Una historia simple

Carolina Berduque
(Estudiante de Letras de la Universidad de Buenos Aires)



          La idea era escribir una historia simple, sin mucho rebusque, la cosa llana de todos los días que por ser así tan de siempre, conocida, no era realmente vista, comprendida, descubierta. Algo así como una mancha en la pared que uno mira todos los días, pero que no ve. Escribir sobre cosas trascendentales (el Amor, la Paz, la Muerte) había logrado convertir cada milímetro de sus páginas en lugares tan comunes como su propia cara. Es más, había notado que después de varios libros publicados él se parecía cada vez más a la gente común, al vecino de al lado, al que pasa ahora por enfrente de su casa mientras él, nadie para todos, intenta escribir una historia simple.

          La pava berreando en la cocina y todavía no sale una sola palabra que arrastre otra y así una idea. Levantarse a apagar el fuego quizás impida el chorreo de tinta en la página blanca; o quizás sea el momento justo en el que la idea surge y uno tiene que correr a la máquina antes de que se diluya en la emoción de la concepción y la torpeza de los dedos.  El momento en que los dedos no pueden parar de moverse y se lanzan desesperados sobre las teclas equivocadas, no tiene precio. Es la maravilla de la cabeza corriendo a miles de kilómetros de velocidad y las yemas se deslizan sobre las teclas, resbalan, bailotean sobre el teclado y en cualquier momento están a punto de enredarse entre sí y duelen porque llega un punto en que ya dejan su velocidad habitual y uno casi no las ve. Cosas que pasan cuando uno se inspira. Cosa que no pasa ahora, aunque las teclas se acaricien, no sale nada.

          La radio está prendida porque tiene la idea maniática de que las palabras llaman a las palabras. Pero las ajenas.  Unas vienen con las otras, como un baile de pueblo.  Algunos  prefieren la música pero él se niega. Por eso las noticias se suceden, la temperatura está subiendo y no tiene ni idea de cuánto cotiza la bolsa al cerrar esta tarde. Hace dos horas que está sentado frente a la máquina y nada pasa. No puede creer que la idea simple no aparezca.

          Se levanta, apaga el fuego que ya quemó la pava y se asoma para ver lo que pasa en la calle. Sabe que a esa hora la gente todavía camina por las veredas, alguna que otra vieja las barre con desgano y malas intenciones y los chicos molestan con toda su inocencia. No espera encontrar nada relevante, no quiere encontrar nada del otro mundo. Es más, se ha propuesto rechazar lo que le llame la atención, cerrar los ojos, mirar para otro lado. Pero un problema se le presenta: ¿cómo reconocer lo no relevante, lo no importante, lo prescindible?  Es decir, ¿cómo reconocer los signos que nos permiten darnos cuenta de que algo nos llama la atención? Problema en puerta, otro más.

          Golpes en la puerta. Una, dos veces. Como nadie atiende el golpeante decide irse, no sin antes dejar lo que ha traído desde tan lejos. Se da vuelta y no escucha más ruidos. Se enoja porque lo han distraído de su importante ocupación. No se da cuenta en ese momento (no en ese, luego quizás) de que probablemente su pregunta tenga respuesta allí, justo allí, junto a su puerta, en el piso.

          Vuelve al escritorio con la idea amarga de que su cuadra es demasiado interesante, que las viejas de enfrente siempre tienen algo que decir, que la rubia de al lado siempre tiene alguna visita sospechosa que recibir y que los chicos de la esquina siempre pueden hacer sufrir un poco más a alguien o romper algo más. No hay límites en su pequeño mundo.  Se sienta e intenta mirar hacia ninguna parte. Piensa en historias viejas, que ha leído hace demasiado tiempo y que retornan recortadas, fragmentadas, sin lógica ni arte. Comienza a mover su cuello, que ya duele a fuerza de agachar la cabeza. Al girarla hacia la derecha ve el sobre que alguien pasó por debajo de su puerta. Es blanco, no muy grande y tiene un dibujito que desde el escritorio no puede descifrar.

