EL MIEDO
María Hortensia Lacau Su agente literario es Raquel M. Barth
El miedo sólo comenzaba a desenroscarse sostenida y persuasivamente como una cinta pequeña, con la llegada del atardecer.
El día era largo --gracias a Dios-- y muy atareado. Los tres chicos daban trabajo y había que hacer las compras por el barrio entre las sonrisas oficiosas de las vecinas, que escondían un cordial afán de geografía pintoresca.
Nada las arredraba, ni siquiera el hecho de que su español --el de ella-- estuviera reducido a términos muy limitados de primera necesidad.
El suburbio porteño, con sus casitas pretenciosas y su aspiración de jardines a menudo defraudada en huertas, (victoria de los tomates sobre los claveles) la estrechaba con un interés imperioso de intimidad, de préstamos de utensilios y víveres, de ensayos hablados con mucha mímica de buena voluntad y exagerada pronunciación de consonantes. De "oiga doña", de "qué vestido lindo, que lo disfrute con salú", de "serán apreciados...".
(Oh mi pequeña casa de Dusseldorf, con tus techos puntiagudos y grises, con tus vidrios rojos y verdes, cómo cantas todavía en mi corazón tu "cu-cu" de relojito muerto! ¡Cómo oye mi ausencia el rumor de los tilos que miraron mis juegos de niña, y cómo te defiende mi recuerdo para seguir viviendo!).
Y ella se retraía sin rechazar demasiado, con : su "pegdon... no entiendo..." y un aire de pedir disculpas por haber nacido tan lejos y hablar un idioma gutural y bárbaro, frente al que las intensas consonantes y los gestos de avanzada de las vecinas resultaban siempre derrotados.
Casitas chicas, lindas, menos lindas y decididamente feas, mucho "Doña María y Don Pepe", mucho "mocosa y pibe", mangueras por la tarde serpenteando entre huertecillos y jardines, agujas de tejer movidas por manos al son de lenguas briosas, en los umbrales. Tertulias en las aceras sobre sillones de paja o sillas de tijera, pantallas, hombres sentados a caballo en sillas, y mucho "adiós abuelito" y mucho "¡chau!", caían sobre ella, sobre su soledad que iba creciendo hacia el miedo desde la mañana hasta el anochecer, y rodeándola de un estar allí no amado pero cordial, un poco confianzudamente cariñoso y metido, pero de buena voluntad y algo protector.
Entonces se dejaba vivir, mientras el oficio de la vida aprendido con las manos y el cuerpo en tierras lejanas y perdidas le permitía liberar el alma viajera, buscándose siempre a sí misma en la niña o la muchacha o la mujer que había sido antes de que se inaugurase El Miedo.
Al principio, cuando llegó a Buenos Aires, ella no entendía nada, y entonces se dedicó a recoger y coleccionar los sonidos, los tonos, los agudos y graves, el volumen de las voces, sus calidades, y a formar un registro de modulaciones idiomáticas que le fueron revelando, como enormes interjecciones sonoras, el lenguaje del pedido, del asentimiento, la negación, el enojo, la gresca, la alegría, la pregunta; pero nunca pudo registrar ni aprender el del Miedo.
Las mujeres parecían esperar a sus maridos sin mucha ansiedad, recibirlos bien o con indiferencia, pelear a veces hasta el grito y el insulto, y luego todo pasaba y era como si justamente nunca hubiese pasado nada. Las voces recobraban sus tonos habituales de dejarse vivir, con las pequeñas incitaciones y desagrados diarios.
Se le ocurría que ella sola era la poseedora del registro tonal del Miedo, y que si lo hubiese sacado al aire alguna vez, desde ese lugar en donde estaba y en donde se movía el taladro (levantando pedacitos de dolor al más mínimo movimiento) una voz de trasmundo con murciélagos, graznidos y fétida hiel, iba a brotar de ella y manchar la mansa algarabía doméstica del barrio.
Para los otros, su silencio --el de ella, La Alemana-- se llenaba con su sonrisa tímida, muy poco específicamente germana. Era una sonrisa triste con un rinconcito de ironía casi perdido en la comisura de los labios. No una, ostentadora, hermosa sonrisa --Heine y no Goethe-- derramada como un sol pálido por su cara fina y distraída que el tiempo, anticipadamente, iba labrando de livianas nervaduras.
