Casa de Luz
José Luis Hereyra
Como una primicia, publicamos completo el próximo libro CASA DE LUZ del poeta barranquillero José Luis Hereyra, quien gentilmente lo ha cedido para Ediciones Electrónicas CARIBANÍA de LA CASA DE ASTERIÓN
LAS CARAVANAS
Se van, así como se irá el desierto.
Y no quedarán en lo humano los turbantes de colores, los sudores ni la esperanza del dátil dulce en la boca.
Las caravanas seguirán en el aire eterno, en el desierto eterno alimentadas por sangre finita.
CANCIÓN DE LA LLUVIA NOCTURNA
La fina lluvia barre el techo y no se decide a caer de una vez por todas.
Lejos está mi hogar. Lejos está mi techo.
Pero la noche es un ritual de uno de los dos rostros del Universo.
Está del otro lado del mundo el sol que ahora a otros ilumina. Sobre mi corazón el silencio. Y la tiniebla.
Y no acierto a saber si quiero seguir vivo o si empujaría un poco las sombras hacia el descanso eterno.
¡Qué falta me hacen María Teresa, con su carita de koala, Almita con su voz recién nacida cada vez que habla y Orianita con su decisión de ganadora sentada en la ternura!
Truena, y es entonces cuando cae la lluvia. Pero hasta los truenos se han ido quedando infinitamente solos.
Rasga la noche uno que otro relámpago. Ya muy lejos.
Yo me he levantado a escribir sobre la lluvia fugitiva. Sé que nunca la lluvia ha lamido la noche para destruir, pero éste es un país lleno de sangre. Y no es suficiente la lluvia para lavar la muerte.
Entre nosotros el pan de cada día y el café caliente persisten aún a pesar de la sangre derramada.
Truena a lo lejos.
Yo amo la lluvia. Y el silencio. Y llueve.
SANTA MARTA
De niño veníamos con mi madre a lo de la Virgen, patrona de Santa Marta.
Era una fe que viajaba con su hijo a bendecir, a tocar los mantos de yeso de la escultura en azul y estrellas.
A pedirle mi madre a la Virgen lo que nunca se ha cumplido: que su hijo estuviera fuera de los peligros.
Porque ya por su hogar, por su esposo, mi padre, Teresa, mi madre, no rogaba.
Si acaso entrábamos al azul de la bahía.
Las conversaciones volvían sobre Bolívar --su muerte solitaria y heroica por lo tísica y traicionada-- por la proximidad de la Quinta de San Pedro Alejandrino.
Mi madre nunca habló mucho de los años de hambre en Ciénaga y Puebloviejo.
Donde se le cerró el estomago para siempre, acortando además de sus años permanentemente la fuerza de su alegría y su esperanza.
Cada vez que vuelvo a ver un suelo de mar pobre, con sus chuvas boca arriba vacías, adobadas por un podrido olor de sal y restos de pescados putrefactos, la imagino subiendo desde el abandono de esas playas, donde el salitre también se come el alma, a estudiar en una ciudad --ahora cercana, pero entonces tan remota-- donde encontró flores, silencio, libros y cariño.
Su ferocidad de a veces hay que entender que era un miedo ancestral de quien no quiere volver a contar conchas de mar en una playa interminable, siempre marcada en su ser con progresiones inevitables de olvido.
Hemingway, Azorín, Balzac, la geometría de Euclides, El Tesoro de la Juventud, Las Confesiones de San Agustín, y los boletines mensuales de la Academia Colombiana de la Lengua me apuntalan su recuerdo a diario doblaba sobre el escritorio donde corregía exámenes de sus alumnas, mientras me obligaba, angustiada, a leer a Jonathan Swift o a James Fenimore Cooper.
Escribo estas palabras aquí en Santa Marta, donde el recuerdo de mi madre es más fuerte que el-de-los-vivos, que hoy hablan de cultura mientras se disputan un puesto con el político padrino o traidor.