          Se levanta y al agacharse para agarrarlo siente un tremendo tirón en la espalda, como si alguien le introdujera un gancho tamaño descomunal e intentara colgarlo de algún lugar imposible.  Cae al suelo casi sin ruido y se ahoga por dos segundos. El dolor comienza a sentirse en todo el cuerpo. Trata de no moverse, espera que todo pase rápido. Quizás cuando se levante podría escribir la historia de alguien que se agacha para agarrar un sobre y se queda duro para toda su vida. Pero no, demasiado inverosímil y aparte tiene otra vez el tirón. Pasan unos minutos y cree sentirse mejor, apoya una mano y hace fuerza para levantarse, pero resbala, cae, imposible, mucho peso para una sola manita ahora sedienta de teclas. Quizás la historia de una mano que quiere escribir todo el día. Trata de explicarse por qué todo tiene que ser para siempre.

          Se aburre, no se puede levantar. Me aburro. Mira el sobre que tiene a unos centímetros y piensa que quizás podría entretenerse mientras se le pasa el calambre absoluto de su espalda. Estira los dedos de su mano derecha y lo alcanza con esfuerzo, lo atrae hacia sí arrastrándolo y cuando lo tiene cerca descubre que se está matando por la cuenta del teléfono. Maldita suerte, maldito cartero. Ahora que lo tiene en sus manos ya lo abre porque si no para qué todo lo de antes, la expectativa, las buenas noticias, quizás Graciela diciendo que no, que lo quiere, que vuelve mañana, ya mismo, ahora toca el timbre. Pero no: interrupción del servicio por falta de pago, mora de tres meses, intimación judicial pronta. Encima la suma a pagar es irrisoria, casi nada. Cómo dejó pasar tanto tiempo. Respuesta: de esas cosas se ocupaba Gracielita. Aguante el llanto que se agolpa en la garganta, sea hombre, carajo.
          Mira de nuevo la factura y se da cuenta en ese mismísimo momento de que no solo no tiene teléfono para llamar a alguien si no que no tiene a alguien para llamar. Ni un amigo, vecino, pariente o conocido. Está solo. Gracielita se fue y se lo llevó todo, hasta las cubeteras. Reconoce su triste destino y se da vuelta suavemente, apoya su espalda dura sobre el piso duro y calcula que para cuando el dolor se le pase ya se le habrá ocurrido una historia simple.

Junio de 2002
________________________________________

©  Carolina Berduque

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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Una historia simple

Carolina Berduque
(Estudiante de Letras de la Universidad de Buenos Aires)



          La idea era escribir una historia simple, sin mucho rebusque, la cosa llana de todos los días que por ser así tan de siempre, conocida, no era realmente vista, comprendida, descubierta. Algo así como una mancha en la pared que uno mira todos los días, pero que no ve. Escribir sobre cosas trascendentales (el Amor, la Paz, la Muerte) había logrado convertir cada milímetro de sus páginas en lugares tan comunes como su propia cara. Es más, había notado que después de varios libros publicados él se parecía cada vez más a la gente común, al vecino de al lado, al que pasa ahora por enfrente de su casa mientras él, nadie para todos, intenta escribir una historia simple.

          La pava berreando en la cocina y todavía no sale una sola palabra que arrastre otra y así una idea. Levantarse a apagar el fuego quizás impida el chorreo de tinta en la página blanca; o quizás sea el momento justo en el que la idea surge y uno tiene que correr a la máquina antes de que se diluya en la emoción de la concepción y la torpeza de los dedos.  El momento en que los dedos no pueden parar de moverse y se lanzan desesperados sobre las teclas equivocadas, no tiene precio. Es la maravilla de la cabeza corriendo a miles de kilómetros de velocidad y las yemas se deslizan sobre las teclas, resbalan, bailotean sobre el teclado y en cualquier momento están a punto de enredarse entre sí y duelen porque llega un punto en que ya dejan su velocidad habitual y uno casi no las ve. Cosas que pasan cuando uno se inspira. Cosa que no pasa ahora, aunque las teclas se acaricien, no sale nada.

          La radio está prendida porque tiene la idea maniática de que las palabras llaman a las palabras. Pero las ajenas.  Unas vienen con las otras, como un baile de pueblo.  Algunos  prefieren la música pero él se niega. Por eso las noticias se suceden, la temperatura está subiendo y no tiene ni idea de cuánto cotiza la bolsa al cerrar esta tarde. Hace dos horas que está sentado frente a la máquina y nada pasa. No puede creer que la idea simple no aparezca.

