Os prazeres da noite 

Carlos Vásquez-Zawadzki


                                                                              Para Fabio y Adine,
                                                                   a  bordo de su  isla desconocida


                                                        "...uma mulher demasiadamente feminina..."
                                                                    "...la vie m'a éclairci les livres,"
                                                                                                                         
           La observaba con minuciosa ternura leer, subrayar, comentar, uno por uno los numerosos volúmenes del Instituto de la Mujer, aquella  moderna pero original Biblioteca sobre sexualidad femenina en las sociedades de lenguaje, poder y leyes patriarcales, y sus rupturas conquistadas en las urbanas del presente siglo, libros de pastas cribadas de hojas verdes, sepias,  escarlatas que identificaban sus cuidadosas ediciones...

            Había dejado de acostarse temprano, como en los primeros meses de nuestro encuentro fortuito en Sâo Paulo en el Aula Máxima de la Universidad donde dictara yo un seminario sobre la significación del melodrama y las culturas populares en América Latina, modificando ella de manera gradual sus hábitos y manejo del tiempo cotidiano. Convirtiendo entonces la noche de todas nuestras noches en espacio de investigación y reflexión sobre sí misma.

            No volví a interrumpirla de ninguna manera y urgencia en su metódica vigilia nocturna, en esa busca proustiana del tiempo perdido por una apasionada muchacha en flor a sus treinta años compartidos.

             Pero, a lentos sorbos de café, seguía en la mañana  cada uno de sus pasos de lectura por aquellos cerrados laberintos del deseo interdicto a  cuerpos y voces femeninos en la historia nuestra, siglos de la Conquista y la Colonia por el trono y la tiara unidos, y más tarde por la violencia de las dobles morales republicanas.

          Desde mis primeros años de escritor para televisión, los horarios de trabajo fueron regularmente diurnos. Debido quizá a la falta de luz en mis ojos; como también a un inquietante por lo neurótico cansancio de los mismos. Siempre pensé que mis actividades de lector y guionista  debían aprovechar las primeras, mejores horas del día en narraciones para las cuales se reclama, mejor, se exige por parte de  telespectadores y productores historias seductoras, al tiempo que ascendentes clímax de claridad meridiana. Cosas del género. La noche prefería a románticos radicales hasta el suicidio como Novalis, o por el contrario, sociales que conducían al exilio político como al grande Victor Hugo. De cualquier manera, mi prosa de temas e imágenes familiares, impactantes en sus revelaciones, requiere de la iluminación vertical del medio día sin sombras, frente al espejo azul marino de la bahía, sin mayores posturas filosóficas ni melodramáticas del corazón presente.

            Bien:  en la temprana mañana  de todos los días releía las páginas conceptuales que, en las altas horas solitarias de la noche, Lygia trasegaba sin evidentes muestras de cansancio en sus interminables estudios, placentera, alegremente. Las huellas de sus lecturas aparecían  subrayadas párrafo tras párrafo con profusa tinta roja:  hilos para conocer y derruir todo laberinto patriarcal del deseo prohibido. Asimismo en intenso azul mediterráneo, sus reflexiones juiciosas ocupaban las márgenes de los libros.

            Los intereses intelectuales de Lygia se multiplicaban en direcciones complementarias y aún opuestas: autoridad paterna, violencia intrafamiliar, educación en la culpa, promulgación de leyes, saber y sexualidad, trabajo y riqueza, mujeres escritoras, artistas, científicas, líderes sociales... De mi lado, prefería los trazos fascinados de Lygia al discurrir nuestra ciudad bella y misteriosa, musical y perfumada, nacida a orillas de un océano legendario y protegida por Yemanjá, diosa de cinco nombres, cruce de pieles, religiones, lenguajes, luchas, alegrías y dolores. Aquí Lygia se desvelaba en la crónica de mujeres, sus acciones populares y memorables, color mestizo como el de su propio cuerpo y sonoridad de atambores de sus relatos y voces.

