
El carcelero
Ronaldo Menéndez
"El carcelero" es un cuento que hace parte del libro El derecho al pataleo de los ahorcados (© Ronaldo Menéndez, 1997; © Ediciones Lengua de Trapo, S. L., 1999). Este relato, presentado por un plagista, ganó concurso universitario de cuento en el año 2002. Lo publicamos ahora firmado por su verdadero autor, el narrador Ronaldo Menéndez, cubano, residente en Lima (Perú).
A Eduardo Artieda que bien sabe que cuando algo se va algo se queda
Para estar más seguro he puesto doble cerrojo. Cadenas que una vez fueron lisas y ahora la cáscara garantiza la sequedad del posible movimiento. El movimiento se anuncia tímido y se esboza como el vuelo de un insecto, no ya una mosca capaz de dibujar la más rotunda de las filigranas, se trata de uno más pesado, condenado a su cuerpo escarabajo o algo como lastre. El movimiento no comienza, esa es mi labor. Lo tengo atrapado al centro de cuatro sistemas de sillares que sostienen un techo. Es un decir, los paredones contagian el musgo cuando el reposo se les unta. En un lateral, según la moda impuesta por viejos censores, se encarama una ventana del tamaño de una caja de fósforos rayada de barrotes que son un símbolo, su borde inferior supera la estatura de un hombre promedio, así el reo sufre estirando sus vísceras hasta la hemorragia en busca de un trozo de mañana o del vuelo de una alondra. Son sólo antiguas concepciones de las que no hay que culparme. En una ocasión, confieso recordarlo con cierto placer, un rey enloqueció obsesionado por la idea de llenar de pájaros traidores la longitud de la vista de un condenado, de modo que tuvieron que enclaustrarlo en la torre principal, tan alta que desde allí la noche parecía un lago muerto soportando una luna recortada. Mi fruición por el destino del vetusto monarca evidencia mi inclinación hacia presos menos dignos. Otras concepciones más modernas esculpen profundos ventanales que intercambian el día con la noche, creando un juego de barajas en que el reo suele perder la razón..., pero ya me estoy adelantando. Mi propósito --si es que puede haber algún propósito en la vida de un correcerrojos-- es contar algo sobre mí mismo. Hasta donde alcanza mi maltrecho entendimiento nadie se ha ocupado en perpetuar la vida de un celador. Tengo noticias de polvo que aseguran cierto manuscrito que comienza: «Hay apostado un centinela ante la ley, un hombre viene un día a verlo y le pide permiso para entrar...», y a continuación una serie de artilugios que no logran superar una apología de La Justicia. Sin embargo, el reo suele correr mejor suerte bañado por la tinta, pienso que esa es su única salida (al menos mientras yo vigilo...). Por ejemplo, Ugolino della Gerardesca. Nunca comer carne ajena llegó a ser tan célebre. Existen incontables casos y no quiero extenderme en este aspecto: diarios conmovedores, epístolas y hasta programas políticos capaces de atar por decenios la suerte de un reino. De modo que me siento agraviado por la historia. No esperaré por tinta ajena para lavar mi afrenta, yo mismo puedo hacerlo y para ello he ideado un método paradójico. El duque de Éliser --caro y drástico señor mío-- ha ordenado la horca para el preso que hasta esta mañana precisaba de mi ojo sin párpado, nada especial, un pobre salteador de caminos que no merece otra suerte que la suya... ¿No ven lo que digo? Casi me olvido de mi haber y comienzo a inmortalizar en blanco y negro a ese ratero que ahora debe estar secándose de las piernas hacia abajo. He visto muchas ejecuciones de este tipo: el condenado orina manantiales que se filtran suavemente desde el entablado, la mayoría de las veces hace un surtidor en el remolino de las piernas; porque los ahorcados no suelen morir limpiamente y con la tranquilidad digna del momento, eso es una falacia inventada por los hacedores de imágenes. Si no se quiebra la cervical --y aún así-- viene un prolongado proceso de contorsiones y estertores verdinegros o violáceos o del color de la fiebre de la tundra. Esta breve digresión pretende ser un homenaje a los ejecutores, no tan olvidados como yo, pero universalmente echados al desprecio. Retomando el punto principal, con la honorable gestión del muy señor mío duque de Éliser, esta celda ha quedado vacía y mi ojo puede perderse en continuo parpadeo. Mi método consiste, pues, en hacerme reo de mí mismo. Ya en este sitio (doble cerrojo para más seguridad) alimento la sospecha de que puedo escapar y no doy tregua a mi vigilia de celador profesional. Pero más que estos muros de signo verde y ventana sobre el último pelo, quedo atrapado en mi ingeniosa paradoja.