La bahía, sus aguas, han cambiado para mal, por un derrame diario e imperceptible de pequeños Exxon-Valdéz que ya no dejan a nadie de verdad querer bañarse en las aguas que fueron azules en aquellos años en la bahía cuando mi madre venía más a tocar el manto de la Virgen, a pedirle que yo sirviera para algo.
PARÁBOLA DEL FUEGO
Si cruzas la línea del fuego y logras salir indemne la terrible prueba del dolor profundo podrás merecer la vida.
No que sigas vivo: porque puedes parecer vivo estando muerto.
No que tengas que ser, el resto de la supuesta vida que vas a vivir después de fracasar ante el fuego abrasante, feliz.
Sino que salgas de entre el fuego del dolor con el fuego prendido de tus manos y rendido y siervo tuyo como una presea.
INVOCACIÓN DESDE EL ABISMO
Dios, dame valor para enfrentar los oscuros abismos de mí mismo.
No dejes que yo siga hundiéndome lejos del amor de los míos.
Trae luz sobre mí hasta que despierte la luz que llevo dentro, la luz que me legaste al hacerme.
Devuelve el tiempo, tú puedes, para que sea olvido el dolor que yo haya causado.
Haz que mi vida florezca y sea abundante manantial para toda sed humana por interminable que sea.
Dame paz, borra el lastre de mi conciencia, después de ésta haya sido camino y puerta hacia la armonía con todo lo existente, aún con lo imaginado.
Cierra la llave de mi fuerza para todo aquello que no haga parte del amor, que siempre que se toca, crece.
Llévame a ser parte de todo hasta ser Uno, y ya no haya necesidad de pensamientos ni de esperanzas ni de nada.
Sáname, para que mi sangre no se vierta desde mi costado hacia oscuros abismos de sed, de muerte, no sea que no alcance a andar el camino que tú me imaginaste al crearme.
Señor, dame más silencio para que el ruido de mis palabras no me pierda de tu ser.
Mírame, Señor, no importa que yo no haya hecho nada para merecer tus ojos.
Dame valor, oh Dios, para cumplir mi vida germinada hasta ser trigo hecho pan.
CANCIÓN DE CUNA DE LOS BULLIES BARRANQUILLEROS
Por lo menos años antes azotaban con los pies el suelo, mientras "El Negro y Ray" de Ray Barreto, o "Bomba Camará" de Richie, les despedazaban, en un intento de ósea fracturación digna de Evil Knievel, las caderitas de hambre en once horas de sudor que constituían su sacrificio ritual de años de debilidad.
Por lo menos años antes vergonzaban el codo enhiesto al de vainas fumar alguna cosita de la sierra.
Después vino la invasión de las matanzas, el organigrama burdo donde era ya la muerte quien distribuía ya el alcaloide y soltaba ante cualquier escollo su lengua de cortante guadaña.
Se rifaban solos los filosos puñales o las indetenibles y atravesantes balas buscando las carnes que se mostraban en desacuerdo.
Nuestros bullies parroquiales se fueron quedando en las oscuras y míseras esquinas progresivamente más y más del sur de Barranquilla.
Les fue reducido el ámbito de asustadores de verbenas.
Hasta los bailes aún de carnaval de los barrios se fueron acabando.
Y con ellos sólo les quedó la baretica o el roce en los últimos barrios subnormales de aquellos clanes que se quedan fuera de la historia humana y sin terreno.
Se acusaron entonces ataques a sus madres ancianas, primero con palabras y después con uno que otro golpe no digno sino de las inspecciones bostezantes, corruptas por mil pesos.
Nuestros bullies fueron arrasados por demasiado merengue y vallenato.
Y no han podido volver a azotar el suelo ni a morirse de sudor, porque hasta en Brooklin o en New Jersey Richie y Ray Barreto son casi olvido.
CANCIÓN DE MIS TRES NIÑAS
Tres niñas juegan en el jardín de mi alma.
Ellas no se asustan ante el trueno.
Sólo creen en la lluvia que las hará también florecer.
