Ulises, hombre solo José Manuel Crespo Fragmento, selección de Javier Moscarella
Con motivo del homenaje que el Encuentro de Escritores de Ciénaga (16 y 17 de enero de 2003) rinde al poeta y novelista José Manuel Crespo, el poeta Javier Moscarella nos ha enviado este fragmento del poema Ulises, hombre solo, que ganó el Concurso Nacional de Poesía organizado por la Casa de Poesía Silva, al cumplirse 50 años de la Emisora HJCK, de Bogotá, en el año 2000.
Nadie elige su ayer. En mala hora has nacido, Telémaco, hijo mío. ¿Qué poderes te dejo, qué legado? Una islita en el mar no es tierra firme. El gris es parte de la infancia. ¿Crees que porque eres aún niño en las playas no tienes nada que olvidar? No has visto la víbora en el cántaro de barro, no has probado el veneno, no imaginas lo que hacen con el alma esos recuerdos que en las noches desiertas nos arrasan. ¡Oh destino: me debes una vida! Pero hay sol en los pálidos olivos, el humo ha reducido a una silueta lejana y fantasmal las arquerías, la luz apenas matutina besa el mar y sus errátiles criaturas, la espuma y lo más íntimo, la vida (¡ese acertijo fantasmal del agua!), y es el alba en el bosque y es el día y la diosa recóndita no sabe si la sombra mortal que la protege proviene del jazmín o de la seda. ¡Oh lámpara del ser! ¿De qué pregunta es respuesta ese sol? El mar conoce los sinsabores de la sal. ¿Por siempre seguirás engañándote, Odiseo, mintiéndote y llamando "mi destino" ese azar sin por qué ni profecía? "Es el viento, te digo, sólo el viento", susurraba la maga en los ocasos en que una larga vibración hería las hojas de los hondos encinares. ¡Lámpara de los sueños! La desdicha era un fuego delante de nosotros, era una hoguera y a su luz vivimos entre todos los seres de la noche. No te quedes, rey loco, en el encuentro, desciende hasta el final de las alturas, no esperes el momento de la muerte para morir al desamor, Ulises. Vuelve a tus playas, cormorán oscuro: que la puesta del sol no te sorprenda mirando el precipicio: tú bien sabes lo que pasa en los bosques del otoño cuando el mar se desangra y es la tarde y hay murmullos y sombras y te quedas a la escucha del viento y de las voces y un relámpago blanco transfigura el púrpura erizado de las olas. He vivido esos ciegos nacimientos, esas lívidas muertes, esos fríos, y pesando con manos de cantero lo blanco de esta piedra que estuviera sumergida por siglos en el río, la grieta que la marca me recuerda que así como salimos a la vida por la honda herida maternal, al Hades entraremos también por la insaciable vagina de la Parca. Ya es la hora: de mi sed de poder me purifica la vida con el signo del fracaso. ¡Oh Calipso! A una palabra tuya el arpa toca por si sola, y en lo más sin alivio del desvelo (esa noche color brisa que huye donde se hiela de ansiedad el lago atento al respirar de las estrellas) se despierta la red atrapasueños, la sombra germinal del nuevo día, un celaje de luna preservado para siempre en la lágrima del ámbar. Pero es Circe quien marca mi destino. Como el demonio que al oler la rosa quemada en el brasero teme y huye, mi duende ciego en el umbral gemía cuando la brisa de la mar rizaba el aljibe que pálido refleja la luna y sus errantes mutaciones, y la de los aretes de turquesa y el soterrado cascabel, soltaba su silbo y el murciélago frutero (¡ese alado aristócrata del sueño!) llegaba por sus dátiles dorados. La noche sobre el mar era un trasunto azulgris de mi alma: percibía los ramajes ahogados por el viento, un gemido abismal de oleaje y sombra, esa fuerza que mata las estrellas. ¡Insólito poder! Sola en su reino, la intensa nigromante conseguía sacar de su descanso a los dormidos habitantes del Hades y ponerlos a seguir las luciérnagas