Mi tarea es la más importante y digna. Las órdenes del honorable duque --señor de todos los celadores-- recuerdan el poco sentido con que batimos las palmas ante un insecto que nos atormenta. Pasado el instante queda apenas un eco silencioso y la horca, la guillotina o el garrote vil (son inimaginables las formas modernas, demasiado impersonales para mi gusto dado a la calidez y sinceridad de la vieja usanza). Aquí viene la tarea del ejecutor. Suele pensarse que su oficio es tremendo por su aspecto formal, pero yo que conozco cada centímetro del cuerpo de los condenados, aseguro que se trata de una rutina como la del juglar que ofrece un espectáculo de feria. El público queda boquiabierto ante lo sublime de la trama que en el fondo no supera un cascarón vacío, proeza mecánica aprendida con los años. A esto puede añadirse otra ventaja: el verdugo resuelve su problema con Dios desde antes de nacer. Pero yo, atormentado en la soledad de mi mirada recta, oyendo el gotear de los insectos en el aire cuajado del precinto, indiferente a los gritos que han ido esculpiéndose en la pared desnuda (en la pared de una cárcel pueden leerse anhelos insospechados), hago mi tarea sin nombre ni rostro. Porque mi oficio es anónimo, incoloro. Aprendo las ejecuciones desde mi ventana con el rabillo del ojo, mientras con el resto de los sentidos hago que el reo respire su inmovilidad. Soy quien prepara el reposo de la muerte --mi señor duque de Éliser la llama por su nombre, el ejecutor le da cuerpo y sangre--, lo mío es más difícil por lo imprescindible de la constancia y lo inmanente de mis actos. La divisa del preso es la fuga, la mía es confundirme con el verdegrís de las paredes y mantenerme despierto. Al cabo del tiempo terminamos amándonos entre el odio y el destino. Una celda viene al mundo no cuando la acaban de construir, sino cuando empiezan a habitarla --decía un viejo poeta--. Así, el preso es ese ser hermoso que araña las paredes, a fin de cuentas yo soy su única esperanza. Para esclarecer esta idea asaz contradictoria contaré una anécdota. Hace muchos años --yo era entonces apenas un aprendiz-- trajeron un reo cuya culpa ahora se confunde entre la multitud de cuerpos que he guardado, el caso es que estaba condenado a sufrir indefinidamente su existencia. Desde el primer momento me percaté de que dialogaba con las paredes como tratando algo, sentí lástima y quise ayudarlo fingiendo una torpeza que jamás me he permitido de veras: olvidé en el suelo de su celda un pesado cucharón mientras retiraba los insumos de la noche. El hombre se creyó harto habilidoso y comenzó a afilar una herramienta. Transcurrieron cuarenta noches sin que mi oído perfecto dejara de saber su labor, pero continué callando (si una cosa debe respetar un carcelero es el tumultuoso silencio de estas noches). Finalmente, el ruido se volvió más lento y dedicado, no tardé en averiguar que se trataba de un túnel entre las aristas de la piedra salvaje, pero el hombre lo cavaba en sentido equivocado, hacia la oscuridad solitaria de la celda vecina. Fiel a la rigidez de mis preceptos éticos, ni lo delaté ni le corregí el rumbo. Observaba con la cautela que sólo los celadores aprenden, cómo el reo alimentaba su vivísima esperanza. Me sentí orgulloso de mantenerlo con fuerzas para soportar la vacuidad de su existencia. Si al principio apenas probaba bocado y se tiraba a envejecer a diario, con mi cucharón de olvido intencional había logrado alimentarle el cuerpo y el espíritu. Durante las noches de doce años mi oído escuchó y mi nariz respiró el aroma húmedo de la piedra deshecha grano a grano, también mi ojo vivo pudo ver al hombre mantenido en su esperanza. El desenlace ocurrió como ocurren todas las cosas trágicas en este lugar: un grito que parece el graznido de un pájaro que cae atravesó la oscuridad desde la celda vecina donde el equívoco cerraba su túnel. El preso murió a los pocos meses. Desde entonces he practicado infinitas maneras de mantener vivos a mis hombres: he llevado cartas de amor a ningún sitio, me he dejado sobornar dando los planos de una cárcel imposible, a otros he dado papeles y creyón para unirlos en grueso manuscrito, y algunos se han conformado con el deslizarse húmedo del tiempo en los relojes.
