Tedio

Viridiana Molinares


          Despertarás cada mañana a la misma hora, no será necesario escuchar el timbre bullicioso del despertador, dejarás a un lado la sábana  que te cubrió durante la noche y levantarás tu cuerpo como un pesado costal lleno de desechos.

          Caminarás sin pensar hacia el espejo y verás en él la figura de una dama, le preguntarás como siempre quién eres  y te irás corriendo al lavamanos a mojar tu rostro; verterás sobre él agua una y otra vez, hasta decirte: "Ya estoy bien".

          Más tarde, no recordarás el rostro que te habita ni la respuesta que no escuchaste.

          Llegarás hasta la cocina y prepararás café, te sentarás en la vieja silla a punto de romperse, junto a la mesa redonda que te ha acompañado durante años, sobre la cual has derramado tu llanto y las cenizas de cigarros en tus largas noches de insomnio, dirigirás tu mirada hacia la ventana que tienes en frente, estará abierta pero no entrará la brisa, solo te regalará la misma visión de siempre: una pared de ladrillos rojos, los contarás sin detenerte, no te sorprenderás al darte cuenta de que no hay uno solo de más, trescientos sesenta y seis, los mismos que cuentas todos los días, levantarás lentamente la taza, con tus pupilas clavadas en el color rojo y beberás el primer sorbo de café, en él, sentirás el sabor amargo que cada mañana te impide olvidar que no naciste para la felicidad; la amargura en los labios, el olvido del azúcar y el sonido del corazón latiendo sin descanso te harán recordar que es viernes y debes arreglar la casa porque esperas su visita.

          Tus pies desnudos se deslizarán por el piso frío hasta llegar a la alcoba, te detendrás frente a la cama y la contemplarás vacía, con las sábanas arrugadas, desordenadas como si en la madrugada hubiesen estado buscando algo o a alguien.           

          Tus manos, largas, suaves, adornadas con el anillo que él te regaló, se deslizarán seguras y lentas sobre la superficie de la cama y quedará arreglada, ordenada, impecable, esperándote como tu cómplice hasta la noche, igual que todas las noches. Seguirás caminando hasta el cuarto de baño, al pasar por el marco de la puerta notarás que cada día eres más baja, darás la espalda al espejo al que has dejado de preguntar quién es la mas bella, y tomarás en tus manos un cepillo, lo llevarás hasta tu cabeza y él bajo tus órdenes, recorrerá tus cabellos desde la raíz hasta las puntas, sentirás tu cabello cada día mas largo, sabrás que cada día es más blanco; al terminar de peinarte arrancarás de las cerdas un puñado de cabellos que han desistido de seguir colgados en esa cabeza a la que ya no hace falta adornar, y lo tirarás resignada en el cesto de basura, lo tienes que vaciar porque ya está rebosante de papeles y desperdicios; sentirás el timbre y correrás a abrir, pero no encontrarás a nadie, nuevamente sabrás que no es a tu puerta a la que llaman y dejarás salir tu voz para escucharte decir: "Estas sola".

          Volverás a la cocina, a sentarte en la vieja silla, junto a la mesa redonda, frente a la ventana con vista a la pared roja, pero esta vez dirigirás tus ojos al reloj que está sobre la nevera, él te mostrará su brazo pequeño en el número dos y su brazo largo en el cinco, y no sabrás qué hacer con el tiempo que falta para la llegada de tu visita: ya has leído una y otra vez todos los libros que tienes en casa; ya no tienes papel para escribir porque lo gastaste aquella tarde en que empapelaste las paredes de la sala  y escribiste en cada hoja una palabra : miedo, muerte, amor; amor, muerte, miedo; muerte, miedo, amor, mientras buscabas respuestas pero te quedaste sin encontrar nada.

          Entonces, sacudirás el polvo de las ventanas de tu alcoba, de la sala, de la cocina, del cuarto vacío que alguna vez fue de tu hermana, ordenarás los libros y regarás las materas en las que hasta hace algunos meses vivieron plantas, tu voz no se escuchará pero por dentro te estarás diciendo: "¿Qué voy a hacer mañana?"

