Ulises, hombre solo
José Manuel Crespo
Fragmento, selección de Javier Moscarella


Con motivo del homenaje que el Encuentro de Escritores de Ciénaga (16 y 17 de enero de 2003)
rinde al poeta y novelista José Manuel Crespo, el poeta Javier Moscarella nos ha enviado este fragmento del poema Ulises, hombre solo, que ganó el Concurso Nacional de Poesía organizado por la Casa de Poesía Silva, al cumplirse 50 años de la Emisora HJCK, de Bogotá, en el año 2000.



Nadie elige su ayer. En mala hora
has nacido, Telémaco, hijo mío.
¿Qué poderes te dejo, qué legado?
Una islita en el mar no es tierra firme.
El gris es parte de la infancia. ¿Crees
que porque eres aún niño en las playas
no tienes nada que olvidar? No has visto
la víbora en el cántaro de barro,
no has probado el veneno, no imaginas
lo que hacen con el alma esos recuerdos
que en las noches desiertas nos arrasan.
¡Oh destino: me debes una vida!
Pero hay sol en los pálidos olivos,
el humo ha reducido a una silueta
lejana y fantasmal las arquerías,
la luz apenas matutina besa
el mar y sus errátiles criaturas,
la espuma y lo más íntimo, la vida
(¡ese acertijo fantasmal del agua!),
y es el alba en el bosque y es el día
y la diosa recóndita no sabe
si la sombra mortal que la protege
proviene del jazmín o de la seda.
¡Oh lámpara del ser! ¿De qué pregunta
es respuesta ese sol? El mar conoce
los sinsabores de la sal. ¿Por siempre
seguirás engañándote, Odiseo,
mintiéndote y llamando "mi destino"
ese azar sin por qué ni profecía?
"Es el viento, te digo, sólo el viento",
susurraba la maga en los ocasos
en que una larga vibración hería
las hojas de los hondos encinares.
¡Lámpara de los sueños! La desdicha
era un fuego delante de nosotros,
era una hoguera y a su luz vivimos
entre todos los seres de la noche.
No te quedes, rey loco, en el encuentro,
desciende hasta el final de las alturas,
no esperes el momento de la muerte
para morir al desamor, Ulises.
Vuelve a tus playas, cormorán oscuro:
que la puesta del sol no te sorprenda
mirando el precipicio: tú bien sabes
lo que pasa en los bosques del otoño
cuando el mar se desangra y es la tarde
y hay murmullos y sombras y te quedas
a la escucha del viento y de las voces
y un relámpago blanco transfigura
el púrpura erizado de las olas.
He vivido esos ciegos nacimientos,
esas lívidas muertes, esos fríos,
y pesando con manos de cantero
lo blanco de esta piedra que estuviera
sumergida por siglos en el río,
la grieta que la marca me recuerda
que así como salimos a la vida
por la honda herida maternal, al Hades
entraremos también por la insaciable
vagina de la Parca. Ya es la hora:
de mi sed de poder me purifica
la vida con el signo del fracaso.
¡Oh Calipso! A una palabra tuya
el arpa toca por si sola,
y en lo más sin alivio del desvelo
(esa noche color brisa que huye
donde se hiela de ansiedad el lago
atento al respirar de las estrellas)
se despierta la red atrapasueños,
la sombra germinal del nuevo día,
un celaje de luna preservado
para siempre en la lágrima del ámbar.
Pero es Circe quien marca mi destino.
Como el demonio que al oler la rosa
quemada en el brasero teme y huye,
mi duende ciego en el umbral gemía
cuando la brisa de la mar rizaba
el aljibe que pálido refleja
la luna y sus errantes mutaciones,
y la de los aretes de turquesa
y el soterrado cascabel, soltaba
su silbo y el murciélago frutero
(¡ese alado aristócrata del sueño!)
llegaba por sus dátiles dorados.
La noche sobre el mar era un trasunto
azulgris de mi alma: percibía
los ramajes ahogados por el viento,
un gemido abismal de oleaje y sombra,
esa fuerza que mata las estrellas.
¡Insólito poder! Sola en su reino,
la intensa nigromante conseguía
sacar de su descanso a los dormidos
habitantes del Hades y ponerlos
a seguir las luciérnagas fugaces.