Tengo un sexto sentido (y hablo en nombre de todos los de mi raza): consiste en saber medir a un tiempo la vida del reo y la mía propia: mientras el oído siente la vejez que cae suavemente, el tacto aprende pegando la memoria a cada rugosidad y el ojo reposa contra la luz de la vigilia; observo mi vida que, aunque se confunde entre estos muros homogéneos, es algo distinta a la vida del reo. El guardián que olvide esto puede darse por perdido, el mantener este recuerdo cuesta años de aprendizaje quemándose la frente entre las manos, la memoria puede escaparse. Esto sucedió a un carcelero llamado Prínceton. De tanto hablar con los presos fue sintiendo tal hastío de la propia suerte de guardián que no tardó en cogerse asco. Una mañana se encerró para dejarse morir obligándome a enfrentar su sabio cautiverio de colega. Su confusión esencial radica en no saber el misterio de la trinidad celador-reo-precinto, semejante a la trinidad religiosa donde cada unidad no es parte, sino momento de un todo que sólo existe a través de sus partes, esto con arreglo a un fin. Alguien podría pensar que este es mi caso al verme atrapado en mi ingeniosa paradoja: me he encerrado a vigilarme. La diferencia es una sola: estoy orgulloso de mi suerte de carcelero, siempre convencido de que mi oficio es sublime. Aquí adentro, lo único comparable a mi labor es la poesía. Ahora mismo mi vista manosea con cuidado los trozos sobre la pared rebelde: los prisioneros no están viendo la ciudad / se están perdiendo las farolas y los conciertos y es triste / se están jugando la suerte de no andar por las calles de paso..., y más abajo, en pendiente desequilibrio sobre un molde que se resiste: ...no veo ni el tocón quemado el cuerpo, que en lo oscuro espera por el aire de trasmano / todo es una decisión de alguien agotamiento / porque estamos eternamente esperando la bofetada total, algo ininteligible y más adelante: los prisioneros vamos haciéndonos viejos en la noche, en la mañana somos peores / más ilustres al sonreírnos a veces... pocas tardes se recuerda la ciudad / se evocan escenas tristes escaramuzas, etc. El señor duque de Éliser no es dado a las bellas artes, no sabe apreciar el valor mudo de estas palabras sobre la roca, de modo que me ordena borrarlas aplicando una fina capa de repello gris. Una y otra vez las palabras se pegan y con mi trabajo la celda se achica.
Mis culpas son incontables, por eso me sospecho inocente. (Para ser exonerado necesitaría la piedad de varios dioses.) Todo el virtuosismo de mi ejercicio consiste en detener magistralmente el movimiento. Para ello es necesario primero detectarlo --afinando mi ojo de relojero--, luego irlo separando de la maraña que es su existencia acompañada de infinitos sentimientos --dedos de magia--, para dejarlo solo y distinto. Una vez ubicado en su profundo desamparo, lo encierro tras las rejas.
Todo esto lo he contado para convencer de lo difícil de mi ejercicio. Queda por mostrar toda su dignidad. La suerte del reo sobre el papel no se limita a la anécdota, diario maldormido o efusiva epístola. También se ha construido una filosofía del prisionero. El método esencial consiste en hacer extensiva la condición carcelaria al resto de la humanidad (la primera aspiración de toda filosofía es parecer cierta). Nada mejor que una parábola, así aparecen títulos como: «Prisionero en el círculo del horizonte» o «La llave de su cuerpo». Hay quien se declara preso entre las fronteras de su tierra, preso de su juventud o de su vejez, y los textos moralistas hablan de cierta especie enclaustrada en sus prejuicios. Toda esta verborrea patética me repugna. A nadie se le ha ocurrido observar la sólida filosofía del carcelero, desnuda de atavíos románticos y rejuegos formales. Todo hombre es ante todo un celador, un vigilante incansable que pasa los cerrojos con la misma frescura con que devora un racimo de uvas. Mi tesis más moderna diría: «El hombre es el carcelero del hombre»... Pero basta, no me agrada la especulación, prefiero golpearme los puños en la presencia de estas grietas --como dijo el otro--, el silencio espantoso de los espacios infinitos me aterra. Los muros son los verdugos del espacio.