fugaces. ¡Y siempre ante el umbral! En las mañanas de aquel tiempo febril me despertaba no el sol sino la sed: era otro sueño, era mi propia juventud perdida (¡fuego fatuo y azul de las marismas!) el tesoro que no desesperaba de hallar en el vivir aunque mi vida la viviera sin íntima esperanza. El mar,el crudo mar de los hechizos (¡en aquel paso estrecho vi el infierno, los vientos y el encuentro de las aguas!), quiso hacerme olvidar tanta fatiga: la copa de oro que cayó del cielo, mi muerte natural, la cabellera de ojos lilas del árbol de los sueños. Como un sordo tumor en mi costado sigue latiendo el corazón. Ahora la sedienta raiz color de fuego a la que temen las Erinnias, hiere el barro pegajoso del otoño, y el íntimo animal, la pena negra, siente subir de las profundidades ese inquietante alucinar que a veces se enciende de dolor o en la neblina hace extrañas y lentas remisiones. Nada temo. Saliendo de una ciega vuelta de caracol, mi doble mira la luz que sopla sobre los helechos, los pórticos en ruinas, esa brisa que hace resplandecer la luna blanca. Quiero pasar mi sombra por el fuego, dejar en la ceniza trashoguera los pesares de ayer y los de ahora, el rescoldo del odio que requema la retorcida flor de mis entrañas, el musgo verde pálido que nace en las grietas recónditas del antro donde anidan los lémures y evoca sus viajes el oculto encadenado. El viento suena como si estuvieran sordos cuchillos desgarrando sedas. ¿Quien es ese que sube de las olas buscando en las espumas el susurro para siempre fugaz de la alegría? Mi doble (su alimento es la ceniza) se mete espada en mano en la humareda (¡el tiempo en el que vivo adormecido!), buscando con un odio de mendigo (mis locos pensamientos me recuerdan esos agrios erizos que rondaban los aljibes en tiempo de sequía) el vino que la sed hace más rojo, los espectros, los pálidos que suben ansiosos desde el polvo de la tierra, y toda esa otra historia que pervive (oculta iniquidad, llaga escondida) supura en el instante en que la lira y el desquiciado oficio del aedo estremecen el antro, la memoria (cuando ya no existamos, otras gentes sabrán por esos cantos y relatos como éramos nosotros, los aqueos), y saliendo en tropel del mar antiguo, cruzando silenciosos y perdidos una llovizna de ceniza y tiempo, reaparecen de golpe los jinetes que infatigables ("primero la muerte y la necesidad, después el brindis") cabalgaron en triunfo por Iliria, probaron vinos negros, conocieron ciertos usos maléficos del sueño. Esos héroes enfermos practicaban la curación por el peligro: Ayax decía que la unión hace la fuerza y la fuerza el delirio; Menelao esperaba esa brisa que recoge las almas y el terror de los caídos; Aquiles, en sus pálidas vigilias ("el rojo resplandor me sabe a vino", susurraba ese loco que en invierno se embriagaba mirando las hogueras), removiendo las brasas evocaba los grumitos de sangre que los perros (¡esos perros sonámbulos!) lamían al borde del estanque donde huraños lavábamos los carros de combate. El sol, el ciego sol, el sol errante (¡ese dios de ojos grandes!) los había trabajado hasta el fin con sus embrujos. No ansiaban el azul de un lago en calma: querían el metal de una centella cayendo con poder desde la altura. Somos agua de mar. Hemos nacido de un linaje de vértigos y espumas y sabemos a sal y recibimos órdenes misteriosas y lejanas. Lo supieron los teucros: el destino no conoce los términos del juego. ¿Qué es? No sé qué es: el tigre rojo caza en la oscuridad y tú, rey ciego, con dolorido afán buscas en vano ese vino que mata desde ahora del mañana las penas ignoradas. Pero a causa del dios que me persigue estoy en tu poder, tierra de nadie, y el tedio es tan irreal que uno no sabe si morder fresas