¡Y siempre ante el umbral! En las mañanas
de aquel tiempo febril me despertaba
no el sol sino la sed: era otro sueño,
era mi propia juventud perdida
(¡fuego fatuo y azul de las marismas!)
el tesoro que no desesperaba
de hallar en el vivir aunque mi vida
la viviera sin íntima esperanza.
El mar,el crudo mar de los hechizos
(¡en aquel paso estrecho vi el infierno,
los vientos y el encuentro de las aguas!),
quiso hacerme olvidar tanta fatiga:
la copa de oro que cayó del cielo,
mi muerte natural, la cabellera
de ojos lilas del árbol de los sueños.
Como un sordo tumor en mi costado
sigue latiendo el corazón. Ahora
la sedienta raiz color de fuego
a la que temen las Erinnias, hiere
el barro pegajoso del otoño,
y el íntimo animal, la pena negra,
siente subir de las profundidades
ese inquietante alucinar que a veces
se enciende de dolor o en la neblina
hace extrañas y lentas remisiones.
Nada temo. Saliendo de una ciega
vuelta de caracol, mi doble mira
la luz que sopla sobre los helechos,
los pórticos en ruinas, esa brisa
que hace resplandecer la luna blanca.
Quiero pasar mi sombra por el fuego,
dejar en la ceniza trashoguera
los pesares de ayer y los de ahora,
el rescoldo del odio que requema
la retorcida flor de mis entrañas,
el musgo verde pálido que nace
en las grietas recónditas del antro
donde anidan los lémures y evoca
sus viajes el oculto encadenado.
El viento suena como si estuvieran
sordos cuchillos desgarrando sedas.
¿Quien es ese que sube de las olas
buscando en las espumas el susurro
para siempre fugaz de la alegría?
Mi doble (su alimento es la ceniza)
se mete espada en mano en la humareda
(¡el tiempo en el que vivo adormecido!),
buscando con un odio de mendigo
(mis locos pensamientos me recuerdan
esos agrios erizos que rondaban
los aljibes en tiempo de sequía)
el vino que la sed hace más rojo,
los espectros, los pálidos que suben
ansiosos desde el polvo de la tierra,
y toda esa otra historia que pervive
(oculta iniquidad, llaga escondida)
supura en el instante en que la lira
y el desquiciado oficio del aedo
estremecen el antro, la memoria
(cuando ya no existamos, otras gentes
sabrán por esos cantos y relatos
como éramos nosotros, los aqueos),
y saliendo en tropel del mar antiguo,
cruzando silenciosos y perdidos
una llovizna de ceniza y tiempo,
reaparecen de golpe los jinetes
que infatigables ("primero la muerte
y la necesidad, después el brindis")
cabalgaron en triunfo por Iliria,
probaron vinos negros, conocieron
ciertos usos maléficos del sueño.
Esos héroes enfermos practicaban
la curación por el peligro: Ayax
decía que la unión hace la fuerza
y la fuerza el delirio; Menelao
esperaba esa brisa que recoge
las almas y el terror de los caídos;
Aquiles, en sus pálidas vigilias
("el rojo resplandor me sabe a vino",
susurraba ese loco que en invierno
se embriagaba mirando las hogueras),
removiendo las brasas evocaba
los grumitos de sangre que los perros
(¡esos perros sonámbulos!) lamían
al borde del estanque donde huraños
lavábamos los carros de combate.
El sol, el ciego sol, el sol errante
(¡ese dios de ojos grandes!) los había
trabajado hasta el fin con sus embrujos.
No ansiaban el azul de un lago en calma:
querían el metal de una centella
cayendo con poder desde la altura.
Somos agua de mar. Hemos nacido
de un linaje de vértigos y espumas
y sabemos a sal y recibimos
órdenes misteriosas y lejanas.
Lo supieron los teucros: el destino
no conoce los términos del juego.
¿Qué es? No sé qué es: el tigre rojo
caza en la oscuridad y tú, rey ciego,
con dolorido afán buscas en vano
ese vino que mata desde ahora
del mañana las penas ignoradas.
