus prosas al bollo de yuca, a la olla de malambo, a la cerca de matarratón, a las flores de las acacias, al árbol del trupillo, ella adoraba esta tierra. Una vez nos invitó a pasar la tarde a orillas del río Tajo, en el camino veíamos esos olivos con sus hojitas plateadas, unas encinas grandes, las encinas de Machado, veíamos olmos, álamos, de pronto se detuvo para decirnos: "Ay, ¡qué no daría yo por ver un totumo de mi tierra!"
—GERMÁN VARGAS, CUANDO ERA MIEMBRO DEL COMITÉ EDITORIAL DE LA FUNDACIÓN GUBERECK, ACONSEJÓ LA PUBLICACIÓN DE SU PROSA.
—Sí, es un hermoso libro que publicó la fundación Simón y Lola Gubereck, en 1988, con selección y prólogo de Germán Vargas. Se llama así, "Prosa", de Amira de la Rosa. Pero también un banco publicó "Marsolaire y otras páginas", un documento fervoroso que incorpora un pedazo de historia del litoral a nuestra historia literaria. Alfredo De la Espriella escribió el prologo. Y se publicó otra, "La luna con parasol", no recuerdo si por Santillana o Alfaguara, ya muerta ella.
—¿COMO MURIÓ AMIRA DE LA ROSA?
—Ella tuvo un gran sufrimiento en su vida. Me dijo alguna vez: "Es que tengo que ser alegre para poder sobrellevar el dolor que va conmigo". Era el dolor de tener a Ramiro, su hijo, en las condiciones de salud mental en que estaba. Ella había pasado un día malo, esa noche él no quería dormir, al fin ella y su prima Emilia, que la ayudaba en el cuidado de su hijo, agotadas, resolvieron descansar. Amira le dijo: "Ya se durmió Ramiro, ahora podemos dormir nosotras", y se acostó. Al día siguiente cuando la fueron a llamar, estaba muerta. No despertó de su sueño. Fue una bendición de Dios porque ella no quería morir antes que el hijo, ella me había dicho: "Tengo que vivir más que Ramiro, porque ¿a quién le dejo yo mi problema?" Ramiro quedó viviendo con sus tías en Olaya Herrera, por las tardes salía a caminar acompañado de la prima Emilia, que siguió a su cuidado. Tuvo una suerte trágica, una noche, al tratar de atravesar la calle un carro arrolló a su prima; él, que era un hombre alto como de 1.90 mts., cargó a la muerta en sus brazos y la llevó a la casa de las tías. Se quedó con ellas que, no obstante, lo querían mucho. Otra tarde en que amenazaba lluvia, salió a dar su acostumbrada vuelta, las tías trataron de que no saliera. "Mira que va a llover", le dijeron, no hizo caso, se fue. Cayó uno de esos aguaceros diluviales que tenemos aquí y no volvió, estas pobres mujeres se volvieron locas, acudieron a la policía, a los hospitales, a todos los recursos de emergencia, al día siguiente les avisaron que habían encontrado su cadáver en el caño. Un arroyo se lo había llevado.
La lluvia ha cedido. Ahora un leve viento frío entra desde el patio. De su gran amistad con la autora de la letra del himno de Barranquilla, tenía conocimiento desde aquella vez, en el ya lejano año de 1982, cuando, con Miguel Iriarte y Joaquín Mattos Omar, fuimos hasta las instalaciones de la Biblioteca Departamental para invitarla a participar en "Canción de la vida profunda", un programa radial de difusión de la poesía que emitíamos por la emisora de la Universidad Autónoma del Caribe. Emocionada, Meira nos relataba sus andanzas por esas campiñas españolas, acompañada de Amira de la Rosa. Para retomar el hilo de nuestra conversación, insisto en su labor como columnista, le pregunto si esas crónicas las escribe para comunicarse con sus lectores.