agrias, esfumarse, matar un oso gris a latigazos, sacudir telarañas de rocío, lavar cuchillos en el agua muerta, darle al tigre a beber légamos verdes. Atardece. Y ahora que la vida se recoge en los bosques del otoño, ¿qué recuerdo más íntimo y querido se ha quedado en mi ser que el de esa playa (¡aquella playa de mi pobre patria!) donde el mar indolente abandonaba esos nidos que el sueño de la tierra elabora en las noches invernales con saliva y rumor de golondrinas, frutos rojos, racimos madurados por el sol y las brisas de otro mundo? Sopla mi sombra y el rescoldo ciego revive, gime, resplandece y arde. Aquí se sacia mi ansiedad. El bosque es el reino secreto de los locos: ahí, donde se trenzan y retuercen fuegos fatuos, bejucos, resplandores, y en lo denso y azul del plenilunio llueven peces y adelfas venenosas, puede a veces el pródigo del alma (ciego de la embriaguez, libre de culpa) realizar esos sueños imposibles en la diáfana luz de las ciudades: ver los duendes ocultos en el heno, el paciente acelere de los astros, los lémures de a tres por las hogueras. La insidia recurrente del olvido tiende su red en el insomnio: somos un nudito febril, un punto ciego en el esparavel del infinito. Esa brisa marina que lo mismo que el ansia de vivir viene por rachas, en susurros anuncia y prefigura los claroscuros del amor, el sueño que me miente mirándome a los ojos. No te extrañes, Ulises: tú conoces el sol que a la recóndita semilla le da luz y calor para que muera y reviva en renuevo y crecimiento y así a la plenitud del fruto lleve su promesa la flor: lo que el invierno resguarda en sus graneros, el verano lo reparte por bosques y caminos. Tú que ves en las olas un reflejo de ese sol interior, tú que alucinas con el mar que te obsede y que te urge y en el atardecer sufres el miedo que ahora vive en ti mismo, pobre Ulises, sabes que a veces el que duerme solo (acuérdate del sueño en que una sombra viene del otro lado del espejo por ese peine de marfil dorado que Circe entre sus joyas olvidara) siente voces, susurros, murmuríos, risas que salen de la tierra hueca. "Con la vida de ustedes me responden por la vida del fuego",les decía la sonámbula Circe a sus felinos. La voy bien con la pálida. Mi sombra (perdóname, Calipso, diosa oscura, tanto desasimiento y abandono) ha sufrido esos agrios nacederos, esas muertes de sed, esos infiernos. "Volveremos a vernos: todos vamos por el mismo camino",dijo Aquiles al encender la pira de Patroclo. Yo no muero: me voy, entro en el sueño. La cálida corriente que a si misma se ve rauda fluir (no hemos hablado lo suficiente del amor) me lleva (¡ya me siento pasar, ya me voy yendo!) y todo es tan irreal como ese día en que el mar incesante era un hechizo y a bordo de mi gris pentecontera, animales o espectros, vi a lo lejos (tarde lo supe ver: el infinito es el límite incierto del anhelo) el coro fantasmal de las sirenas quemándose en la mórbida armonía. ¿A donde irás, Ulises, que no escuches ese virgen sonido de la brisa, esas voces, esa casi secreta presencia del enigma en tus auroras? Un atajo en el tiempo me desvía (no divagues, Ulises, no preguntes ni por qué ni a qué vienen: son las olas) y en la noche que cierra los jardines (la antigua tentación de la alegría ya no tiene poder sobre mis venas) mi alma batalla en la inquietud. Ahora una estrella fugaz pone en olvido aquel olvido del ayer. Mi vida (esa línea erizada que parece una historia que un duende hubiera escrito con una pata de alacrán) la hicieron los altivos consejos de Laertes ("No olvides a qué patria perteneces, de qué pueblo eres rey, qué juramento compromete tu nombre y tu destino") y el ejemplo lunático de Aquiles. Era una espina herida. Lo quemaban ciegas brasas de cólera