Pero a causa del dios que me persigue
estoy en tu poder, tierra de nadie,
y el tedio es tan irreal que uno no sabe
si morder fresas agrias, esfumarse,
matar un oso gris a latigazos,
sacudir telarañas de rocío,
lavar cuchillos en el agua muerta,
darle al tigre a beber légamos verdes.
Atardece. Y ahora que la vida
se recoge en los bosques del otoño,
¿qué recuerdo más íntimo y querido
se ha quedado en mi ser que el de esa playa
(¡aquella playa de mi pobre patria!)
donde el mar indolente abandonaba
esos nidos que el sueño de la tierra
elabora en las noches invernales
con saliva y rumor de golondrinas,
frutos rojos, racimos madurados
por el sol y las brisas de otro mundo?
Sopla mi sombra y el rescoldo ciego
revive, gime, resplandece y arde.
Aquí se sacia mi ansiedad. El bosque
es el reino secreto de los locos:
ahí, donde se trenzan y retuercen
fuegos fatuos, bejucos, resplandores,
y en lo denso y azul del plenilunio
llueven peces y adelfas venenosas,
puede a veces el pródigo del alma
(ciego de la embriaguez, libre de culpa)
realizar esos sueños imposibles
en la diáfana luz de las ciudades:
ver los duendes ocultos en el heno,
el paciente acelere de los astros,
los lémures de a tres por las hogueras.
La insidia recurrente del olvido
tiende su red en el insomnio: somos
un nudito febril, un punto ciego
en el esparavel del infinito.
Esa brisa marina que lo mismo
que el ansia de vivir viene por rachas,
en susurros anuncia y prefigura
los claroscuros del amor, el sueño
que me miente mirándome a los ojos.
No te extrañes, Ulises: tú conoces
el sol que a la recóndita semilla
le da luz y calor para que muera
y reviva en renuevo y crecimiento
y así a la plenitud del fruto lleve
su promesa la flor: lo que el invierno
resguarda en sus graneros, el verano
lo reparte por bosques y caminos.
Tú que ves en las olas un reflejo
de ese sol interior, tú que alucinas
con el mar que te obsede y que te urge
y en el atardecer sufres el miedo
que ahora vive en ti mismo, pobre Ulises,
sabes que a veces el que duerme solo
(acuérdate del sueño en que una sombra
viene del otro lado del espejo
por ese peine de marfil dorado
que Circe entre sus joyas olvidara)
siente voces, susurros, murmuríos,
risas que salen de la tierra hueca.
"Con la vida de ustedes me responden
por la vida del fuego",les decía
la sonámbula Circe a sus felinos.
La voy bien con la pálida. Mi sombra
(perdóname, Calipso, diosa oscura,
tanto desasimiento y abandono)
ha sufrido esos agrios nacederos,
esas muertes de sed, esos infiernos.
"Volveremos a vernos: todos vamos
por el mismo camino",dijo Aquiles
al encender la pira de Patroclo.
Yo no muero: me voy, entro en el sueño.
La cálida corriente que a si misma
se ve rauda fluir (no hemos hablado
lo suficiente del amor) me lleva
(¡ya me siento pasar, ya me voy yendo!)
y todo es tan irreal como ese día
en que el mar incesante era un hechizo
y a bordo de mi gris pentecontera,
animales o espectros, vi a lo lejos
(tarde lo supe ver: el infinito
es el límite incierto del anhelo)
el coro fantasmal de las sirenas
quemándose en la mórbida armonía.
¿A donde irás, Ulises, que no escuches
ese virgen sonido de la brisa,
esas voces, esa casi secreta
presencia del enigma en tus auroras?
Un atajo en el tiempo me desvía
(no divagues, Ulises, no preguntes
ni por qué ni a qué vienen: son las olas)
y en la noche que cierra los jardines
(la antigua tentación de la alegría
ya no tiene poder sobre mis venas)
mi alma batalla en la inquietud. Ahora
una estrella fugaz pone en olvido
aquel olvido del ayer. Mi vida
(esa línea erizada que parece
una historia que un duende hubiera escrito
con una pata de alacrán) la hicieron
los altivos consejos de Laertes
("No olvides a qué patria perteneces,
de qué pueblo eres rey, qué juramento
compromete tu nombre y tu destino")
y el ejemplo lunático de Aquiles.
