El Marqués de Sade
o las jornadas del lobo feroz
Mar Estela Ortega González-Rubio
Profesora de la Universidad Pedagógica Nacional
Bogotá - Colombia
Entremos ahora, junto a los más abominables libertinos, al dominio literario del mal, con todos sus meticulosos rituales. Pasemos de este mundo tan relativo de la literatura a un verdadero absoluto, al absoluto de 120 jornadas que fueron escritas por un "lobo feroz", el personaje perverso de los cuentos infantiles que se come a los niños, y que siempre es castigado al final, así como el Marqués de Sade fue encerrado en la cárcel de La Bastilla donde confeccionó un rollo de 12.10 m. de largo sobre el que escribió el delirio lúbrico de Sodoma en 37 días del año 1785.
Los cuatro actores de Las 120 Jornadas de Sodoma: el presidente Curval, el Duque de Blangis, su hermano el obispo y el financiero Durcet pertenecen a esa nobleza y burguesía pre-revolucionaria que apenas habiendo sufrido la Peste que le costó al país la mitad de la población, reemplazó la muerte por el libertinaje casi sin transición, porque su dinero aseguraba el espectáculo de la pobreza. Estos hombres pueden permitirse encerrarse en ese castillo de Silling, perdido en la Selva Negra, con 42 objetos de lujuria que habrán de someter a su poder absoluto. El sitio irreal que el Marqués presenta con sus alrededores montañosos que alcanzan proporciones casi alucinantes y que únicamente las aves pueden franquear, tiene que ver con la fantasmagoría del terror, que es clásico de la novela negra. La base de esta visión es tal vez el castillo de Lacoste, vivienda de Sade por muchos años, cuyas torres son la sombra de la pesadilla oscura que modelaron con rigor su extraño cerebro.
Estos cuatro libertinos formulan un plan para ocupar 120 jornadas en los más inimaginables excesos sexuales, para lo cual redactan un código que ordenará sus largas sesiones de desenfreno. Los objetos de los que disponen son en primer lugar sus "esposas", que son al mismo tiempo sus hijas, es decir, que la hija de uno es la esposa del otro en una amalgama incestuosa. Luego hay un grupo de muchachas y muchachos arrebatados criminalmente a sus padres. Después, un grupo de "fornicadores" sodomitas sexualmente muy provistos. Luego, horribles dueñas sexagenarias, cocineras y sirvientas. Por fin, cuatro "historiadoras" o cronistas, proxenetas cuyo papel es narrar las escenas de depravación que se reproducirán luego en trabajos prácticos.
El libertino debe "ponerle orden a los placeres", por eso Barthes dice que éste "es tan diseñador como dieteta, arquitecto, decorador, escenarista, etc." La alimentación, que cumple uno de los papeles más importantes, repara los enormes gastos de esperma que producen los libertinos, y restaura a las víctimas para que sus dueños puedan disponer de objetos rechonchos, pero por otra parte, sirve para neutralizarlas, envenenarlas y cebarlas porque se necesita proporcionar un alimento "suave, abundante y delicado" a la pasión coprofágica. El paso a estas prácticas no es tan sencillo ante las barreras de la repugnancia. Sin embargo, hay que decir en este punto, con mucha sinceridad, que Sade pasa, y algunas veces con ordenado pero alegre desenfado, todas estas barreras. Y todos sabemos que si estas se derrumban, todas las demás también. Y no resulta extraño que la última parte de la obra sea una lista de atrocidades. Desde el momento en que el libro se entrega sin reservas a la coprofagia puede lógicamente terminar en sangre.
El crescendo en la violencia de la obra sigue el ritmo de las "pasiones" descritas en el calendario previsto, y clasificadas como "simples", "dobles", "criminales", y "asesinas". Después de la introducción y de la primera parte, el resto es una serie de escenas en las que la desmesura de la imaginación llega muy lejos, y muchos críticos prefieren mirar hacia otro lado ante la enumeración, jadeante de cuadros en los que el desarreglo sexual llega a la locura homicida. Sade tiene la tendencia a abandonarse a la imaginación numérica: tres cuartas partes del libro se tratan de notas numeradas en su sequedad denotativa. Los cálculos forman parte de la erótica en la que siempre todo se enumera, se clasifica, lo cual puede ser una forma de racionalismo morboso, pero también expresa una verdadera sensualidad de la cifra representada más que nada en las descripciones relacionadas con la anatomía sexual sobre todo masculina. Las escenas de ferocidad suceden a otras escenas de ferocidad. Las repeticiones son infinitas. Por esto, tal vez, Sade mismo ha creado unidades para organizar su orgía. La unidad mínima es la postura, pero al ser combinadas, las posturas integran una unidad superior: la operación. Cuando en ésta participan varios actores que forman un conjunto simultáneo de posturas, se denomina figura. Pero cuando, al contrario, son solo dos actores que cambian de posturas, se le denomina episodio. Por último, estas operaciones, al sucederse forman la "escena o la "sesión". Lo que más se busca es la figura total: el arte de la catálisis, la inundación del cuerpo, es decir que todas las cabezas de partido del placer estén ocupadas, y por lo tanto erótica o criminalmente saturadas.