             Pensaría así poder entrar y salir de las travesías y posibles trampas pasionales de su cuerpo, cuerpo y senderos imaginarios  que en el transcurso de los últimos ocho o nueve meses parecían reinventar su original lenguaje femenino con todas y cada una de las frases puestas de relieve sobre las páginas impresas por el Instituto de la Mujer y sus libros críticos de pastas cribadas de hojas verdes, sepias, escarlatas... Sus reflexiones al margen de las páginas leídas serían una nueva casa de habitación, su hogar interior de la soledad, tal vez paralelo al nuestro de la pasión.

             Pero, me preguntaba entonces qué sería del cuerpo anterior de Lygia, aquella sensible realidad de verdad, adorable y comprometedora, que conociera esa semana mágica de Sâo Paulo y trajera para siempre de nuestros locos deseos y futuro a mi blanca casa de Bahía:  ¿Podría Lygia abstraerse de su erótica  carnadura hermosa, en un cuerpo racional de voz, gestos y sexualidad desconocidos?

            Ahora nos amábamos al final de las tardes, en silencio. En Bahia de Todos os Santos, por el prodigioso mes de junio, el cielo deviene convexo y transparente. Blanco de azul circular, total. En Jardim Ipiranga, el espacio interior  de la casa nuestra se acompasa con el ritmo de la guitarra y el cavaquinho, la flauta y la armónica de melodías y fiestas populares. Se festeja a Santo Antônio, y en los candomblés a Ogum. Más tarde las fogatas devotas se multiplicarán y reflejarán en espejos de aire; aromatizados de naranja, maíz y licor de jenipapo. La urbe se envolverá en una extraña luz roja, plena de sugestión y de magia... En estos instantes de mis recuerdos Lygia toma la iniciativa, me acaricia lenta muy lentamente sin dejar de mirarme a los ojos, besa mi sexo con su arte de complicidades absolutas y me lleva al orgasmo como hacia orillas abiertas de una desaparición momentánea.

            Así, todas las tardes descifrables de un  presente continuo, mientras el tiempo de Bahía  se quema de cromatismos suaves y goces creativos indefinibles: Lygia es aroma de alhucema que parecería desvanecerse ante mis ojos, tatuándose en mi memoria.  Creo estar perdiendo ése su cuerpo amado, que comienza a separarse de mis brazos. Sin mediar ni una sola palabra, ni tan sólo una  frase de despedida.

            Una noche de sábado festivo, abigarrado, multitudinario en Bahia de Todos os Santos, busco a Lygia y no la encuentro en nuestra casa de Jardim Iparanga. Respiro con angustia su perfumada piel morena  de madura muchacha en flor, su  aroma deseado de alhucema que es su mismo cuerpo y que habita en mis sentidos y cada uno de nuestros espacios. Lygia ha decidido partir...

             En la biblioteca, frente al espejo fantasmagórico del mar abandonado ahora por los multicolores saveiros pequeños y líricos que navegan en la luz del día, encuentro un libro abierto sobre el escritorio, sin trazas escarlatas ni azules anotaciones de la mano bella y misteriosa de Lygia. Un libro de Margareth Rago, Os prazeres da noite. Estas  páginas me oprimen el corazón como enigma azaroso pero trascendente para el futuro de los dos.

             De un lado, se reproduce la fotografía que fuera tarjeta postal en las décadas de los treinta o cuarenta de una hermosa, sensual joven de veinte años: pequeños senos descubiertos que nos miran e interrogan como su tierna mirada directamente a los ojos, nariz respingada, boca perfecta para el goce y el silencio en seductora sonrisa esperanzadora, los brazos suaves detrás de la cabeza y un velo  transparente que enciende los sentidos cubriendo y descubriendo la piel objeto de deseo. Este fotograma, con un breve comentario del editor, evidente hoy pero incierto ayer  de las historias secretas  del placer prohibido que tanto ama Lygia,  A sensualidade feminina: una red invisible de revelaciones y liberación que nos atraparía para siempre.

            Del otro, una página del capítulo Laberintos en la que se nombra al escritor Oswald de Andrade y sus novelas que narran el mundo oculto de ese prostituido placer urbano,  destacándose sus decadência e violência...