Creo que es suficiente. Oído abierto y ojo vidente, no puedo dar un paso que no sea advertido. Fingiéndome reo he logrado decir algo de mi noble oficio de celador. Ahora sólo me queda aguardar satisfecho (superando la inconformidad de mi amigo Prínceton) que el señor duque --amo de todos los celadores-- me dé la libertad o decida la pena capital. Aún no advierto qué sería peor: un carcelero libre de su oficio es como un navío fantasma condenado a mecerse eternamente sobre aguas sin ancla. Lo otro sería quedar suspendido haciendo reguiletes con las piernas a la altura de la cabeza del público.
&&&
NOTA SOBRE EL AUTOR:
En la página web http://www.lenguadetrapo.com/00069-NB-ficha.html aparece la siguiente nota sobre la vida y obra de este escritor: "Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) es licenciado en Historia del Arte. Su obra narrativa consta de los libros de relatos El derecho al pataleo de los ahorcados (Premio Casa de las Américas de Cuba; 1999, Lengua de Trapo), Alguien se va lamiendo todo (1997; Premio David) e Hipocampos (1997), y de las novelas La piel de Inesa (Premio Lengua de Trapo de Narrativa 1999) y De modo que esto es la muerte (Lengua de Trapo 2002). Sus narraciones han aparecido en numerosas antologías de Cuba, México, Venezuela, España, Argentina, Colombia y Francia, entre ellas la señera de los nuevos narradores hispanoamericanos: Líneas aéreas (Lengua de Trapo, 1999). Colabora como crítico literario y de arte con las principales revistas especializadas cubanas, y como columnista en el diario El Comercio de Lima, ciudad en la que actualmente reside, y en cuya Universidad de Ciencias Aplicadas ejerce de profesor de Periodismo". ________________________________________
© Ronaldo Menéndez, 1997 © Ediciones Lengua de Trapo, S. L., Madrid, 1999
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12carcel.html
|


El carcelero
Ronaldo Menéndez
"El carcelero" es un cuento que hace parte del libro El derecho al pataleo de los ahorcados (© Ronaldo Menéndez, 1997; © Ediciones Lengua de Trapo, S. L., 1999). Este relato, presentado por un plagista, ganó concurso universitario de cuento en el año 2002. Lo publicamos ahora firmado por su verdadero autor, el narrador Ronaldo Menéndez, cubano, residente en Lima (Perú).
A Eduardo Artieda que bien sabe que cuando algo se va algo se queda
Para estar más seguro he puesto doble cerrojo. Cadenas que una vez fueron lisas y ahora la cáscara garantiza la sequedad del posible movimiento. El movimiento se anuncia tímido y se esboza como el vuelo de un insecto, no ya una mosca capaz de dibujar la más rotunda de las filigranas, se trata de uno más pesado, condenado a su cuerpo escarabajo o algo como lastre. El movimiento no comienza, esa es mi labor. Lo tengo atrapado al centro de cuatro sistemas de sillares que sostienen un techo. Es un decir, los paredones contagian el musgo cuando el reposo se les unta. En un lateral, según la moda impuesta por viejos censores, se encarama una ventana del tamaño de una caja de fósforos rayada de barrotes que son un símbolo, su borde inferior supera la estatura de un hombre promedio, así el reo sufre estirando sus vísceras hasta la hemorragia en busca de un trozo de mañana o del vuelo de una alondra. Son sólo antiguas concepciones de las que no hay que culparme. En una ocasión, confieso recordarlo con cierto placer, un rey enloqueció obsesionado por la idea de llenar de pájaros traidores la longitud de la vista de un condenado, de modo que tuvieron que enclaustrarlo en la torre principal, tan alta que desde allí la noche parecía un lago muerto soportando una luna recortada. Mi fruición por el destino del vetusto monarca evidencia mi inclinación hacia presos menos dignos. Otras concepciones más modernas esculpen profundos ventanales que intercambian el día con la noche, creando un juego de barajas en que el reo suele perder la razón..., pero ya me estoy adelantando. Mi propósito --si es que puede haber algún propósito en la vida de un correcerrojos-- es contar algo sobre mí mismo. Hasta donde alcanza mi maltrecho entendimiento nadie se ha ocupado en perpetuar la vida de un celador. Tengo noticias de polvo que aseguran cierto manuscrito que comienza: «Hay apostado un centinela ante la ley, un hombre viene un día a verlo y le pide permiso para entrar...», y a continuación una serie de artilugios que no