          Volverás a ver el reloj y sus brazos, esos brazos de tiempo que siempre te abrazan, marcarán las cinco, abrirás la nevera y sacarás una ensalada de espinacas, la comerás sin sal, como desde hace una semana y te alegrarás al sentir el sonido que producen tus dientes al masticarlas, creerás que sigues viva; al terminar, lavarás el plato, el único plato que utilizas y volverás a mojar tu rostro con agua, caminarás hasta el sofá de la sala y te tenderás en él, moverás tu cuerpo delgado de un  lado a otro, para acomodar mejor tu espalda, cambiarás de posición las piernas, te recogerás el cabello de diferentes formas para que no se desordene sobre tu cara y sin darte cuenta te quedarás dormida.

          Después de varias horas, el horrible pito de un carro nuevo te despertará del sueño, sabrás que el vecino del quinto piso ha llegado y pronto estará con sus hijos frente al televisor jugando a Mario Bross, tus ojos se irán abriendo lentamente para evitar que tus córneas se quemen con las llamas de las pesadillas por las que caminabas, y clavándolos en el techo, inmóvil, dejarás asomar los recuerdos : tu viejo trabajo, tus uñas pintadas de rojo saltando en las teclas de la máquina de escribir, añorarás el sonido que producían, al igual que los murmullos en el pasillo de las otras secretarias, aun cuando antes los odiabas.

          Intentando gastar las horas que faltan para la visita, llevarás tus manos a los pies; ellas, empezarán a recorrer tus piernas como si rodaran por una larga carretera llena de grietas, se detendrán en tu sexo y lo acariciarán una y otra vez, te llenarás de ansiedad, escucharás los gemidos de tu voz implorándole, rogándole que..., pero no pasará nada; entonces dejarás caer tus manos cansadas y seguirás tendida sobre el sofá, sin decir nada, sin querer nada, llegará la madrugada y no habrás escuchado nada

          Te levantarás sin prisa, un ligero mareo te acompañará hasta tu habitación, moverás el interruptor de la luz diez veces sin darte cuenta, hasta decirte: "Ya está apagada".

          En la oscuridad, te quitarás la ropa, acostarás tu cuerpo desnudo en la cama y buscarás algo bajo las sábanas, no encontrarás nada y nuevamente, esperarás resignada hasta la próxima semana la visita que esperabas.
______________________________________

© Viridiana Molinares

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12ted.html



Tedio

Viridiana Molinares


          Despertarás cada mañana a la misma hora, no será necesario escuchar el timbre bullicioso del despertador, dejarás a un lado la sábana  que te cubrió durante la noche y levantarás tu cuerpo como un pesado costal lleno de desechos.

          Caminarás sin pensar hacia el espejo y verás en él la figura de una dama, le preguntarás como siempre quién eres  y te irás corriendo al lavamanos a mojar tu rostro; verterás sobre él agua una y otra vez, hasta decirte: "Ya estoy bien".

          Más tarde, no recordarás el rostro que te habita ni la respuesta que no escuchaste.

          Llegarás hasta la cocina y prepararás café, te sentarás en la vieja silla a punto de romperse, junto a la mesa redonda que te ha acompañado durante años, sobre la cual has derramado tu llanto y las cenizas de cigarros en tus largas noches de insomnio, dirigirás tu mirada hacia la ventana que tienes en frente, estará abierta pero no entrará la brisa, solo te regalará la misma visión de siempre: una pared de ladrillos rojos, los contarás sin detenerte, no te sorprenderás al darte cuenta de que no hay uno solo de más, trescientos sesenta y seis, los mismos que cuentas todos los días, levantarás lentamente la taza, con tus pupilas clavadas en el color rojo y beberás el primer sorbo de café, en él, sentirás el sabor amargo que cada mañana te impide olvidar que no naciste para la felicidad; la amargura en los labios, el olvido del azúcar y el sonido del corazón latiendo sin descanso te harán recordar que es viernes y debes arreglar la casa porque esperas su visita.

          Tus pies desnudos se deslizarán por el piso frío hasta llegar a la alcoba, te detendrás frente a la cama y la contemplarás vacía, con las sábanas arrugadas, desordenadas como si en la madrugada hubiesen estado buscando algo o a alguien.           