Y esa sonrisa, y el no entender y el ser alemana --La Alemana-- hacía que para el barrio resultase muy interesante y hasta distinguido tenerla allí, como tema de conversaciones especulativas en batón dominguero, frente a los ravioles y el vino con soda, entre el "buen provecho" de los que llegaban y el palillo infaltable de los que se iban; y para exhibirla a las visitas en los días de fiesta (como una avanzada de Europa sobre el suburbio porteño) cuando ella pasaba con los chicos.
Mientras trabajaba en la casa o salía a hacer las compras o se asomaba por la ventana a vigilar de tanto en tanto el juego internacional de los chicos, se prometía a sí misma no adelantar el tiempo con el pensamiento, no estar dando cuerda al reloj y cambiando las manecillas del transcurrir inevitable. Se proponía vivir cada momento de la jornada hasta que la noche --y la llegada-- fueran inminentes. Siempre se podía pensar --gracias a Dios-- que a la noche seguía el día otra vez, y con el: día la partida.
Pero no siempre era posible. A veces, paralizaba de golpe el raudo quehacer de sus manos infatigables, (¿te acuerdas, Trudy, cuando eras jovencita y allá en Dusseldorf ibas con Jani a pasear por los viejos puentes dormidos sobre el Rhin, y apoyabas tus manos blancas y finas sobre las barandas oscuras, y Jani decía que parecían dos flores a punto de deshojarse y; bogar río abajo? ¿Sabría Jani en su remoto lugar, que se habían deshojado para siempre, río abajo de otra corriente oscura e indomable?) ...y quedaba de pie, brutalmente inmovilizada por algún maleficio y su pensamiento daba un salto adelante en el día (así lo dio una vez en un desfile de Munich, el caballo de un guardia y casi la mata) y se plantaba justo en el umbral de las siete y media. La hora del regreso. Si estaban en primavera el regreso era brutalmente extraño y ajeno, y dolía más que nunca entre la fragancia de las flores lejanas.
Si era verano el regreso se hacía entre los reflejos de un rojo sol muriente, pero con desgano y menos peligro.
Si corría el otoño el regreso era un caminar sordo y amenazante entre luces tenues y el pisoteo del dolorido corazón de las hojas secas,. despreciadas como ropajes.
Y si estaban en invierno, ah, entonces era peor que nunca, porque el regreso era negro de noche, con pasos huecos que se oían desde lejos entre árboles esqueléticos, y con la cernida amenaza inminente del frío.
Pero siempre era el regreso. Una partida con fatalidad de vuelta. El regreso. Una palabra paralizante, llena, llena hasta el tope, de un helado, horrible contenido vivo.
No tenía fuerzas para ir más allá en su pensamiento, y su corazón --el de ella, La Alemana-- empezaba a latir con tan espantosa rapidez que la enceguecía por dentro de irradiados, centuplicados latidos; con tan pesado golpear, que su "toc-toc" escapaba por puertas y ventanas, corría por la calle ribeteando los minúsculos jardines, se estiraba a lo largo de las vías del tren y se perdía a lo lejos.
¡Oh si pudiese eludir alguna vez para siempre ese regreso! Pero, qué podía hacer ella, mujer sola, desconocida, en un país extraño cuyo idioma ignoraba, con tres niños?
Había que seguir viviendo. Había que seguir tirando de cada día, estirando cada día hasta su noche, estirando hasta componer una vida, y que los hijos creciesen, y entonces ella podría pasearse por jardines de lluvia y de sol, junto a casas góticas y grises en el recuerdo, en catedrales iluminadas de otras presencias, y arrojar el regreso y El Miedo por una ventana, como a un gran pájaro oscuro que tapara la luz...
De pronto entraba alguno de los chicos --Lotte, tan hermosa y solitaria, o la pequeña Gertrude, y sus voces de niños amados --mutti, mutti-- la sacaban de la pesadilla.
Entonces el tiempo volvía a su lugar juiciosamente ordenado y todo estaba bien otra vez y sus manos seguían trajinando infatigables.
La mañana era alegre porque faltaba mucho para la noche; todo lo alegre que podía ser allí, cercada de vidas ajenas, de intimidades intuidas que se gritaban de una a otra acera, de esa buena voluntad sin tacto del barrio, que se entromete en las casas con anhelos de gran familia.
Y además, sin árboles, sin excursiones a las montañas nevadas, (oh, los paseos en bicicleta por Dusseldorf, a la sombra de los tilos amados por Heine, mientras Frau Úrsula, la madre, preparaba sus tortas mañaneras, y el Herr Doctor, su padre, leía incansablemente a Schiller).