Ellas no creen en espejismos infames: sólo cierran sus ojos hasta sentir el corazón, cuyo dum dum les mantiene viva la vida.
Las tres niñas aman: no oyen voces de desgracias, ni nadie puede mover los pétalos de sus sentimientos porque el viento que las estremece es un soplo sagrado.
Su padre ha sido quemado por dioses celosos.
Su padre dejó pedazos de su carne en batallas sin suelo ni cielo.
Su padre ha muerto muchas veces.
Pero ellas saben que su padre regresa siempre de los sueños atroces porque necesita cuidarlas, porque a ese amor de padre no lo puede detener la muerte.
Tres niñas cantan en el jardín de mis sueños.
Ellas no temen los maleficios de brujas olvidadas.
Saben que todo, desde un ser que ama, siempre será sagrado: llanura que se extiende en luz para que a sus juegos y a sus cantos no los detenga la noche.
Tres niñas, mis tres niñas, llenan de risas mi penumbra hasta brotar en mí la luz del día.
Juegan, cantan mis tres niñas.
Se sientan en mi corazón a contemplar los horizontes.
Siempre alumbran con sus cantos mi alma que fue oscura.
Tengo miel en mi sangre para ellas.
Estoy surcado de manantiales para que sean más hermosas que las flores del mismo jardín que cultivé con mis manos en la tierra entera para darlo a ellas.
Tengo mis tres niñas en un cofre tan suave e invisible que sólo ante el amor se revela.
LOS NIÑOS DE LOS PARQUES
Poseen de verdad la absoluta condición de no poseer nada en la vida.
Se mueven desde un lugar de maltrato por lo general, asfixiados por un dolor que ya es físico y permanente.
Día tras día, sufren atropello: el dolor del cuerpo en formación lastimado hasta la sevicia.
Se encuentran algunos de ellos que desde que recuerdan se encontraron en la calle.
Así, nada más, o el dolor brutal como diario elemento vivo y lastimante sobre sus pequeños cuerpos.
O el sucio de la calle legada --cruenta suma de polvo minúsculo, restos de paquetes de cigarrillos, una que otra caja de chiclets aplastada, gargajos de cachaco fumador, alguna banca de los tales parques colombianos, los parceros dispuestos a picotearles el cuerpecito tierno y disputado-- en fin, solo la memoria de la calle.
Se les desprecia.
OLVIDARÁS LA AFRENTA DE LAS ENCINAS QUE AMASTE
Sopla tu aliento sobre este barco hecho pie.
Exhala tu hálito de un fuego de tan profundo, inmedible.
Y haz un pie vivo y joven de lo que ha llegado a ser cascote lacerado, quilla fracturada, maderamen astillado.
Brota suaves manantiales nuevos por dentro de este pie. Como si fueran su sangre y su linfa savia virginal casi luz verdosa suave.
Pero no le cuentes el tiempo de errores que ha vivido este pie herido y astillado.
Ni los caminos vedados que ha traspasado o formado al soportar esta alma que hoy lo necesita.
Entre otras cosas para no cansarse al mirar el aire o bendecir los incesantes seres.
No, no le des el tiempo muerto de lo sucedido en el formol culebrero de la memoria de lo humano. El tiempo ese que apenas sirve para sumar aproximaciones rígidas a la rígida muerte.
Dale a este pie el tiempo fluyente de la esperanza, que mira con el tiempo vivo y mutante donde siempre está la vida. De este tango o rap monopódico y misterioso.
Y amor por el que está tan muerto que no siente nada por nadie. Y no tenía que sentir compasión por nosotros.
Y serenidad silenciosa, satisfecha, de lo que pudimos saber de nosotros mismos. De lo que resistirnos e hicimos y nunca imaginarnos antes que podíamos resistir o hacer posible.
Al clavarnos inconmovibles en el infinito. O ignorarlo.
Por eso, dale tu hálito vivo a este pie nacido también de tu ser. Como todo lo existente igual por ti creado.
Sopla tu dulce murmullo de una esperanza de luz viva que devora ella el tiempo que a otros en ansiedad devora.
