Los bañistas

Roberto Carlos Angulo salazar

El autor es escritor colombiano,
nacido en Popayán y criado en Barranquilla.
Estudió economía y literatura en Bogotá.
Actualmente es periodista económico.


"Señor Réard, su bañador va a ser más explosivo
que la bomba de bikini".
(Micheline Bernardini)

          Cuando descubrimos que ir a misa y bañarse en la piscina pública servía para lo mismo, nos quedamos con la opción más divertida.  Todos estuvimos de acuerdo sin  comentarlo (cuando conocimos la piscina dejamos de hablar). Durante la semana esperamos con ansiedad el día dedicado a nuestro baño, el Doctor nos hizo caer en cuenta de la conveniencia de llevar a cabo esta acción al menos una vez por semana, nos dijo que bañarse regularmente en la piscina pública serviría para curar enfermedades, erradicar la pobreza de ánimo y hasta los males del amor, ahí fue cuando nos dimos cuenta que servía para lo mismo que ir a misa, entonces, sin ponernos cita, decidimos venir a la piscina pública los domingos.

          Siempre veníamos los mismos, pero ahora no, ya las cosas no son como antes. Las mujeres venían con su traje de baño de pájaros estampados y dormían bajo la sombra de un quitasol de flores. Los hombres lucían su traje de marinero listado. El anciano de monóculo y frac vendía aparaticos para hacer burbujas de jabón. Los niños y niñas jugaban a tumbar los quitasoles de las señoras. Un hombre vestido de blanco vendía paletas de agua. El Doctor  fumaba su pipa preparada con picadura de frutas. La comitiva del circo  con sus trapecistas, payasos, tragasables, enanos y domadores. Cada uno tenía su propio espectáculo. Lo demás no interesa porque lo importante de esta historia es que ya las cosas no son como antes, desde hace siete semanas empezaron los problemas cuando, una vez más sin ponernos de acuerdo, la palabra emergió y nos hicimos la misma pregunta: ¿Cuándo volverá Micheline Bernardini a la piscina pública?

          La razón de por qué todos estamos esperando a Micheline Bernardini no es muy clara, solo sabemos que desde el domingo que dejó de venir a la piscina pública ya no nos divertimos como antes, ya ni siquiera nos bañamos porque según el Doctor, si lo hacemos corremos el riesgo de limpiar de nuestra memoria su recuerdo.

          Micheline Bernardini con sus trece años, de pie, al borde de la piscina, quitándose lentamente el traje de baño, enrollándoselo en los tobillos y con un movimiento sutil de los pies dejándolo en el piso,  tomando el quitasol más próximo a sus manos y  bañando con un tajo de sombra su cuerpo blanco y delgado, mientras tanto, en un acto de sincronía colectiva, nosotros saliendo de la piscina y siguiendo sus movimientos con la mirada. Micheline Bernardini empezó a bajar las escaleras de la piscina hasta que el agua cubrió todo su cuerpo, de espaldas se deslizó en el agua y empezó a flotar, cuando hubo llegado al otro extremo, aún de espaldas, apoyó las manos en el borde de la alberca y de un pequeño brinco salió del agua quedando sentada, inmediatamente, con las piernas todavía sumergidas hasta la rodilla, extendió los brazos en cruz y se dejó caer de espaldas recibiendo en su pecho toda la descarga luminosa del mediodía.  Lo que pasó después no importa, de ahí en adelante nada nos importó, la imagen de Micheline Bernardini quedó estampada en nuestra memoria como los pájaros en los bañadores de las mujeres o las flores que adornan los quitasoles, nos enamoramos de ella, todos sin excepción.  La ausencia de aquella niña generó cambios en nuestro comportamiento: primero dejamos de bañarnos en la piscina, acto seguido volvimos a hablar, nos enfermamos y ahora somos cada vez menos, algunos hemos muerto de meningitis porque perdimos el saludable hábito del baño, queremos conservar a toda costa las ondas invisibles del último baño de Micheline Bernardini, y lo peor, decidimos atender el llamado de las campanas de la iglesia que no han dejado de doblar desde el mediodía de hace siete domingos, cuando Micheline Bernardini le regaló su cuerpo al día, el mismo día que todos empezamos a hablar.
________________________________________

©  Roberto Carlos Angulo salazar

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12mich.html



Los bañistas

Roberto Carlos Angulo salazar

El autor es escritor colombiano,
nacido en Popayán y criado en Barranquilla.
Estudió economía y literatura en Bogotá.
Actualmente es periodista económico.