            Como ocurre con la Nadja legendaria de la imaginería surrealista de André Bretón, estoy seguro de volverme a encontrar una y otra vez con Lygia. Encontrarla para quizá perderla de nuevo en mi presencia apasionada. Por ello he comenzado a buscarla en la nocturnidad radiante de las calles palpitantes y populosas de Bahia de Todos os Santos. De igual manera en las tardes serenas de nuestra ciudad, caminando por la colina de Bonfin, por barrios distantes como Peri-Peri o burgueses como Morro do Gato, por el tráfago escandaloso del Mercado, por la Ladeira do Bogum...

              Pero, hoy estaré buscando a Lygia por los ecos del camino de Sâo Caetano que nos conducirían al campo de Goméia, zona de orixás y de caboclos. Reconoceré un árbol, una gameleira sagrada del candomblé, morada de ogúns, los muertos. Lygia sabrá que es día de sacrificios. Entonces participaré en la fiesta de la macumba, escuchando la orquesta estridente a la vez que monótona de atabales, en melodías que acompañan la danza y aprietan el corazón con sus preguntas sordas. Allí los dioses, con la música y el canto, bailarán en perfecta y completa intimidad con nosotros.

             Luego, recordando los nombres de las doñas Maria Bibiana do Espírito Santo, Menininha do Gantois, Ruinhó, Olga do Alaketu y las actuales iyalorixás  y yansâs, guardianas de tradiciones y rituales que resistieron persecuciones y superaron los males de la esclavitud, regresaré a los recuerdos de nuestra casa de Jardim Ipiranga, para seguir los pasos de Lygia en su lectura de los libros interminables del Instituto de la Mujer, de pastas cribadas de hojas verdes, sepias, escarlatas...

              Algo me afirma en este juego de posibilidades reales y ficticias, intuición de creativo escritor de televisión, que pronto leeré su primer libro de éxito literario, su primera invención salvadora de toda noche en las noches de la prohibición masculina, su primera novela de liberación...
                                                
          Caly, Octubre 98  Julio 99
________________________________________

©  Carlos Vásquez-Zawadzki

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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Os prazeres da noite 

Carlos Vásquez-Zawadzki


                                                                              Para Fabio y Adine,
                                                                   a  bordo de su  isla desconocida


                                                        "...uma mulher demasiadamente feminina..."
                                                                    "...la vie m'a éclairci les livres,"
                                                                                                                         
           La observaba con minuciosa ternura leer, subrayar, comentar, uno por uno los numerosos volúmenes del Instituto de la Mujer, aquella  moderna pero original Biblioteca sobre sexualidad femenina en las sociedades de lenguaje, poder y leyes patriarcales, y sus rupturas conquistadas en las urbanas del presente siglo, libros de pastas cribadas de hojas verdes, sepias,  escarlatas que identificaban sus cuidadosas ediciones...

            Había dejado de acostarse temprano, como en los primeros meses de nuestro encuentro fortuito en Sâo Paulo en el Aula Máxima de la Universidad donde dictara yo un seminario sobre la significación del melodrama y las culturas populares en América Latina, modificando ella de manera gradual sus hábitos y manejo del tiempo cotidiano. Convirtiendo entonces la noche de todas nuestras noches en espacio de investigación y reflexión sobre sí misma.

            No volví a interrumpirla de ninguna manera y urgencia en su metódica vigilia nocturna, en esa busca proustiana del tiempo perdido por una apasionada muchacha en flor a sus treinta años compartidos.

             Pero, a lentos sorbos de café, seguía en la mañana  cada uno de sus pasos de lectura por aquellos cerrados laberintos del deseo interdicto a  cuerpos y voces femeninos en la historia nuestra, siglos de la Conquista y la Colonia por el trono y la tiara unidos, y más tarde por la violencia de las dobles morales republicanas.