Dame el siempre estar naciendo.
Dame el nacer siempre con su perdurar vivo.
NUESTRO AMOR
La vida nos llamó a estar eternamente juntos: en la soledad y el cansancio, en el despertar y la leyenda.
Yo no te encontré: sólo te reconocí.
Cuando caminé siglos a la luz suave de los cerezos o a la rojísima claridad del amanecer del mundo llevaba en mi brazo mi guitarra de poeta muy callada y cuando te vi en mi boca y en mi pecho retratada canté.
Nunca quise saber por qué, porque nunca antes lo había hecho: cumplí con las fuerzas eternas que mis espaldas sostenían.
La vida nos unió eternamente y nos condenó al infierno de la gente. Pero tú y yo nunca tememos: cuando nos juntamos y nuestras bocas entonaron la sal y el vino, el ruego y la conquista, cuando tú y yo salimos al combate se atravesó un ejército de envidia y con nuestro amor lo derribamos: por eso nos tememos.
A través del tiempo hemos ido caminando juntos, en el frío y la soledad, en el calor de tu mirada y en mi ser hambriento de ternura.
Y también estamos juntos siempre porque no podemos separarnos: somos la raíz y la última hoja del árbol de nuestro cariño.
El tiempo nos teme, la soledad nos busca para apoyarse en nosotros. El viento que silba desde antes de la humanidad y nos despeina barre la arena para alisar nuestro lecho de mar. La luz no quiere nunca que tus ojos se cierren, pues moriría.
Y en tu voz acuden presurosas mil voces que no hablan. Mil voces que cantan en las islas, en las noches, en las estepas desoladas, en las tundras, en los desiertos calurosos.
Mil voces que sumergen su silencioso sonido en la entraña oscura de un oasis y salen cantando junto al sueño esquimal de un iglú ártico.
Por eso tú y yo sabemos que estamos juntos, donde la vida florezca y donde el retoño de amor se necesite: en toda parte y en todas las partes.
Camina siempre como tú caminas: serena, altiva, radiante. Con tu corona de reina que yo te construí con mis besos. Pisa el suelo de mi pecho que es la tierra donde pisas. Bebe el rocío inagotable que mis recuerdos te entregó. Ríe con mis fuerzas de hombre enamorado y tuyo. No desmayes nunca. Muestra al tiempo nuestro amor de roca, burlador de la intemperie.
Ríe y canta con esa boca tuya que yo esperaré por siempre.
Muestra a la tristeza mis poemas y di al vacío que no se sienta ausente.
Dile a la noche que yo te espero siempre y que te cubro siempre con el manto cálido de un beso que está siempre en tu boca y en mi boca.
SED Y DESPUÉS UNA SONRISA
Tú eres la riqueza de mi mundo, la espiga que siempre quiso convertirse en sal, la flecha que dirige mi universo.
Cuando la tristeza me derrota mi escudo se levanta: es tu recuerdo.
Yo nunca tuve nada, porque fui un ciego que nació con la luz sin darse cuenta.
Porque fui un río impetuoso sin mar donde entregarse.
Porque fui un árbol con las raíces en el aire y las hojas sobre tierra.
Así descubrí las sombras día a día buscando el rayo de oro cotidiano y nunca supe lo que era pan al alba ni un beso al acostarme.
Tal vez todo eso yo lo tuve pero ya no lo recuerdo.
Quizá si alguna vez sentí ternura fue la voz que aconsejó esperar por tu llegada.
Yo nunca fui, nunca pretendí tratar de ser: yo te esperaba.
Yo nací sediento: descorrí las grietas, las caricias, derribé fantasmas, até la música de un niño a la resignación muda de una piedra, olí desconcertado a todas las mujeres, fui ladrón de besos, arquitecto de sueños constelados, volteé todos los granizos y las nieves y con mi loco calor los vi alejarse.
Acumulé toda la nostalgia y toda la amargura en cada paso.
