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"El Aleph"
en Cien años de soledad *

Antonio Silvera Arenas
Literatura - Universidad Nacional de Colombia

1
Oh suma luz que estás tan elevada
sobre el mortal concepto, da a mi mente
algo de lo que diste a mi mirada
y haz a la lengua mía tan potente
que una chispa tan sólo de tu gloria
pueda dejar a la futura gente; (...)
En su profundidad vi que se interna,
con amor en un libro encuadernado,
lo que en el orbe se desencuaderna;
sustancias y accidentes, todo atado
con sus costumbres, vi yo en tal figura
que una luz simple es lo por mi expresado... (1)

Divina Comedia (canto final)

          Una cosa es la poesía y otra la literatura. Una cosa es conmoverse ante la presencia de una mujer hermosa y otra decir, como Bécquer: "Mientras exista una mujer hermosa / habrá poesía". Estos versos tan constantemente repetidos se han vuelto cursis y vacuos. Pero el deslumbramiento y la emoción que experimentamos ante una mujer hermosa siempre será poesía, al igual que el sentimiento que conlleva el correr la cortina al amanecer y hallar esa vieja luz del sol y los pájaros cantando y todas las cosas nítidas y refulgentes, serán siempre la poesía, aunque no todos los días tengamos tiempo para maravillarnos ante ello. Debe ser, este viejo y cotidiano asombro, nostalgia del nacimiento, de aquel momento en que abrimos los ojos al mundo y lo vimos por primera vez, acaso en su esencia primera: en la luz, antes de que ella misma nos permitiese ver, primero, los contornos de cada cosa y, luego, a cada una de ellas en forma separada.

          Sí: una cosa es experimentar los asombros y otra, reflejarlos en ese espejo que son las palabras. Yo pienso que los malos poetas son los que se maravillan con el reflejo y se quedan en él, los que se quedan en los artificios de la palabra y, fascinados por sus tejemanejes, la confunden con la misma poesía, aquéllos que en lugar de buscar la poesía para expresarla en palabras, buscan las palabras para expresar la poesía. Estos malos poetas son los que han propiciado la idea común que se tiene sobre ella, que consiste en entenderla como una especie de segundo código lingüístico, es decir, en un reflejo de lo que ya lo es.

          "El Aleph", cuento de Borges publicado por primera vez en el libro homónimo de 1949, se refiere precisamente a un mal poeta: a Carlos Argentino Daneri, cuyo nombre es un anagrama, esto es, un reflejo, del de un auténtico poeta: Dante Alighieri. Ese pésimo poeta nos es presentado con toda saña por su rival el narrador protagonista, el cual es un avatar del verdadero Borges y se identifica explícitamente con su nombre cuando evoca a Beatriz Viterbo, reflejo también, desde luego, de Beatriz Portinari, la bella y purísima mujer por la que Dante hace su viaje a los tres reinos del Más Allá. Como la verdadera Beatriz al iniciarse el viaje de Dante, la Beatriz del cuento de Borges está muerta al comienzo de "El Aleph". Como el verdadero Dante, Carlos Argentino Daneri es un poeta de origen italiano, a pesar de su nombre, que de algún modo padece el destierro. Como el verdadero Borges, el Borges de El Aleph vive en Buenos Aires. Así, se hallan claramente expuestos los elementos sobre los que se construye la parodia de Borges, pues todo en este cuento resulta ser un espejo envilecedor: Daneri trata, como Dante, de escribir el poema que derogue la dispersión ilusoria y ostensiva del mundo terrenal y exprese la imperceptible y verdadera unidad trascendente, aunque ninguno de sus pretensiosos versos alcance siquiera la frágil consistencia del barro con que hemos sido creados; la belleza sensual de Beatriz Viterbo se halla muy lejos de la castísima hermosura de Beatriz Portinari, tal como se infiere de su divorcio y de las cartas obscenas que dirige a Daneri; Borges, por último, aparece como un personaje arrogante, hipócrita y celoso que nos revela abiertamente sus sentimientos como pocas veces lo ha hecho en sus versos y cuentos.