Mañanas y mañanas anudadas de cosas, seres, escuela, chicos, paseos por el Rhin, ejercicios en gótico, esquiar, la lectura comentada de la Biblia, Stephan George, Novalis, y el órgano y el canto, viajes a Berlín a casa de la gran abuela, y un día...Jani. Sí. En el puente de su adolescencia soñadora un día apareció Jani. Jani en su juventud. Jani con su hermosa voz juvenil que cantaba tan bien. Todos los paseos terminaban con cantos. Al anochecer o en plena noche, las voces de ella y él, unidas. ¿Donde..?)
Voces chillonas que disputaban todos los días a la misma hora, como campanadas de barrio, la sacaban de su meditación de manos activas y errabunda nostalgia.
¡Las doce ya! El misterioso pleito diario de las dos mujeres, renovado por cuestión de límites caseros, y en seguida, la llegada de los hijos.
Lotte, que irrumpía con un vuelo de ángel apresurado:
--Mutti, ¿no almorzamos?
Y Ernie:
--Mutti, tengo hambre.
Y por fin, los pasitos vacilantes de Gertrude, limitada al monosílabo denso de apetencias voraces y con sombras de lloriqueo:
--Mutti...
Entonces había que dar de almorzar a los chicos. ¡Medio día ya!
El horror pegaba su aletazo de sombra --ya faltaba menos para las siete y media-- y se iba.
Y mientras las manos realizaban su oficio, servían la sopa, cortaban las anchas rebanadas de pan negro, daban cucharaditas a Gertrude, repartían la torta de chocolate, el reloj seguía sonando las doce allá en la vieja Universidad de Dusseldorf, cuando salían de las clases y se desparramaban por claustros y jardines, y el día en que Jani, a punto de recibirse de médico, le preguntó a ella --Trudi-- si quería casarse con él. El diálogo había quedado como fijo en su memoria, en razón de que fue sumamente breve.
Síntesis apretada de muchas cosas ya dichas o tácitas pero siempre intuidas, con esa intuición del amor, que no se equivoca.
--El viernes próximo daré mi última materia ,y después... --Apenas una pausa, pero en esa pausa el tiempo fugaz se cavó de urgente intensidad, y todo un futuro de vidas juntas hechas para estar juntas, se levantó allí joven y arrogante, como una pareja de álamos gemelos.
--¿Quieres que nos casemos, Trudi?
--Claro que quiero. Pero... ¿en seguida?
En seguida, en seguida, no. Me ayudarás a instalarme, cosa de unos meses. Papá me ha ofrecido regalarme una casa, y en cuanto esté instalado nos casaremos.
--Jani, iremos en viaje de boda a la Selva Negra, andaremos en bicicleta, pasaremos los días bajo los árboles. ¿Sí?
--Sí. Claro que sí. Y después iremos a Weimar a escuchar los grandes conciertos. Compraremos las más hermosas partituras para después tocarlas y cantarlas.
Así había sido lo que nunca llegó a ser.
El sueño que se llamó frustración, y mucho después --guerra, muerte, dolor, ausencia, mar, años, ¿siglos?-- desembocó en El Miedo, en un suburbio de esa grande y ya dolorosamente querida ciudad latina que se llamaba Buenos Aires.
El almuerzo había terminado. Tenía que levantar la mesa, seguir trabajando, seguir acercándose a la hora del regreso. Había que despachar los chicos afuera, al sol, a ese sol de barrio en el que se suspendían toda clase de rumores y pregones callejeros.
Pero Lotte, al parecer, tenía algo que decir. ¡Dios santo, llegaba ya el invierno! Empezaba a hacer frío. Sí, era ese el primer día algo frío desde hacia tiempo. No lo había advertido hasta ese momento en que...
El horror crecía, se hacia más grande en invierno.
¿Era posible que ella no pudiese vencer ese miedo constante?
No, no era El Miedo de un día, era El Miedo ya de años, claro que cada vez más grande. Parecía crecer junto con los chicos, aumentar como las medidas de Lotte y Ernie marcadas en la pared del fondo.
Y sin embargo, ella sabía que en última instancia no pasaba nada, que sólo era cuestión de tolerarlo, de esperar que llegase el día siguiente para que se achicase y creciese de nuevo.
Y ahora, Lotte, ¿Habría entendido ya? ¿Se habría dado cuenta de que el frío iba a traer complicaciones? Hasta ahora ella --la madre-- se había interpuesto entre el frío, entre la sombra que despojaba de ropas, y sus hijos, pero si ahora la niña... --Mutti...