Pero yo sabía de tu respiración ansiosa en algún lugar del mundo. Mi fe de hombre me obligó a destrozar los arrecifes y por fin un granito de sal nacido de tu soledad y de tus lágrimas me dibujó tu sombra.
Hoy aquí me tienes: dueño insaciable de tu ondulante poseer, mendigo tierno del calor de tu pelo y de tu risa, aire de tus noches y espejo de tus luces, rey feliz de tu ternura.
MEMORIA Y ANHELO DE SUS FORMAS EN LA LUZ
Desde esa mañana iluminada por el sol que le dibujó las formas supe de su soledad llamadora de mi ser.
Supe que después de su vida vivida usted sigue viva.
Y hay hebras de su cabello brillante y oscuro que despiertan a este ser como si estuviera dormida a mi lado usted, roce de los amaneceres. Hebras que enhebran con dulzura resignada desde ese día de sol, a través del aire de esa mañana a un hombre que usted sabe bien que la mira y la siente dibujando demasiado vivas cercanías aún desde lejanías. Sólo con estar cerca a su abertura de calor olvido el resto del universo entre sus muslos renacidos, al mirarla dentro de su arbusto negro que abre, su húmeda canción enrojecida.
Oh canción de fuego negada por los órdenes fríos de los normales, los eternos decentes asesinos.
Los que nunca han mirado ni vivido ni hecho nacer unos ojos. Pero vacían ojos a diario y secan mirares. Mujer verdadera, completa y cumplida el día negado hasta ahora cuando el cielo nos una en secreto. Y me otorgue el placer de sondearle su vientre negramente salvaje, iluminado por lunares que me dibujan hacia su temblante y verdadero corazón. Y sienta que me incrusto de muerte en usted, encallando en los quebrados corales de su alma.
Sé que en sus carnes plenas, intensas como las uvas maduras y plenas enterraré mi báculo solo y auscultante y al despertarle a usted sus hondos manantiales me embriagaré de su olor animal ungiéndome en sus ungüentos sagrados como un ciervo ciego conducido por su aroma, señora hermosa, primavera que debe florecer para que no primen más inviernos en invierno, sobre un lecho de hojas secas y barro subyacente de arroyo olvidado, o en el húmedo callejón de las casas del trópico atardeciente.
Sé que usted, hermosa, nunca ha recibido junto con su vientre antes cargado irremediablemente la paz de una caricia sobre su suave cabello.
Mas sin haberla tenido siento la suave luna de selva inflamada en usted, no lamida ni bebida nunca a pesar del pasado de su vientre utilizado.
Dígame si es verdad que los años existen, si el tiempo es registrable cuando llegamos a sentir.
No es mejor al descubrir nuestro mutuo y revelado milagro que usted entrecierre sus ojos en la hora que oro al infinito sea cumplida para que mi ser, preciosa señora, le llore por dentro un temblante silencio bajo el grito de su selva abierta y empapada.
Apostemos a vivir y a ser felices ya que ni usted ha sido feliz ni yo lo he sido.
Bebamos un vino que moje el pan abierto a ver cuántos se mueren mirando de soslayo.
Resucitemos desde el pan y el vino ofrendados un día de trigales en flor y vendimias propagantes.
Pero cuán hermosa me parece usted, señora, ahora que por primera vez la nombro con palabras necesitadas de usted, sólo de usted, créalo, palabras de rumor de acequia abierta por las manos llenas de afilado hierro y el sudor que lo oxida.
No sé las mañanas que nos quedan frente al fluyente infinito.
Qué nos importa el último instante celebrado y sepultado en flores por los que ya están muertos.
Sólo sé que a su caliente ser lo necesito.
Y que se cumplirá esta comunión de luz aún entre las celebraciones de los muertos oficiadas muchas veces entre los capullos.
Mire hacia el oscuro cielo de las noches y reconocerá que ese abismo oscuro no otorga esperanza alguna para nuestros cuerpos destruibles.
Pero yo acaricio con luz sus hondas penumbras.
E ilumino la oscura tierra al esperarla. _____________________________________
© José Luis Hereyra
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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