—Bueno, fíjate, responde ella, hace bastantes años escribí una primera nota para saludar la presencia de Dora Castellanos que venía a dar un recital en Barranquilla, a partir de entonces Juan B. Fernández, el director, me pidió que siguiera haciéndolo y alcancé a escribir tal vez cinco columnas pero luego las dejé. En esta ocasión me invitaron para alguna conmemoración de la Universidad Libre, en el Teatro Amira de la Rosa, recité tres poemas y, al bajar del escenario, Juan B. me dijo: "Meira, tienes que escribir en El Heraldo". "Bueno, vamos a ver", le dije y me respondió: "Vamos a ver, no. Tienes que volver a escribir, sobre lo que tú quieras". Al día siguiente, por teléfono, me repitió la invitación y me preguntó: "¿Dónde quieres que publiquemos tu columna?". "Donde ustedes digan, a mí me da lo mismo". Y me dijo: "Bueno, la vamos a poner en la página editorial". Efectivamente ahí sale mi columna, pues entre una y otra, el otro día me puse a mirar, llevo 24 escritas y publicadas y como te decía hace algún momento, hay días en que no tengo temas, no se qué voy a escribir.
—PERO CON TODA SEGURIDAD RESULTA SER ALGO DE MUCHO INTERÉS.
—Escribo sobre mis recuerdos, el primer viaje a Bogotá, los recuerdos del muelle de Puerto Colombia a donde iba cuando era niña, los del patio en casa de mis tías Amelia y Susana, hermanas de mi mamá, que eran mujeres muy finas —me apena hablar así de la familia--, casadas a su vez con dos hermanos de apellido Cajtuni, tenían una casa preciosa con un gran patio. Cómo sería que cuando la casa pasó a otras manos, la adquirió el club Unión Colombia y donde estaba la huerta de la que yo hablo, pudieron construir una cancha de basket ball con sus medidas reglamentarias y graderías para el público, esa casa era un paraíso. Por eso digo yo que el patio más parecía un cuento que la realidad.
—ERA MUY PINTORESCO ESE VIAJE A BOGOTÁ POR EL RIO MAGDALENA. ¿LO HICISTE EN BARCO DE VAPOR?
—El primer viaje a Bogotá lo hice por invitación de Carlos López Narváez, director de la Biblioteca Nacional, fue también mi primer recital en la capital, un acontecimiento muy grande para mí, impresionante. Ese viaje nos tomó 15 días por el río en un buque fluvial que se llamaba el "David Arango", tal vez fue el último buque de vapor que surcó las aguas del Magdalena, tenía unas inmensas ruedas que entraban en el agua permitiendo su avance, y alimentaban la caldera del buque como en los relatos de Mark Twain en el Mississipi, ¿recuerdas? Nos embarcamos mi hermana, dos amigos y yo, los paisajes en los atardeceres del río eran hermosísimos, todavía se veían caimanes, no muchos pero se veían, y árboles inmensos y esos pueblecitos en las riberas. De noche nos quedábamos largo tiempo en la baranda de la cubierta, mirando el cielo, sintiendo en el viento fresco la música de bandas que alegraba el ambiente hasta llegada la hora de volver al camarote, era delicioso. Otras veces era un trío con sus guitarras y su tiple el que animaba en las tardes a los pasajeros, ahí fue donde oí por primera vez la música de Los Panchos, yo no la conocía y aquellos tres hombres tocaban la música del trío mexicano "Sin ti", "Como un rayito de luna", todas esas maravillas, hace ya muchos años de eso y, mira, todavía siguen vigentes, hoy con más fuerza que nunca. Al llegar a Puerto Salgar tomamos un tren para Bogotá, ese tren perdía velocidad en la subida que era larga y penosa, se le sentía la respiración dificultosa, lenta, parsimoniosa, hasta que logró subir la montaña.






—¿QUE HACÍAS EN BARRANQUILLA, POR ESA ÉPOCA?
—Sencillamente vivía, me divertía, iba a cine, hacía visitas, una vida de muchacha barranquillera. Ya había publicado mi tercer libro cuando di ese recital en Bogotá, aquella fue una tarde terriblemente lluviosa y sin embargo la sala de la biblioteca estuvo llena. Como hoy todavía, en Bogotá se llenan las salas cuando hay poesía. De regreso hubo unos derrumbes y no pudimos regresar en barco, nos tocó venirnos en avión y yo estaba muerta de miedo. No existía todavía el aeropuerto Ernesto Cortizzos, ¿sabes qué año fue? ¡1951!. Esa fue mi experiencia de viaje por barco en el río Magdalena. Viajé por el mar también.
—¿A DÓNDE?