--Sí, Lotte.
--Mutti, tengo frío. ¿Puedo...?
--Pero, claro, Lotte.
--Mutti... y después? ¿No será peor? ¿No tendré más frío?... Cuando...
La niña tragaba saliva con una sensación de angustia física, que era más que física porque estaba asomada a sus ojos negros y dulces, al gesto de pueril amargura de su boca.
El horror había salido ya de ella, de la madre, para alcanzar también a su hija más grande, a los ocho años de su hija.
--Querida, ¿por qué dices eso? Ponte un saquito. Vamos, póntelo.
--Pero, Mutti... Y si... Yo ya sé. Y si después tengo que sacármelo, voy a tener más frío...
La niña la miraba con ojos desorbitados, sus hermosos ojos negros de largas pestañas parecían tener un reflejo amarillo de desesperación.
Ella no quiso consumar ese miedo, dar diploma a esa aceptación del terror infantil y al repudio determinado que ello implicaba. No. Había tiempo para aprender lo que de doloroso y amargo tenía el oficio de vivir, el juzgamiento de los seres ligados por la sangre.
-Pero querida Lotte, te estoy diciendo que te pongas un saquito. Si después tienes más frío te pones otro...
--Mutti!
En sus dulces ojos, ahora de expresión desesperada, había un reproche. Le estaban diciendo a ella sin palabras:
--No es justo. Eres mi mamá, lo que yo más quiero, lo que me protege de todo. Sé que me entiendes perfectamente, y sin embargo no quieres entender, o mejor dicho te haces la que no entiendes. ¿Por qué?
Vaciló un instante. Entre admitir la presencia viscosa y fría del Miedo en la niña o desilusionarla por su aparente falta de comprensión y solidaridad, no sabía qué partido tomar. No obstante, iba a decidirse por lo segundo, cuando la chica ya desembarcada en la orilla del llanto, dijo con una puntita de histerismo en su voz frágil:
--Cuando él llegue...
¡Dios santo! ¡Ya lo había dicho! Había dicho "él", Y ese "él" era como una pieza herméticamente cerrada a la luz y al aire, y cuyo interior adivinaba cargado de presencias ausentes, de Miedo, espeso Miedo.
Ya estaba allí la presencia. El regreso se había consumado antes de hora.
El cuarto se llenó de una fría, estereotipada sonrisa de belfos entreabiertos, sin sal, mansa hasta borrarse, que dejaba el resto de la cara absolutamente inmóvil, sin un rictus, ni un guiño, ni una arruga, ni una contracción.
No transcurría. Permanecía, flotaba, estaba. La sonrisa, como una baba helada y espesa, empezó a llenar todos los rincones, todos los resquicios de la habitación, y rozó sus cuerpos --el de ella y su hija-- y las dejó inmóviles, yertas, heladas.
Pero no podían abrigarse. Les estaba prohibido ponerse ropa. Al contrario, había que sacarse el mayor número de ropa posible y quedar desnudas.
La gracia del cuerpo infantil, todavía indecisa, al aire, sin ropa. La intimidad querida del cuerpo propio, del que se hubiera amado que amaran, al aire también.
Tras la sonrisa, el cuarto se llenó de unos ojos incoloros de miradas vítreas, como dos manos congeladas, tactiles, untuosas. Se pegaban, resbalaban y no acababan de deslizarse. Cuando uno creía habérselas despegado resultaba que se le adherían en otra parte.
(Santo Dios, correr, correr entre los árboles, bajo el cielo de Dusseldorf, por las florestas encantadas, a la sombra de los tilos, o por las montañas cubiertas de nieve pura que sólo roza con su beso de frío virginal, limpiarse hasta que no quedase ni el polvo de un horrible recuerdo!).
La niña ya lo había dicho, pero ella no podía aceptarlo. Debía salvar a su hija del horror futuro, del horror interfiriendo en las promesas limpias de su vida.
--Lotte, queridita, te desconozco. Una niña tan buena como tú... ¿Por qué dices "él"? ¿Es justo hablar así de... tu papá?
La histeria contenida se desató en llantos y gritos:
--¡No, no! ¡Yo no lo quiero y no quiero que sea mi papá! ¡No lo quiero! Tengo frío, tengo frío, y él... él no quiere... no quiere que me abrigue...
El hipo del llanto le cortaba las palabras. Mejor que no lo dijera. Mejor.
--Bueno, bueno. Venga mi niña, mi muñeca, mi... bámbola, como dicen los italianos. ¿Te acuerdas? --Lo había aprendido en el barco--.