"Señor Réard, su bañador va a ser más explosivo
que la bomba de bikini".
(Micheline Bernardini)

          Cuando descubrimos que ir a misa y bañarse en la piscina pública servía para lo mismo, nos quedamos con la opción más divertida.  Todos estuvimos de acuerdo sin  comentarlo (cuando conocimos la piscina dejamos de hablar). Durante la semana esperamos con ansiedad el día dedicado a nuestro baño, el Doctor nos hizo caer en cuenta de la conveniencia de llevar a cabo esta acción al menos una vez por semana, nos dijo que bañarse regularmente en la piscina pública serviría para curar enfermedades, erradicar la pobreza de ánimo y hasta los males del amor, ahí fue cuando nos dimos cuenta que servía para lo mismo que ir a misa, entonces, sin ponernos cita, decidimos venir a la piscina pública los domingos.

          Siempre veníamos los mismos, pero ahora no, ya las cosas no son como antes. Las mujeres venían con su traje de baño de pájaros estampados y dormían bajo la sombra de un quitasol de flores. Los hombres lucían su traje de marinero listado. El anciano de monóculo y frac vendía aparaticos para hacer burbujas de jabón. Los niños y niñas jugaban a tumbar los quitasoles de las señoras. Un hombre vestido de blanco vendía paletas de agua. El Doctor  fumaba su pipa preparada con picadura de frutas. La comitiva del circo  con sus trapecistas, payasos, tragasables, enanos y domadores. Cada uno tenía su propio espectáculo. Lo demás no interesa porque lo importante de esta historia es que ya las cosas no son como antes, desde hace siete semanas empezaron los problemas cuando, una vez más sin ponernos de acuerdo, la palabra emergió y nos hicimos la misma pregunta: ¿Cuándo volverá Micheline Bernardini a la piscina pública?

          La razón de por qué todos estamos esperando a Micheline Bernardini no es muy clara, solo sabemos que desde el domingo que dejó de venir a la piscina pública ya no nos divertimos como antes, ya ni siquiera nos bañamos porque según el Doctor, si lo hacemos corremos el riesgo de limpiar de nuestra memoria su recuerdo.

          Micheline Bernardini con sus trece años, de pie, al borde de la piscina, quitándose lentamente el traje de baño, enrollándoselo en los tobillos y con un movimiento sutil de los pies dejándolo en el piso,  tomando el quitasol más próximo a sus manos y  bañando con un tajo de sombra su cuerpo blanco y delgado, mientras tanto, en un acto de sincronía colectiva, nosotros saliendo de la piscina y siguiendo sus movimientos con la mirada. Micheline Bernardini empezó a bajar las escaleras de la piscina hasta que el agua cubrió todo su cuerpo, de espaldas se deslizó en el agua y empezó a flotar, cuando hubo llegado al otro extremo, aún de espaldas, apoyó las manos en el borde de la alberca y de un pequeño brinco salió del agua quedando sentada, inmediatamente, con las piernas todavía sumergidas hasta la rodilla, extendió los brazos en cruz y se dejó caer de espaldas recibiendo en su pecho toda la descarga luminosa del mediodía.  Lo que pasó después no importa, de ahí en adelante nada nos importó, la imagen de Micheline Bernardini quedó estampada en nuestra memoria como los pájaros en los bañadores de las mujeres o las flores que adornan los quitasoles, nos enamoramos de ella, todos sin excepción.  La ausencia de aquella niña generó cambios en nuestro comportamiento: primero dejamos de bañarnos en la piscina, acto seguido volvimos a hablar, nos enfermamos y ahora somos cada vez menos, algunos hemos muerto de meningitis porque perdimos el saludable hábito del baño, queremos conservar a toda costa las ondas invisibles del último baño de Micheline Bernardini, y lo peor, decidimos atender el llamado de las campanas de la iglesia que no han dejado de doblar desde el mediodía de hace siete domingos, cuando Micheline Bernardini le regaló su cuerpo al día, el mismo día que todos empezamos a hablar.
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©  Roberto Carlos Angulo salazar

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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