Era una espina herida. Lo quemaban
ciegas brasas de cólera y orgullo
("Cuando entremos a Troya ,la perdida,
mataré sus leopardos, sus jardines,
sus perros de testículos rosados")
y exultaba sufriendo las intensas
pulsiones del Averno en pleno día:
las piedras transpirando ese sol agrio,
el piafar de las bestias casi en celo
presintiendo el olor de la batalla,
o de golpe entre gritos la estampida
de jinetes y potros asaeteados.
¡Cielo, caballo y muerte, cielo y nada!
La luna cazadora de secretos
acechaba furtiva las almenas,
el sueño de los fieros centinelas,
los helechos de sombra distraída,
cuando por fin a la ciudad entramos
una noche azulgris de aquel otoño,
el más ebrio de toda nuestra vida.
Con el ansia animal del basilico
que muere cuando suelta su veneno,
la rata gris de la ansiedad me sigue,
le pone oficio a mi demonio mudo,
y estoy solo y la luna (ese sol frío
que enloquece a los pájaros del agua
y preanuncia con lívidos celajes
el terral de las noches amarillas)
se adormece en yerbales y marismas
y en las chozas los viejos pescadores,
remendando sus redes y trasmallos,
sienten el respirar de los demonios,
las nubes de luciérnagas azules,
el albatros, la música de altura,
esas rachas febriles que desnudan
los inicios, los íntimos del sueño.
Recónditos braseros, frenesíes,
voces de queja y de remordimiento
reviven en mi ser si rememoro
los fuegos del ejército en la orgía,
las nubes oro mate sobre el puerto,
el palacio que ya nunca sería
del príncipe heredero, sus portales
abriéndose a los vientos y a la espuma,
el bronce y el translúcido alabastro,
el trono de las muertas telarañas,
la neblina empañando espada y luna
cuando vino esa noche entre las noches
y en los crueles reflejos de la orilla
y en la furia del mar y en los febriles
médanos de la sed se dispersaron
los teucros domadores de caballos.
Y vivir para ver: esos terrores,
convertidos en fábula y leyenda,
¿no andan ya en boca de los niños griegos?
A ti, Circe, jazmín en plenilunio,
relámpago a traición, nostalgia mía,
a ti que ves el aire y el mañana
(más misterioso es el ayer) y sabes
conjurar los espectros, la memoria
(esa brisita que susurra sola),
se parece esta noche azul y negra
(hay brasas en la casa de los celos,
hay uvayemas de rencor, hay luna,
y aspirando la luz mi duende ciego
lucha contra la sombra de los muros)
en que te siento repetir: "El tiempo
se ha de volver eternidad y todo
será como si nunca hubiera sido".
El plazo se ha cumplido. Ahora que tengo
el corazón ligero para el viaje,
mi bosque de rencor se transfigura
por ti, contigo, en ti, sol de alegría,
y es otoño y sobre los encinares
la furia del relámpago se abre
quemando con su soplo misterioso
la urdimbre misma de la luz, el día.
Es mejor el recuerdo que el regreso
pero en las tardes, con el viento, llegan
la saudade y sus lémures oscuros,
y de noche, bien alta ya la luna,
cuando el lívido malva de las brisas
fatiga mis horarios de hombre solo,
de allá de la marisma y la salmuera
donde se quema el canto de los búhos,
sobrevienen olores ancestrales
(leche agria, jazmines, agua muerta,
verdolagas y vino derramado)
y un aciago tam-tam horada un eco,
un nido de ansiedad en la neblina,
y el hijo idiota del azar, el sueño
(en los tibios ocasos me conmueve
su mansedumbre de leopardo ciego
que mastica heno negro y girasoles),
pasa bajo los arcos columnados,
pide al espantapájaros que ahuyente
el silbo trepador de las Arpías,
se pierde entre los mirtos, desearía
un lago en calma donde estarse quedo.
¡Qué incierto es el ayer! Una palabra
(¡una sola palabra!) y el viajero
que se hace la ilusión de haber dejado
para siempre en desérticos parajes
los alacranes de los pozos muertos,
los rencores, los piojos del beduino
(el viajero es un dios y no lo sabe
y su historia es la de los desterrados),
siente que vuelven los remordimientos,
que lo arrasa la pena fuerte y dura,
que hay un párpado gris en la neblina
donde suda su fiebre el lirio rojo.