Tomó a la niña en brazos y la acunó como cuando era pequeñita.
--Bueno, basta, mi dulce, mi Lotte, mi suave, pequeñita, mi Bambi asustada, ¿de que?... Basta ya... Basta... ¿No está Mutti?
Al contacto con el cuerpo entregado de la niña, un calor radiante invade su propio cuerpo. Dulces palabras olvidadas le suben a los labios (liebe... liebe...) por un camino de dolor y luz le vuelven los lieds dulcísimos que la madre le cantó a ella en la infancia. Versos de Heine, el amado poeta de Dusseldorf y música de Schuman, y se encuentra cantando otra vez.
Cantando. Como cantaba aquella mañana, dos meses antes de la boda, cuando vinieron a. avisarla que Jani, llamado de urgencia para visitar un enfermo grave, había muerto en choque de automóviles.
Estaba cortando flores, tenía un gran ramo sobre el brazo izquierdo, y lo acunaba casi inconscientemente, como si hubiese sido un niño. Y llegó Hans, el viejo jardinero, agitado y confuso, y se lo dijo así, de golpe, y la verdad le dio en el corazón como una bala perdida que le hubiese pegado en el medio del pecho.
Así terminó todo lo que habiendo empezado tanto tiempo atrás, no había empezado todavía. Allí se cortó el lied y nunca más volvió a cantarlo. Nunca más, hasta ahora, con su niña en los brazos.
¿Qué importó entonces que después hubieran venido los años del espanto total, la guerra, la casa destruida, la amada ciudad de Dusseldorf arrasada entre incendios y escombros, los padres muertos, todo muerto, ella muerta también aunque hubiese seguido viviendo? ¿No había sido mejor que Jani muriese antes, sin conocer todo ese horror, joven para siempre y todavía feliz? Alguien había dicho el día de su entierro, "los amados de los dioses mueren jóvenes", sí, y a los que mueren sin morir, ¿quién los ama?
Qué importó después el hambre, la miseria, el carecer de casa, el alimentarse días y meses exclusivamente de papas, y el casarse con el primer hombre que se ofreció para sacarla de allí, que importó si solo la necesidad de seguir viviendo sin saber por qué, había alentado en ella?
Seguir viviendo, que la vida siguiese por ella, porque el oficio bien aprendido nos reemplaza cuando lo más profundo de nosotros se ausenta.
La vida se quiere a sí misma, tiene el orgullo de su oficio, se ama como todo buen artesano y sigue adelante.
Sí. El ramo de flores había caído al suelo,. y el lied se había cortado bruscamente.
Y ahora tenía otra vez el ramo de flores en los brazos --su hija, tibia de vida, hermosa y ya consolada-- y el lied había nacido otra vez en los labios.
"Cuando la canción resuena, triste o alegre, es que la vida vuelve", dice un viejo cantar germano. Así sea.
Ella podía cantar otra vez. La vida regresaba, le devolvía el oficio de vivir.
Podía cantar entonces también en la noche, cuando los pasos anunciasen la llegada, podía cantar para espantar El Miedo. Tal vez su canto descongelara el frío que había tras de aquellos ojos.
Esperaría el regreso. Se haría fuerte.
Ella tenía tres hijos. De las ruinas, del llanto, del pasado perdido y renaciente habían brotado flores. La vida había continuado viviendo por ella, mientras ella luchaba por recordar lo aprendido, mientras ella luchaba por volver a luchar.
Iba a esperar el regreso y a espantar El Miedo.
Quizás El Miedo era solo una planta débil que ella agigantaba hasta hacerla colosal. Quizás El Miedo estuviera sobre todo en su corazón y fuese en gran parte proyección de sí misma, de otros antiguos miedos.
¿Y no sería El Miedo de ella, lo que a él le helaba los ojos y le endurecía la sonrisa hasta desear comunicarle el frío y el odio hacia la calidez de las ropas?
Los ruidos de la calle la rodean, cálidos, cordiales, algo entrometidos, pero ya ¡tan familiares! y ella, para sentirlos a través de algo querido, empieza a cantar un lied de Shuman, como lo cantará a la noche, cuando los pasos marquen el regreso, en la pálida soledad del invierno.
LACAU, María Hortensia, l9l0- . El oficio de vivir / María Hortensia Delia Palisa Mujica de Lacau. --Buenos Aires : Instituto Amigos del Libro Argentino, l963. --l76 p. ; 20 cm. ________________________________________
© María Hortensia Lacau
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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