—Cuando era muy niña, viaje al Líbano, en el Medio Oriente, la patria de mis padres, tan solo estuve allá por menos de un año. Ya mayor estuve en Europa, por un lapso de seis meses, una linda experiencia, y a pesar de estar embriagada de belleza con el arte y con la cultura de esas ciudades hermosas de España, como Madrid, Toledo, Salamanca, o en Italia: Roma, donde estudié historia del arte y literatura, Venecia y Florencia con todas sus maravillas, llegó un momento en que me hizo falta mi tierra. Con sus problemas, con todas sus cosas malas, pero quería estar de nuevo en mi tierra, en mi ciudad, en mi calle, en mi casa. Es algo increíble esa liga que hay entre el corazón y las cosas que te rodean; recuerdo una frase de Javier Arango Ferrer, un amigo extraordinario, escritor y crítico de arte, que decía: "la patria duele mucho de lejos aunque huela mal de cerca".
—¿SENTÍAS NOSTALGIA POR LA LUNA DE BARRANQUILLA?
—Sí, claro, la veía con el pensamiento todos los días, y sentía añoranza por nuestro sol Caribe, no nos damos cuenta de que tenemos un cielo tan diáfano. Un amigo de Manizales, que vivió un tiempo aquí en Barranquilla, me decía: "Ustedes no alcanzan a captar la intensidad de la luz de Barranquilla, es una luz diferente, no es igual en ninguna otra parte", y yo creo que es así.
Esa luz de Barranquilla, ejemplo de convivencia pacífica para el resto del país, se eclipsó momentáneamente con los acontecimientos que sucedieron tras el asesinato de Gaitán, el 9 de abril de 1948. Por curiosidad le pregunto dónde estaba ese día.
—Nosotros vivíamos donde está ahora el hotel Royal, en el boulevard de la 54, cerca del hotel El Prado, ya había muerto mi padre y mi hermano William tenía su almacén abajo, en el centro. Después del medio día, llegaron los rumores de los desórdenes y la confirmación por la radio de las noticias de lo que ocurría en Bogotá. Fue espantoso. Pasamos un susto enorme, en el centro asaltaron almacenes, quemaron algunas emisoras y periódicos, asaltaron la iglesia de San Nicolás y quemaron sus archivos, ¡ufff! Fue una experiencia terrible esa del 9 de abril en Barranquilla.
—¿USTEDES ESTUVIERON ENTRE LOS DAMNIFICADOS?
—No, gracias a Dios. Mi hermano regresó al día siguiente con mucho temor y halló que no había pasado nada en su almacén. La gente encuentra humor en estas tragedias, al mal tiempo le ponen buena cara. Fíjate que, al prenderle fuego a los archivos de la catedral, quemaron las partidas de bautismo y desaparecieron las constancias de las fechas de nacimiento. Muchas jovencitas optaron por quitarse los años al volver a hacer su Fe de bautismo. Una de mis amigas se quitó como diez años pero como era maestra tuvo que esperar más años para obtener su jubilación, ¡tan de malas!
—DESPUES AL RETORNAR LA CALMA, LLEGÓ TAMBIÉN LA VINCULACIÓN TUYA A LA BIBLIOTECA.
—Néstor Madrid Malo fue el primer gobernador una vez restituida la democracia, era también escritor, historiador y lector infatigable, en síntesis un intelectual muy culto. Su recuerdo me llena la memoria y el corazón. Él me ofreció la Secretaría de Educación y yo no la acepté. Le dije que no era licenciada en Ciencias de la Educación y por eso no quería asumir esa responsabilidad. Recuerdo que me dijo: "Y ¿tu sí crees que los otros directores de educación pueden hacerlo mejor que tu?" Después terminó por convencerme, al insistir: "Acéptame entonces la dirección de la Biblioteca". De allí en adelante fueron 36 años, 27 gobernadores, y lo único que me satisface es que nunca, óyeme bien, nunca, cuando hubo cambio de gobernadores, fui a donde ellos para solicitarles mi prolongación en ese cargo, no obstante que mis amigos me recomendaban: "Ve, habla con el nuevo gobernador, si no lo haces te pueden quitar el puesto". Yo les decía: "Bueno, si me remueven del cargo, sus razones tendrán, pero yo no voy a pedirle a nadie que me deje allí, ni pediré nunca una recomendación". Esto no lo decía por orgullo, ni por pretensión, sino porque pensaba que estaba cumpliendo con mi deber, sencillamente. No hice tanto como hubiera querido: Creamos la Sala de Referencia, la Hemeroteca y el Archivo Histórico, estas dos últimas pasaron a la Biblioteca Piloto del Caribe que funciona en el viejo edificio de la Aduana porque Gustavo Bell, que era el gobernador, quiso concentrar en el nuevo sitio lo referente a investigaciones de la región, justamente yo acepté y colaboré en ese traslado.