logran superar una apología de La Justicia. Sin embargo, el reo suele correr mejor suerte bañado por la tinta, pienso que esa es su única salida (al menos mientras yo vigilo...). Por ejemplo, Ugolino della Gerardesca. Nunca comer carne ajena llegó a ser tan célebre. Existen incontables casos y no quiero extenderme en este aspecto: diarios conmovedores, epístolas y hasta programas políticos capaces de atar por decenios la suerte de un reino. De modo que me siento agraviado por la historia. No esperaré por tinta ajena para lavar mi afrenta, yo mismo puedo hacerlo y para ello he ideado un método paradójico. El duque de Éliser --caro y drástico señor mío-- ha ordenado la horca para el preso que hasta esta mañana precisaba de mi ojo sin párpado, nada especial, un pobre salteador de caminos que no merece otra suerte que la suya... ¿No ven lo que digo? Casi me olvido de mi haber y comienzo a inmortalizar en blanco y negro a ese ratero que ahora debe estar secándose de las piernas hacia abajo. He visto muchas ejecuciones de este tipo: el condenado orina manantiales que se filtran suavemente desde el entablado, la mayoría de las veces hace un surtidor en el remolino de las piernas; porque los ahorcados no suelen morir limpiamente y con la tranquilidad digna del momento, eso es una falacia inventada por los hacedores de imágenes. Si no se quiebra la cervical --y aún así-- viene un prolongado proceso de contorsiones y estertores verdinegros o violáceos o del color de la fiebre de la tundra. Esta breve digresión pretende ser un homenaje a los ejecutores, no tan olvidados como yo, pero universalmente echados al desprecio. Retomando el punto principal, con la honorable gestión del muy señor mío duque de Éliser, esta celda ha quedado vacía y mi ojo puede perderse en continuo parpadeo. Mi método consiste, pues, en hacerme reo de mí mismo. Ya en este sitio (doble cerrojo para más seguridad) alimento la sospecha de que puedo escapar y no doy tregua a mi vigilia de celador profesional. Pero más que estos muros de signo verde y ventana sobre el último pelo, quedo atrapado en mi ingeniosa paradoja.
Mi tarea es la más importante y digna. Las órdenes del honorable duque --señor de todos los celadores-- recuerdan el poco sentido con que batimos las palmas ante un insecto que nos atormenta. Pasado el instante queda apenas un eco silencioso y la horca, la guillotina o el garrote vil (son inimaginables las formas modernas, demasiado impersonales para mi gusto dado a la calidez y sinceridad de la vieja usanza). Aquí viene la tarea del ejecutor. Suele pensarse que su oficio es tremendo por su aspecto formal, pero yo que conozco cada centímetro del cuerpo de los condenados, aseguro que se trata de una rutina como la del juglar que ofrece un espectáculo de feria. El público queda boquiabierto ante lo sublime de la trama que en el fondo no supera un cascarón vacío, proeza mecánica aprendida con los años. A esto puede añadirse otra ventaja: el verdugo resuelve su problema con Dios desde antes de nacer. Pero yo, atormentado en la soledad de mi mirada recta, oyendo el gotear de los insectos en el aire cuajado del precinto, indiferente a los gritos que han ido esculpiéndose en la pared desnuda (en la pared de una cárcel pueden leerse anhelos insospechados), hago mi tarea sin nombre ni rostro. Porque mi oficio es anónimo, incoloro. Aprendo las ejecuciones desde mi ventana con el rabillo del ojo, mientras con el resto de los sentidos hago que el reo respire su inmovilidad. Soy quien prepara el reposo de la muerte --mi señor duque de Éliser la llama por su nombre, el ejecutor le da cuerpo y sangre--, lo mío es más difícil por lo imprescindible de la constancia y lo inmanente de mis actos. La divisa del preso es la fuga, la mía es confundirme con el verdegrís de las paredes y mantenerme despierto. Al cabo del tiempo terminamos amándonos entre el odio y el destino. Una celda viene al mundo no cuando la acaban de construir, sino cuando empiezan a habitarla --decía un viejo poeta--. Así, el preso es ese ser hermoso que araña las paredes, a fin de cuentas yo soy su única esperanza. Para esclarecer esta idea asaz contradictoria contaré una anécdota. Hace muchos años --yo era entonces apenas un aprendiz-- trajeron un reo cuya culpa ahora se confunde entre la multitud de cuerpos que he guardado, el caso es que estaba condenado a sufrir