El patito que no nadaba nada
Solange Munhoz
Ilustración de Pilar Ribas Maura Mamá pata y sus crías huían de un incendio en la floresta. Después de mucho pensar, concluyó que deberían cruzar el río. Pero, cuando llegó a la travesía, encontró un pato que decía, golpeándose la frente:
--Dios mío, que agonía, hay demasiada agua en este río y demasiada nostalgia de cuando yo sonreía, y fingía que nadaba, a mi tío.
¿Un patito que no podía nadar? ¡Qué locura! ¿Estaría enfermo? ¿Tendría algún problema en el ala? ¿Sería una mala formación, una fisura o contusión? No, es el miedo al agua que lo tortura.
--Mamá pata, ayúdeme que el fuego viene ligero. El humo, de los árboles se desprende, y soy incapaz de cruzar un riachuelo.
Mamá pata llamó a sus cinco cachorros.
--No podemos dejarlo aquí o se convertirá en asado de pato.
Cado patito se propuso a pensar en una solución para la cuestíon.
--Hagamos un barquito para el patito.
--Dejémoslo aquí.
--Atémoslo con una rama y nos lo llevamos.
--Podemos cargarlo sobre las espaldas.
--Primero crucemos el río para pedir ayuda.
--Óigame, mamá pata, si usted me salva, prometo, en voz alta, aprender a nadar como mi papá nadaba.
No quedaba más tiempo y la decisión era de ella. Las aguas estaban, de hecho, amenazadoras: había ramas, piedras, troncos en llamas que se transformaban en trampas. Sin contar los animales que, en distintas filas, cruzaban el río en busca de vida.
--Prepárate, amiguito, que la aventura será bella.
--Gracias, nunca me olvidaré de este día, tampoco de su atención. Y si hay algo que reconozco es la sabiduría de cuidar a sus crías y darles una lección.
--Patito solitario, súbete a mis espaldas; hijos, agárrense con el pico el uno a la cola del otro.
Pocos minutos bastaron para que se organizara una caravana de patos que huían de las llamas del bosque. El patito solitario no se atrevía a abrir los ojos y disimulaba el miedo que sentía de los peligros de la travesía.
--¡Ya falta poco, hijos míos! --gritaba mamá pata para darle fuerzas al grupo. El patito solitario, sin embargo, sabía que, mientras sus patas no estuvieran en el suelo, peligro corría.
--Cuidado, viene ahí un tronco en alta velocidad. Vamos a parar... --alguien gritó.
Y una rama golpeó la cabeza de mamá pata, que dijo:
--Estoy mareada, creo que me voy a desmayar.
El patito solitario abrió los ojos, se tiró en el agua y les dijo a las patas y a los patos:
--Amiguitos, no tenemos escoja, salvemos a su mamá sin demora y no se preocupen con las burbujas de fuego, de agua o de aire. Vamos, ¡ahora!
Cada patito tomó a la mamá de un lado y, guiados por el patito solitario, la llevaron a tierra firme.
--Gracias, hijitos, ya me siento mejor. Pero la gran sorpresa fue el valor con que tú, amigo, me salvaste cuando era yo quien te socorría.
--Tampoco sé lo que pasó, pero he aprendido dos lecciones: que sabía nadar y que no se puede perder al amigo que se encontró.
A partir de ese momento, la familia de la mamá pata y la familia del patito, que no era para nada solitario, se encontraron muchas veces para festejar que se habían conocido. _________________________________________
© Solange Munhonz
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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