          Tus manos, largas, suaves, adornadas con el anillo que él te regaló, se deslizarán seguras y lentas sobre la superficie de la cama y quedará arreglada, ordenada, impecable, esperándote como tu cómplice hasta la noche, igual que todas las noches. Seguirás caminando hasta el cuarto de baño, al pasar por el marco de la puerta notarás que cada día eres más baja, darás la espalda al espejo al que has dejado de preguntar quién es la mas bella, y tomarás en tus manos un cepillo, lo llevarás hasta tu cabeza y él bajo tus órdenes, recorrerá tus cabellos desde la raíz hasta las puntas, sentirás tu cabello cada día mas largo, sabrás que cada día es más blanco; al terminar de peinarte arrancarás de las cerdas un puñado de cabellos que han desistido de seguir colgados en esa cabeza a la que ya no hace falta adornar, y lo tirarás resignada en el cesto de basura, lo tienes que vaciar porque ya está rebosante de papeles y desperdicios; sentirás el timbre y correrás a abrir, pero no encontrarás a nadie, nuevamente sabrás que no es a tu puerta a la que llaman y dejarás salir tu voz para escucharte decir: "Estas sola".

          Volverás a la cocina, a sentarte en la vieja silla, junto a la mesa redonda, frente a la ventana con vista a la pared roja, pero esta vez dirigirás tus ojos al reloj que está sobre la nevera, él te mostrará su brazo pequeño en el número dos y su brazo largo en el cinco, y no sabrás qué hacer con el tiempo que falta para la llegada de tu visita: ya has leído una y otra vez todos los libros que tienes en casa; ya no tienes papel para escribir porque lo gastaste aquella tarde en que empapelaste las paredes de la sala  y escribiste en cada hoja una palabra : miedo, muerte, amor; amor, muerte, miedo; muerte, miedo, amor, mientras buscabas respuestas pero te quedaste sin encontrar nada.

          Entonces, sacudirás el polvo de las ventanas de tu alcoba, de la sala, de la cocina, del cuarto vacío que alguna vez fue de tu hermana, ordenarás los libros y regarás las materas en las que hasta hace algunos meses vivieron plantas, tu voz no se escuchará pero por dentro te estarás diciendo: "¿Qué voy a hacer mañana?"

          Volverás a ver el reloj y sus brazos, esos brazos de tiempo que siempre te abrazan, marcarán las cinco, abrirás la nevera y sacarás una ensalada de espinacas, la comerás sin sal, como desde hace una semana y te alegrarás al sentir el sonido que producen tus dientes al masticarlas, creerás que sigues viva; al terminar, lavarás el plato, el único plato que utilizas y volverás a mojar tu rostro con agua, caminarás hasta el sofá de la sala y te tenderás en él, moverás tu cuerpo delgado de un  lado a otro, para acomodar mejor tu espalda, cambiarás de posición las piernas, te recogerás el cabello de diferentes formas para que no se desordene sobre tu cara y sin darte cuenta te quedarás dormida.

          Después de varias horas, el horrible pito de un carro nuevo te despertará del sueño, sabrás que el vecino del quinto piso ha llegado y pronto estará con sus hijos frente al televisor jugando a Mario Bross, tus ojos se irán abriendo lentamente para evitar que tus córneas se quemen con las llamas de las pesadillas por las que caminabas, y clavándolos en el techo, inmóvil, dejarás asomar los recuerdos : tu viejo trabajo, tus uñas pintadas de rojo saltando en las teclas de la máquina de escribir, añorarás el sonido que producían, al igual que los murmullos en el pasillo de las otras secretarias, aun cuando antes los odiabas.

          Intentando gastar las horas que faltan para la visita, llevarás tus manos a los pies; ellas, empezarán a recorrer tus piernas como si rodaran por una larga carretera llena de grietas, se detendrán en tu sexo y lo acariciarán una y otra vez, te llenarás de ansiedad, escucharás los gemidos de tu voz implorándole, rogándole que..., pero no pasará nada; entonces dejarás caer tus manos cansadas y seguirás tendida sobre el sofá, sin decir nada, sin querer nada, llegará la madrugada y no habrás escuchado nada

          Te levantarás sin prisa, un ligero mareo te acompañará hasta tu habitación, moverás el interruptor de la luz diez veces sin darte cuenta, hasta decirte: "Ya está apagada".

          En la oscuridad, te quitarás la ropa, acostarás tu cuerpo desnudo en la cama y buscarás algo bajo las sábanas, no encontrarás nada y nuevamente, esperarás resignada hasta la próxima semana la visita que esperabas.
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© Viridiana Molinares

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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