indefinidamente su existencia. Desde el primer momento me percaté de que dialogaba con las paredes como tratando algo, sentí lástima y quise ayudarlo fingiendo una torpeza que jamás me he permitido de veras: olvidé en el suelo de su celda un pesado cucharón mientras retiraba los insumos de la noche. El hombre se creyó harto habilidoso y comenzó a afilar una herramienta. Transcurrieron cuarenta noches sin que mi oído perfecto dejara de saber su labor, pero continué callando (si una cosa debe respetar un carcelero es el tumultuoso silencio de estas noches). Finalmente, el ruido se volvió más lento y dedicado, no tardé en averiguar que se trataba de un túnel entre las aristas de la piedra salvaje, pero el hombre lo cavaba en sentido equivocado, hacia la oscuridad solitaria de la celda vecina. Fiel a la rigidez de mis preceptos éticos, ni lo delaté ni le corregí el rumbo. Observaba con la cautela que sólo los celadores aprenden, cómo el reo alimentaba su vivísima esperanza. Me sentí orgulloso de mantenerlo con fuerzas para soportar la vacuidad de su existencia. Si al principio apenas probaba bocado y se tiraba a envejecer a diario, con mi cucharón de olvido intencional había logrado alimentarle el cuerpo y el espíritu. Durante las noches de doce años mi oído escuchó y mi nariz respiró el aroma húmedo de la piedra deshecha grano a grano, también mi ojo vivo pudo ver al hombre mantenido en su esperanza. El desenlace ocurrió como ocurren todas las cosas trágicas en este lugar: un grito que parece el graznido de un pájaro que cae atravesó la oscuridad desde la celda vecina donde el equívoco cerraba su túnel. El preso murió a los pocos meses. Desde entonces he practicado infinitas maneras de mantener vivos a mis hombres: he llevado cartas de amor a ningún sitio, me he dejado sobornar dando los planos de una cárcel imposible, a otros he dado papeles y creyón para unirlos en grueso manuscrito, y algunos se han conformado con el deslizarse húmedo del tiempo en los relojes.
Tengo un sexto sentido (y hablo en nombre de todos los de mi raza): consiste en saber medir a un tiempo la vida del reo y la mía propia: mientras el oído siente la vejez que cae suavemente, el tacto aprende pegando la memoria a cada rugosidad y el ojo reposa contra la luz de la vigilia; observo mi vida que, aunque se confunde entre estos muros homogéneos, es algo distinta a la vida del reo. El guardián que olvide esto puede darse por perdido, el mantener este recuerdo cuesta años de aprendizaje quemándose la frente entre las manos, la memoria puede escaparse. Esto sucedió a un carcelero llamado Prínceton. De tanto hablar con los presos fue sintiendo tal hastío de la propia suerte de guardián que no tardó en cogerse asco. Una mañana se encerró para dejarse morir obligándome a enfrentar su sabio cautiverio de colega. Su confusión esencial radica en no saber el misterio de la trinidad celador-reo-precinto, semejante a la trinidad religiosa donde cada unidad no es parte, sino momento de un todo que sólo existe a través de sus partes, esto con arreglo a un fin. Alguien podría pensar que este es mi caso al verme atrapado en mi ingeniosa paradoja: me he encerrado a vigilarme. La diferencia es una sola: estoy orgulloso de mi suerte de carcelero, siempre convencido de que mi oficio es sublime. Aquí adentro, lo único comparable a mi labor es la poesía. Ahora mismo mi vista manosea con cuidado los trozos sobre la pared rebelde: los prisioneros no están viendo la ciudad / se están perdiendo las farolas y los conciertos y es triste / se están jugando la suerte de no andar por las calles de paso..., y más abajo, en pendiente desequilibrio sobre un molde que se resiste: ...no veo ni el tocón quemado el cuerpo, que en lo oscuro espera por el aire de trasmano / todo es una decisión de alguien agotamiento / porque estamos eternamente esperando la bofetada total, algo ininteligible y más adelante: los prisioneros vamos haciéndonos viejos en la noche, en la mañana somos peores / más ilustres al sonreírnos a veces... pocas tardes se recuerda la ciudad / se evocan escenas tristes escaramuzas, etc. El señor duque de Éliser no es dado a las bellas artes, no sabe apreciar el valor mudo de estas palabras sobre la roca, de modo que me ordena borrarlas aplicando una fina capa de repello gris. Una y otra vez las palabras se pegan y con mi trabajo la celda se achica.