Los personajes pasan de lo activo a lo pasivo recíprocamente. No sólo hay sustitución de papeles sino de identidad con algo que tiene que ver con el disfraz (sino ya con el "travestismo"). En uno de los matrimonios que se celebra en el castillo, el duque, que representaba al padre, condujo a la muchacha vestida de hombre al altar, donde su novio la esperaba magníficamente vestido de mujer. Este intercambio es el comienzo de los simulacros andróginos cuyo principal objetivo es ejercer de la forma más cruel la misoginia, la negación de la vagina. Esta no reside solo en la preferencia de la sodomía, sino que es la negación de la vida quitándole su parte delantera a las sumisas mujeres mantenidas en un estado de disponibilidad por "reparaciones perpetuas". La muerte de mujeres embarazadas les provoca dos placeres en vez de uno: es lo que ellos llaman "la vaca y el ternero". Es, para ellos, un placer superior, la idea de la suma matemática de matar dos, uno en el cuerpo del otro. Las féminas sufren castigos que hacen brotar su sangre a borbotones, borbotones que son los únicos capaces de provocar los de la esperma del oficiante que no puede liberarse de otra manera del "fluido abrasado" que atasca a su vez su espíritu y su cuerpo.
El sustitución de identidad junto con el disfraz implica un olvido de sí mismo en el personaje del otro, el vértigo de la nada (Amil Lebrún, en su ensayo sobre Sade, habla del "intenso deseo de no ser nada"). El mundo en el que avanzan los libertinos es un desierto; los seres que encuentran allí son menos que cosas, menos que sombras, y al atormentarlos y destruirlos, no es su vida lo que toman, sino que es su nada, su inexistencia lo que verifican. ¿Qué dice, en el alba de Las Jornadas, el duque a las mujeres? "[...] estáis encerradas en una ciudadela impenetrable, de la cual nadie sabe, vosotras ya estáis muertas para el mundo". Ellas están ya muertas y encerradas en el vacío absoluto como lo estaba Sade en La Bastilla.
Las escenas en la novela están fuera de toda realidad, hay mucha complicación en las posturas, agotamiento de los gozadores y resistencia de las víctimas. Todo excede la naturaleza: se necesitarían varias pieles, cuerpos de acróbatas, y la facultad de renovar infinitamente el orgasmo. En el castillo de Silling no protestan ni luchan, en un recinto cerrado, donde los cuatro "amigos" están solos, sin guardias, ningún "fornicador" atenta contra ellos. Y es que Sade va a poner a consideración de los lectores la teoría de que al hombre que tiene energía hacia el mal, nunca puede sucederle algo malo: "a la virtud todos los infortunios, al vicio la dicha de una constante prosperidad". El Marqués posee esta profunda convicción: la de que el hombre del egoísmo absoluto no puede jamás caer en la desgracia; aún más, será feliz al máximo, porque es inaccesible al mal; ya que es el hombre de todas las pasiones y sus pasiones se complacen en todo. Por eso en Las Jornadas los libertinos ven que es necesario probar todo para no estar esclavizados por algo. Entonces se convierten así en hombres en el último grado de corrupción, pero léase bien, de corrupción reflexionada. Ellos creen que si hacen mal a otros es una voluptuosidad. Y que si los otros les hacen mal a ellos es un goce. Si murieran, encontrarían en ello un placer más grande aún y, tendrían en su conciencia el coronamiento de una vida que solo justifica la necesidad de destruir.
Todos son víctimas y victimarios, sodomizadores y sodomizados. Tanto es así que en los reglamentos estaba estipulado lo siguiente: "Respecto a su tono (refiriéndose al de los libertinos), será siempre el más brutal con las mujeres y los muchachos, pero sumiso, putón y depravado con los hombres que los amigos, desempeñando con ellos el papel de mujeres, deben considerar como sus maridos". Sin embargo, la violencia de sus pasiones, que ellos saben satisfacer, les asegura su soberanía, y se conservan todopoderosos. Los héroes de Sade no alteran nunca su dominio, el placer que sienten por el envilecimiento los coloca a todos más alto, la vergüenza y el remordimiento les son extraños. El libertino de las obras de Sade siempre encontrará fuerza para aumentar su insensibilidad, siempre estará inventando nuevos excesos, porque es la única forma que él concibe para pasar de la consigna de la igualdad humana (que tanto aborrecen) a la omnipotencia, y "agitado por todas partes" gozará de su propio aniquilamiento más allá de todos los límites. Ya sabemos que el hombre que aspire a la monstruosidad integral siempre será un lobo para sí mismo.
BIBLIOGRAFIA:
1. BARTHES, Roland. Sade, Loyola, Fourier. Caracas: Monte Avila Editores, 1977.
2. BLANCHOT, Maurice. Lautreamont y Sade. México: Fondo de Cultura Económica, 1990.
3. JEAN, Raymond. Un Retrato del Marqués de Sade. Barcelona: Editorial Gedisa, 1989.
4. DE SADE, Marqués. Las 120 Jornadas de Sodoma. Barcelona: Tusquets Editores, 1977.
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© Mar Estela Ortega González-Rubio
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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