Naturaleza y libertad


Alberto Sánchez León
                                        

          Dicen por ahí que en esta vida o eres radical o te comen. Ahora bien, parece que esa radicalidad se ha entendido como una única forma de ver las cosas, se ha entendido como una ley, la ley del más fuerte, una vieja ley que promulgó Calicles, pero que Nietzsche la ha reavivado plagiándola, aunque dándole una forma un tanto más estética. Esta postura postmoderna ha sido imitada por mucha gente que veía en ella un potencial atractivo interesante. Dicha postura sostiene que el más fuerte hoy es el que domina, es el que se impone con el tener, pero olvidándose de su ser. Hoy en día la gente ya está cansada de tanto imponer, pues el imponer --quieras o no-- cuesta lo suyo, y además uno no se siente satisfecho imponiendo, sino cuando respeta y "deja ser".

          La filosofía nos enseña la importancia que tiene la metafísica para discernir lo importante de lo indiferente, (si es que cabe algo que sea indiferente). Hoy día, a mucha gente le cuesta hablar de filosofía, parece como que aburre y no llega a nada. Pero, ¿no es esto una huida de lo real? Huir es propio del cobarde, por eso la filosofía es una osadía, un atreverse como decía Kant:
¡Sapere aude
!, atrévete a pensar. Todo lo bueno cuesta, y pensar es algo muy bueno aunque cueste. Sin embargo, uno no mide una acción por lo que cuesta, sino por su fin, pues, citando a Josef Pieper, el esfuerzo nunca es causa sino condición.

          Pues bien, atreviéndonos a pensar, podemos observar que la diferencia entre algo real y algo ideal estriba en su modo de ser. En otras palabras, lo que tienen en común lo real y lo ideal es el ser. Ambas son, pero no son del mismo modo, y es en esto en lo que se diferencian. De estos modos de ser distintos que tienen lo real y lo ideal, pueden sacarse varias consecuencias decisivas.

          Si lo real implica temporalidad, entonces el ser real es ser en el mundo (o como Heidegger denominaba dasein, ser-ahí). Por el contrario, ser ideal conlleva una cierta atemporalidad, y, por tanto, ser ideal implica ser en el no-mundo, si es que cabe hablar así (de este modo, Platón iría en contra de Heidegger, ya que para él, la verdadera realidad está en el mundo de las ideas; ser, para Platón, más que ser-ahí (dasein), es ser-allí). Pues bien, la relación entre lo real y lo ideal, esto es, entre naturaleza y espíritu o entre tiempo y eternidad o entre materia y espíritu, es la naturaleza compleja del ser humano. Somos la unidad de dos mundos que se complementan y que nunca se contraponen, es decir, somos naturaleza y espíritu, no un ser separado sino encarnado. Llevarse por una postura radical sería extraviar la filosofía. Pero hay que distinguir entre separar y discernir. La separación connota un valor negativo, pues separar es negar, pero en la realidad no hay negación. Por el contrario, el que sabe discernir no separa, sino que en lo uno ve la pluralidad. Por tanto, afirmar, unificar es más propio que negar.

          Hace ya unos 26 siglos aproximadamente que la historia de los hombres engendró a la filosofía. Ya, en los primeros pasos, cuando la filosofía era apenas un bebé y poco a poco se gestaba, comenzó este dilema que llega hasta nuestro días, a saber, la separación entre naturaleza y libertad. Por eso, no se puede decir que se trata de un problema menor, ya que, además de abarcar toda la historia de la filosofía, constituye su clave. Si la filosofía se comparase con un mosaico romano (sin perder la unidad, aunque pueda parecer que no la haya), no se podría decir que este problema de tal envergadura sea una tesela más en el conjunto, ni tampoco que sea el tema del cuadro, ya que la filosofía trata del juego de la vida, del quién somos y  a dónde vamos, esto es, del hombre y su complejidad. Dentro del mosaico, este problema, incoado desde el inicio, sería una parte bastante amplia y destruida y, por ello, merece la pena detenerse a ponderarlo y reconstruirlo. Y esto es la filosofía: pararse a pensar, echarse a andar, ponerse en camino.

          Naturaleza y espíritu, materia y forma, particular y universal, tiempo y libertad, lo uno y lo múltiple, referencia y sentido, lenguaje y pensamiento, cuerpo y alma o como se quiera decir, pero, en cualquier caso, la separación de ambas partes ha sido lo que ha dificultado la tarea filosófica. Pero, a la vez de haberla dificultado, estos problemas son los que han enriquecido a la filosofía. Y son problemas reales, aunque su reflexión sea algo abstracta.