Mis culpas son incontables, por eso me sospecho inocente. (Para ser exonerado necesitaría la piedad de varios dioses.) Todo el virtuosismo de mi ejercicio consiste en detener magistralmente el movimiento. Para ello es necesario primero detectarlo --afinando mi ojo de relojero--, luego irlo separando de la maraña que es su existencia acompañada de infinitos sentimientos --dedos de magia--, para dejarlo solo y distinto. Una vez ubicado en su profundo desamparo, lo encierro tras las rejas.
Todo esto lo he contado para convencer de lo difícil de mi ejercicio. Queda por mostrar toda su dignidad. La suerte del reo sobre el papel no se limita a la anécdota, diario maldormido o efusiva epístola. También se ha construido una filosofía del prisionero. El método esencial consiste en hacer extensiva la condición carcelaria al resto de la humanidad (la primera aspiración de toda filosofía es parecer cierta). Nada mejor que una parábola, así aparecen títulos como: «Prisionero en el círculo del horizonte» o «La llave de su cuerpo». Hay quien se declara preso entre las fronteras de su tierra, preso de su juventud o de su vejez, y los textos moralistas hablan de cierta especie enclaustrada en sus prejuicios. Toda esta verborrea patética me repugna. A nadie se le ha ocurrido observar la sólida filosofía del carcelero, desnuda de atavíos románticos y rejuegos formales. Todo hombre es ante todo un celador, un vigilante incansable que pasa los cerrojos con la misma frescura con que devora un racimo de uvas. Mi tesis más moderna diría: «El hombre es el carcelero del hombre»... Pero basta, no me agrada la especulación, prefiero golpearme los puños en la presencia de estas grietas --como dijo el otro--, el silencio espantoso de los espacios infinitos me aterra. Los muros son los verdugos del espacio.
Creo que es suficiente. Oído abierto y ojo vidente, no puedo dar un paso que no sea advertido. Fingiéndome reo he logrado decir algo de mi noble oficio de celador. Ahora sólo me queda aguardar satisfecho (superando la inconformidad de mi amigo Prínceton) que el señor duque --amo de todos los celadores-- me dé la libertad o decida la pena capital. Aún no advierto qué sería peor: un carcelero libre de su oficio es como un navío fantasma condenado a mecerse eternamente sobre aguas sin ancla. Lo otro sería quedar suspendido haciendo reguiletes con las piernas a la altura de la cabeza del público.
&&&
NOTA SOBRE EL AUTOR:
En la página web http://www.lenguadetrapo.com/00069-NB-ficha.html aparece la siguiente nota sobre la vida y obra de este escritor: "Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) es licenciado en Historia del Arte. Su obra narrativa consta de los libros de relatos El derecho al pataleo de los ahorcados (Premio Casa de las Américas de Cuba; 1999, Lengua de Trapo), Alguien se va lamiendo todo (1997; Premio David) e Hipocampos (1997), y de las novelas La piel de Inesa (Premio Lengua de Trapo de Narrativa 1999) y De modo que esto es la muerte (Lengua de Trapo 2002). Sus narraciones han aparecido en numerosas antologías de Cuba, México, Venezuela, España, Argentina, Colombia y Francia, entre ellas la señera de los nuevos narradores hispanoamericanos: Líneas aéreas (Lengua de Trapo, 1999). Colabora como crítico literario y de arte con las principales revistas especializadas cubanas, y como columnista en el diario El Comercio de Lima, ciudad en la que actualmente reside, y en cuya Universidad de Ciencias Aplicadas ejerce de profesor de Periodismo". ________________________________________
© Ronaldo Menéndez, 1997 © Ediciones Lengua de Trapo, S. L., Madrid, 1999
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 12 Enero-Febrero-Marzo de 2003
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n12carcel.html
|



|