—¿TENÍAS DIFICULTADES PARA CONJUGAR EL EJERCICIO ADMINISTRATIVO CON LA CREACIÓN LITERARIA?
—No. Es lo mismo ahora cuando debo conjugar la parte administrativa de la casa, resolver los problemas domésticos, el mercado, estar pendiente de la cocina, la poda de los árboles en el jardín y los patios, que el mango tiene comején, que el timbre se dañó, esas cosas las combino con la literatura, y es que todo se puede hacer. ¿Tú sabes lo que decía Amira de la Rosa?: "Una mujer cabal debe saber lavar, planchar, cocinar, asear la casa, y ¡escribir!". ¿Que tal?
—Y leer —agrego yo, para conciliar mis ideas con esta lectora infatigable que dedicó gran parte de su vida a instruir en la lectura a sus innumerables discípulos que pasaron por la Biblioteca Departamental, esa vieja edificación que acaba de ser remodelada y hoy se honra con su nombre. De esas lecturas se nutrió para alcanzar su propia voz, como ya lo dijo antes, por eso es pertinente conocer cuáles son sus poetas preferidos.
—Bécquer y Neruda, entre los extranjeros, me dice con seguridad, agregando: Aurelio Arturo y Raúl Gómez Jattin, entre los de aquí. Y Cervantes. No se me escapa el nombre de Miguel Iriarte en la nueva generación.
—¿ENTRE LAS MUJERES QUE ESTÁN HACIENDO POESÍA EN ESTE PAÍS A CUÁLES VES CON PROYECCIÓN?
—Hay hombres y mujeres, no vamos a discriminar sexo, entre los jóvenes, haciendo poesía con un marcado acento de cotidianidad. Se habla en ella de las cosas menores en la vida, parece que se prescindiera del uso de las palabras hermosas y se buscara la inclusión de voces que no tienen nada de poesía, nada de eufonía, nada que exalte el idioma. He ido en tres ocasiones al encuentro de mujeres de Roldanillo, mujeres poetas como les gusta llamarse a ellas, a mí no, me parece que eso de "la poeta" es consecuencia de un sentimiento de poco aprecio, si tenemos el femenino de poeta que es poetisa y es una palabra más linda, ¿por qué vamos a negarnos el lujo de llamarnos como somos, "poetisas"? Es un problema que no vale la pena discutir. En Roldanillo, a los encuentros de julio van más de cien mujeres jóvenes que están haciendo poesía y, ciertamente, no te voy a decir que todas son buenas, pero hay un buen porcentaje que vale la pena estimular, eso es lo que está haciendo Águeda Pizarro con su marido el maestro Omar Rayo que ha tomado esto con tanta seriedad como cuando pinta sus maravillosos cuadros geométricos.





—A PROPÓSITO DE PINTORES, ¿CÓMO VES EL PANORAMA DE LA PINTURA COSTEÑA?
—No solo de la pintura costeña, el de la pintura universal, es tétrico. Ya no se habla de Salón de Pintura, se dice ahora de manera un poco ostentosa Salón de Arte para que puedan tener cabida las barbaridades que hacen algunos. Eso que premiaron el año pasado en el Salón Nacional de Artistas en Bogotá —lo vi en El Tiempo— consta de un cuadro en el que se aprecian unos médicos inclinados sobre una camilla, tal vez operando a alguien (manes de Rembrandt) y, en el piso, inmediatamente debajo del cuadro, hay una pirámide de chitos, de esos que comen los niños. Eso fue el primer premio. ¡No hay derecho! Nadie pretende que hoy se pinte como en el cuatroccento o como en el Renacimiento grande o en el Impresionismo, pero que haya algo, que la fuerza del pintor se exprese, ¡por Dios! En Bogotá vive Angel Loochkartt, ¡un maestro expresionista! Me cuentan que Ángel no tiene dónde exhibir su obra, hoy las galerías son prohibitivas. Estas cosas como el conceptualismo, que aún en Colombia las consideran novísimas, están caducas, ¡ya pasaron! ¿Cómo es que todavía están premiando un inodoro con un feto dentro? ¿Cómo es que, a las puertas del año 2000, dejamos que nos sorprendan o, como dicen los franceses, nos estén "epatando" todavía con esas barbaridades? Yo no creo que eso sea arte aunque sean premios en Venecia, en Roma o en París. En cierta forma es una tomadura del pelo.