          Casi todos los filósofos se han cuestionado este asunto y han tomado posturas unilaterales. Así, Platón separa lo real de lo ideal, dándole una primacía a lo ideal; Occam niega lo universal, afirmando exclusivamente lo particular y concreto; Descartes separa la "res cogitans" de la "res extensa"; y así, podríamos citar a Kant, el cual ya no se pregunta por las cosas sino por la condición de posibilidad de las cosas, o a Hegel que para él lo único real es lo racional, el concepto. En fin, se podrían citar a muchos más, pero no se trata de hacer una lista de filósofos separatistas, pues todos estos han dicho sin lugar a duda muchas verdades que nos han acercado a la realidad de las cosas. De lo que se trata es de detectar el problema, que ya es un paso, aunque un paso intermedio, no decisivo.

          El problema se produce cuando se le otorga más primacía a una que a la otra, cuando se toma la parte por el todo. Si uno se decanta más por la naturaleza, por el mundo, por lo real y fáctico, esto es, por lo tangible, lo normal será caer en un naturalismo, en un empirismo, en un cientifismo que al final desemboca en un escepticismo. Por el contrario, es decir, cuando se le concede más primacía al espíritu, la filosofía se convierte en un idealismo, un representacionismo que poco tiene que ver con la realidad, pues no justifica a la naturaleza.

          La realidad de lo ideal no es más que su misma idealidad, de lo contrario se cometería la falacia del naturalismo. Percatarse de esto es percatarse del estatuto ontológico de la idea, es hacerse cargo de una verdadera epistemología, es vivir despiertos a la realidad; mientras que no discernir entre lo ideal y lo real, es decir, confundir los mundos, es vivir soñando; es, diría Platón, el hombre de la caverna.

          La diferencia como decíamos al comienzo, es su modo de ser, pero no su ser, pues el ser es lo común a ambos. La verdad tiene que ver con una cierta proporcionalidad, con un equilibrio de fuerzas, con la adecuación, pero nunca con el dominio de algo, pues de este modo la verdad se impondría, y aquí no se trata de imponer nada sino de desvelar y mostrar la realidad. Una verdad impuesta nos suprimiría la libertad, pero verdad y libertad no pueden ir separadas, ésta es una consecuencia de aquélla, por eso dice el Evangelio, "veritas liberavit vos".
_________________________________________


©  Alberto Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12natu.html
Naturaleza y libertad


Alberto Sánchez León
                                        

          Dicen por ahí que en esta vida o eres radical o te comen. Ahora bien, parece que esa radicalidad se ha entendido como una única forma de ver las cosas, se ha entendido como una ley, la ley del más fuerte, una vieja ley que promulgó Calicles, pero que Nietzsche la ha reavivado plagiándola, aunque dándole una forma un tanto más estética. Esta postura postmoderna ha sido imitada por mucha gente que veía en ella un potencial atractivo interesante. Dicha postura sostiene que el más fuerte hoy es el que domina, es el que se impone con el tener, pero olvidándose de su ser. Hoy en día la gente ya está cansada de tanto imponer, pues el imponer --quieras o no-- cuesta lo suyo, y además uno no se siente satisfecho imponiendo, sino cuando respeta y "deja ser".

          La filosofía nos enseña la importancia que tiene la metafísica para discernir lo importante de lo indiferente, (si es que cabe algo que sea indiferente). Hoy día, a mucha gente le cuesta hablar de filosofía, parece como que aburre y no llega a nada. Pero, ¿no es esto una huida de lo real? Huir es propio del cobarde, por eso la filosofía es una osadía, un atreverse como decía Kant:
¡Sapere aude
!, atrévete a pensar. Todo lo bueno cuesta, y pensar es algo muy bueno aunque cueste. Sin embargo, uno no mide una acción por lo que cuesta, sino por su fin, pues, citando a Josef Pieper, el esfuerzo nunca es causa sino condición.

          Pues bien, atreviéndonos a pensar, podemos observar que la diferencia entre algo real y algo ideal estriba en su modo de ser. En otras palabras, lo que tienen en común lo real y lo ideal es el ser. Ambas son, pero no son del mismo modo, y es en esto en lo que se diferencian. De estos modos de ser distintos que tienen lo real y lo ideal, pueden sacarse varias consecuencias decisivas.

