Disfrázate como quieras:
De nuevo y siempre
Sócrates en carnaval

Adolfo González Henríquez


          Este texto fue leído por su autor en la presentación en Barranquilla
de la tercera novela (Disfrázate como quieras, 2002)
del narrador Ramón Illán Bacca Linares.

          
          Disfrázate como quieras, tercera novela del samario Ramón Illán Bacca, es un nombre tomado de una comparsa en la cual Bacca nunca ha bailado (en general Bacca nunca ha bailado) pero de la cual sería su intelectual orgánico: tal vez por aquello de su carácter anárquico, desordenado, donde la única regla clara es hacer lo que le dé la gana a cada cual. ¿Por qué ese titulo? Ninguna de las explicaciones de Bacca me convence: Creo que es adrede, y que se refiere a que la novela presenta el azar, no en forma sistemática (en Bacca nada es sistemático) sino laberíntica. Sendero sinuoso, coherente a veces sí y otras no, que da la impresión del capricho, por eso aquello de los disfraces a discreción, de las opciones mayormente subjetivas sin excluir la razón, en fin, de que la cosa es como a Bacca le complace e inspira.

          No es casual, entonces, que centre parte de la historia alrededor del anarquismo, sobre todo porque, y esto para Bacca reviste la mayor importancia, es la única ideología que erige al ocio en razón de Estado, sobre todo porque el no hacer nada es la única formula segura para acabar con el Estado burgués y el modo de producción capitalista. Por otra parte, Bacca complementa esto con un volterianismo mas o menos iracundo, de esos que pueblan al liberalismo decimonónico que tanto añora, que lo hace buscar molinos de viento no ya en cualquier lugar de La Mancha sino hasta en Orihueca y Marayamana: tiene, como Buñuel y como los anarquistas españoles de otros tiempos, su pelea casada con los curas. Pero tiene, restos del seminario y la cultura occidental, conciencia de culpa por todos sus desmanes reales e imaginarios, como se evidencia en el recuento de las matanzas de curas en la Guerra Civil española, en el sabor que queda después de comprobar que, en fin de cuentas y por muy republicano y revolucionario que se crea, el que mata a un cura es también un asesino. Bacca, aunque no lo quiera, siempre tiene en primer plano el problema de Dios, los pecados de los curas y las monjas, las condiciones absurdas de los seminarios; y lo tiene en un sentido muy español, entendiendo que hay dos formas de asistir a la procesión: repicando las campanas o tirándole piedras al santo, de todos modos se está en la procesión. En nuestra ultima conversación Estanislao Zuleta me comentó que esto era señal de una religiosidad muy profunda.

          Esas paginas de introspección alrededor de este tema, las únicas serias de una novela que se la pasa contando chistes en todo momento, evidencian con su claridad y aun con su trascendencia, que las antiguas verdades del siglo XIX van quedando en el museo de atrocidades forjadas en nombre de la luz. De todos modos es cierto que Bacca en algún momento de su vida, sobre todo cuando sus extravíos activistas de la Universidad Libre, quiso ser intelectual comprometido sartreano (la verdad es que no sé si Bacca ha leído a Sartre) antes que plácido fabulador del Tesoro de la Juventud, sobre todo de noche en las tertulias bogotanas, quiso ser recordado por gritos de guerra hoy en franca barrena como "Cuba sí, yanquis no", "Abajo el Papa" y "Ls godos no van al cielo porque Dios es liberal". Quiso viajar a China, a Cuba, a la Unión Soviética, en fin, hacer todo eso que llama "el camaradatur", seguramente para regresar a Colombia iluminado y revolucionario, exactamente como cuando los cristianos van a Roma o Tierra Santa y regresan fortalecidos con la contemplación del origen de la cultura occidental.   

          En esta ocasión Bacca presenta una novela que es la síntesis de todos sus escritos, que es como decir, la síntesis de todas sus nostalgias, sobre todo, la nostalgia de una sociedad que existió y que ya no existe: la sociedad del Magdalena en la primera mitad del siglo XX, cuando las muchachas samarias paseaban todas las tardes por el Camellón, y cuando Ciénaga era efectivamente, no el Tibet, sino la Bagdad suramericana, como quien dice, Las Mil y Una Noches pero con banano. Y con más nostalgia todavía: cuando las calles de estas ciudades estaban llenas de amigos entrañables. Un mundo lleno de sus afectos que desapareció con los cambios de la sociedad costeña en la segunda mitad del siglo, que tienen sumida a toda la región en una descomposición sin solución a la vista.