y orgullo ("Cuando entremos a Troya ,la perdida, mataré sus leopardos, sus jardines, sus perros de testículos rosados") y exultaba sufriendo las intensas pulsiones del Averno en pleno día: las piedras transpirando ese sol agrio, el piafar de las bestias casi en celo presintiendo el olor de la batalla, o de golpe entre gritos la estampida de jinetes y potros asaeteados. ¡Cielo, caballo y muerte, cielo y nada! La luna cazadora de secretos acechaba furtiva las almenas, el sueño de los fieros centinelas, los helechos de sombra distraída, cuando por fin a la ciudad entramos una noche azulgris de aquel otoño, el más ebrio de toda nuestra vida. Con el ansia animal del basilico que muere cuando suelta su veneno, la rata gris de la ansiedad me sigue, le pone oficio a mi demonio mudo, y estoy solo y la luna (ese sol frío que enloquece a los pájaros del agua y preanuncia con lívidos celajes el terral de las noches amarillas) se adormece en yerbales y marismas y en las chozas los viejos pescadores, remendando sus redes y trasmallos, sienten el respirar de los demonios, las nubes de luciérnagas azules, el albatros, la música de altura, esas rachas febriles que desnudan los inicios, los íntimos del sueño. Recónditos braseros, frenesíes, voces de queja y de remordimiento reviven en mi ser si rememoro los fuegos del ejército en la orgía, las nubes oro mate sobre el puerto, el palacio que ya nunca sería del príncipe heredero, sus portales abriéndose a los vientos y a la espuma, el bronce y el translúcido alabastro, el trono de las muertas telarañas, la neblina empañando espada y luna cuando vino esa noche entre las noches y en los crueles reflejos de la orilla y en la furia del mar y en los febriles médanos de la sed se dispersaron los teucros domadores de caballos. Y vivir para ver: esos terrores, convertidos en fábula y leyenda, ¿no andan ya en boca de los niños griegos? A ti, Circe, jazmín en plenilunio, relámpago a traición, nostalgia mía, a ti que ves el aire y el mañana (más misterioso es el ayer) y sabes conjurar los espectros, la memoria (esa brisita que susurra sola), se parece esta noche azul y negra (hay brasas en la casa de los celos, hay uvayemas de rencor, hay luna, y aspirando la luz mi duende ciego lucha contra la sombra de los muros) en que te siento repetir: "El tiempo se ha de volver eternidad y todo será como si nunca hubiera sido". El plazo se ha cumplido. Ahora que tengo el corazón ligero para el viaje, mi bosque de rencor se transfigura por ti, contigo, en ti, sol de alegría, y es otoño y sobre los encinares la furia del relámpago se abre quemando con su soplo misterioso la urdimbre misma de la luz, el día. Es mejor el recuerdo que el regreso pero en las tardes, con el viento, llegan la saudade y sus lémures oscuros, y de noche, bien alta ya la luna, cuando el lívido malva de las brisas fatiga mis horarios de hombre solo, de allá de la marisma y la salmuera donde se quema el canto de los búhos, sobrevienen olores ancestrales (leche agria, jazmines, agua muerta, verdolagas y vino derramado) y un aciago tam-tam horada un eco, un nido de ansiedad en la neblina, y el hijo idiota del azar, el sueño (en los tibios ocasos me conmueve su mansedumbre de leopardo ciego que mastica heno negro y girasoles), pasa bajo los arcos columnados, pide al espantapájaros que ahuyente el silbo trepador de las Arpías, se pierde entre los mirtos, desearía un lago en calma donde estarse quedo. ¡Qué incierto es el ayer! Una palabra (¡una sola palabra!) y el viajero que se hace la ilusión de haber dejado para siempre en desérticos parajes los alacranes de los pozos muertos, los rencores, los piojos del beduino (el viajero es un dios y no lo sabe y su historia es la de los desterrados), siente