          Si lo real implica temporalidad, entonces el ser real es ser en el mundo (o como Heidegger denominaba dasein, ser-ahí). Por el contrario, ser ideal conlleva una cierta atemporalidad, y, por tanto, ser ideal implica ser en el no-mundo, si es que cabe hablar así (de este modo, Platón iría en contra de Heidegger, ya que para él, la verdadera realidad está en el mundo de las ideas; ser, para Platón, más que ser-ahí (dasein), es ser-allí). Pues bien, la relación entre lo real y lo ideal, esto es, entre naturaleza y espíritu o entre tiempo y eternidad o entre materia y espíritu, es la naturaleza compleja del ser humano. Somos la unidad de dos mundos que se complementan y que nunca se contraponen, es decir, somos naturaleza y espíritu, no un ser separado sino encarnado. Llevarse por una postura radical sería extraviar la filosofía. Pero hay que distinguir entre separar y discernir. La separación connota un valor negativo, pues separar es negar, pero en la realidad no hay negación. Por el contrario, el que sabe discernir no separa, sino que en lo uno ve la pluralidad. Por tanto, afirmar, unificar es más propio que negar.

          Hace ya unos 26 siglos aproximadamente que la historia de los hombres engendró a la filosofía. Ya, en los primeros pasos, cuando la filosofía era apenas un bebé y poco a poco se gestaba, comenzó este dilema que llega hasta nuestro días, a saber, la separación entre naturaleza y libertad. Por eso, no se puede decir que se trata de un problema menor, ya que, además de abarcar toda la historia de la filosofía, constituye su clave. Si la filosofía se comparase con un mosaico romano (sin perder la unidad, aunque pueda parecer que no la haya), no se podría decir que este problema de tal envergadura sea una tesela más en el conjunto, ni tampoco que sea el tema del cuadro, ya que la filosofía trata del juego de la vida, del quién somos y  a dónde vamos, esto es, del hombre y su complejidad. Dentro del mosaico, este problema, incoado desde el inicio, sería una parte bastante amplia y destruida y, por ello, merece la pena detenerse a ponderarlo y reconstruirlo. Y esto es la filosofía: pararse a pensar, echarse a andar, ponerse en camino.

          Naturaleza y espíritu, materia y forma, particular y universal, tiempo y libertad, lo uno y lo múltiple, referencia y sentido, lenguaje y pensamiento, cuerpo y alma o como se quiera decir, pero, en cualquier caso, la separación de ambas partes ha sido lo que ha dificultado la tarea filosófica. Pero, a la vez de haberla dificultado, estos problemas son los que han enriquecido a la filosofía. Y son problemas reales, aunque su reflexión sea algo abstracta.

          Casi todos los filósofos se han cuestionado este asunto y han tomado posturas unilaterales. Así, Platón separa lo real de lo ideal, dándole una primacía a lo ideal; Occam niega lo universal, afirmando exclusivamente lo particular y concreto; Descartes separa la "res cogitans" de la "res extensa"; y así, podríamos citar a Kant, el cual ya no se pregunta por las cosas sino por la condición de posibilidad de las cosas, o a Hegel que para él lo único real es lo racional, el concepto. En fin, se podrían citar a muchos más, pero no se trata de hacer una lista de filósofos separatistas, pues todos estos han dicho sin lugar a duda muchas verdades que nos han acercado a la realidad de las cosas. De lo que se trata es de detectar el problema, que ya es un paso, aunque un paso intermedio, no decisivo.

          El problema se produce cuando se le otorga más primacía a una que a la otra, cuando se toma la parte por el todo. Si uno se decanta más por la naturaleza, por el mundo, por lo real y fáctico, esto es, por lo tangible, lo normal será caer en un naturalismo, en un empirismo, en un cientifismo que al final desemboca en un escepticismo. Por el contrario, es decir, cuando se le concede más primacía al espíritu, la filosofía se convierte en un idealismo, un representacionismo que poco tiene que ver con la realidad, pues no justifica a la naturaleza.

          La realidad de lo ideal no es más que su misma idealidad, de lo contrario se cometería la falacia del naturalismo. Percatarse de esto es percatarse del estatuto ontológico de la idea, es hacerse cargo de una verdadera epistemología, es vivir despiertos a la realidad; mientras que no discernir entre lo ideal y lo real, es decir, confundir los mundos, es vivir soñando; es, diría Platón, el hombre de la caverna.

          La diferencia como decíamos al comienzo, es su modo de ser, pero no su ser, pues el ser es lo común a ambos. La verdad tiene que ver con una cierta proporcionalidad, con un equilibrio de fuerzas, con la adecuación, pero nunca con el dominio de algo, pues de este modo la verdad se impondría, y aquí no se trata de imponer nada sino de desvelar y mostrar la realidad. Una verdad impuesta nos suprimiría la libertad, pero verdad y libertad no pueden ir separadas, ésta es una consecuencia de aquélla, por eso dice el Evangelio, "veritas liberavit vos".
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©  Alberto Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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