          Desde mis primeros años de escritor para televisión, los horarios de trabajo fueron regularmente diurnos. Debido quizá a la falta de luz en mis ojos; como también a un inquietante por lo neurótico cansancio de los mismos. Siempre pensé que mis actividades de lector y guionista  debían aprovechar las primeras, mejores horas del día en narraciones para las cuales se reclama, mejor, se exige por parte de  telespectadores y productores historias seductoras, al tiempo que ascendentes clímax de claridad meridiana. Cosas del género. La noche prefería a románticos radicales hasta el suicidio como Novalis, o por el contrario, sociales que conducían al exilio político como al grande Victor Hugo. De cualquier manera, mi prosa de temas e imágenes familiares, impactantes en sus revelaciones, requiere de la iluminación vertical del medio día sin sombras, frente al espejo azul marino de la bahía, sin mayores posturas filosóficas ni melodramáticas del corazón presente.

            Bien:  en la temprana mañana  de todos los días releía las páginas conceptuales que, en las altas horas solitarias de la noche, Lygia trasegaba sin evidentes muestras de cansancio en sus interminables estudios, placentera, alegremente. Las huellas de sus lecturas aparecían  subrayadas párrafo tras párrafo con profusa tinta roja:  hilos para conocer y derruir todo laberinto patriarcal del deseo prohibido. Asimismo en intenso azul mediterráneo, sus reflexiones juiciosas ocupaban las márgenes de los libros.

            Los intereses intelectuales de Lygia se multiplicaban en direcciones complementarias y aún opuestas: autoridad paterna, violencia intrafamiliar, educación en la culpa, promulgación de leyes, saber y sexualidad, trabajo y riqueza, mujeres escritoras, artistas, científicas, líderes sociales... De mi lado, prefería los trazos fascinados de Lygia al discurrir nuestra ciudad bella y misteriosa, musical y perfumada, nacida a orillas de un océano legendario y protegida por Yemanjá, diosa de cinco nombres, cruce de pieles, religiones, lenguajes, luchas, alegrías y dolores. Aquí Lygia se desvelaba en la crónica de mujeres, sus acciones populares y memorables, color mestizo como el de su propio cuerpo y sonoridad de atambores de sus relatos y voces.

             Pensaría así poder entrar y salir de las travesías y posibles trampas pasionales de su cuerpo, cuerpo y senderos imaginarios  que en el transcurso de los últimos ocho o nueve meses parecían reinventar su original lenguaje femenino con todas y cada una de las frases puestas de relieve sobre las páginas impresas por el Instituto de la Mujer y sus libros críticos de pastas cribadas de hojas verdes, sepias, escarlatas... Sus reflexiones al margen de las páginas leídas serían una nueva casa de habitación, su hogar interior de la soledad, tal vez paralelo al nuestro de la pasión.

             Pero, me preguntaba entonces qué sería del cuerpo anterior de Lygia, aquella sensible realidad de verdad, adorable y comprometedora, que conociera esa semana mágica de Sâo Paulo y trajera para siempre de nuestros locos deseos y futuro a mi blanca casa de Bahía:  ¿Podría Lygia abstraerse de su erótica  carnadura hermosa, en un cuerpo racional de voz, gestos y sexualidad desconocidos?

            Ahora nos amábamos al final de las tardes, en silencio. En Bahia de Todos os Santos, por el prodigioso mes de junio, el cielo deviene convexo y transparente. Blanco de azul circular, total. En Jardim Ipiranga, el espacio interior  de la casa nuestra se acompasa con el ritmo de la guitarra y el cavaquinho, la flauta y la armónica de melodías y fiestas populares. Se festeja a Santo Antônio, y en los candomblés a Ogum. Más tarde las fogatas devotas se multiplicarán y reflejarán en espejos de aire; aromatizados de naranja, maíz y licor de jenipapo. La urbe se envolverá en una extraña luz roja, plena de sugestión y de magia... En estos instantes de mis recuerdos Lygia toma la iniciativa, me acaricia lenta muy lentamente sin dejar de mirarme a los ojos, besa mi sexo con su arte de complicidades absolutas y me lleva al orgasmo como hacia orillas abiertas de una desaparición momentánea.