que vuelven los remordimientos, que lo arrasa la pena fuerte y dura, que hay un párpado gris en la neblina donde suda su fiebre el lirio rojo. ¿En qué quedan, rey sabio, tus poderes? ¿Ves o sientes imágenes? ¿Añoras el interludio asiático? ¿Te queman la memoria tu ayer de navegante, los cantos a la sombra de la luna, el fuego que en tu ser vive y murmura? "Si me ves al pasar te dejo el reino", dice el viento del mar. Esta es la hora (aguarda, corazón; detente, furia; embriágate, dolor, abre tus brumas a la revelación de la alegría) en que emerge del lago el somormujo, los animales de pezuña hendida repasan el trigal donde se oculta esa flor toda olor, flor para ciegos, y la maga del manto azafranado susurra una oración, aviva el fuego, lleva migas de pan al dios tullido. Ahora que los húmedos helechos segregan una especie de neblina que se adhiere a la tierra donde nacen extraños seres para el mar, recuerdo el sueño en que agobiado por la culpa y ese lívido azul de los almendros que parecen más altos con el viento, llegué a un lecho de piedra y ahí estaba ese rojo escorpión (¡brasa y veneno!) quieto en el resplandor del mediodía. ¿Y qué es la realidad, después de todo? (Así piensan, lo sé, los desterrados hombres de las marismas, esos locos que no tienen más patria que sus manos, gente dura, sufrida y orgullosa que desprecia la suerte y, pese a todo, le madruga al azar, tiende las redes). ¡Oh destino! Las ráfagas funestas regresan al pinar desde el ocaso, el vino que me pudre y que me embriaga disuelve en su fulgor oro y oscuro las asperezas de lo real, el día. Una manada púrpura de ciervos llega al claro del bosque, recupera el descansado espacio de las brisas, ese ámbito de luz donde respira y se alivia de sombras la espesura. ¿Quien ha visto el enigma? ¿Quien conoce los opacos motivos del olvido? ¿Qué soplo de lo irreal, qué brisa ciega, qué injerto de alacrán en rosa roja perciben entre espanto y maravilla los capullos que mueren en naciendo, los perros atigrados y los ciervos que se arrojan al mar desde las peñas? El largo navegar nos hizo un mismo ser con el viento de la mar. Ahora una premonición deja en mi frente su mala espina de temor. ¿A causa de qué gris sinrazón amo la vida, los nacederos del dolor, el día? ¡Oh recóndita sed! Como el enfermo que odia la vida y con el opio muere engañado y feliz, siento que llegan los cortejos errantes del insomnio que vienen desde el mar y que nos dejan una huella de sombra en la mirada. Tú, Calipso, que vives en el reino donde el cielo y la tierra se besaron en el misterio de la vid, que sabes lo que habrá de venir y que no temes recibir la visita de los sueños, perdóname este mal presentimiento, déjame entrar en tu descanso, dame (¡si mi anhelo pudiera desplegarse en ti y en tu verdad como la brisa se despliega en la mar del plenilunio!) la noche azul donde el cocuyo suelta esa pulsión intermitente y fría. Yo te conozco por tu nombre, diosa que has visto mis trabajos y mis penas. ¿Qué más quieres de mi? ¿Qué es lo que buscas, hija de la inmortal sabiduría? ¿Por qué no apareciste en esas tardes en que hubieras podido protegerme del mar y de mi propia desmesura? ¡Qué gente tan extraña y rara somos, qué sombras tan errátiles tenemos! Esa es la ley: de lo profundo muere quien toca lo profundo y yo he tocado el poder abismal de la desdicha: antes que herir a Troya debí no haber nacido. Maldigo ese momento solemne en que la vimos (¡ciudad del horizonte, brocal de brisa y luna!) surgiendo de una curva secreta de la aurora. Recordé las palabras del aedo: "Más vale que seas tan valeroso como en Ítaca dicen. Esta tierra sembrada de guerra hasta la orilla (aquí hay odios capaces de exprimir una piedra) se ha de beber tu sangre, tu fuerza, tu