Siento que esta conversación ha llegado a su final. Son casi las seis de la tarde y ya no quedan vestigios de la fuerte lluvia que ha caído. Ella no demuestra el menor signo de cansancio. Siempre jovial, maneja un estupendo sentido del humor que sus allegados disfrutan a plenitud, tanto sus gracejos a flor de labios como los cáusticos comentarios acerca de los hechos que afectan la serenidad de su semblante, generalmente apacible, muy tranquilo. Quiero saber si Barranquilla ha reconocido el alto lustre que le ha agregado al nombre de la ciudad.
—Yo pienso que pocas personas han tenido la suerte de la que yo he gozado. He tenido el cariño, el afecto de mis amigos, que son muchos, y cuando se me hace esta pregunta contesto que sí, que Barranquilla me ha pagado con creces lo poco que yo haya podido hacer en bien de su nombre. En una carta que me envió Juana de Ibarbourou, la gran poetisa uruguaya, escribió: "un gran pensador francés ha dicho que la amistad es la perfección del amor" ¿Sabes? Creo que es así, porque el amor tiene algo de egoísmo, no quieres que te miren siquiera al ser amado. La amistad no, la amistad permite más holgura en ese entrelazamiento que va de una persona a otra.
—¿QUÉ LE QUEDA A MEIRA POR HACER?
—Escribir, seguir escribiendo hasta que llegue la hora en que el silencio sea mi compañero, pero por lo pronto seguir escribiendo, amar a los míos como los amo, cuidar a mi hermana que, como tú ves, necesita de mis cuidados, y seguir soñando.
—¿HAY ALGUN SUEÑO QUE NO SE TE CUMPLIÓ?
—Sí, muchos, cantidades de sueños que no se cumplieron. En ese programa "Un tinto con lo escritores" que te mencioné antes, resulta que me preguntaron muchas cosas y alguien, un muchacho, dijo con mucho acierto: "En su poesía se ve que hay un amor que no pudo ser, un amor incumplido que le ha marcado toda su obra", y le respondí: "Sí, es muy visible en mi poesía esa verdad del amor imposible, que no pudo ser". Entonces me dijo: "Y, ¿usted no piensa que hubiera sido maravilloso?" Le dije: "Bueno, creo que no habría sido malo que se hubiera realizado". Los asistentes soltaron una sola carcajada. Después Ariel Castillo le dijo a Campo Elías Romero: "Oye, no sabía que Meira tenía tanto humor, creía que ella era de otro talante".
—¿ESTA CIUDAD QUE HA RECIBIDO TANTO DE MEIRA DELMAR ¿QUÉ SERÁ DE ELLA SIN SU VOZ?
—Pues mira, es triste decirlo, Álvaro, pero nadie es irremplazable. Nadie. Ya habrá otras Meira Delmar que vengan después de mí.
Al salir, una ráfaga de brisa fresca y húmeda me retorna a la realidad, un guardia de seguridad privada está apostado en su lugar al frente de la casa, tras saltar algunos charcos intento guarecerme en la acera contraria mientras recuerdo su poema "Verde mar": Aquí la voz, la canción./ El corazón a lo lejos,/ donde tus pasos resuenan/ por las orillas del puerto./ De tanto quererte, mar,/ ausente me estás doliendo/ casi hasta hacerme llorar/ [,,,]."
22 de Abril de 1998.
Nota del autor: Esta entrevista estuvo guardada y sin uso durante cuatro años. Ahora, a petición de Guillermo Tedio, la he desempolvado para publicarla en LA CASA DE ASTERIÓN, que realiza un homenaje a ella en su Edición No. 9 de Abril-Mayo-Junio de 2002. En el transcurso de este interregno, no fue publicado el libro de Hans Federico Newman, tampoco el de Eduardo Márceles Daconte, y el de Prosas de Meira Delmar encontró nuevamente auspicio en una entidad privada. Y durante este lapso fallecieron Alberto Chams, su sobrino; Alicia Chams, su hermana, y Campo Elías Romero Fuenmayor, su amigo entrañable, en el decurso de ese sino que persigue con saña a la gran poetisa barranquillera.
Abril de 2002.
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Texto y fotos:
© Álvaro Suescún T.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 9
Abril-Mayo-Junio de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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