            Así, todas las tardes descifrables de un  presente continuo, mientras el tiempo de Bahía  se quema de cromatismos suaves y goces creativos indefinibles: Lygia es aroma de alhucema que parecería desvanecerse ante mis ojos, tatuándose en mi memoria.  Creo estar perdiendo ése su cuerpo amado, que comienza a separarse de mis brazos. Sin mediar ni una sola palabra, ni tan sólo una  frase de despedida.

            Una noche de sábado festivo, abigarrado, multitudinario en Bahia de Todos os Santos, busco a Lygia y no la encuentro en nuestra casa de Jardim Iparanga. Respiro con angustia su perfumada piel morena  de madura muchacha en flor, su  aroma deseado de alhucema que es su mismo cuerpo y que habita en mis sentidos y cada uno de nuestros espacios. Lygia ha decidido partir...

             En la biblioteca, frente al espejo fantasmagórico del mar abandonado ahora por los multicolores saveiros pequeños y líricos que navegan en la luz del día, encuentro un libro abierto sobre el escritorio, sin trazas escarlatas ni azules anotaciones de la mano bella y misteriosa de Lygia. Un libro de Margareth Rago, Os prazeres da noite. Estas  páginas me oprimen el corazón como enigma azaroso pero trascendente para el futuro de los dos.

             De un lado, se reproduce la fotografía que fuera tarjeta postal en las décadas de los treinta o cuarenta de una hermosa, sensual joven de veinte años: pequeños senos descubiertos que nos miran e interrogan como su tierna mirada directamente a los ojos, nariz respingada, boca perfecta para el goce y el silencio en seductora sonrisa esperanzadora, los brazos suaves detrás de la cabeza y un velo  transparente que enciende los sentidos cubriendo y descubriendo la piel objeto de deseo. Este fotograma, con un breve comentario del editor, evidente hoy pero incierto ayer  de las historias secretas  del placer prohibido que tanto ama Lygia,  A sensualidade feminina: una red invisible de revelaciones y liberación que nos atraparía para siempre.

            Del otro, una página del capítulo Laberintos en la que se nombra al escritor Oswald de Andrade y sus novelas que narran el mundo oculto de ese prostituido placer urbano,  destacándose sus decadência e violência...

            Como ocurre con la Nadja legendaria de la imaginería surrealista de André Bretón, estoy seguro de volverme a encontrar una y otra vez con Lygia. Encontrarla para quizá perderla de nuevo en mi presencia apasionada. Por ello he comenzado a buscarla en la nocturnidad radiante de las calles palpitantes y populosas de Bahia de Todos os Santos. De igual manera en las tardes serenas de nuestra ciudad, caminando por la colina de Bonfin, por barrios distantes como Peri-Peri o burgueses como Morro do Gato, por el tráfago escandaloso del Mercado, por la Ladeira do Bogum...

              Pero, hoy estaré buscando a Lygia por los ecos del camino de Sâo Caetano que nos conducirían al campo de Goméia, zona de orixás y de caboclos. Reconoceré un árbol, una gameleira sagrada del candomblé, morada de ogúns, los muertos. Lygia sabrá que es día de sacrificios. Entonces participaré en la fiesta de la macumba, escuchando la orquesta estridente a la vez que monótona de atabales, en melodías que acompañan la danza y aprietan el corazón con sus preguntas sordas. Allí los dioses, con la música y el canto, bailarán en perfecta y completa intimidad con nosotros.

             Luego, recordando los nombres de las doñas Maria Bibiana do Espírito Santo, Menininha do Gantois, Ruinhó, Olga do Alaketu y las actuales iyalorixás  y yansâs, guardianas de tradiciones y rituales que resistieron persecuciones y superaron los males de la esclavitud, regresaré a los recuerdos de nuestra casa de Jardim Ipiranga, para seguir los pasos de Lygia en su lectura de los libros interminables del Instituto de la Mujer, de pastas cribadas de hojas verdes, sepias, escarlatas...

              Algo me afirma en este juego de posibilidades reales y ficticias, intuición de creativo escritor de televisión, que pronto leeré su primer libro de éxito literario, su primera invención salvadora de toda noche en las noches de la prohibición masculina, su primera novela de liberación...
                                                
          Caly, Octubre 98  Julio 99
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LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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