destino". Y Troya, ese espejismo, me calcinó la vida. La voz humana, esa vibración misteriosa donde se unen la carne y el espíritu, no logra (y menos esta noche que oculta entre visiones esas fosforescencias del mar lleno de ojos, el bosque y lo furtivo de la brisa en el bosque, los cocuyos dormidos en el verde más frío) nombrar esa marisma de zarzas y arenales, esa tierra de nadie donde sólo se escuchan el gemir de los vientos y el requiebro del asno: ahí seguirán el pino gris plateado, las acequias recónditas fluyendo al borde de los grandes peñascales, las ruinas que la intensa fantasía de los niños perdidos transformaba en baluartes, en bosques, en veleros. ¿Se fueron, pues, en humo los cantos, la batalla, el dolor, ese sordo sufrir de nuestra carne, el mar donde a los griegos se nos perdió la dicha? No lo vimos venir: era el olvido. Lava tu ropa en vino, purifica tus uñas, si es que te reconoces a ti mismo, rey loco, en ese espejo negro que oculta de los duendes el ayer, esa rosa que se mece en la vida. Yo te prefiero indescifrable, diosa. En lo íntimo, cierto, tú lo sabes, y hasta que la clepsidra de la muerte me señale el momento, me arrebate la penuria del ser, borre mi sombra, evocaré esta playa donde reaparecieron las lunas de los años del tiempo de mi vida. Nadie sabe de donde viene la brisa. Ítaca es mi tierra, mi madre, mi tormento ,mi reino, y todo lo que tengo vive ahí los almendros, las viñas, el granado, la flauta en el ocaso, la violeta nocturna para curar el alma. Cuando el viento se canse de atajarte y regreses y en la arena (la blanca, la del palmar) enciendas una hoguera y tu grito queme el gris de las nubes (esta lengua impaciente que es la piel saborea desde ya ese reencuentro con la sal de aquel tiempo), la fuerza de la tierra reafirmará tu vida: susurros inmortales, brisas de teofanía calmarán esa furia que en la noche se enciende y estalla en resplandores cada vez más amargos, y una vez en sosiego tu ansiedad de otros días (¡raiz dulcificada por la lluvia de otoño!), olvídate de Troya, de Circe, de los mares, déjales a los perros esas lunas azules que hacen llorar el alma de la sibila muerta, acuérdate a qué saben el pan blanco, los higos, atiende tu silencio, tu cansancio, tus horas, mira el ocaso y siente que no has vivido en vano: la paz también es bella si el honor la ilumina y hasta la sombra es suave cuando es tu sombra, Ítaca. No me dejes aún, melancolía: quítale la fragancia y ¿qué es la rosa sino vano fulgor, forma vacía? No me dejes aún, melancolía: mira mi soledad, siente mis pasos, sigue mi rastro en la región perdida. Llueve. Llueve allá tras el sol y el mar apaga los altivos, los tristes lampadarios del mundo. ¡Qué rescoldos te queman, Ulises, hombre solo! Un hondo corazón en agonía busca el soplo de luz que transfigura las altas araucarias de la muerte. ¿No tienes nada que decir, Ulises? No preguntes qué hacer: tú eres el viento. ¿Y ahora? ¡El infinito! Que así brote el jazmín y que así sea. ¡Oh luz de la recóndita alegría: encuéntrame: tú sabes que te busco!
NOTA BIBLIOGRÁFICA
José Manuel Crespo (Ciénaga, Magdalena, 1942) ha publicado seis libros de poesía: Sinfonía Vertical, Catarsis, Adoración del Fuego, Ciudad del Horizonte, Talud y Coros en la Neblina. El libro Adoración del Fuego obtuvo en 1973 un premio en el concurso organizado por COLCULTURA con motivo del centenario del nacimiento de Guillermo Valencia. Como novelista ha publicado: ¿Qué será de Paola Silvi?, La Promesa y el Reino, Largo ha sido este día (finalista en el V Concurso Nacional de Novela Plaza & Janés,1987) y Considéralo un Sueño. ________________________________________
© José Manuel Crespo
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12uli.html |