          Aparte de hallarse enamorado, también como Dante, del fantasma de una mujer, única circunstancia que en primera instancia lo ata a su odiado rival, las razones de este Borges para actuar como lo hace son, sin embargo, contundentes para un poeta: Daneri, su pésimo y desquiciado colega, ha tenido la fortuna negada al lúcido y cuidadoso Borges: parece haber llegado a una máxima intimidad con Beatriz y --no sabemos cuál de las dos cosas es peor-- tiene un Aleph:

          ... uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos...
          El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos... (2)

          Más específicamente, cuando Borges, convencido de la estulticia de Daneri, desciende al sótano en el que éste dice hallarse su Aleph y encuentra, en efecto, ese punto de confluencia, lo describe perplejo del siguiente modo:

          En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo... (3)

          Descrito así, un Aleph es como esas canicas traslúcidas que nos fascinaban en la infancia, las cuales, por concentrar la luz en su forma esférica, reflejan, aunque en forma distorsionada, todo lo que hay a su alrededor desde todos los ángulos y, expuestas al brillo del mediodía, parecen despedir el mismo fulgor del sol. Un Aleph, entonces, es como un reflejo del universo, de Dios. Es el asombro de los asombros. Acaso la búsqueda de todos los poetas, esa que tratan de manifestar a través de ese vano reflejo que es la palabra, es la búsqueda de ese asombro fundamental al que Dante describe como la pura luz, contenedora y unificadora del vasto y descuadernado universo. Sí, en ese humilde monosílabo, tan elemental como una canica, representado en castellano por cuatro letras, Dios, está compendiado absolutamente todo lo que la humanidad ha experimentado, pensado y sentido sobre la tierra.

          Lo que Daneri encontró desde niño en el sótano de su casa era el extraño privilegio de ver la enceguecedora figura de Dios; sólo que no era un Dante, quien expresara con las cien cantigas de su poema su luminoso e indescriptible ser. No, Daneri, era un mal poeta, uno de los que corregía sus versos según un depravado principio de ostentación verbal, y, por eso, en vez de expresar su hallazgo con humildad para que éste fulgiera en su palabra, lo que intentaba era exhibir las inutilidades pomposas de su ingenio. La estupidez de su arte es descrita despiadadamente por Borges:

          ... donde antes escribió azulado ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, latescente,
lechal
... (4)

2

          En la postdata de 1943, Borges se refiere al sentido del Aleph y de la palabra que lo designa:

          Este [el nombre del Aleph], como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada... Para la cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y mapa del superior...

          Luego, Borges nos habla de otros Aleph que la literatura ha registrado: todos tienen en común el atributo del reflejo: todos son espejos. Si nos fijamos en los espejos, hallamos que aparte de reflejar los objetos, mecanismo mediante el cual tienden trampas para perder a los narcisos como Daneri, éstos tienen la virtud de reunir en sí las cosas que en la realidad están separadas. En este sentido, todo espejo es, en efecto, un Aleph. Si frente a este heterogéneo auditorio colocásemos uno, descubriríamos que sillas, personas y demás objetos aquí presentes, a pesar de hallarse separados, conformarían una sola cosa dentro de él.

          Pero hay también otros espejos, espejos que aparte de acabar con la heterogeneidad de los seres, son capaces de recoger el presente, el pasado y el porvenir en su ser. Espejos que son eternos. Estos espejos maravillosos son los libros, que reflejan la palabra, es decir, al hombre ese ser situado entre el mundo inferior y el superior, es decir, a Dios. Ahí está la
Biblia
, que en su mismo nombre, el libro de los libros, intenta expresar la esencia totalizadora de Dios. Aparte de esta obra especial, hay otros libros que se fundan explícitamente en el principio del Aleph. Estos son, por ejemplo, La Divina Comedia,
Mil y una noches,
Don Quijote y uno particularmente especial por su relación directa con el cuento de Borges aquí comentado: Cien años de soledad.

3

          Aparte del episodio mortal que propicia el éxodo de la aldea en que naciera, junto a su mujer y un grupo de amigos, la causa por la cual José Arcadio Buendía funda a Macondo a orillas de un río de piedras prehistóricas es un sueño cuyo argumento se resume en unas pocas palabras:

          José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejos. Preguntó qué ciudad era aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural: Macondo... (5)

          Es ésta la primera vez en Cien años de soledad que se nos revela su valor de Aleph. Las casas de paredes de espejos que aparecen en el sueño de José Arcadio Buendía y el sueño mismo poseen la propiedad de los objetos multiplicadores y convergentes. La reflexión (fenómeno por el que se repiten las acciones) y la confluencia (fenómeno que hace converger los objetos en un mismo punto del espacio) son los dos atributos estructuradores básicos de esta obra. Por el primero de estos atributos es posible el avance, aunque repetitivo y paulatinamente degradante, del tiempo; debido al segundo, dicho tiempo se estanca y se eterniza tal como lo perciben algunos personajes a través de su propia experiencia: José Arcadio, el fundador; Ursula y Pilar Ternera. Esta última, con su don profético, logra expresar con nitidez los dos atributos aquí propuestos en el capítulo XVIII de la obra, cuando Aureliano Babilonia le confiesa su amor por Amaranta Ursula:

          No había ningún misterio en el corazón de un Buendía que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencias le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo e irremediable del eje...
(6)

          Pero, además de manifestarse en la conciencia de estos personajes y en los principales asuntos de la obra (la peste del insomnio y del olvido, que al final se repite en la desidia que precede a la desaparición del pueblo; los hermanos gemelos, que trastocan su propio destino; las parejas de amantes desaforados, que son al mismo tiempo hermanos y terminan cristalizando la vocación incestuosa de la especie: José Arcadio y Rebeca, Aureliano Babilonia y Amaranta Ursula; etc.), los principios del Aleph, reflexión y confluencia, se reconocen especialmente en la función de Melquíades y de sus pergaminos.

          Melquíades, como descubre finalmente el lector, es el autor de unos manuscritos elaborados en sánscrito y versos cifrados a los que sólo tenemos acceso gracias a la traducción que realiza el último Buendía. Al llegar a este punto, ya en el último párrafo de la obra, descubrimos que hemos podido leer Cien años de soledad, sólo a través de los ojos de Aureliano Babilonia que en su apellido reúne la "con - fusión" de las lenguas. En ese momento descubrimos que somos Aureliano Babilonia y que el libro que tenemos en las manos es un extraordinario Aleph, un objeto en el que, merced a la magia de Melquíades, quien «no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante» (7), todos los episodios se difunden, confunden y refunden. Y es entonces cuando entendemos que el ritmo vertiginoso de la narración; el paso de la digresión general a las experiencias particulares de los personajes; los resúmenes, las prospecciones y las regresiones; los capítulos escrupulosamente simétricos; la ausencia de enumeración en éstos; el laconismo pletórico característico de García Márquez y que dota a cada una de sus frases de la contundencia sentenciosa e incontrovertible del refrán, gracias al cual puede expresarlo todo en pocas palabras; todos estos elementos, se corresponden con la idea del Aleph como difusor y contenedor de todos los puntos del universo.


4

Come des longs échos qui de loin se confondent
dans une tenebreuse et profonde unité
vaste como la nuit et come la clarté
les parfums, les couleurs et les sons se répondent. (8)

Charles Baudelaire

          Como Dante, como Daneri, como Borges, como García Márquez, Ch. Baudelaire, el fundador de la poesía moderna, intuyó que a pesar de la diversidad del mundo todo en realidad confluía hacia la unidad, y declaró en su poema
Correspondencias
esta convicción valiéndose formalmente de la sinestesia, esa imagen literaria que funde y confunde las percepciones sensoriales. Según propone en este poema, ciertos perfumes (el almizcle, el ámbar, el benjuí, el incienso) tienen la propiedad de expandirse hacia el infinito y confundirse con él. Todo el movimiento simbolista, que en realidad ha logrado persistir hasta hoy, parte de esta idea extraordinaria y mística: las cosas deleznables de este mundo, que sólo conocemos en forma parcial, son expresión de un mundo perfecto y único que apenas podemos intuir. Esa intuición es Dios, aunque Baudelaire ha sido catalogado como un poeta maldito, o tal vez precisamente por eso (el diablo en realidad es una parodia de Dios). La luz, los espejos, las canicas transparentes, la Biblia, los buenos libros son la más acabada expresión de ese ser unitario en nuestro mundo.

          Un auténtico poema es un Aleph, un pequeño y vasto universo, puesto que refleja alguna esencialidad común a la especie humana y, por tanto, a Dios. En la búsqueda de los Aleph (de los asombros fundamentales), función principal del poeta, sus falsos hallazgos sólo exhiben el reflejo grosero del ingenio. Los verdaderos Aleph conllevan dos atributos básicos de Dios que aquí hemos tratado de designar con nuestras precarias palabras: la reflexión y la confluencia.

NOTAS
* Ponencia presentada en el evento 100 años de Borges, llevado a cabo en la Universidad del Norte (Barranquilla, octubre de  1999).
1. Dante Alighieri, Comedia, traducción de Angel Crespo. Barcelona: Círculo de lectores, 1981, pág. 601.
2. Jorge Luis Borges: El Aleph. Bogotá: Periolibros, pag. 30.
3. Ibídem, pág. 31.
4. El Aleph, pág. 32.
5. Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Bogotá: Editorial Norma, 1997, pág. 31.
6. Ibídem, pág. 385.
7. Cien años de soledad,  pág. 402.
8. Como ecos prolongados que lejos se confunden / en una tenebrosa y profunda unidad / vasta como la noche y como la claridad / los perfumes, colores y sonidos se corresponden.
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©  Antonio Silvera

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 9
Abril-Mayo-Junio de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS  - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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