¿En qué quedan, rey sabio, tus poderes?
¿Ves o sientes imágenes? ¿Añoras
el interludio asiático? ¿Te queman
la memoria tu ayer de navegante,
los cantos a la sombra de la luna,
el fuego que en tu ser vive y murmura?
"Si me ves al pasar te dejo el reino",
dice el viento del mar. Esta es la hora
(aguarda, corazón; detente, furia;
embriágate, dolor, abre tus brumas
a la revelación de la alegría)
en que emerge del lago el somormujo,
los animales de pezuña hendida
repasan el trigal donde se oculta
esa flor toda olor, flor para ciegos,
y la maga del manto azafranado
susurra una oración, aviva el fuego,
lleva migas de pan al dios tullido.
Ahora que los húmedos helechos
segregan una especie de neblina
que se adhiere a la tierra donde nacen
extraños seres para el mar, recuerdo
el sueño en que agobiado por la culpa
y ese lívido azul de los almendros
que parecen más altos con el viento,
llegué a un lecho de piedra y ahí estaba
ese rojo escorpión (¡brasa y veneno!)
quieto en el resplandor del mediodía.
¿Y qué es la realidad, después de todo?
(Así piensan, lo sé, los desterrados
hombres de las marismas, esos locos
que no tienen más patria que sus manos,
gente dura, sufrida y orgullosa
que desprecia la suerte y, pese a todo,
le madruga al azar, tiende las redes).
¡Oh destino! Las ráfagas funestas
regresan al pinar desde el ocaso,
el vino que me pudre y que me embriaga
disuelve en su fulgor oro y oscuro
las asperezas de lo real, el día.
Una manada púrpura de ciervos
llega al claro del bosque, recupera
el descansado espacio de las brisas,
ese ámbito de luz donde respira
y se alivia de sombras la espesura.
¿Quien ha visto el enigma? ¿Quien conoce
los opacos motivos del olvido?
¿Qué soplo de lo irreal, qué brisa ciega,
qué injerto de alacrán en rosa roja
perciben entre espanto y maravilla
los capullos que mueren en naciendo,
los perros atigrados y los ciervos
que se arrojan al mar desde las peñas?
El largo navegar nos hizo un mismo
ser con el viento de la mar. Ahora
una premonición deja en mi frente
su mala espina de temor. ¿A causa
de qué gris sinrazón amo la vida,
los nacederos del dolor, el día?
¡Oh recóndita sed! Como el enfermo
que odia la vida y con el opio muere
engañado y feliz, siento que llegan
los cortejos errantes del insomnio
que vienen desde el mar y que nos dejan
una huella de sombra en la mirada.
Tú, Calipso, que vives en el reino
donde el cielo y la tierra se besaron
en el misterio de la vid, que sabes
lo que habrá de venir y que no temes
recibir la visita de los sueños,
perdóname este mal presentimiento,
déjame entrar en tu descanso, dame
(¡si mi anhelo pudiera desplegarse
en ti y en tu verdad como la brisa
se despliega en la mar del plenilunio!)
la noche azul donde el cocuyo suelta
esa pulsión intermitente y fría.
Yo te conozco por tu nombre, diosa
que has visto mis trabajos y mis penas.
¿Qué más quieres de mi? ¿Qué es lo que buscas,
hija de la inmortal sabiduría?
¿Por qué no apareciste en esas tardes
en que hubieras podido protegerme
del mar y de mi propia desmesura?
¡Qué gente tan extraña y rara somos,
qué sombras tan errátiles tenemos!
Esa es la ley: de lo profundo muere
quien toca lo profundo y yo he tocado
el poder abismal de la desdicha:
antes que herir a Troya debí no haber nacido.
Maldigo ese momento solemne en que la vimos
(¡ciudad del horizonte, brocal de brisa y luna!)
surgiendo de una curva secreta de la aurora.
Recordé las palabras del aedo: "Más vale
que seas tan valeroso como en Ítaca dicen.
Esta tierra sembrada de guerra hasta la orilla
(aquí hay odios capaces de exprimir una piedra)
se ha de beber tu sangre, tu fuerza, tu destino".
