La cantadora
Mónica Patricia Pérez Poetisa y narradora
Se anunció como un mediodía, que cubre las auras sin respetar nuestros tiempos. Pero nadie sabía que sólo se iba a quedar un ratito. Entonces ella se preparó silbando coplas para su llegada. Y se llenó de puntillas las alas que le habían crecido de repente. Y le colgó guirnaldas celestes. Y antes de peinarse las trenzas con alelíes esparció talco por el aire de su vida para asemejar nubes. Y se sentó a esperar a aquella madrugada incierta en que las trompetas de los dioses anunciaran el adviento, mientras cosía camisitas amarillas con hilo doble porque sabía que iba a ser vigoroso. Tan vigoroso como la simiente que lo inventó a la vida.
Llegó una noche de tormenta. A ella le brotaron pentagramas de los pechos turgentes y mientras se esforzaba en ayudarlo, los rayos le iluminaban la venida con un resplandor apenas tenue. Afuera llovía a cántaros una lluvia demencial y aguardentosa y los testigos todavía afirman haber escuchado cantos de sirena que le nacían de alguna parte.
El temporal duró tres días y mientras la ventisca helada amenazaba con arrastrar al recién llegado, ella se empeñaba en cobijarlo y en cubrirlo una y otra vez con las melodías que había aprendido de niña. Arrorró mi niño mírame aquí estoy. Él se debatía entre la nebulosa gris que no le dejaba ver las estrellas y su madre le tarareaba notas con brillos para que, aún sin verlas, pudiera imaginarlas y le nacieran ganas de quedarse en la tierra para disfrutarlas algún día. Arrorró pequeño no te duermas sol. Era un niño fuerte, con cuerpo de Goliat y alma de picaflor.
Al segundo día de su venida, mientras ella susurraba nanas de esperanza, él le empezó a explicar despacito que sería mejor dejar los barriletes y los helados para otra vez. Y cuando terminó de decirlo abrió las alas y se fue.
Y se llevó pegadas a su espalda todas las semifusas y las corcheas que lo acompañaron en ese ratito. Para no olvidarse nunca más del diapasón de su visita y de las coplas que le cantara su madre.
Dicen los que la vieron que ella seguía cantando mientras doblaba, cuidadosa como para no arrugarlas, una a una las camisitas amarillas. Y que su canto ya no eran nanas sino canciones que hablaban de palomas y de ángeles. Arrorró pequeño salúdame a Dios.
Dicen los que la conocen que nunca replegó las alas que le crecieron un día. Que la llaman la cantadora porque jamás dejó de cantar. Y que ahora sus melodías hablan de reencuentro. _______________________________________ © Mónica Patricia Pérez
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 9 Abril-Mayo-Junio de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124-9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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