          Se levanta, apaga el fuego que ya quemó la pava y se asoma para ver lo que pasa en la calle. Sabe que a esa hora la gente todavía camina por las veredas, alguna que otra vieja las barre con desgano y malas intenciones y los chicos molestan con toda su inocencia. No espera encontrar nada relevante, no quiere encontrar nada del otro mundo. Es más, se ha propuesto rechazar lo que le llame la atención, cerrar los ojos, mirar para otro lado. Pero un problema se le presenta: ¿cómo reconocer lo no relevante, lo no importante, lo prescindible?  Es decir, ¿cómo reconocer los signos que nos permiten darnos cuenta de que algo nos llama la atención? Problema en puerta, otro más.

          Golpes en la puerta. Una, dos veces. Como nadie atiende el golpeante decide irse, no sin antes dejar lo que ha traído desde tan lejos. Se da vuelta y no escucha más ruidos. Se enoja porque lo han distraído de su importante ocupación. No se da cuenta en ese momento (no en ese, luego quizás) de que probablemente su pregunta tenga respuesta allí, justo allí, junto a su puerta, en el piso.

          Vuelve al escritorio con la idea amarga de que su cuadra es demasiado interesante, que las viejas de enfrente siempre tienen algo que decir, que la rubia de al lado siempre tiene alguna visita sospechosa que recibir y que los chicos de la esquina siempre pueden hacer sufrir un poco más a alguien o romper algo más. No hay límites en su pequeño mundo.  Se sienta e intenta mirar hacia ninguna parte. Piensa en historias viejas, que ha leído hace demasiado tiempo y que retornan recortadas, fragmentadas, sin lógica ni arte. Comienza a mover su cuello, que ya duele a fuerza de agachar la cabeza. Al girarla hacia la derecha ve el sobre que alguien pasó por debajo de su puerta. Es blanco, no muy grande y tiene un dibujito que desde el escritorio no puede descifrar.

          Se levanta y al agacharse para agarrarlo siente un tremendo tirón en la espalda, como si alguien le introdujera un gancho tamaño descomunal e intentara colgarlo de algún lugar imposible.  Cae al suelo casi sin ruido y se ahoga por dos segundos. El dolor comienza a sentirse en todo el cuerpo. Trata de no moverse, espera que todo pase rápido. Quizás cuando se levante podría escribir la historia de alguien que se agacha para agarrar un sobre y se queda duro para toda su vida. Pero no, demasiado inverosímil y aparte tiene otra vez el tirón. Pasan unos minutos y cree sentirse mejor, apoya una mano y hace fuerza para levantarse, pero resbala, cae, imposible, mucho peso para una sola manita ahora sedienta de teclas. Quizás la historia de una mano que quiere escribir todo el día. Trata de explicarse por qué todo tiene que ser para siempre.

          Se aburre, no se puede levantar. Me aburro. Mira el sobre que tiene a unos centímetros y piensa que quizás podría entretenerse mientras se le pasa el calambre absoluto de su espalda. Estira los dedos de su mano derecha y lo alcanza con esfuerzo, lo atrae hacia sí arrastrándolo y cuando lo tiene cerca descubre que se está matando por la cuenta del teléfono. Maldita suerte, maldito cartero. Ahora que lo tiene en sus manos ya lo abre porque si no para qué todo lo de antes, la expectativa, las buenas noticias, quizás Graciela diciendo que no, que lo quiere, que vuelve mañana, ya mismo, ahora toca el timbre. Pero no: interrupción del servicio por falta de pago, mora de tres meses, intimación judicial pronta. Encima la suma a pagar es irrisoria, casi nada. Cómo dejó pasar tanto tiempo. Respuesta: de esas cosas se ocupaba Gracielita. Aguante el llanto que se agolpa en la garganta, sea hombre, carajo.
          Mira de nuevo la factura y se da cuenta en ese mismísimo momento de que no solo no tiene teléfono para llamar a alguien si no que no tiene a alguien para llamar. Ni un amigo, vecino, pariente o conocido. Está solo. Gracielita se fue y se lo llevó todo, hasta las cubeteras. Reconoce su triste destino y se da vuelta suavemente, apoya su espalda dura sobre el piso duro y calcula que para cuando el dolor se le pase ya se le habrá ocurrido una historia simple.

Junio de 2002
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©  Carolina Berduque

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

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ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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