Y Troya, ese espejismo, me calcinó la vida.
La voz humana, esa vibración misteriosa
donde se unen la carne y el espíritu, no logra
(y menos esta noche que oculta entre visiones
esas fosforescencias del mar lleno de ojos,
el bosque y lo furtivo de la brisa en el bosque,
los cocuyos dormidos en el verde más frío)
nombrar esa marisma de zarzas y arenales,
esa tierra de nadie donde sólo se escuchan
el gemir de los vientos y el requiebro del asno:
ahí seguirán el pino gris plateado,
las acequias recónditas fluyendo
al borde de los grandes peñascales,
las ruinas que la intensa fantasía
de los niños perdidos transformaba
en baluartes, en bosques, en veleros.
¿Se fueron, pues, en humo los cantos, la batalla,
el dolor, ese sordo sufrir de nuestra carne,
el mar donde a los griegos se nos perdió la dicha?
No lo vimos venir: era el olvido.
Lava tu ropa en vino, purifica tus uñas,
si es que te reconoces a ti mismo, rey loco,
en ese espejo negro que oculta de los duendes
el ayer, esa rosa que se mece en la vida.
Yo te prefiero indescifrable, diosa.
En lo íntimo, cierto, tú lo sabes,
y hasta que la clepsidra de la muerte
me señale el momento, me arrebate
la penuria del ser, borre mi sombra,
evocaré esta playa donde reaparecieron
las lunas de los años del tiempo de mi vida.
Nadie sabe de donde viene la brisa. Ítaca
es mi tierra, mi madre, mi tormento ,mi reino,
y todo lo que tengo vive ahí los almendros,
las viñas, el granado, la flauta en el ocaso,
la violeta nocturna para curar el alma.
Cuando el viento se canse de atajarte y regreses
y en la arena (la blanca, la del palmar) enciendas
una hoguera y tu grito queme el gris de las nubes
(esta lengua impaciente que es la piel saborea
desde ya ese reencuentro con la sal de aquel tiempo),
la fuerza de la tierra reafirmará tu vida:
susurros inmortales, brisas de teofanía
calmarán esa furia que en la noche se enciende
y estalla en resplandores cada vez más amargos,
y una vez en sosiego tu ansiedad de otros días
(¡raiz dulcificada por la lluvia de otoño!),
olvídate de Troya, de Circe, de los mares,
déjales a los perros esas lunas azules
que hacen llorar el alma de la sibila muerta,
acuérdate a qué saben el pan blanco, los higos,
atiende tu silencio, tu cansancio, tus horas,
mira el ocaso y siente que no has vivido en vano:
la paz también es bella si el honor la ilumina
y hasta la sombra es suave cuando es tu sombra, Ítaca.
No me dejes aún, melancolía:
quítale la fragancia y ¿qué es la rosa
sino vano fulgor, forma vacía?
No me dejes aún, melancolía:
mira mi soledad, siente mis pasos,
sigue mi rastro en la región perdida.
Llueve. Llueve allá tras el sol y el mar apaga
los altivos, los tristes lampadarios del mundo.
¡Qué rescoldos te queman, Ulises, hombre solo!
Un hondo corazón en agonía
busca el soplo de luz que transfigura
las altas araucarias de la muerte.
¿No tienes nada que decir, Ulises?
No preguntes qué hacer: tú eres el viento.
¿Y ahora? ¡El infinito!
Que así brote el jazmín y que así sea.
¡Oh luz de la recóndita alegría:
encuéntrame: tú sabes que te busco!


NOTA BIBLIOGRÁFICA

José Manuel Crespo (Ciénaga, Magdalena, 1942) ha publicado seis libros de poesía: Sinfonía Vertical, Catarsis, Adoración del Fuego, Ciudad del Horizonte, Talud y Coros en la Neblina. El libro Adoración del Fuego obtuvo en 1973 un premio en el concurso organizado por COLCULTURA con motivo del centenario del nacimiento de Guillermo Valencia. Como novelista ha publicado: ¿Qué será de Paola Silvi?, La Promesa y el Reino, Largo ha sido este día (finalista en el V Concurso Nacional de Novela Plaza & Janés,1987) y Considéralo un Sueño.
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©  José Manuel Crespo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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