          Bacca, librepensador y liberal, introduce su pertenencia personal y más: sin querer tal vez introduce a la historia conservadora del Magdalena Grande y sus grandes dirigentes, en mi opinión, los políticos más lucidos que haya tenido este departamento: el General Florentino Manjarrés, Don Nicolás Dávila (a los cuales habría que agregar sus socios cienagueros Anacreonte Gonzalez Padilla y Alfredo Riascos Labarcés), unos conservadores nuñistas que rompieron los esquemas de los libros de texto por progresistas y democráticos, de pronto mucho más que los liberales, supuestos detentadores de estos valores según una visión más parroquiana que verdadera.

          Bacca nos entrega una verdadera enciclopedia de obsesiones: ahí esta el Goering Bermúdez Díaz Granados de sus textos anteriores, ahí esta el abogado sin clientela que es Bacca mismo en su obsesión por el mundo del derecho. Ahí están los incontables restaurantes chinos de quinta categoría donde siempre pide lo mismo: carne asada con papas a la francesa; ahí están, en Shanghai, Hamburgo o la 72 las prostitutas callejeras y los travestis. Ahí está la novela de misterio, de crímenes sazonados de orientalismo, con nostalgias de Shanghai, de aquel Shanghai anterior a la Revolución China de 1949 que era "el Nueva York de Oriente", cuando era el fumadero de opio, el centro de tráfico de prostitutas, el escenario de Fu Manchú y Charlie Chan, donde, como nos lo refería nuestro gran profesor de geografía Julio Silva Bolaños en aquellas gloriosas tardes del bachillerato cienaguero, habían prostitutas que lavaban los pies del cliente. Ahí está lo que podría ser la gran contribución de Hitler a la cultura del Caribe: los espías nazis que llegan de incógnito con misiones especiales solo para morir en equivocas situaciones de combate sexual. Ahí esta su homenaje reiterado a la periodista cienaguera Rosita Marrero, quien usaba el pseudónimo de Nakonia, una escritora injustamente desconocida en una ciudad que se precia de abierta y que a veces no lo es tanto. Ahí est'a incluso mi padrino de bautismo, el recordado Nicolás Enrique Dávila, hombre de salón como pocos y a quien Dios tenga en la gloria.

          Ahí está su nostalgia máxima, su tiempo supremo, el de los años 50, cuando todos éramos jóvenes, incluido Bacca, por increíble que parezca. En efecto, pesimista por principio, Bacca es lo que podríamos llamar "viejo de nacimiento" y aquí hay un punto interesante: su capacidad de narrar cosas importantes o chismes lo convierte precisamente en lo que son los ancianos en las comunidades tradicionales, en custodios de la memoria a través de la tradición oral que Bacca refuerza con textos escritos.

          Todo esto está muy bien, solo hay una cosa grave. Bacca falsifica la historia porque hace aparecer el vino Chateau Laffite como consumido en Santa Marta y Barranquilla, siendo así que este vino se consumió por cajas en Cienaga, y solamente en Cienaga en los tiempos aquellos.

          Se trata de una novela llena de su experiencia guajira, cuando fue juez y amigo de la única intelectual del pueblo, la dueña del prostíbulo; una narración que hilvana sucesos reales y ficticios, un trabajo de redacción no sobre el Carnaval, sino que utiliza el Carnaval para armar la rumbantela. Curiosamente Bacca,. admirador del Carnaval en teoría, en la practica tiene de esta fiesta la misma idea del profesor Assa, que hablaba despectivamente de la "charangapachangamachanga". Es el profesor que, como me consta personalmente, trata de abrir un libro en medio de la Batalla de Flores solo para que los vecinos lo llenen de maizena, castigo merecido por supuesto.

          Finalmente insisto, toda esta metáfora del hombre en rumbantela que investiga arqueología, hace detectivismo, corretea muchachitas nocturnas, practica el espionaje, y a lo mejor dicta clases en la Universidad del Atlántico, no es otra cosa sino el propio Bacca en el disfraz que a él le gusta: el de Sócrates en Carnaval.
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© Adolfo González Henríquez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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